viernes, 10 de mayo de 2019

Ver la música por dentro y por fuera

Un día escribes una canción. Tocas, cantas, afinas, perfilas, buscas, encuentras y te queda algo así como esto.



Después te vas al estudio, hablas con la producción y los de ingeniería y lo conviertes en material vendible, más o menos como esto.

O quizá no, quizá es al revés. No estoy seguro. Lo cierto es que me gusta ver la música así, en dimensiones distintas, en expresiones distintas. Metric es un grupo musical canadiense que versiona sus propias canciones y con ello nos permite disfrutar de esa profundidad creativa.

viernes, 5 de abril de 2019

Ordesa: ascensión al valle de los demonios (personales)

Este verano se publicó Ordesa, un libro narrativo (me resisto a llamarlo "novela" o a catalogarlo de ninguna otra manera) del escritor Manuel Vilas. Si uno empieza a leer sin más, lo que se encuentra al principio es una reflexión bastante pesimista sobre la situación personal del autor, sobre sus circunstancias actuales y sobre la pena que siente por la pérdida de sus padres. Las páginas iniciales son una extensa colección de pensamientos, sensaciones y recuerdos, todos bastante tristes. Es un torrente de intimidades que configuran un retrato muy personal. Y muy deprimente.

Vilas usa un estilo narrativo breve y rotundo, rico en símiles y metáforas. Confieso que ese estilo me pilló desprevenido porque no tuve la prudencia elemental de leer las solapas y la contraportada del libro. Si la hubiera leído, me habría enterado de que Vilas es más poeta que novelista y entonces, quizá, los primeros capítulos no me habrían causado tan mala impresión. Mi primera anotación fue "Pesado, pesado, pesado. Le gusta intercalar frases cortas y lapidarias con otras largas y abstractas y difíciles de leer. Le gusta cambiar de tema sin avisar en el mismo párrafo, y a veces hasta en la misma frase. Le gustan las metáforas apocalípticas y las generalizaciones. Y está deprimidísimo". Aquí va un ejemplo ilustrativo:

El dinero es el lenguaje de Dios. El dinero es la poesía de la historia. El dinero es el sentido del humor de los dioses. La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuando nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La verdad es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad. Lo cómico de la condición humana es que no necesita la verdad. Es un adorno la verdad, un adorno moral. Se puede vivir sin la verdad, pues la verdad es una de las formas más prestigiosas de la vanidad.

Bien mirado, ahora que leo mi propia caracterización (alternancia de frases cortas y largas, cambios de tema, metáforas), me doy cuenta de lo bestia que soy. ¿Es que no reconozco un texto lírico cuando lo tengo delante?

En fin, superado este primer bache de percepción, seguí leyendo con un interés renovado. Pensé: esto es poesía en prosa, hay que leer despacio, hay que buscar la emoción, no la historia, porque no hay historia. Es como una foto gigante. Como un álbum de fotos. Y sí, con esa premisa la cosa mejoró mucho.

Cuando llevaba unas cien páginas anoté esto: "lo que me está incomodando de Ordesa no es la forma de escribir de Manuel Vilas, sino la forma de pensar de Manuel Vilas. Este libro es, en realidad, un chorro de pensamientos íntimos, y el efecto que me produce es el mismo que ya sentí, por ejemplo, con Nick Flynn: a medida que voy leyendo, pienso que no debería seguir, que lo que hay en ese libro son asuntos privados que no me conciernen. Me recuerda también al momento en que el protagonista de The Sportswriter, de Richard Ford, se pregunta por qué ese conocido suyo le cuenta de repente que en una noche de cansancio y confusión tuvo una experiencia homosexual, a pesar de ser super heterosexual y muy machote. ¿Por qué me cuenta todo esto?, piensa el personaje. ¿Y por qué sigo leyendo?, me pregunto yo. No me interesa el divorcio de Vilas, ni sus problemas con el alcohol, ni la relación difícil que tiene con sus hijos adolescentes. Si fuera ficción, si este Vilas fuese una invención de Vilas, lo absorbería con todo el gusto del mundo, pero no me veo con ganas, o con fuerzas, de tragarme la autobiografía de este señor, que para mí es tan real como yo mismo y tiene una forma de discurrir con la que no me encuentro cómodo y unos problemas que no sé cómo abordar".

Con esas dudas y esas dificultades iba avanzando por el texto. Como los capítulos son tan cortos, con dos o tres páginas cada uno, no se me hacía pesado. Algunos eran muy deprimentes, pero otros me resultaban interesantes: describían momentos de su infancia en Barbastro o de su vida más reciente en Zaragoza, anecdotas, situaciones, frases, objetos que le trae la memoria. En otros se acumulaban otra vez las frases aparentemente inconexas y me daba la impresión de estar leyendo una de esas páginas de citas célebres que hay por la web. No solo se me hacían difíciles de digerir, sino que además no captaba el sentido de la mitad de esas frases.

Tardé en darme cuenta de que Vilas, de forma voluntaria o involuntaria, estaba dándome los elementos de su memoria que yo necesitaba para entender sus ideas y sus sentimientos. Las anécdotas, situaciones, frases y objetos explicaban los motivos, o los orígenes, de aquellas supuestas divagaciones y el libro entero iba cobrando nuevas dimensiones. Lo que al principio no era más que una retahíla de lamentos se fue convirtiendo en una telaraña de personajes, sensaciones, obsesiones, o sea, en un retrato detallado de una circunstancia vital, de un estado de ánimo.

Así llegué al capítulo 157, apenas página y media, en el que Manuel Vilas imagina la noche de su concepción, en noviembre de 1961. No hay lamento en ese capítulo, no hay furia ni desesperación. solo hay belleza: sus padres, jóvenes y hermosos, tumbados en una cama, desnudos, con la luz del sol y la brisa de la tarde entrando por la ventana abierta. Dice Vilas: y yo, yo ya estaba allí. Es un remate fascinante para un libro de una enorme complejidad.

Más allá de ese capítulo final hay un epílogo que contiene un puñado de poemas. Leer esos poemas después de haber leído el libro entero es una experiencia muy intensa. Es casi como verlos desde dentro de la cabeza del poeta, puesto que uno tiene todos los elementos que necesita para interpretar cada verso, cada palabra, desde ahí, desde dentro. Un privilegio, diría yo, que nos concede Vilas, quién sabe por qué.

Hacía muchos años que no leía más poesía que la de las canciones que escucho. Siento que ha merecido la pena todas las etapas por las que me ha llevado el libro, desde el "pesado, pesado, pesado" y el desánimo iniciales hasta la gran sorpresa final del capítulo 157. Sí, merece la pena pasar el trago del libro para disfrutar de los poemas.

Espero que, cuando digo "pasar el trago del libro", no se entienda que juzgo negativamente la capacidad de Vilas como escritor o la calidad de los capítulos narrativos de Ordesa. No, me refiero a la dificultad de leer un texto tan profundo, tan concentrado, sobre la intimidad de otro ser humano. El libro está muy bien escrito y el autor tiene el oficio necesario para que esa confesión radical suya no caiga en el ridículo ni en la irrelevancia, que son los dos riesgos más inmediatos de quien ahonda en el dramatismo con esa furia y con esa intensidad. Por eso, creo yo, me ha costado y me ha gustado leer Ordesa: porque durante cinco días, cada vez que empezaba uno de esos 157 capitulitos subatómicos, me veía frente a frente con el drama descarnado y sangrante del Manuel Vilas-ser humano y me preguntaba por qué. En ese ser humano que fluye de la autocompasión a la rabia, pasando por la nostalgia, el pesimismo y qué sé yo cuantas cosas más, se dibuja poco a poco la imagen del duelo del autor: el Vilas que escribe Ordesa ha renunciado a mirar hacia delante. Solo quiere mirar atrás, pero todo lo que ve así atrás está muerto, ajado, cubierto de polvo, desaparecido u olvidado. Y cada vez que se vuelve hacia el presente o el futuro ve cosas que le producen desagrado o repulsión. Se ha quedado estancado, flotando en un limbo donde solo hay tristeza o rechazo. No es fácil mirar de frente a una persona que se siente así. Y no es fácil evitar la comparación. A medida que uno sabe, va equiparando con la propia vida, con la propia historia. Entonces empieza un proceso paralelo de examen, de análisis de los sentimientos, y el lector empieza a escribir mentalmente su Ordesa particular.

Yo empecé mi Ordesa, por supuesto, pero no lo voy a poner por escrito, ni lo voy a terminar. No soy Manuel Vilas. Eso sí, después de haber leído este libro, creo que entiendo mejor ciertos rasgos de ciertos seres humanos.

lunes, 1 de abril de 2019

Sánchez Ferlosio, cuarenta años después

No me acuerdo del curso en el que nos tocó leer un extracto de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio, que murió esta madrugada en Madrid. Teníamos aquellos libros de lengua española organizados casi militarmente por Fernando Lázaro Carreter: lectura, lección de gramática, preguntas de comprensión de texto, preguntas de gramática, ejercicios. Todos iguales, todos los años. Veinte, treinta lecciones por curso, una detrás de otra. Mis compañeros odiaban aquellos libros. Yo, para la tercera o cuarta semana de clases, ya me había leído todos los textos del año. Ahí descubrí no solo a Sánchez Ferlosio, sino también a García Márquez, a Pérez Galdós, a Torrente Ballester y a muchos más.

Como digo, no me acuerdo en qué año me topé con ese extracto de Alfanhuí en el que el protagonista (un niño que también se llama Alfanhuí) baja al sótano de la casa de don Zana y encuentra una cueva por la que cuelgan las raíces del árbol que da hojas de colores. Recuerdo que fue uno de esos instantes en los que uno se siente sumergido por completo en el libro. Durante un rato, la conciencia se sumerge en la imagen de ficción, una imagen tan cargada de energía que hace desaparece toda la realidad circundante. Qué sensación tan fantástica (nunca mejor dicho).

Cuando terminé de leer pensé, además, que aquello no parecía un cuento de fantasía como los que yo leía en mis colecciones de Noguer y Alfaguara Juvenil. No, aquello tenía el peso y la consistencia de un libro de mayores, uno de esos libros "sin dibujos" a los que yo todavía no había hincado el diente. ¿Qué edad tendría entonces? ¿Diez, once, doce años? Recuerdo que fue una sorpresa enorme: en un libro de mayores podía haber una escena como esa, un niño mirando una caverna luminosa, las raíces del árbol colgando desde el techo y, en el suelo, los cuencos de tintes que suben con la savia y hacen que el árbol saque hojas de colores. Me llegó muy hondo. Me llegó tan hondo que un par de veces he intentado escribir una historia inspirada en esa imagen. Un poco más tétrica, es cierto, pero qué más da, la imaginación es para eso. Claro que yo nunca termino de escribir nada y esa variante de Alfanhuí jamás ha visto la luz. Aun así, cuarenta años después todavía siento un agradecimiento enorme por el autor que nos regaló esa imagen tan poderosa.

Sánchez Ferlosio escribió muchísimo. Su obra es inmensa, porque también tenía unos conocimientos y una lucidez inmensos. No es que yo haya leído toda esa obra, pero sí he leído artículos y entrevistas y me consta que tenía una forma de pensar muy particular y una cultura extensísima. Curiosamente, Javier Cercas, protagonista de mi post anterior, lo menciona como personaje de su novela Soldados de Salamina, lo cual no sorprende si se sabe que el protagonista de esa novela es su padre, Rafael Sánchez Mazas. Sánchez Ferlosio nació en Italia, y tuvo la doble nacionalidad italiana y española, porque en los años veinte su padre andaba por ese país, uniendo lazos. Uno de esos lazos lo unió a Liliana Ferlosio, la italiana que fue su esposa y madre del Rafael que murió hoy. También ató otros lazos, de naturaleza ideológica, con los fascistas italianos y con aquella corriente de pensamiento que luego trajo lo que trajo a toda Europa.

Decía antes que Sánchez Ferlosio escribió muchísimo, pero novelas solo escribió tres, y de esas he leído dos: la citada Alfanhuí y El Jarama. La segunda le valió el premio Nadal de 1955 y lo convirtió en un escritor famoso. Es la historia de una muerte accidental y de las reflexiones que esa muerte provoca en un grupo de jóvenes madrileños de los años cincuenta. Las dos obras me parecen magistrales, y lamento mucho que este autor no siguiera por el camino de la narrativa de ficción para regalarnos más momentos como los que pasé, de niño y de joven, con esos dos libros.

Ese escritor tan prolífico y tan famoso no publicó más que otra novela, la tercera, que se titula El testimonio de Yarfoz, de la que no sé nada. Desde muy pronto se especializó en el ensayo, género del que publicó una infinidad de obras. En 2004 le dieron el premio Cervantes y en 2009 el Premio Nacional de las Letras Españolas. No sé si habrá algún otro premiado de esas categorías con tan poquísima obra narrativa, puede que sí. Quizá debería buscar más obras suyas y leerlas, pero reconozco que cuando veo la temática de todos esos ensayos me cuesta un poco lanzarme. Quizás debido a mi cultura lacustre, la dosis de erudición que puedo aguantar a estas alturas de mi vida está muy mermada.

En fin, descanse usted en paz, don Rafael, y muchísimas gracias por dejarme (dejarnos) esas dos novelas fascinantes.

domingo, 24 de marzo de 2019

Memoria mítica, memoria histórica

Leí Soldados de Salamina, de Javier Cercas, justo ahora que en España está otra vez en boga eso de la "memoria histórica" y el asunto de la exhumación de Franco. Lo de "memoria histórica" es un nombre curioso que le han dado en España al proceso que en América Latina se ha orientado más bien hacia "comisiones de la verdad y la reconciliación" y otros títulos por el estilo, y que en los Balcanes se ha solucionado más bien a golpe de tribunal, juicio y condena.

Quizá por no haber tenido contacto nunca con ejércitos ni milicias, me sorprende mucho ver cómo la gente se mata. Me sorprende, de hecho, constatar que las guerras, las masacres y los genocidios son una característica de la raza humana y uno de los principales motores que impulsan el desarrollo tecnológico y científico. Dicen las estadísticas que, en proporción a la población, cada vez hay menos conflictos armados y cada vez muere menos gente en esos conflictos. Eso está bien, y me alegro mucho, aunque no creo que le sirva de consuelo a quien ve morir a familiares, amigos y conocidos en los países que están ahora mismo en esa situación.

Cuando esas guerras, masacres y genocidios terminan, la gente reacciona de formas muy diferentes, según las circunstancias. Como es habitual, quien tiene una ideología firme y bien interiorizada reacciona en bloque con quienes comparten esa ideología y no tiene dudas, o apenas duda: saben muy bien lo que hay que hacer y procuran que todo el mundo les siga. A otros muchos, que no tenemos el apoyo de una fe o un pensamiento político convincente, o a los que sencillamente no tenemos opinión o preferencia política o religiosa, nos resulta muy difícil asumir y entender lo que pasó. (Por cierto, en todo conflicto hay siempre un tercer grupo de personas, muy influyente, que es el de los que miran desde fuera: los analistas y opinadores de otras zonas u otros países, que influyen más cuanto más participan en la reconstrucción y la rehabilitación del tejido socioeconómico destruido por el conflicto.)

Con todos esos elementos en mente iba yo leyendo la historia de Soldados de Salamina, en la que Javier Cercas, que es también el protagonista de su propia novela, intentaba reconstruir una escena concreta de un personaje concreto de la guerra civil, el periodista, escritor e ideólogo Rafael Sánchez Mazas. Al tiempo que leía, iba buscando información sobre aquella época, los protagonistas y la evolución de la guerra civil española y del pensamiento fascista o totalitario en España. He aprendido mucho sobre el tema y, como suele suceder en estos casos, he terminado con muchas más preguntas que respuestas. Así es el aprendizaje: cuanto más sabemos, más claro va quedando lo poco que sabemos.

Poco después de terminar el libro coincidí con un grupo bastante nutrido de amigos en el Maxi y planteé la pregunta de si alguien tenía conocidos o familiares muertos en guerras, masacres o represiones. ¿Alguien? Resultó que casi todos teníamos. Nos pasamos la tarde entera narrando las historias de abuelos ejecutados en la guerra civil española, familiares torturados o desaparecidos en las dictaduras latinoamericanas, o amigos y hermanos perdidos en el horror de los Balcanes. Por una parte, era terrible ver que casi todo el mundo había perdido a alguien. Por otra, era fascinante escuchar tanto las historias como las opiniones y las reacciones de unos y de otros.

Lo que más me llamaba la atención era la precisión con la que algunos contaban las circunstancias en las que aquellas personas habían sido asesinadas, torturadas, secuestradas o desaparecidas. Me llamaba la atención porque ninguno de los que participábamos en la conversación podíamos (menos mal) relatar el caso de primera mano. Sin embargo, a pesar de no haber estado presentes, algunos teníamos muy claros ciertos detalles, incluso del momento preciso de una ejecución o de una sesión de tortura.

Pensando en el libro de Javier Cercas y en su frustración cada vez que intentaba fijar los hechos desde un punto de vista objetivo, se me ocurrió preguntar a quienes daban esos detalles si podían aportar otros que, cabría pensar, también deberían haber trascendido. Por ejemplo, a una amiga que relató con bastante precisión una escena en la que su tía era torturada, le pregunté: ¿era tu tía la única que estaba con los dos torturadores en esa habitación? No sabía. Un amigo bosnio explicó cómo se habían llevado a su padre a la parte de atrás de su casa para ejecutarlo y reproducía el diálogo que sostuvo con sus verdugos. ¿Quién te contó ese diálogo?, pregunté. Uno de los verdugos, que fue detenido, se lo confesó a mi madre antes de ser ejecutado, contestó. Le pregunté entonces qué grado de fiabilidad daba él a esa confesión, probablemente obtenida en circunstancias poco ortodoxas. En lugar de contestar, mi amigo me preguntó, cortante, si yo estaba poniendo en tela de juicio el relato de su madre. Yo me limité a decir que no, pero el asunto quedó ahí, en el aire.

Tengo la impresión de que, como en el libro de Cercas, todos esos relatos que nos llegan por terceros no son "la historia" ni "la verdad": son más bien como las novelas y las películas, es decir, solo podemos saber lo que el director o el autor nos han querido enseñar, y solo lo podemos "ver" a través de sus ojos y de su memoria. Cuando el relato familiar llega por vías indirectas, y no por una investigación criminal, no es posible pensar que uno sabe nada a ciencia cierta: los narradores sucesivos pueden haber ampliado, acortado, embellecido, dramatizado o transformado radicalmente los hechos. En suma, el relato de terceros no nos permite saber lo que pasó de verdad: puede ser exacto o puede ser pura ficción, o cualquiera de todos los estados intermedios posibles. Si uno quiere determinar los hechos, la única manera es investigar, pero para eso se necesitan libros, hemerotecas, testigos, registros y demás, y en las conversaciones de amigos y familiares eso ni se plantea. Lo único que hay son historias contadas por terceros que, cuanto más se cuentan, más reales se van haciendo en la mente del grupo familiar, y al mismo tiempo más se van distanciando del hecho en sí.

Mi conclusión es que la memoria no es histórica, y mucho menos cuando se trata de asuntos tan trágicos como las guerras. La memoria humana, frágil, incompetente y sensible a las emociones, no es capaz de contrastar hechos de forma fría y calculadora: se nutre de relatos y sentimientos y, por lo tanto, no es capaz de ser histórica, en el sentido en el que hoy entendemos la historia. No es esto una crítica, ni mucho menos. De hecho, pienso que si no tuviéramos ese tipo de memoria, las cosas que nos contamos cuando nos sentamos alrededor de una mesa para tomar un café serían muy parecidas a las actas de una comisión, es decir, mortalmente aburridas.

Para mí, la memoria humana es mítica y dramática, como de hecho lo fue la historia durante muchos siglos, antes de que se empezaran a aplicar los métodos del racionalismo a la investigación. Por eso dudo de que el término "memoria histórica" sea adecuado, y tampoco creo que títulos como "comisión de la verdad" tengan mucho sentido, pero no quiero empezar aquí otra diatriba sobre el concepto de "verdad", porque me alargaría demasiado. Supongo que me hago entender.

Volviendo a la literatura, justo después de aquella conversación tan interesante y emotiva con los amigos del Maxi, volví a casa, abrí el libro que estoy leyendo y ahí mismo me estaba esperando esta cita:

En la historia, hay montones de hechos que es mejor dejar en la sombra. El conocimiento exacto no aporta nada bueno a nuestra vida cotidiana. Lo objetivo no sobrepasa necesariamente a lo subjetivo. La realidad no extingue necesariamente la fantasía. (Matar al Comendador, Haruki Murakami; traducción propia de la versión inglesa)
Es otra forma de verlo. No es la opinión de Murakami, sino lo que dice uno de sus personajes en un momento dado, pero sí reconozco esa opinión en mucha gente de mi entorno, y en varios países: "no hurgues en el pasado, no merece la pena y solo te vas a llevar disgustos; acepta las cosas como son y mira hacia delante". Como se puede suponer, ese es uno de los temas de la novela Matar al Comendador. Es evidente que a Murakami le encanta hurgar en el pasado. Y yo reconozco que últimamente siento una curiosidad que antes no tenía.

¿Me estaré haciendo mayor?

jueves, 14 de marzo de 2019

Por no cansar

Por no cansar he omitido un montón de novelas que he leído en las últimas semanas. Ni siquiera he vuelto a mencionar el asunto delante de Igor, porque ya me estaba mirando mal. Pero el caso es que todas esas novelas ya han pasado por la trituradora y que solo me queda una, que he empezado hoy. Cuando la termine, habré leído toda la narrativa larga de Haruki Murakami, traducida bien al español, bien al inglés, y estaré en condiciones de maltratar a mis lectores y suscriptores con uno o varios posts de análisis, comentario, resumen o qué sé yo. Tiembla, lector, tiembla.

sábado, 9 de marzo de 2019

Se acaba el camino

Hace mucho que no pongo música, así que ahí va el final del camino de Umphrey's McGee. Fácil de escuchar, creo yo, y bastante difícil de interpretar. Como debe ser.

domingo, 3 de marzo de 2019

Mario Conde envejece bien

Por esas cosas buenas que a veces tiene el trabajo, allá en el remoto año 2002 tuve la suerte de pasar la última semana de abril en La Habana. Podría contar bastantes historias de esa semana, pero me voy a centrar en una anécdota literaria, por aquello de mantener el estilo del blog.

Tuvimos dos días libres: uno antes de empezar a trabajar y otro después. Como no tenía ni idea de qué hacer en aquel primer día, le pregunté al conserje del hotel. Me dio varias pistas y, ya al final de la lista, como sin ganas, dejó caer que en la Plaza de Armas, donde quedaba el antiguo palacio del gobernador, había un mercadillo más o menos permanente de libros. Y allá que me fui, paseando por los límites de la abigarrada zona turística y evitando como podía a los guardias de uniforme verde que me recomendaban no salir de esa zona "por mi propia seguridad".

En aquella plaza flanqueada por edificios coloniales que muy bien podrían haber estado en Cádiz (España), en Mérida (México) o en San Juan (Puerto Rico), a la sombra de unos impresionantes ficus, colocaban sus estantes los libreros de La Habana para alegría del puñado de turistas que parecía tener interés en aquel material impreso. Hablé con varios libreros que me recomendaron comprar esto y aquello y lo de más allá. A algunos les hice caso y a otros no, más por economía de peso que por otra cosa, puesto que por aquel entonces no sabía yo apenas nada de los escritores cubanos. Cuando ya me iba con una bolsita y cuatro piezas cobradas, vi a un librero que estaba en una esquina, con la mirada perdida, casi agazapado detrás de su expositor. Con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas, tenía una cara de enfado mayúsculo que no invitaba precisamente a acercarse, y quizá por eso me picó la curiosidad y me fui hacia allá.

¿Qué me recomienda de literatura cubana? le pregunté.

El hombre levantó una ceja y me miró.

¿Antigua o moderna? contraatacó.

—Moderna —contesté yo, calculando que la antigua sería más fácil de encontrar fuera del país. Él exhaló sonoramente antes de ponerse en movimiento. Giró sobre sí mismo sin levantarse de la silla y tomó un volumen con tapas negras de detrás del expositor.

—Lo mejor que tenemos ahora mismo es esto —dijo sin asomo de emoción, y me alcanzó el libro. A continuación recuperó la posición y el gesto iniciales, con la mirada perdida en algún lugar remoto. Yo examiné el libro que tenía en la mano. Se titulaba La novela de mi vida y el autor era un tal Leonardo Padura.

—No conozco a este autor —dije.

El librero se giró despacio hacia mí, me miró con la ceja mucho más levantada y no dijo nada. Buen momento para haberme callado o para que me hubiera tragado la tierra. Tres o cuatro segundos después (que a mí se me hicieron eternos), el tipo volvió a apoyar las manos en las rodillas. Yo me quedé ahí, mirándolo un poco a él y un poco al libro.

—Esa novela tiene las dos cosas —dijo de repente, sin mirarme—: la Cuba de hoy y la Cuba de la colonia. Leonardo cuenta bien las cosas.

—¿Y cuál le gusta más a usted? —pregunté.

El librero se volvió hacia mí como con un resorte.

—¡Coño, no me trates de usted, que me haces sentir más decrépito de lo que ya estoy!

—Perdón...

—Cuál me gusta más a mí —repitió mi pregunta y aligeró un poco el gesto. Hubo también un leve cambio de postura. Daba la impresión de que ahora, de repente, sí tenía ganas de hablar—. ¿Tú crees que es cuestión de gusto? ¿Tú quieres saber si a mí me gusta más la Cuba colonial o la Cuba actual? —dijo, con un énfasis tremendo en la palabra "gusta".

Yo me quedé callado. Total, ya había metido la pata dos veces, así que pensé que era mejor morderse la lengua. Él apretó los labios, sacudió la cabeza, se dio dos palmetazos en los muslos y se puso de pie. Estaba claro que mi silencio había funcionado bien y que me había ganado un discurso.

—Pues yo no sé si es cuestión de gustos —afirmó—. Ni tampoco sé si es comparable. ¿De dónde tú eres? --preguntó.

—De ninguna parte —contesté—. Nací en Uruguay, pero he vivido en Irlanda, en España, en Estados Unidos... Soy de por ahí —agité una mano en el aire.

El librero ponderó mi respuesta. Quizá había deducido que yo era de algún país concreto y tenía preparado un discurso para esa nacionalidad concreta y yo se lo había echado a perder. O quizá no, quizá estaba recopilando los datos para preparar el discurso ahí mismo, en vivo y en directo. Lo que estaba claro era que aquel hombre estaba pensando mucho, muchísimo, porque tardó una eternidad en empezar a hablar, mientras yo lo miraba expectante, con el libro en la mano.

—Uruguay —empezó—, Irlanda, España... Yo no conozco más que Cuba, chico. Y mira, tampoco es que conozca mucho más que La Habana. Pero La Habana la conozco bien, que aquí nací y aquí crecí. Nací en 1942 —se quedó callado, miró al suelo, ponderó—. Sesenta he cumplido este año— otra pausa—. Y La Habana de ahora, la de hoy, no me gusta.

El librero miró alrededor, a los otros libreros, al antiguo palacio del gobernador. Yo seguía su mirada, que se detuvo un rato largo en una turista muy, muy extranjera que sujetaba un libro y trataba de pronunciar el título.

—La otra, la colonial, no tuve la suerte de conocerla —añadió, mirando al suelo.

Hubo otro momento de silencio. En la plaza reinaba un discreto bullicio, con los trinos de los pájaros, las conversaciones en voz baja, el rumor lejano del tráfico, que invitaba a la reflexión.

—Yo estoy cansado. Estamos cansados —dijo, mientras con un gesto de la mano trataba de abarcar a todos sus paisanos. Ahí es donde me di cuenta de que no estaba enfadado, sino triste, amargado—. Eso es lo que pasa: que estamos cansados. Ustedes, los turistas, no entienden lo que es esto. No lo pueden entender, claro. Hay demasiado ruido, demasiada desinformación.

Se detuvo y miró el libro de Padura. Lo señaló con el dedo y también con la barbilla.

—Con esa novela puede ser que tú entiendas un poco más, un poco mejor. Porque Leonardo cuenta bien las cosas. Y si sigues leyendo, más y mejor vas a entender. No lo pierdas de vista.

Y dicho eso, con toda la parsimonia tropical del mundo, volvió a la postura inicial. El discurso había terminado.

(Luego pagué el libro y demás cuestiones, pero me temo que el detalle de la transacción no aportará nada a la anécdota, así que ahí lo dejo.)

El caso es que no he perdido de vista a Leonardo desde entonces. Cuando le dieron el premio Princesa de Asturias de las letras, en 2015, pensé que era un premio muy merecido, y cuando leí su discurso de aceptación recordé mucho a ese librero y a aquellos cubanos que abarcaba con la mano, cansados como él y como Leonardo y sus personajes habaneros. Y hace unos días, cuando terminé de leer su última novela, que se titula La transparencia del tiempo, volví a recordar todo eso y me emocioné con la coincidencia de que su protagonista, el policía Mario Conde, ya jubilado, cumpliera en esta novela sesenta años y se dedicara al exiguo negocio de la compraventa de libros en La Habana.

Nostalgias y austerismos aparte, con tantas novelas y tantos premios (y hasta una serie en Netflix), no voy a ser yo quien descubra la incuestionable calidad literaria de Leonardo Padura. Me parece más práctico decir lo mucho que he disfrutado esa nueva lectura en todos los aspectos: la rotundidad de los personajes, la genial trama policiaca, la doble ambientación en la Cataluña medieval y en esa Habana ya casi apocalíptica y sin visos de mejorar, y el desenlace, que deja al lector con ganas de más, de mucho más.

Este post se está alargando mucho más allá de lo que es habitual, pero antes de concluir quiero aclarar un detalle que me parece importante: La transparencia del tiempo se parece en lo estructural a La novela de mi vida, pero a mi modo de ver es muy superior en casi todos los aspectos. Esto es particularmente notable en las secciones históricas. En La transparencia, la historia paralela a las pesquisas del investigador Mario Conde nos narra las peripecias de un payés catalán del medievo convertido por azar en escudero de un cruzado (y milagrosamente huido in extremis de la catástrofe de San Juan de Acre). En La novela de mi vida es José María Heredia, el poeta nacional cubano, quien protagoniza esos flashbacks del pasado remoto, que se cruzan con los problemas de un escritor frustrado en La Habana del año 2000. En esta última, la narración sobre Heredia se hace a veces un poco lenta y pesada (un poco a lo Carpentier, aunque quizá no tanto), y uno tiene ganas de volver al presente para ver qué pasaba con el protagonista de la Cuba contemporánea. En contraste, al narrar la historia del improvisado héroe catalán medieval en La transparencia, Padura ha conseguido mezclar con acierto la información histórica y la tensión narrativa, de forma que uno disfruta por igual las inmersiones en el siglo XIII-XIV y los regresos a la sordidez o la melancolía habanera del XXI.

Lo mejor, en conclusión, ha sido la lectura de La transparencia del tiempo, que recomiendo encarecidamente. Reconozco que me ha emocionado la coincidencia de aquel librero anónimo que me vendió la novela de Padura con el Mario Conde jubilado de la nueva novela. Se siente uno tentado de pensar que sean la misma persona, el mismo habanero viejo, desencantado y cansado que no sabe muy bien lo que va a pasar mañana en esa ciudad increíble que es La Habana. Ya, ya sé que las coincidencias no existen, pero las emociones sí, ¿no? ¿O era al revés?