martes, 19 de febrero de 2019
Padres y madres
Todo el mundo tiene un padre y una madre, con independencia del estilo, el modo y la presentación que tengan ese padre y esa madre. Bueno, esta salvedad afecta sobre todo al padre, porque la madre es como más obvia, conspicua e insalvable, se ponga uno como se ponga.
Esa relación, la relación de cada quien con su padre y con su madre, tan natural, tan necesaria y, sobre todo, tan inevitable, es una fuente inagotable de todo tipo de vivencias, experiencias y sentimientos, en particular muy al principio y muy al final de la vida.
Hasta se me ocurre pensar que nuestra diferencia fundamental con los animales podría no ser la inteligencia, puesto que hay animales harto inteligentes, sino esta relación tan rara que tenemos con papá y mamá, que los animales claramente no tienen.
Si no hubiera problemas con los padres y las madres, la literatura sería un asco. Y el cine. Y sin embargo, qué bien nos iría en la vida real sin esos problemas que nos complican y nos amargan de una forma que, a veces, se parece mucho a una tortura lenta y minuciosa.
En esto se me hace que los padres y las madres se parecen al crimen, a las catástrofes naturales, a las guerras y demás desgracias. Pero no, claro. No es eso lo que quiero decir.
No, no es eso, mamá.
lunes, 11 de febrero de 2019
Dignidad o qué
En la película, que aparte del drama tiene su chispa de humor muy neoyorquino, nos vimos obligados a practicar acentos de lo más florido, desde el Bronx hasta Alabama, y de todos los colores, incluido un ruso que tocaba el violonchelo. Al final de la película tuvimos una conversación (bueno, con Igor es siempre una discusión, pero se me entiende, ¿no?) sobre la dignidad.
Igor dice que eso de mantener la dignidad solo sirve para que a uno le partan la cara, tarde o temprano. Para él, la gente estirada como el músico de la película siempre acaba mal, y lo único que consigue es dar la impresión de que gana, cuando en realidad siempre pierde.
Yo estoy de acuerdo con él en parte: para echar por tierra la dignidad de cualquiera basta con una certera patada en la entrepierna, o un golpe bien dado, o un escupitajo con moco verde. La dignidad es frágil, muy frágil, ante la fuerza bruta. Esto se ve muy bien en la película: Mahershala Ali, el músico, lo pasa francamente mal por querer mantener la dignidad. Pero claro, ese es el objetivo de su viaje, ese es el tema central de la película: ¿sirven de algo los principios?
Yo creo que si uno sobrevive (cosa que no siempre pasa, este mundo puede ser muy cruel), la dignidad puede salir a cuenta a largo plazo. Aunque a veces no lo parezca, la mayoría de la gente tiene en cuenta la actitud de unos y otros y, cuando llega el momento, hace balance y actúa en consecuencia. Claro que también esto es un arma de doble filo porque la frontera que separa la confianza del oportunismo es tan fina que muchas veces no hay manera de distinguirlos.
La ventaja de adoptar una actitud más práctica ante la vida es que uno consigue que la inmensa mayoría de las cosas le traigan sin cuidado. Dicho de otro modo, uno sufre mucho menos cuando las expectativas están a la mínima, porque no tiene empacho en adaptar su postura a las circunstancias, con total independencia de principios o preceptos éticos. Es una protección excelente para vivir día a día, pero en el largo plazo, en la planificación para el futuro, es posible que mucha gente decida prescindir de ese tipo de personas, por muchas razones, pero en particular por la posibilidad de que esa planificación descarrile por una decisión unilateral.
En suma, Igor se apunta a la acción rápida y directa y yo a la dignidad. Los dos somos conscientes de los riesgos que conllevan nuestras respectivas posturas ante la vida: yo procuro estar atento ante potenciales patadas en los huevos, mientras que Igor hace lo posible por dejar abiertas todas las puertas posibles, para compensar todas las que se le van cerrando. Vamos bien.
martes, 13 de noviembre de 2018
Abriendo puertas al pasado
El domingo pasado por la noche, Alfonso Cuarón pre-presentó su nueva película, que se titula Roma, en la sala del sindicato de directores de cine de Nueva York. Tuve la suerte de ir con un amigo y no solo ver la película, sino también de escucharlo a él hablando de su experiencia creativa y de las vicisitudes del rodaje de una película tan especial.
Explicó que era una obra autobiográfica, que reflejaba un período de su infancia, entre 1970 y 1971, en el que su familia vivió en la colonia Roma de la ciudad de México. Al ser algo tan personal, Cuarón hizo algo que no había hecho nunca antes, a saber, escribir el guion solo, sin compartirlo con nadie, sin pedir consejo o ayuda a nadie. Hizo lo mismo con las técnicas narrativas: en lugar de utilizar las fórmulas y las técnicas habituales, se dejó guiar por el instinto y procuró reproducir lo que su memoria le iba dictando. No quería hacer un documental ni una película histórica, sino sencillamente un mural, o un collage, de lo que su cabeza había conseguido rescatar de aquellos años.
Al explicar la experiencia de escribir esos retazos de infancia, el director puso como ejemplo un largo pasillo lleno de puertas: iba recorriendo ese pasillo, abriendo las puertas una a una y rescatando recuerdos, y a veces una de esas puertas daba paso a otras puertas, y así sucesivamente. Me quedé con esa imagen, la del pasillo y las puertas, porque coincide muy bien con la época que estoy viviendo en este momento.
En cuanto a la película, estoy muy agradecido a mi amigo por haberme llevado al preestreno, y también a Alfonso Cuarón, no solo por traerme esa imagen de la ciudad de México, tan diferente y a la vez tan parecida a la que yo viví casi treinta años después. En particular, me impresionó lo bien que reproducía los sonidos de la ciudad, incluido el carrito de los tamales. No llegaré al extremo de decir que disfruté de la película como si fuera un libro, pero estuvo cerca. Es una película que da tiempo para pensar.
