Tenía yo diecisiete años cuando leí dos novelas de George Orwell que no son de las más conocidas: Sin blanca en París y Londres (Down and Out in Paris and London) y Subir a por aire (Coming up for air). Eran las clásicas copias baratas de la Editorial Destino, de España, sobrias y sin atractivo exterior. Recuerdo cómo me cautivó la lectura de aquellos dos libros, en particular el primero, en el que Orwell narra, en parte por experiencia propia, la vida de un mendigo en París y luego en Londres a principios de los años treinta. No sé cuántas veces la he releído desde entonces, pero no son pocas, y mucho menos recuerdo cuántas veces la he citado. Aquí, en el blog, seguro que muchísimas. Creo que mi debilidad por los personajes sin hogar, mendigos y vagabundos, como Richie y otros más que han pasado por estas páginas electrónicas, procede en gran parte de esa lectura. Más tarde seguí leyendo todo lo de Orwell, pero por algún motivo no hubo nada que me impresionara más que aquel relato.
Hace un par de días llegó de visita una de las personas a las que más quiero en el mundo. Venía de Inglaterra, precisamente. El regalo que me trajo fue una edición "vintage" de Down and out in Paris and London, o sea, mi favorita de todos los tiempos. Ella siempre supo que me gustaba Orwell, pero me podría haber traído cualquier otra, y sobre todo alguna de las dos más famosas, 1984 y Rebelión en la granja. Podría haber elegido Homenaje a Cataluña, lectura obligada para cualquiera que haya nacido y crecido en ese paisito peninsular que hay al lado de Portugal. Podría haber comprado una selección de artículos de prensa o ensayo, pero no, me trajo la de los mendigos. Me trajo la mía. Y me ha hecho feliz.
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miércoles, 26 de diciembre de 2018
viernes, 20 de mayo de 2016
Sin hogar
Hace más de un año que no veo a Richie, el vagabundo del carrito que vendía rosas en la esquina de la calle 42. En su momento, convertí a Richie en un personaje de cuento y lo involucré en una trama de intriga diplomática, aprovechando que entre su esquina y el edificio principal de la ONU no hay más que unos pasos.
También lo he usado como inspiración para otros episodios de ficción que he escrito en este blog. No es que lo eche de menos, porque nos siguen sobrando vagabundos en esta ciudad y ahora, con el buen tiempo, salen de los túneles y se los ve por todas partes. Cuanto más elegante o más turística sea la zona, más vagabundos hay, porque ahí es donde la gente tira más comida y da más limosnas. Si uno quiere ver a los mendigos más famosos de Nueva York, no tiene más que pasear un poco por Times Square, los alrededores del Empire State Building y la estación Grand Central. Los baños públicos son un excelente punto de observación, porque ahí es donde suelen hacer sus abluciones por la mañana. En verano, abandonan temporalmente esos lugares y prefieren lavarse de madrugada en las fuentes de los parques, antes de que llegue la oleada de teléfonos y cámaras digitales.
En fin, hoy me quedé mirando a uno que no conocía, uno bajito, rechoncho, con cara de resignación, que lleva un bastón y camina muy despacio. Viste una cazadora de los Nets y, en su lenta caminata, siempre hace una pausa para conversar con la misma cabina telefónica (la de la esquina de la tercera avenida y la calle 45) y con el mismo poste del andamio que hay frente al restaurante Tulsi, en la 46. Se detiene, mira con parsimonia a la cabina o al poste y, antes de empezar a hablar, se apoya bien en el bastón levantando al mismo tiempo el dedo índice de la mano que le queda libre. Habla bajito, sin prisa, razonando con la cabina (con el poste), como esperando que asienta o que le conteste. Mientras lo miraba, me he quedado pensando en él, en todos los que son como él, incluido Richie, y de repente he oído las voces que me susurraban al oído.
Son voces de muy lejos, de 1986, y de otro continente. Ese año, Paul Simon saltó (de nuevo) a la fama con un disco titulado Graceland en el que incluyó mucha y muy buena música africana. En una de las canciones participa un grupo clásico y mítico del género South African township music llamado Ladysmith Black Mambazo, y con las voces de ese grupo cantó Paul Simon esa canción que se me vino a la mente mientras miraba al hombre que razona con las cabinas de teléfono.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Sin indicios de sufrimiento
Este vagabundo que pasea por la estación central y sus alrededores tiene un aspecto de lo más normal. No diría distinguido, pero sí digno y correcto. Hay que fijarse un poco para apreciar el desgaste excesivo de la ropa en algunos puntos, las cicatrices de las manos, los objetos extraños que porta en el maletín de ruedas, por lo demás de aspecto tan profesional. Y luego está, por supuesto, la forma en que se comunica con nosotros, con el resto del mundo.
Porque como tantos vagabundos de la ciudad, este señor necesita, entre otras muchas cosas, atención psiquiátrica.
Si uno tiene la mala suerte de cruzarte con su mirada, este vagabundo abrirá desmesuradamente los ojos y dará por iniciada la comunicación con el desventurado ser humano que lo miró. Es una mirada que te atraviesa de parte a parte, te da la vuelta como un calcetín y te incita a decir algo, quizá a saludar. Pero antes de que uno pueda reaccionar llega el improperio. Por ejemplo:
-Todo el puto día batallando para tener que cruzarme ahora con tu cara de imbécil -dice, tranquilo, con una voz de trueno.
En ese momento, uno puede cometer muchos errores. Por ejemplo, volverse y contestar. O seguir mirando. Entonces la tormenta arrecia.
-No, no te pares ahí -dirá el vagabundo agitando levemente una mano que intenta expulsar al advenedizo-, hueles a mierda que apestas. Lárgate y déjame en paz.
Si uno quiere sentir la violencia de toda la artillería pesada de este hombre, no tiene más que quedarse quieto. Poco a poco irá surgiendo una buena retahíla de perlas dedicadas al amor fraterno, la filantropía y la buena vecindad.
-¿Tú eres el cabrón que se caga en las papeleras? Sí, tienes toda la pinta de cagarte en las papeleras. Se te ve capaz, y hueles a mierda, y también a papelera. Bueno, lárgate de una vez y déjame en paz, que se me revuelve el estómago de verte y olerte. Ve al hospital a que te laven bien, hijo de perra. Y deja de cagarte donde comemos los demás, enfermo del demonio.
A continuación, el vagabundo reanuda su camino en espiral hacia ninguna parte, digno y correcto, con su maletín lleno de envases que otros no apuraron. Sin indicios de sufrimiento.
Porque como tantos vagabundos de la ciudad, este señor necesita, entre otras muchas cosas, atención psiquiátrica.
Si uno tiene la mala suerte de cruzarte con su mirada, este vagabundo abrirá desmesuradamente los ojos y dará por iniciada la comunicación con el desventurado ser humano que lo miró. Es una mirada que te atraviesa de parte a parte, te da la vuelta como un calcetín y te incita a decir algo, quizá a saludar. Pero antes de que uno pueda reaccionar llega el improperio. Por ejemplo:
-Todo el puto día batallando para tener que cruzarme ahora con tu cara de imbécil -dice, tranquilo, con una voz de trueno.
En ese momento, uno puede cometer muchos errores. Por ejemplo, volverse y contestar. O seguir mirando. Entonces la tormenta arrecia.
-No, no te pares ahí -dirá el vagabundo agitando levemente una mano que intenta expulsar al advenedizo-, hueles a mierda que apestas. Lárgate y déjame en paz.
Si uno quiere sentir la violencia de toda la artillería pesada de este hombre, no tiene más que quedarse quieto. Poco a poco irá surgiendo una buena retahíla de perlas dedicadas al amor fraterno, la filantropía y la buena vecindad.
-¿Tú eres el cabrón que se caga en las papeleras? Sí, tienes toda la pinta de cagarte en las papeleras. Se te ve capaz, y hueles a mierda, y también a papelera. Bueno, lárgate de una vez y déjame en paz, que se me revuelve el estómago de verte y olerte. Ve al hospital a que te laven bien, hijo de perra. Y deja de cagarte donde comemos los demás, enfermo del demonio.
A continuación, el vagabundo reanuda su camino en espiral hacia ninguna parte, digno y correcto, con su maletín lleno de envases que otros no apuraron. Sin indicios de sufrimiento.
jueves, 27 de diciembre de 2012
El autor novelado
No tenía yo muchas ganas de ir a aquella velada literaria. Hacía frío, llovía y no conocía a ninguno de los tres autores que anunciaba el cartel. Julia, organizadora y amiga mía, me había pedido por favor que fuera. No aspiraba a llenar el auditorio que le prestaba el colegio para estas veladas (iba ya por la tercera), pero sí pretendía que el número de asistentes fuera suficiente para justificar la presencia de los escritores, todos ellos más o menos conocidos en el mundillo literario local, y la continuidad de la serie.
Por las razones que fuesen, decidí seguir andando hacia el sur en lugar de desviarme hacia el este (o sea, camino a casa) y en muy poco tiempo, y con muy poca lluvia encima, llegué al colegio, previsiblemente desierto. Le pregunté al poli de la entrada lo que ya sabía, o sea, que dónde era la velada literaria.
--Auditorio, segundo piso --contestó sin mover un músculo de la cara.
--Gracias.
--Mm.
Julia estaba allí mismo, a la puerta, repartiendo vasitos de vino y zumo y señalando las galletitas, los bagels y la tabla de quesos. Adelante, adelante, gracias por venir, te presento a fulano, mengana y zutano, nombres que llegaban y casi al instante se desvanecían. ¿Cómo se llamaba el tipo de pelo blanco y aspecto de intelectual de película de Woody Allen? ¿Cómo se llamaba la mujer rubia de casi dos metros de altura con aspecto de torturar a sus amantes hasta el llanto? ¿Y aquel calvo regordete que no puede dejar de mirarla, ni de comer wheat thins con camembert? Ni idea. ¿Empezará pronto esto? Sí, ya iba a empezar. Habría como cuarenta personas allí, lo cual cubría con creces el cupo que esperaba Julia.
Me senté cerca de las primeras filas y a la derecha, solo pero rodeado por todas partes de desconocidos con nombres imposibles de memorizar. Julia tomó el micrófono, nos agradeció por enésima vez que hubiéramos venido, dio las gracias también a la directora del colegio y presentó al primer escritor, un puertorriqueño que escribía turbias novelas cargadas de sexo y delincuencia en el norte de Nueva York. Tras una breve introducción, leyó unos cuantos párrafos de la obra en la que estaba trabajando. Muy bien imbuidos de la doble moral americana, sus personajes hablaban en inglés pero insultaban en un sabroso español caribeño que me hizo reír un par de veces, ante la absoluta impasibilidad del resto del auditorio, que casi con seguridad era incapaz de entender las partes del diálogo que no estaban en inglés. Aplausos más o menos fruncidos, cambio de orador.
No recuerdo nada de la segunda escritora. Era una de estas personas traslúcidas que no generan emoción alguna ni logran llamar la atención por nada. Leyó algo, no recuerdo qué, con una voz monótona y sin contrastes, como si, en el colegio, el profesor le hubiera pedido que saliera al estrado y leyera a partir del segundo párrafo de la página 132. Aplausos anodinos y pasamos al tercer escritor.
El tercer escritor era Nick Flynn. Resumiré el aspecto de este hombre diciendo lo siguiente: cuando se acabaron la charla y los canapés y todos nos sentamos en el auditorio, Julia y sus tres invitados se quedaron al frente. Yo miré al puertorriqueño y a la mujer sin gracia y me dije: ah, estos son dos de los tres escritores. Luego miré a Flynn y de inmediato pensé: qué hace ahí ese tío.
Parece un vagabundo, pero por algún motivo indeterminado uno sabe que no es un vagabundo. Parece un drogadicto, pero su forma de estar y de comportarse indica con claridad que no lo es. También parece que está cansado, desencantado, desalentado, deprimido, pero en cuanto empieza a hablar uno constata que las apariencias engañan: Flynn está despierto y atento.
Leyó una parte de su libro Another bullshit night in suck city. No es una novela, sino una autobiografía en primera persona. Me impresionó mucho el fragmento y, cuando terminó la lectura, decidí comprar el libro allí mismo. Me acerqué a Nick, lo felicité por el libro y le pedí que lo firmara. Él escribió una dedicatoria que dice For Camilo con mucho gusto, así tal cual, mezclando el español con el inglés, lo cual me hizo mucha ilusión.
Me despedí de Julia, eché una última mirada a los personajes de película que pululaban por allí (el calvo regordete estaba contándole chistes a la mujer de dos metros ante la atenta y adusta mirada del intelectual) y volví feliz a casa con mi ejemplar personalizado debajo del brazo.
Pese a todo, uno sigue siendo como es, y el libro de Nick Flynn durmió el sueño de los justos al pie de mi cama durante tres años hasta que, esta primavera pasada, decidí abrirlo y hojearlo. Al igual que me había pasado con la lectura, aquel texto me interesó inmediatamente, y me puse a leer.
No es que haya leído muchas autobiografías en mi vida, pero esta es, sin duda ninguna, la más intensa, la más detallada y hasta me atrevería a decir la más dolorosa. No quiero dar muchos detalles porque cualquier cosa que explique aquí puede generar expectativas en el futuro lector. Me limitaré a plantear sucintamente la cuestión: Flynn nace en el seno de una familia pobre, muy pobre, de la costa este de los Estados Unidos. Su padre, inventor y buscavidas profesional, abandona muy pronto a su madre en busca de aventuras y negocios con sus amigos. Nick crece con su hermano y su madre en un barrio periférico de un pueblito de Nueva Inglaterra que es, en realidad, un aparcamiento de remolques. Sin conocer a su padre, pero fiel a su ejemplo ausente, Nick se convierte pronto en otro buscavidas y experimenta todo lo bueno y todo lo malo que la exclusión y la pobreza le tienen reservado.
La vida va pasando, con muchos trompicones, y termina por llevar al Nick adulto a Boston. Allí, en suck city, sin saber muy bien por qué, empieza a trabajar en un albergue para vagabundos y mendigos, el más grande de la ciudad. Un día, al revisar la lista de personas que han ingresado al albergue durante la noche, se topa con el nombre de su padre. En otras palabras: Flynn se encuentra con que su padre, del que no ha sabido apenas nada en los últimos 25 años, es un vagabundo de Boston que acude al mismo albergue en el que él trabaja como voluntario desde hace un par de años.
El libro reconstruye también, hasta cierto punto, la vida del padre de Flynn. Si tomáramos este argumento, más las biografías de estos dos hombres, como base para una novela de ficción, el planteamiento sería un poco descabellado, rayano en lo inverosímil. Sin embargo, el autor ha documentado todo lo que ha escrito: una vez más, la realidad supera a la ficción.
El texto se estructura como una colección de notas breves, diríase de páginas de diarios, que narran anécdotas vitales de uno de los dos hombres. No hay continuidad en el espacio ni en el tiempo: se pasa de una nota actual a otra de hace treinta años, y aun así, la ilación de la historia es excelente. Por ese mismo motivo, es fácil y cómodo de leer.
Cuando digo "fácil y cómodo", lo digo desde un punto de vista estrictamente mecánico. Lo que más me impresionó de este libro fue lo difícil que era seguir leyendo. Yo iba descubriendo todas aquellas anécdotas y, de forma automática, las iba colocando en el universo de la ficción. Al terminar cada sección tenía que recordarme a mí mismo: esto no es ficción, esto es una autobiografía y todo lo que se cuenta es lo que pasó, por más novelado que esté. La intensidad de la narración es propia del género de ficción: de ahí que yo tuviera que convencerme, paso a paso, de que no lo era.
Además, da la impresión de que Flynn no tiene inconveniente en relatar hasta los más íntimos detalles de su vida, y también de la de su padre y el resto de su familiar. Es una especie de nudismo literario que, para mí, resulta bastante obsceno y, por lo mismo, un poco violento. Entiendo que el problema es mío, por supuesto, y que la obscenidad, en este caso, está en mi cabeza porque lo que narra el autor es algo real, algo que sucedió de verdad. Por lo tanto, no habría motivo para ocultarlo. Aun así, la sensación está ahí y permanece.
En su momento, Another bullshit night in suck city fue superventas en los Estados Unidos y, no hace mucho, se convirtió en película, protagonizada nada menos que por Robert De Niro. No la he visto, pero estoy convencido de que a De Niro le va de perlas el papel de Flynn padre.
Uno de los temas del libro es el cuidado y la atención de los enfermos mentales en los Estados Unidos. Ese tema, muy controvertido, debería ser el principal en los debates que ha suscitado la reciente masacre de niños en Connecticut. Por desgracia, la atención médica de esos enfermos no ha conseguido abrirse paso entre la espesura del debate de las armas, que en mi opinión es secundario. Pero ese es tema para otra entrada.
Por las razones que fuesen, decidí seguir andando hacia el sur en lugar de desviarme hacia el este (o sea, camino a casa) y en muy poco tiempo, y con muy poca lluvia encima, llegué al colegio, previsiblemente desierto. Le pregunté al poli de la entrada lo que ya sabía, o sea, que dónde era la velada literaria.
--Auditorio, segundo piso --contestó sin mover un músculo de la cara.
--Gracias.
--Mm.
Julia estaba allí mismo, a la puerta, repartiendo vasitos de vino y zumo y señalando las galletitas, los bagels y la tabla de quesos. Adelante, adelante, gracias por venir, te presento a fulano, mengana y zutano, nombres que llegaban y casi al instante se desvanecían. ¿Cómo se llamaba el tipo de pelo blanco y aspecto de intelectual de película de Woody Allen? ¿Cómo se llamaba la mujer rubia de casi dos metros de altura con aspecto de torturar a sus amantes hasta el llanto? ¿Y aquel calvo regordete que no puede dejar de mirarla, ni de comer wheat thins con camembert? Ni idea. ¿Empezará pronto esto? Sí, ya iba a empezar. Habría como cuarenta personas allí, lo cual cubría con creces el cupo que esperaba Julia.
Me senté cerca de las primeras filas y a la derecha, solo pero rodeado por todas partes de desconocidos con nombres imposibles de memorizar. Julia tomó el micrófono, nos agradeció por enésima vez que hubiéramos venido, dio las gracias también a la directora del colegio y presentó al primer escritor, un puertorriqueño que escribía turbias novelas cargadas de sexo y delincuencia en el norte de Nueva York. Tras una breve introducción, leyó unos cuantos párrafos de la obra en la que estaba trabajando. Muy bien imbuidos de la doble moral americana, sus personajes hablaban en inglés pero insultaban en un sabroso español caribeño que me hizo reír un par de veces, ante la absoluta impasibilidad del resto del auditorio, que casi con seguridad era incapaz de entender las partes del diálogo que no estaban en inglés. Aplausos más o menos fruncidos, cambio de orador.
No recuerdo nada de la segunda escritora. Era una de estas personas traslúcidas que no generan emoción alguna ni logran llamar la atención por nada. Leyó algo, no recuerdo qué, con una voz monótona y sin contrastes, como si, en el colegio, el profesor le hubiera pedido que saliera al estrado y leyera a partir del segundo párrafo de la página 132. Aplausos anodinos y pasamos al tercer escritor.
El tercer escritor era Nick Flynn. Resumiré el aspecto de este hombre diciendo lo siguiente: cuando se acabaron la charla y los canapés y todos nos sentamos en el auditorio, Julia y sus tres invitados se quedaron al frente. Yo miré al puertorriqueño y a la mujer sin gracia y me dije: ah, estos son dos de los tres escritores. Luego miré a Flynn y de inmediato pensé: qué hace ahí ese tío.
Parece un vagabundo, pero por algún motivo indeterminado uno sabe que no es un vagabundo. Parece un drogadicto, pero su forma de estar y de comportarse indica con claridad que no lo es. También parece que está cansado, desencantado, desalentado, deprimido, pero en cuanto empieza a hablar uno constata que las apariencias engañan: Flynn está despierto y atento.
Leyó una parte de su libro Another bullshit night in suck city. No es una novela, sino una autobiografía en primera persona. Me impresionó mucho el fragmento y, cuando terminó la lectura, decidí comprar el libro allí mismo. Me acerqué a Nick, lo felicité por el libro y le pedí que lo firmara. Él escribió una dedicatoria que dice For Camilo con mucho gusto, así tal cual, mezclando el español con el inglés, lo cual me hizo mucha ilusión.
Me despedí de Julia, eché una última mirada a los personajes de película que pululaban por allí (el calvo regordete estaba contándole chistes a la mujer de dos metros ante la atenta y adusta mirada del intelectual) y volví feliz a casa con mi ejemplar personalizado debajo del brazo.
Pese a todo, uno sigue siendo como es, y el libro de Nick Flynn durmió el sueño de los justos al pie de mi cama durante tres años hasta que, esta primavera pasada, decidí abrirlo y hojearlo. Al igual que me había pasado con la lectura, aquel texto me interesó inmediatamente, y me puse a leer.
No es que haya leído muchas autobiografías en mi vida, pero esta es, sin duda ninguna, la más intensa, la más detallada y hasta me atrevería a decir la más dolorosa. No quiero dar muchos detalles porque cualquier cosa que explique aquí puede generar expectativas en el futuro lector. Me limitaré a plantear sucintamente la cuestión: Flynn nace en el seno de una familia pobre, muy pobre, de la costa este de los Estados Unidos. Su padre, inventor y buscavidas profesional, abandona muy pronto a su madre en busca de aventuras y negocios con sus amigos. Nick crece con su hermano y su madre en un barrio periférico de un pueblito de Nueva Inglaterra que es, en realidad, un aparcamiento de remolques. Sin conocer a su padre, pero fiel a su ejemplo ausente, Nick se convierte pronto en otro buscavidas y experimenta todo lo bueno y todo lo malo que la exclusión y la pobreza le tienen reservado.
La vida va pasando, con muchos trompicones, y termina por llevar al Nick adulto a Boston. Allí, en suck city, sin saber muy bien por qué, empieza a trabajar en un albergue para vagabundos y mendigos, el más grande de la ciudad. Un día, al revisar la lista de personas que han ingresado al albergue durante la noche, se topa con el nombre de su padre. En otras palabras: Flynn se encuentra con que su padre, del que no ha sabido apenas nada en los últimos 25 años, es un vagabundo de Boston que acude al mismo albergue en el que él trabaja como voluntario desde hace un par de años.
El libro reconstruye también, hasta cierto punto, la vida del padre de Flynn. Si tomáramos este argumento, más las biografías de estos dos hombres, como base para una novela de ficción, el planteamiento sería un poco descabellado, rayano en lo inverosímil. Sin embargo, el autor ha documentado todo lo que ha escrito: una vez más, la realidad supera a la ficción.
El texto se estructura como una colección de notas breves, diríase de páginas de diarios, que narran anécdotas vitales de uno de los dos hombres. No hay continuidad en el espacio ni en el tiempo: se pasa de una nota actual a otra de hace treinta años, y aun así, la ilación de la historia es excelente. Por ese mismo motivo, es fácil y cómodo de leer.
Cuando digo "fácil y cómodo", lo digo desde un punto de vista estrictamente mecánico. Lo que más me impresionó de este libro fue lo difícil que era seguir leyendo. Yo iba descubriendo todas aquellas anécdotas y, de forma automática, las iba colocando en el universo de la ficción. Al terminar cada sección tenía que recordarme a mí mismo: esto no es ficción, esto es una autobiografía y todo lo que se cuenta es lo que pasó, por más novelado que esté. La intensidad de la narración es propia del género de ficción: de ahí que yo tuviera que convencerme, paso a paso, de que no lo era.
Además, da la impresión de que Flynn no tiene inconveniente en relatar hasta los más íntimos detalles de su vida, y también de la de su padre y el resto de su familiar. Es una especie de nudismo literario que, para mí, resulta bastante obsceno y, por lo mismo, un poco violento. Entiendo que el problema es mío, por supuesto, y que la obscenidad, en este caso, está en mi cabeza porque lo que narra el autor es algo real, algo que sucedió de verdad. Por lo tanto, no habría motivo para ocultarlo. Aun así, la sensación está ahí y permanece.
En su momento, Another bullshit night in suck city fue superventas en los Estados Unidos y, no hace mucho, se convirtió en película, protagonizada nada menos que por Robert De Niro. No la he visto, pero estoy convencido de que a De Niro le va de perlas el papel de Flynn padre.
Uno de los temas del libro es el cuidado y la atención de los enfermos mentales en los Estados Unidos. Ese tema, muy controvertido, debería ser el principal en los debates que ha suscitado la reciente masacre de niños en Connecticut. Por desgracia, la atención médica de esos enfermos no ha conseguido abrirse paso entre la espesura del debate de las armas, que en mi opinión es secundario. Pero ese es tema para otra entrada.
jueves, 13 de enero de 2011
Atentados de primera, segunda y tercera clase
En un rincón perdido de una zona poco recomendable de un país en decadencia, las actividades de un enfermo de esquizofrenia y un armero sin escrúpulos desembocaron en un incidente lamentable en el que perdieron la vida varias personas. Entre los heridos había una representante del congreso de ese país.
Por motivos que no se me escapan, pero de los que no me quiero ocupar ahora, el mundo entero se puso a debatir quiénes tenían la culpa de lo que había pasado. Mientras el debate arreciaba en la superficie y las más altas autoridades del país en decadencia expresaban su consternación y declaraban su inquebrantable voluntad de hacer esto y aquello y lo de más allá, yo pensaba que lo mejor para evitar que a uno le afecten esos casos es alejarse todo lo posible de aquella zona perdida del mundo en la que prácticamente todos tienen una pistola o más. Largarse del país en decadencia. Y así, sumido en meditaciones perogrullescas y poco realistas, iba llegando al fondo del andén de la estación de la calle 14 (dirección sur), donde creía entrever un bulto del tamaño aproximado de un humano tendido sobre el costado.
Pensé de inmediato en esas campañas que veo en el metro y que alientan al ciudadano a dar la alarma si ven algún objeto sospechoso en las vías, en los túneles o en cualquier parte de las estaciones. Son graciosas esas campañas, porque el sistema de metro de esta ciudad está tan decrépito y abandonado que hay grandes acumulaciones de basura y desperdicios por todas partes. Si alguien quisiera atentar, poner una bomba, como en Madrid y en Londres, no tendría más que apartar un poquito una de las inmensas bolsas de basura que hay tiradas por todas partes y colocar un paquete. O ponerlo en una bolsa de basura, que no llamaría la atención en lo más mínimo. O mejor aún, darle forma de vagabundo dormido.
No había movimiento en el bulto que digo. Pensé que era humano porque en la base había cartones, señal habitual de que hay alguien durmiendo encima. Los materiales que lo cubrían eran muy variados, pero en general eran plásticos y mantas. Sin acercarme demasiado, traté de detectar ese olor característico que despiden quienes llevan tiempo viviendo en la calle. Nada. Al acercarme un poco más, surgió de la parte izquierda del bulto, la más cercana a las vías, una rata.
Nada más salir se volvió hacia mí, me miró y se quedó quieta unos instantes. Después se metió en el bulto otra vez, para surgir otra vez casi de inmediato, acompañada ahora por una rata de tamaño mayor (y no es que la primera fuese precisamente pequeña). Me observaban las dos. Yo las observaba a ellas y me preguntaba si se puede tener de mascota, o de animal de compañía o de protección, a un par de roedores como esos, tan grises, tan sucios, tan plagados de infecciones. Un instante después me preguntaba si de verdad habría algo o alguien ahí metido.
Rugió el convoy por el túnel. La escena tocaba a su fin. Un segundo antes de que el primer vagón entrara en la estación, las dos ratas se volvieron y desaparecieron por debajo de una puerta, aplastando mágicamente sus cuerpos para adaptarlos al tamaño de una ínfima rendija. Me metí en el vagón. Se cerraron las puertas.
No era descabellado pensar que hubiera una persona debajo de aquel montón de plásticos y mantas frecuentado por ratas. Si no estaba en ese momento, igual había salido a buscar tabaco. Esa persona, si existía, podía ser un enfermo mental sin el debido tratamiento, como el que mencioné al principio. Claro que con toda probabilidad no tendría pistola. Pensé que, quizá, podía tener ideas políticas, sociales o religiosas de carácter extremista e incluso violento. Claro que con toda probabilidad no podría hacerse con materiales explosivos. Pensé, en fin, que hasta para cometer delitos y masacres necesita uno tener contactos, hablar con gente. O al menos, tener un poco de suerte en esta vida.
Por motivos que no se me escapan, pero de los que no me quiero ocupar ahora, el mundo entero se puso a debatir quiénes tenían la culpa de lo que había pasado. Mientras el debate arreciaba en la superficie y las más altas autoridades del país en decadencia expresaban su consternación y declaraban su inquebrantable voluntad de hacer esto y aquello y lo de más allá, yo pensaba que lo mejor para evitar que a uno le afecten esos casos es alejarse todo lo posible de aquella zona perdida del mundo en la que prácticamente todos tienen una pistola o más. Largarse del país en decadencia. Y así, sumido en meditaciones perogrullescas y poco realistas, iba llegando al fondo del andén de la estación de la calle 14 (dirección sur), donde creía entrever un bulto del tamaño aproximado de un humano tendido sobre el costado.
Pensé de inmediato en esas campañas que veo en el metro y que alientan al ciudadano a dar la alarma si ven algún objeto sospechoso en las vías, en los túneles o en cualquier parte de las estaciones. Son graciosas esas campañas, porque el sistema de metro de esta ciudad está tan decrépito y abandonado que hay grandes acumulaciones de basura y desperdicios por todas partes. Si alguien quisiera atentar, poner una bomba, como en Madrid y en Londres, no tendría más que apartar un poquito una de las inmensas bolsas de basura que hay tiradas por todas partes y colocar un paquete. O ponerlo en una bolsa de basura, que no llamaría la atención en lo más mínimo. O mejor aún, darle forma de vagabundo dormido.
No había movimiento en el bulto que digo. Pensé que era humano porque en la base había cartones, señal habitual de que hay alguien durmiendo encima. Los materiales que lo cubrían eran muy variados, pero en general eran plásticos y mantas. Sin acercarme demasiado, traté de detectar ese olor característico que despiden quienes llevan tiempo viviendo en la calle. Nada. Al acercarme un poco más, surgió de la parte izquierda del bulto, la más cercana a las vías, una rata.
Nada más salir se volvió hacia mí, me miró y se quedó quieta unos instantes. Después se metió en el bulto otra vez, para surgir otra vez casi de inmediato, acompañada ahora por una rata de tamaño mayor (y no es que la primera fuese precisamente pequeña). Me observaban las dos. Yo las observaba a ellas y me preguntaba si se puede tener de mascota, o de animal de compañía o de protección, a un par de roedores como esos, tan grises, tan sucios, tan plagados de infecciones. Un instante después me preguntaba si de verdad habría algo o alguien ahí metido.
Rugió el convoy por el túnel. La escena tocaba a su fin. Un segundo antes de que el primer vagón entrara en la estación, las dos ratas se volvieron y desaparecieron por debajo de una puerta, aplastando mágicamente sus cuerpos para adaptarlos al tamaño de una ínfima rendija. Me metí en el vagón. Se cerraron las puertas.
No era descabellado pensar que hubiera una persona debajo de aquel montón de plásticos y mantas frecuentado por ratas. Si no estaba en ese momento, igual había salido a buscar tabaco. Esa persona, si existía, podía ser un enfermo mental sin el debido tratamiento, como el que mencioné al principio. Claro que con toda probabilidad no tendría pistola. Pensé que, quizá, podía tener ideas políticas, sociales o religiosas de carácter extremista e incluso violento. Claro que con toda probabilidad no podría hacerse con materiales explosivos. Pensé, en fin, que hasta para cometer delitos y masacres necesita uno tener contactos, hablar con gente. O al menos, tener un poco de suerte en esta vida.
viernes, 12 de marzo de 2010
Alguien
No sé cómo se llama. Es un caso de prognatismo mandibular tan exagerado, y tan degenerado por la edad, que ya no puede sino balbucir algunas cosas. He visto a dos personas que intentaban comunicarse con él, sin éxito. Su problema físico es tan evidente que más que un ser humano, es un conjunto de dientes asomados al borde de una mandíbula. Detrás hay una persona, sí, pero lo que vemos todos cuando bajamos al andén del metro y pasamos la mirada por el hueco en el que vive es eso: un conjunto de dientes saltones. No hay más que observar las caras de los niños: ¿es miedo, es pena, es extrañeza lo que sienten cuando se lo encuentran cara a cara? Con toda seguridad es una mezcolanza de todo eso, un fiel reflejo de lo que también sentimos los adultos, aunque nosotros retiremos la mirada de inmediato. Los niños la mantienen, cosa que a este hombre sin nombre no le gusta nada. Él también rehuye las miradas intensas.
Durante la mayor parte del día uno no ve en ese hueco más que un montón de mantas raídas arrumbado al fondo de la estación más concurrida de la ciudad. De vez en cuando, el hombre que hay debajo de esas mantas se despereza para recoger lo que la gente ha ido dejando caer en la gaveta de cartón que usa para pedir: un plátano, una manzana, unas galletas, varias monedas. Verlo comer es un espectáculo lamentable porque no puede masticar y se vale de métodos repugnantes para ir pasando la comida. Por otra parte, a juzgar por el aspecto de las manos y los pies, debe de tener una buena cantidad de infecciones por todo el cuerpo.
Hace un par de semanas, cuando llegué a su parte del andén vi que estaba fumando un cigarrillo. Lo sujetaba con unos torpes dedos llenos de manchas y costras, se lo acercaba a la comisura derecha y aspiraba con dificultad. Luego iba dejando salir el aire con una lentitud extrema, tanto por la boca como por la nariz, como si se estuviera quemando por dentro.
Durante todo el proceso, el mendigo miraba atento a su alrededor, como si vigilara, y por muy buenas razones. Fumar en un sitio público en la ciudad de Nueva York es mucho más obsceno que bajarse los pantalones y hacer la ola con los genitales al aire, y él lo estaba haciendo en un andén repleto de público. Si bien es cierto que el tufo a humanidad que desprende este hombre siempre genera un pequeño espacio de seguridad entre el banco que ocupa y la gente que espera a que llegue el tren, ese día lo que se había formado era un vacío de dimensiones bíblicas. En realidad no era tanto, pero en un lugar tan claustrofóbico y saturado como aquella estación, tres o cuatro metros resultaban más anchos y expansivos que la Castilla vieja. Yo me aproveché: el espacio estába ahí, y el humo del cigarrillo no solo no me molestaba sino que mitigaba, en parte, el olor humano. Así que me senté en el banco, a su lado. Él no se volvió, no me miró, no hizo nada más que seguir a lo suyo. La gente sí nos miraba, y mucho.
Por fin un joven trajeado de aspecto inquieto se acercó al hombre sacudiendo las muñecas. «Está prohibido fumar aquí, ¿sabe?», le espetó. «Está prohibido. Prohibido. Está usted molestando a toda esta gente», dijo, y señaló varias veces a las personas que estaban a su alrededor. El mendigo, que no había reaccionado hasta ese momento, movió un poco la cabeza y lo miró de frente. El joven, de pie enfrente de él, cambiaba el peso de un pie al otro y repetía un gesto con la mano que parecía preguntar si su admonición iba a tener consecuencias o no. Pasaron no más de diez segundos con gran expectación, y entonces se oyó el providencial estruendo del tren exprés. El gentío se rebulló y perdió repentinamente el interés en la escena. El joven soltó un bufido y se volvió hacia las puertas del vagón, que ya se abrían. El mendigo, impertérrito, se acercó el cigarrillo a la comisura y aspiró una vez más mientras las dos mareas humanas se cruzaban y se perdían.
Yo me quedé sentado, esperando a que llegara el tren siguiente. Hoy traigo la idea de dejar una cajetilla de tabaco rubio y unas cerillas en la gaveta de cartón.
Durante la mayor parte del día uno no ve en ese hueco más que un montón de mantas raídas arrumbado al fondo de la estación más concurrida de la ciudad. De vez en cuando, el hombre que hay debajo de esas mantas se despereza para recoger lo que la gente ha ido dejando caer en la gaveta de cartón que usa para pedir: un plátano, una manzana, unas galletas, varias monedas. Verlo comer es un espectáculo lamentable porque no puede masticar y se vale de métodos repugnantes para ir pasando la comida. Por otra parte, a juzgar por el aspecto de las manos y los pies, debe de tener una buena cantidad de infecciones por todo el cuerpo.
Hace un par de semanas, cuando llegué a su parte del andén vi que estaba fumando un cigarrillo. Lo sujetaba con unos torpes dedos llenos de manchas y costras, se lo acercaba a la comisura derecha y aspiraba con dificultad. Luego iba dejando salir el aire con una lentitud extrema, tanto por la boca como por la nariz, como si se estuviera quemando por dentro.
Durante todo el proceso, el mendigo miraba atento a su alrededor, como si vigilara, y por muy buenas razones. Fumar en un sitio público en la ciudad de Nueva York es mucho más obsceno que bajarse los pantalones y hacer la ola con los genitales al aire, y él lo estaba haciendo en un andén repleto de público. Si bien es cierto que el tufo a humanidad que desprende este hombre siempre genera un pequeño espacio de seguridad entre el banco que ocupa y la gente que espera a que llegue el tren, ese día lo que se había formado era un vacío de dimensiones bíblicas. En realidad no era tanto, pero en un lugar tan claustrofóbico y saturado como aquella estación, tres o cuatro metros resultaban más anchos y expansivos que la Castilla vieja. Yo me aproveché: el espacio estába ahí, y el humo del cigarrillo no solo no me molestaba sino que mitigaba, en parte, el olor humano. Así que me senté en el banco, a su lado. Él no se volvió, no me miró, no hizo nada más que seguir a lo suyo. La gente sí nos miraba, y mucho.
Por fin un joven trajeado de aspecto inquieto se acercó al hombre sacudiendo las muñecas. «Está prohibido fumar aquí, ¿sabe?», le espetó. «Está prohibido. Prohibido. Está usted molestando a toda esta gente», dijo, y señaló varias veces a las personas que estaban a su alrededor. El mendigo, que no había reaccionado hasta ese momento, movió un poco la cabeza y lo miró de frente. El joven, de pie enfrente de él, cambiaba el peso de un pie al otro y repetía un gesto con la mano que parecía preguntar si su admonición iba a tener consecuencias o no. Pasaron no más de diez segundos con gran expectación, y entonces se oyó el providencial estruendo del tren exprés. El gentío se rebulló y perdió repentinamente el interés en la escena. El joven soltó un bufido y se volvió hacia las puertas del vagón, que ya se abrían. El mendigo, impertérrito, se acercó el cigarrillo a la comisura y aspiró una vez más mientras las dos mareas humanas se cruzaban y se perdían.
Yo me quedé sentado, esperando a que llegara el tren siguiente. Hoy traigo la idea de dejar una cajetilla de tabaco rubio y unas cerillas en la gaveta de cartón.
martes, 22 de diciembre de 2009
Privado
Santiago lleva en el carrito dos escobas. No son para barrer, sino para su privado. Ahora que bajan las temperaturas, en cuanto junta suficiente comida, agua y los dos dólares que cuesta entrar en el metro, se mete en la primera estación. Si es hora punta, espera que la muchedumbre vaya aclarando. Cuando llega un tren casi vacío, se mete a buscar una esquina. Busca ese lugar en el que se juntan cinco asientos sin ventana, al fondo de los vagones, junto a la puerta inútil que debería comunicar un coche con otro, pero que está bloqueada por la empresa de transportes. Cuando encuentra una de esas esquinas libres, se sienta, coloca el carrito en diagonal, como mirando al mundo, y levanta las dos escobas en forma de aspa, una a cada lado. Las asegura bien a los flejes del carrito con unas tiras de alambre para colocar encima el abrigo extendido como un biombo. Así queda parapetado: quienes entran en el vagón apenas le ven las piernas, quizá uno de los zapatos. Ése es su privado.
Se quita entonces la mitad de la ropa que lleva. Él nota el olor, por supuesto, pero ya está acostumbrado. La gente que va en el vagón no. Por eso, cuando se quita la ropa, la mitad del pasaje se cambia al anterior o al siguiente. A él, en su privado, le da igual. Estira su manta, se apoya con comodidad en la esquina, se hurga los entresijos, se hace su higiene, que solo él sabe en qué consiste. A veces tiene un poco de perfume o jabón para paliar el hedor. En las papeleras se encuentra de todo. Cuando termina, hurga de nuevo en las bolsas de plástico y saca la Biblia. Mira el sello de la contratapa: "Placed by the Gideons, do not remove". Le gusta mirar ese sello porque trae recuerdos. Un viaje, el último, un hotel, unas cervezas, un cubo de hielo. Luego Nueva York, luego nada. Apoya la Biblia en el asiento, a su derecha, y va señalando con el dedo y leyendo en silencio, memorizando cada versículo, hasta que el calor de la calefacción y el vaivén del tren le hacen dormir. Sabe que, desde el momento en que instala su privado tiene entre una y cuatro horas de descanso. Los días de semana, menos. Los sábados, domingos y festivos, mucho más.
La madrugada pasada, cuando los dos guardias de seguridad lo sacaban del vagón con su privado a cuestas, se dio cuenta de que una muchacha flaca y triste lo estaba mirando. Los guardias le hicieron las preguntas de siempre y luego se marcharon escaleras arriba. Entonces la chica se le acercó y le preguntó si quería un cigarrillo. Él lo aceptó sin decir nada. Ella se sentó a su lado en el banco. Lo miraba de arriba abajo, de arriba abajo. Santiago ya está acostumbrado a que lo miren así, no le importa. Él no la miraba mucho a ella, en parte por respeto, en parte porque no era muy bonita. Fumaron en silencio. Al acabar el suyo, ella dijo «yo también estoy sola». Se levantó y se fue caminando al otro extremo del andén desierto. Poco después llegó el tren. Ella lo tomó. Él se quedó sentado, mirando, como de costumbre. Estaba sola, me dijo Santiago, pero se ve que todavía tenía a dónde ir.
Se quita entonces la mitad de la ropa que lleva. Él nota el olor, por supuesto, pero ya está acostumbrado. La gente que va en el vagón no. Por eso, cuando se quita la ropa, la mitad del pasaje se cambia al anterior o al siguiente. A él, en su privado, le da igual. Estira su manta, se apoya con comodidad en la esquina, se hurga los entresijos, se hace su higiene, que solo él sabe en qué consiste. A veces tiene un poco de perfume o jabón para paliar el hedor. En las papeleras se encuentra de todo. Cuando termina, hurga de nuevo en las bolsas de plástico y saca la Biblia. Mira el sello de la contratapa: "Placed by the Gideons, do not remove". Le gusta mirar ese sello porque trae recuerdos. Un viaje, el último, un hotel, unas cervezas, un cubo de hielo. Luego Nueva York, luego nada. Apoya la Biblia en el asiento, a su derecha, y va señalando con el dedo y leyendo en silencio, memorizando cada versículo, hasta que el calor de la calefacción y el vaivén del tren le hacen dormir. Sabe que, desde el momento en que instala su privado tiene entre una y cuatro horas de descanso. Los días de semana, menos. Los sábados, domingos y festivos, mucho más.
La madrugada pasada, cuando los dos guardias de seguridad lo sacaban del vagón con su privado a cuestas, se dio cuenta de que una muchacha flaca y triste lo estaba mirando. Los guardias le hicieron las preguntas de siempre y luego se marcharon escaleras arriba. Entonces la chica se le acercó y le preguntó si quería un cigarrillo. Él lo aceptó sin decir nada. Ella se sentó a su lado en el banco. Lo miraba de arriba abajo, de arriba abajo. Santiago ya está acostumbrado a que lo miren así, no le importa. Él no la miraba mucho a ella, en parte por respeto, en parte porque no era muy bonita. Fumaron en silencio. Al acabar el suyo, ella dijo «yo también estoy sola». Se levantó y se fue caminando al otro extremo del andén desierto. Poco después llegó el tren. Ella lo tomó. Él se quedó sentado, mirando, como de costumbre. Estaba sola, me dijo Santiago, pero se ve que todavía tenía a dónde ir.
lunes, 2 de noviembre de 2009
La vieja
La vieja le acaba de pedir algo al hombre que va unos veinte metros delante de mí. Lo ha increpado en voz alta, con descaro, poniéndose en su camino, pero él ha seguido caminando y apenas si se ha desviado unos centímetros, sin inmutarse. Ella ha soltado la presa con rapidez y se ha vuelto hacia mí. Ahora la tengo enfrente: si sigo andando, me chocaré con ella. Me empieza a hablar en la distancia, y aunque el ruido de la ciudad no me deja oír, entiendo que me pide algo para comer, dame algo, dame unos dólares, dice. Yo, como el otro hombre, sigo andando, pero sí me inmuto.
Tendrá setenta y muchos años. Está encorvada, sucia y enfadada. Mira a los ojos y habla a gritos. Me recuerda a mi abuela. Dame algo, dame diez dólares, dice, y a mí me da la risa. ¿Diez dólares? Me detengo y la miro de frente también. Ella, sin asomo de malicia, pero con cara de muy mala leche, me sostiene la mirada y asiente: sí, diez dólares, ¿no tienes diez dólares? Me pone una mano en el brazo izquierdo. Estoy a punto de decirle que no los tengo, pero me retracto y contesto que sí, que tengo diez dólares, pero que no son para ella. Entonces sube todavía más la voz y me pregunta por qué, por qué no le puedo dar diez dólares, y sigue lanzándome frases, diciendo dame diez dólares, algo tendré que comer, ¿no? Yo no salgo de mi asombro, pero de repente me doy cuenta de que me está sujetando el brazo con mucha fuerza. Me sobresalto, miro alrededor por si acaso tiene algún ayudante y no me he dado cuenta. No veo a nadie sospechoso. Ella me pregunta qué me pasa, es que ella me da asco o me da miedo o qué me pasa, por qué no le doy los diez dólares. Un poco aturdido ya por la insistencia (el portero del edificio de al lado nos está mirando), meto la mano al bolsillo. Ella se calla de inmediato mientras yo hablo por hablar, diciendo vamos a ver qué tenemos por aquí. Está claro que en la billetera hay más de diez dólares, pero no le voy a dar tanto, desde luego. Ella mira y dice sí tienes diez dólares, ¿ves?, dámelos. Yo la miro a los ojos y le repito que no le voy a dar diez dólares, a lo cual ella pone cara de genuina angustia y vuelve a preguntarme por qué no quiero darle diez dólares, qué va a hacer, qué va a comer si no se los doy. Saco dos billetes de a dólar y se los tiendo. Aquí hay dos dólares, ¿los quieres? Ella me suelta el brazo pero se queda inmóvil, con los ojos clavados en mi cara, como ponderando. No ha mirado los billetes.
Dame diez dólares, dice por última vez. Ahí van sus últimas tropas, avanzando en un campo de batalla que ya está decidido, abandonada ya toda esperanza de vencer si no es gracias a un milagro o a un error del enemigo. Yo reafirmo mis defensas, aguanto el envite y digo sencillamente que no. Entonces una mano muy lenta recoge los dos dólares mientras los ojos se quedan donde están. Los noto ahí, en plena cara, y los noto cuando me doy la vuelta y echo a andar calle abajo. Los noto cuando entro en el metro, ya muy lejos de ella. Los noto al llegar a casa. Los noto ahora, tres días después de no haberle dado lo que me pedía.
Tendrá setenta y muchos años. Está encorvada, sucia y enfadada. Mira a los ojos y habla a gritos. Me recuerda a mi abuela. Dame algo, dame diez dólares, dice, y a mí me da la risa. ¿Diez dólares? Me detengo y la miro de frente también. Ella, sin asomo de malicia, pero con cara de muy mala leche, me sostiene la mirada y asiente: sí, diez dólares, ¿no tienes diez dólares? Me pone una mano en el brazo izquierdo. Estoy a punto de decirle que no los tengo, pero me retracto y contesto que sí, que tengo diez dólares, pero que no son para ella. Entonces sube todavía más la voz y me pregunta por qué, por qué no le puedo dar diez dólares, y sigue lanzándome frases, diciendo dame diez dólares, algo tendré que comer, ¿no? Yo no salgo de mi asombro, pero de repente me doy cuenta de que me está sujetando el brazo con mucha fuerza. Me sobresalto, miro alrededor por si acaso tiene algún ayudante y no me he dado cuenta. No veo a nadie sospechoso. Ella me pregunta qué me pasa, es que ella me da asco o me da miedo o qué me pasa, por qué no le doy los diez dólares. Un poco aturdido ya por la insistencia (el portero del edificio de al lado nos está mirando), meto la mano al bolsillo. Ella se calla de inmediato mientras yo hablo por hablar, diciendo vamos a ver qué tenemos por aquí. Está claro que en la billetera hay más de diez dólares, pero no le voy a dar tanto, desde luego. Ella mira y dice sí tienes diez dólares, ¿ves?, dámelos. Yo la miro a los ojos y le repito que no le voy a dar diez dólares, a lo cual ella pone cara de genuina angustia y vuelve a preguntarme por qué no quiero darle diez dólares, qué va a hacer, qué va a comer si no se los doy. Saco dos billetes de a dólar y se los tiendo. Aquí hay dos dólares, ¿los quieres? Ella me suelta el brazo pero se queda inmóvil, con los ojos clavados en mi cara, como ponderando. No ha mirado los billetes.
Dame diez dólares, dice por última vez. Ahí van sus últimas tropas, avanzando en un campo de batalla que ya está decidido, abandonada ya toda esperanza de vencer si no es gracias a un milagro o a un error del enemigo. Yo reafirmo mis defensas, aguanto el envite y digo sencillamente que no. Entonces una mano muy lenta recoge los dos dólares mientras los ojos se quedan donde están. Los noto ahí, en plena cara, y los noto cuando me doy la vuelta y echo a andar calle abajo. Los noto cuando entro en el metro, ya muy lejos de ella. Los noto al llegar a casa. Los noto ahora, tres días después de no haberle dado lo que me pedía.
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