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jueves, 14 de noviembre de 2019

Segunda de Cercas, qué interesante

(Comentario sobre El impostor, de Javier Cercas)

El impostor es el segundo libro que leo de Javier Cercas. El primero fue su famoso Soldados de Salamina, que me interesaba por razones estrictamente personales y familiares. ¿Por qué empecé a leer El impostor? No me acuerdo, pero ahora me alegro, porque ha sido una lectura muy instructiva, que además complementa la de Soldados y me ayuda a entender mejor a Cercas y, de paso, me ayuda a entenderme mejor a mí mismo. Voy a intentar resumir aquí lo que he aprendido.

Javier Cercas dice que El impostor es un libro que narra la historia de Enric Marco, un barcelonés que se hizo célebre, primero, durante la transición española como dirigente sindical de la CNT y, después, a principios del siglo XXI, como destacado representante de las víctimas españolas del nazismo. Ahora bien, su verdadero salto a la fama (la mala fama) fue en 2005, cuando se descubrió que ni había sido sindicalista, ni había luchado contra el franquismo, ni había sido prisionero de un campo de concentración nazi. Era lo que dice el título del libro: un impostor. Quien quiera más detalles puede leer la página de Wikipedia, la abundante literatura que hay sobre el tema o, incluso, el libro de Cercas, que tiene toda la información.

Al principio del libro lo que se describe es pura metaliteratura: el autor se pregunta angustiado, y pregunta a sus amigos, familiares y conocidos, ¿escribo el libro o no? ¿Escribo sobre Enric Marco? ¿No estaré justificándolo si lo hago? ¿No acabaré juzgándolo o reivindicándolo? Así, con esas preguntas, el libro se empieza a escribir solo. En el dilema de escribir o no escribir sobre Marco, el escritor empieza a escribirse a sí mismo, como no puede ser de otra manera. Vemos con claridad que Cercas se va obsesionando poco a poco con el personaje. Se da cuenta de lo difícil que resulta biografiar a un mentiroso y, al darse cuenta, se rebela, se encabrona y se niega a abandonar una empresa que es a todas luces tóxica o perjudicial o nefasta o indigesta o directamente inabarcable. No podemos saber si se da cuenta o no, porque Cercas es muy buen fingidor, pero desde el principio el protagonista del libro es ese dilema moral, mientras que la figura de Enric Marco, que todos los lectores tenemos más o menos sentenciada desde el primer momento, es la excusa para contarnos lo que se le va pasando por las mientes. ¿Voy a escribir el libro de Enric Marco?, se pregunta sin cesar Javier Cercas, quizá sin darse cuenta, o quizá haciéndonos creer que no se da cuenta, de que lo que está haciendo es escribir el libro de Javier Cercas.

Hacia el final, en el epílogo, cuando el libro está casi terminado, vuelve a la carga y se pregunta si ha escrito el libro que Marco quería que escribiera o el que él, Cercas, quería escribir. Como Marco es un maestro de la manipulación, el escritor teme haber sido víctima de sus malas intenciones. Sin embargo, muy pronto se responde a sí mismo que "es imposible que alguien escriba el libro que otro ha imaginado". Para manipulador, un buen escritor se basta y se sobra, y le puede dar cien vueltas a un impostor. Cita, al respecto, la idea de que las historias nacen para que alguien luego las escriba. Esa idea está tomada de Don Quijote, como muchas otras que usa para sus disquisiciones morales. ¿Quién osaría manipular a alguien que es capaz de crear esos sofisticados mundos de ficción en miniatura que son las novelas?

En mi comentario a Soldados de Salamina decía yo:

Mi conclusión es que la memoria no es histórica, y mucho menos cuando se trata de asuntos tan trágicos como las guerras. La memoria humana, frágil, incompetente y sensible a las emociones, no es capaz de contrastar hechos de forma fría y calculadora: se nutre de relatos y sentimientos y, por lo tanto, no es capaz de ser histórica, en el sentido en el que hoy entendemos la historia. No es esto una crítica, ni mucho menos. De hecho, pienso que si no tuviéramos ese tipo de memoria, las cosas que nos contamos cuando nos sentamos alrededor de una mesa para tomar un café serían muy parecidas a las actas de una comisión, es decir, mortalmente aburridas.
Me llama la atención que Cercas llegue en este libro a una conclusión casi idéntica. Explica que la memoria no puede ser histórica, puesto que la historia es colectiva y aspira a ser universal, mientras que la memoria es personal, íntima, y por lo tanto efímera, frágil y parcial, porque los seres humanos somos efímeros, frágiles y parciales. Esa amalgama, esa confusión, esa mezcla de memoria y de historia que se puso de moda en España en el cambio de siglo fue la que propició que un individuo como Enric Marco pudiera hacer lo que hizo, es decir, manipular la historia presentando ante el mundo su memoria (falsa) como objeto de consumo. Ávidos como estábamos los españoles de memoria, que no de historia, nos encantó aquella historia del luchador y justiciero incansable y la consumimos con avidez. Después llegó un historiador, un tal Benito Bermejo, el aguafiestas, y sacó de entre sus papeles un certificado histórico que echaba por tierra aquella memoria (falsa), y todo se vino abajo "como un castillo de naipes" (la imagen es del libro, y es buenísima para describir cómo una sarta de mentiras se desmorona si descubres una sola). Como buenos españoles, al momento nos lanzamos todos al degüello del mentiroso y nadie, o casi nadie, que yo sepa, supo relativizar aquella impostura poniéndola en su contexto, que es, en parte, lo que hace este libro.

Al ir presentando la evolución del conflicto interior que sufre mientras decide si escribe el libro o no, Javier Cercas construye sus dos personajes fundamentales. Uno de ellos es Enric Marco, que conocemos ya como objeto mediático (impostor, condenado por todos y por todo) y página a página va perdiendo capas, como una cebolla, hasta mostrar a un curioso ser humano con dos historias paralelas, la real y la inventada, que coexisten como si tal cosa. El segundo personaje es el Javier Cercas de este libro, es decir, el Javier Cercas peculiar que el escritor Javier Cercas construye para narrar esta historia. Conocemos a este personaje en una situación inicial de escepticismo e indignación que pronto le hace sentir una cierta furia contra el otro personaje, Marco. Esa furia parece ser el combustible que lo impulsa a investigar la historia de aquél, sin entender él mismo las intenciones que lo mueven ni los objetivos que persigue. Poco a poco la furia va dejando paso a la curiosidad, y entonces también surge un ser humano peculiar, también desdoblado, que es capaz de narrar una historia, porque ahí está el libro terminado, y de no narrarla, porque en el momento en el que termina el texto, el Javier Cercas del libro no tiene ni idea de lo que está buscando. Esto es lo que dice:
Marco es lo que todos los hombres somos, sólo que de una forma exagerada, más grande, más intensa y más visible, o quizás es todos los hombres, o quizá no es nadie, un gran contenedor, un conjunto vacío, una cebolla a la que se le han quitado todas las capas de piel y ya no es nada, un lugar donde confluyen todos los significados, un punto ciego a través del cual se ve todo, una oscuridad que todo lo ilumina, un gran silencio elocuente, un vidrio que refleja el universo, un hueco que posee nuestra forma, un enigma cuya solución última es que no tiene solución, un misterio transparente que sin embargo es imposible descifrar, y que quizás es mejor no descifrar.
"La ficción salva, la realidad mata", repite el autor montones de veces durante el libro. Lo dice porque quiere escribir ficción, pero le obsesiona la realidad y sigue escribiendo historias reales como la de Sánchez Mazas y la de Marco. Nos explica también que la ficción es la que salva a Don Quijote. Lo salva de una vida anodina: a los cincuenta años, le da la energía necesaria para hacer lo que le pide el cuerpo: convertirse en un héroe popular, ser caballero andante, vivir una aventura, un sueño, contra viento y marea, aunque lo vapuleen los gigantes, aunque lo dejen abandonado en una cueva, aunque se burlen de él pueblos enteros. Del mismo modo, explica, Enric Marco decidió, también más o menos a los cincuenta años, inventarse un pasado ficticio y empezar a vivir una vida inventada, como héroe contemporáneo, contra viento y marea, aunque los viejos anarquistas recelaran de él, aunque los auténticos prisioneros del campo de concentración de Flossenbürg dijeran que no lo habían visto nunca.

En uno de los capítulos finales, Cercas transcribe una de las entrevistas que tuvo con Enric Marco en su despacho de Barcelona. Nos dice (y nosotros nos creemos) que esa es exactamente la conversación que sostuvieron, una conversación tranquila, sin la tensión del encuentro inicial, sin el batiburrillo de ideas, conjeturas y razonamientos que tanto abundan en la primera parte del libro. Ahí, según Cercas, vemos por primera y única vez a los personajes reales, al Marco y al Cercas de verdad, y no a los personajes que Javier Cercas creó para este libro. Y ahí se acaba el libro, justo cuando vemos su verdadera naturaleza. Creo que el autor quiere repetir con esa transcripción lo que nos cuenta de Cervantes y Don Quijote: en su lecho de muerte, ya cuerdo, el caballero andante, anciano y vencido, acepta que es Alonso Quijano, es decir, acepta la verdad, acepta la realidad, y a continuación muere (la ficción salva, la realidad mata). En El impostor, Cercas nos presenta, o dice que nos presenta, a esos dos personajes transcritos, en crudo, hablando tranquilamente en el despacho del escritor. Y ahí, cuando el lector llega a esas dos personas normales y corrientes, muere el libro, muere la historia.

Sin embargo, eso es imposible. Eso sería ficción, porque Enric Marco no es Don Quijote y, a día de hoy, con noventa y ocho años de edad y cinco años después de que se publicara este libro, se resiste a abandonar la ficción de sus últimos treinta años; se resiste a reconocer que es una persona normal y corriente que se inventó una vida excepcional. Por eso, esa entrevista transcrita, supuestamente lo más real del libro, resulta un poco falsa, un poco fuera de lugar.

Y también es imposible que Javier Cercas deje de escribir historias reales. Primero, por la sencilla razón de que se nota que le apasionan, y lo de controlar las pasiones es algo que por estas latitudes no se lleva muy al día (ni falta que hace). Y segundo, porque así como las historias de ficción siempre tienen un trasfondo real, las historias reales siempre vienen aderezadas con una pizca de ficción y un chorrito de lirismo, y tengo para mí que ahí, en ese aderezo que da sabor, cuerpo y color al fárrago infumable de una rigurosa investigación histórica, es donde Cercas disfruta más como escritor.

Como dije al principio, da la impresión de que en Cercas hay un combate ético interno tremendo. En marco no hay nada de eso, como bien apunta durante la narración uno de sus amigos, el cineasta argentino Santiago Fillol. Cuando el autor lucha por tratar de entender a su personaje, cuando intenta ver lo que hay más allá de la imagen mediática, cuando pretende conocer de verdad al ser humano subyacente, Fillol se parte de la risa en su cara y le dice:
Con Enric nunca se puede dejar de pensar. Si dejas de pensar, te jode. Si llegas a una conclusión sobre él, te jode. Si piensas que ya le has entendido y que se ha quitado la máscara, te jode. Enric siempre tiene otra máscara detrás de la máscara. Siempre se escurre.

Por eso, porque detrás de Marco no hay nada más que capas y capas y capas interminables del mismo Marco ("tiene más conchas que un galápago", decía mi abuela de la gente así), es por lo que digo que este libro es más sobre Cercas que sobre Marco. Las preguntas fundamentales que vemos en el texto son por completo independientes del impostor. Nos invitan a reflexionar más bien sobre la creación artística y literaria: ¿debo escribir?, ¿qué debo escribir?, ¿por qué escribo (y su gemela inseparable, ¿por qué no escribo?), ¿es lícito escribir sobre este tema o esta persona?, ¿estoy escribiendo como debería?, ¿voy por buen camino?, ¿he logrado entender?

Para terminar diré que la técnica de escritura es muy buena. Pese a lo repetitivo que es el asunto, pese a que el planteamiento, el nudo y el desenlace se exponen ya en las primeras cinco páginas del libro, el autor mantiene la tensión narrativa hasta el último momento. Es cierto que en ese último momento (un viaje al campo de concentración de Flossenbürg que no quiero contar aquí para no destripar del todo el libro) se desvela que Cercas ha hecho trampa, que se ha guardado un as bajo la manga para una posible traca final. Pero es que las disquisiciones morales no dan para mucho más y había que meter algo emocionante del proceso de investigación. Es una licencia poco ortodoxa pero muy resultona para terminar el libro comme il faut. Con ese colofón incluido, la lectura es amena de principio a fin, cosa que he agradecido enormemente, porque al principio no las tenía todas conmigo. También agradezco de corazón las muchas respuestas que da, en muchos momentos diferentes, a todas las preguntas clásicas sobre la escritura creativa que dejé en el párrafo anterior. Eso sí que es útil y enriquecedor para un escritor tímido como el que suscribe.

domingo, 24 de marzo de 2019

Memoria mítica, memoria histórica

Leí Soldados de Salamina, de Javier Cercas, justo ahora que en España está otra vez en boga eso de la "memoria histórica" y el asunto de la exhumación de Franco. Lo de "memoria histórica" es un nombre curioso que le han dado en España al proceso que en América Latina se ha orientado más bien hacia "comisiones de la verdad y la reconciliación" y otros títulos por el estilo, y que en los Balcanes se ha solucionado más bien a golpe de tribunal, juicio y condena.

Quizá por no haber tenido contacto nunca con ejércitos ni milicias, me sorprende mucho ver cómo la gente se mata. Me sorprende, de hecho, constatar que las guerras, las masacres y los genocidios son una característica de la raza humana y uno de los principales motores que impulsan el desarrollo tecnológico y científico. Dicen las estadísticas que, en proporción a la población, cada vez hay menos conflictos armados y cada vez muere menos gente en esos conflictos. Eso está bien, y me alegro mucho, aunque no creo que le sirva de consuelo a quien ve morir a familiares, amigos y conocidos en los países que están ahora mismo en esa situación.

Cuando esas guerras, masacres y genocidios terminan, la gente reacciona de formas muy diferentes, según las circunstancias. Como es habitual, quien tiene una ideología firme y bien interiorizada reacciona en bloque con quienes comparten esa ideología y no tiene dudas, o apenas duda: saben muy bien lo que hay que hacer y procuran que todo el mundo les siga. A otros muchos, que no tenemos el apoyo de una fe o un pensamiento político convincente, o a los que sencillamente no tenemos opinión o preferencia política o religiosa, nos resulta muy difícil asumir y entender lo que pasó. (Por cierto, en todo conflicto hay siempre un tercer grupo de personas, muy influyente, que es el de los que miran desde fuera: los analistas y opinadores de otras zonas u otros países, que influyen más cuanto más participan en la reconstrucción y la rehabilitación del tejido socioeconómico destruido por el conflicto.)

Con todos esos elementos en mente iba yo leyendo la historia de Soldados de Salamina, en la que Javier Cercas, que es también el protagonista de su propia novela, intentaba reconstruir una escena concreta de un personaje concreto de la guerra civil, el periodista, escritor e ideólogo Rafael Sánchez Mazas. Al tiempo que leía, iba buscando información sobre aquella época, los protagonistas y la evolución de la guerra civil española y del pensamiento fascista o totalitario en España. He aprendido mucho sobre el tema y, como suele suceder en estos casos, he terminado con muchas más preguntas que respuestas. Así es el aprendizaje: cuanto más sabemos, más claro va quedando lo poco que sabemos.

Poco después de terminar el libro coincidí con un grupo bastante nutrido de amigos en el Maxi y planteé la pregunta de si alguien tenía conocidos o familiares muertos en guerras, masacres o represiones. ¿Alguien? Resultó que casi todos teníamos. Nos pasamos la tarde entera narrando las historias de abuelos ejecutados en la guerra civil española, familiares torturados o desaparecidos en las dictaduras latinoamericanas, o amigos y hermanos perdidos en el horror de los Balcanes. Por una parte, era terrible ver que casi todo el mundo había perdido a alguien. Por otra, era fascinante escuchar tanto las historias como las opiniones y las reacciones de unos y de otros.

Lo que más me llamaba la atención era la precisión con la que algunos contaban las circunstancias en las que aquellas personas habían sido asesinadas, torturadas, secuestradas o desaparecidas. Me llamaba la atención porque ninguno de los que participábamos en la conversación podíamos (menos mal) relatar el caso de primera mano. Sin embargo, a pesar de no haber estado presentes, algunos teníamos muy claros ciertos detalles, incluso del momento preciso de una ejecución o de una sesión de tortura.

Pensando en el libro de Javier Cercas y en su frustración cada vez que intentaba fijar los hechos desde un punto de vista objetivo, se me ocurrió preguntar a quienes daban esos detalles si podían aportar otros que, cabría pensar, también deberían haber trascendido. Por ejemplo, a una amiga que relató con bastante precisión una escena en la que su tía era torturada, le pregunté: ¿era tu tía la única que estaba con los dos torturadores en esa habitación? No sabía. Un amigo bosnio explicó cómo se habían llevado a su padre a la parte de atrás de su casa para ejecutarlo y reproducía el diálogo que sostuvo con sus verdugos. ¿Quién te contó ese diálogo?, pregunté. Uno de los verdugos, que fue detenido, se lo confesó a mi madre antes de ser ejecutado, contestó. Le pregunté entonces qué grado de fiabilidad daba él a esa confesión, probablemente obtenida en circunstancias poco ortodoxas. En lugar de contestar, mi amigo me preguntó, cortante, si yo estaba poniendo en tela de juicio el relato de su madre. Yo me limité a decir que no, pero el asunto quedó ahí, en el aire.

Tengo la impresión de que, como en el libro de Cercas, todos esos relatos que nos llegan por terceros no son "la historia" ni "la verdad": son más bien como las novelas y las películas, es decir, solo podemos saber lo que el director o el autor nos han querido enseñar, y solo lo podemos "ver" a través de sus ojos y de su memoria. Cuando el relato familiar llega por vías indirectas, y no por una investigación criminal, no es posible pensar que uno sabe nada a ciencia cierta: los narradores sucesivos pueden haber ampliado, acortado, embellecido, dramatizado o transformado radicalmente los hechos. En suma, el relato de terceros no nos permite saber lo que pasó de verdad: puede ser exacto o puede ser pura ficción, o cualquiera de todos los estados intermedios posibles. Si uno quiere determinar los hechos, la única manera es investigar, pero para eso se necesitan libros, hemerotecas, testigos, registros y demás, y en las conversaciones de amigos y familiares eso ni se plantea. Lo único que hay son historias contadas por terceros que, cuanto más se cuentan, más reales se van haciendo en la mente del grupo familiar, y al mismo tiempo más se van distanciando del hecho en sí.

Mi conclusión es que la memoria no es histórica, y mucho menos cuando se trata de asuntos tan trágicos como las guerras. La memoria humana, frágil, incompetente y sensible a las emociones, no es capaz de contrastar hechos de forma fría y calculadora: se nutre de relatos y sentimientos y, por lo tanto, no es capaz de ser histórica, en el sentido en el que hoy entendemos la historia. No es esto una crítica, ni mucho menos. De hecho, pienso que si no tuviéramos ese tipo de memoria, las cosas que nos contamos cuando nos sentamos alrededor de una mesa para tomar un café serían muy parecidas a las actas de una comisión, es decir, mortalmente aburridas.

Para mí, la memoria humana es mítica y dramática, como de hecho lo fue la historia durante muchos siglos, antes de que se empezaran a aplicar los métodos del racionalismo a la investigación. Por eso dudo de que el término "memoria histórica" sea adecuado, y tampoco creo que títulos como "comisión de la verdad" tengan mucho sentido, pero no quiero empezar aquí otra diatriba sobre el concepto de "verdad", porque me alargaría demasiado. Supongo que me hago entender.

Volviendo a la literatura, justo después de aquella conversación tan interesante y emotiva con los amigos del Maxi, volví a casa, abrí el libro que estoy leyendo y ahí mismo me estaba esperando esta cita:

En la historia, hay montones de hechos que es mejor dejar en la sombra. El conocimiento exacto no aporta nada bueno a nuestra vida cotidiana. Lo objetivo no sobrepasa necesariamente a lo subjetivo. La realidad no extingue necesariamente la fantasía. (Matar al Comendador, Haruki Murakami; traducción propia de la versión inglesa)
Es otra forma de verlo. No es la opinión de Murakami, sino lo que dice uno de sus personajes en un momento dado, pero sí reconozco esa opinión en mucha gente de mi entorno, y en varios países: "no hurgues en el pasado, no merece la pena y solo te vas a llevar disgustos; acepta las cosas como son y mira hacia delante". Como se puede suponer, ese es uno de los temas de la novela Matar al Comendador. Es evidente que a Murakami le encanta hurgar en el pasado. Y yo reconozco que últimamente siento una curiosidad que antes no tenía.

¿Me estaré haciendo mayor?