jueves, 14 de marzo de 2019

Por no cansar

Por no cansar he omitido un montón de novelas que he leído en las últimas semanas. Ni siquiera he vuelto a mencionar el asunto delante de Igor, porque ya me estaba mirando mal. Pero el caso es que todas esas novelas ya han pasado por la trituradora y que solo me queda una, que he empezado hoy. Cuando la termine, habré leído toda la narrativa larga de Haruki Murakami, traducida bien al español, bien al inglés, y estaré en condiciones de maltratar a mis lectores y suscriptores con uno o varios posts de análisis, comentario, resumen o qué sé yo. Tiembla, lector, tiembla.

sábado, 9 de marzo de 2019

Se acaba el camino

Hace mucho que no pongo música, así que ahí va el final del camino de Umphrey's McGee. Fácil de escuchar, creo yo, y bastante difícil de interpretar. Como debe ser.

domingo, 3 de marzo de 2019

Mario Conde envejece bien

Por esas cosas buenas que a veces tiene el trabajo, allá en el remoto año 2002 tuve la suerte de pasar la última semana de abril en La Habana. Podría contar bastantes historias de esa semana, pero me voy a centrar en una anécdota literaria, por aquello de mantener el estilo del blog.

Tuvimos dos días libres: uno antes de empezar a trabajar y otro después. Como no tenía ni idea de qué hacer en aquel primer día, le pregunté al conserje del hotel. Me dio varias pistas y, ya al final de la lista, como sin ganas, dejó caer que en la Plaza de Armas, donde quedaba el antiguo palacio del gobernador, había un mercadillo más o menos permanente de libros. Y allá que me fui, paseando por los límites de la abigarrada zona turística y evitando como podía a los guardias de uniforme verde que me recomendaban no salir de esa zona "por mi propia seguridad".

En aquella plaza flanqueada por edificios coloniales que muy bien podrían haber estado en Cádiz (España), en Mérida (México) o en San Juan (Puerto Rico), a la sombra de unos impresionantes ficus, colocaban sus estantes los libreros de La Habana para alegría del puñado de turistas que parecía tener interés en aquel material impreso. Hablé con varios libreros que me recomendaron comprar esto y aquello y lo de más allá. A algunos les hice caso y a otros no, más por economía de peso que por otra cosa, puesto que por aquel entonces no sabía yo apenas nada de los escritores cubanos. Cuando ya me iba con una bolsita y cuatro piezas cobradas, vi a un librero que estaba en una esquina, con la mirada perdida, casi agazapado detrás de su expositor. Con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas, tenía una cara de enfado mayúsculo que no invitaba precisamente a acercarse, y quizá por eso me picó la curiosidad y me fui hacia allá.

¿Qué me recomienda de literatura cubana? le pregunté.

El hombre levantó una ceja y me miró.

¿Antigua o moderna? contraatacó.

—Moderna —contesté yo, calculando que la antigua sería más fácil de encontrar fuera del país. Él exhaló sonoramente antes de ponerse en movimiento. Giró sobre sí mismo sin levantarse de la silla y tomó un volumen con tapas negras de detrás del expositor.

—Lo mejor que tenemos ahora mismo es esto —dijo sin asomo de emoción, y me alcanzó el libro. A continuación recuperó la posición y el gesto iniciales, con la mirada perdida en algún lugar remoto. Yo examiné el libro que tenía en la mano. Se titulaba La novela de mi vida y el autor era un tal Leonardo Padura.

—No conozco a este autor —dije.

El librero se giró despacio hacia mí, me miró con la ceja mucho más levantada y no dijo nada. Buen momento para haberme callado o para que me hubiera tragado la tierra. Tres o cuatro segundos después (que a mí se me hicieron eternos), el tipo volvió a apoyar las manos en las rodillas. Yo me quedé ahí, mirándolo un poco a él y un poco al libro.

—Esa novela tiene las dos cosas —dijo de repente, sin mirarme—: la Cuba de hoy y la Cuba de la colonia. Leonardo cuenta bien las cosas.

—¿Y cuál le gusta más a usted? —pregunté.

El librero se volvió hacia mí como con un resorte.

—¡Coño, no me trates de usted, que me haces sentir más decrépito de lo que ya estoy!

—Perdón...

—Cuál me gusta más a mí —repitió mi pregunta y aligeró un poco el gesto. Hubo también un leve cambio de postura. Daba la impresión de que ahora, de repente, sí tenía ganas de hablar—. ¿Tú crees que es cuestión de gusto? ¿Tú quieres saber si a mí me gusta más la Cuba colonial o la Cuba actual? —dijo, con un énfasis tremendo en la palabra "gusta".

Yo me quedé callado. Total, ya había metido la pata dos veces, así que pensé que era mejor morderse la lengua. Él apretó los labios, sacudió la cabeza, se dio dos palmetazos en los muslos y se puso de pie. Estaba claro que mi silencio había funcionado bien y que me había ganado un discurso.

—Pues yo no sé si es cuestión de gustos —afirmó—. Ni tampoco sé si es comparable. ¿De dónde tú eres? --preguntó.

—De ninguna parte —contesté—. Nací en Uruguay, pero he vivido en Irlanda, en España, en Estados Unidos... Soy de por ahí —agité una mano en el aire.

El librero ponderó mi respuesta. Quizá había deducido que yo era de algún país concreto y tenía preparado un discurso para esa nacionalidad concreta y yo se lo había echado a perder. O quizá no, quizá estaba recopilando los datos para preparar el discurso ahí mismo, en vivo y en directo. Lo que estaba claro era que aquel hombre estaba pensando mucho, muchísimo, porque tardó una eternidad en empezar a hablar, mientras yo lo miraba expectante, con el libro en la mano.

—Uruguay —empezó—, Irlanda, España... Yo no conozco más que Cuba, chico. Y mira, tampoco es que conozca mucho más que La Habana. Pero La Habana la conozco bien, que aquí nací y aquí crecí. Nací en 1942 —se quedó callado, miró al suelo, ponderó—. Sesenta he cumplido este año— otra pausa—. Y La Habana de ahora, la de hoy, no me gusta.

El librero miró alrededor, a los otros libreros, al antiguo palacio del gobernador. Yo seguía su mirada, que se detuvo un rato largo en una turista muy, muy extranjera que sujetaba un libro y trataba de pronunciar el título.

—La otra, la colonial, no tuve la suerte de conocerla —añadió, mirando al suelo.

Hubo otro momento de silencio. En la plaza reinaba un discreto bullicio, con los trinos de los pájaros, las conversaciones en voz baja, el rumor lejano del tráfico, que invitaba a la reflexión.

—Yo estoy cansado. Estamos cansados —dijo, mientras con un gesto de la mano trataba de abarcar a todos sus paisanos. Ahí es donde me di cuenta de que no estaba enfadado, sino triste, amargado—. Eso es lo que pasa: que estamos cansados. Ustedes, los turistas, no entienden lo que es esto. No lo pueden entender, claro. Hay demasiado ruido, demasiada desinformación.

Se detuvo y miró el libro de Padura. Lo señaló con el dedo y también con la barbilla.

—Con esa novela puede ser que tú entiendas un poco más, un poco mejor. Porque Leonardo cuenta bien las cosas. Y si sigues leyendo, más y mejor vas a entender. No lo pierdas de vista.

Y dicho eso, con toda la parsimonia tropical del mundo, volvió a la postura inicial. El discurso había terminado.

(Luego pagué el libro y demás cuestiones, pero me temo que el detalle de la transacción no aportará nada a la anécdota, así que ahí lo dejo.)

El caso es que no he perdido de vista a Leonardo desde entonces. Cuando le dieron el premio Princesa de Asturias de las letras, en 2015, pensé que era un premio muy merecido, y cuando leí su discurso de aceptación recordé mucho a ese librero y a aquellos cubanos que abarcaba con la mano, cansados como él y como Leonardo y sus personajes habaneros. Y hace unos días, cuando terminé de leer su última novela, que se titula La transparencia del tiempo, volví a recordar todo eso y me emocioné con la coincidencia de que su protagonista, el policía Mario Conde, ya jubilado, cumpliera en esta novela sesenta años y se dedicara al exiguo negocio de la compraventa de libros en La Habana.

Nostalgias y austerismos aparte, con tantas novelas y tantos premios (y hasta una serie en Netflix), no voy a ser yo quien descubra la incuestionable calidad literaria de Leonardo Padura. Me parece más práctico decir lo mucho que he disfrutado esa nueva lectura en todos los aspectos: la rotundidad de los personajes, la genial trama policiaca, la doble ambientación en la Cataluña medieval y en esa Habana ya casi apocalíptica y sin visos de mejorar, y el desenlace, que deja al lector con ganas de más, de mucho más.

Este post se está alargando mucho más allá de lo que es habitual, pero antes de concluir quiero aclarar un detalle que me parece importante: La transparencia del tiempo se parece en lo estructural a La novela de mi vida, pero a mi modo de ver es muy superior en casi todos los aspectos. Esto es particularmente notable en las secciones históricas. En La transparencia, la historia paralela a las pesquisas del investigador Mario Conde nos narra las peripecias de un payés catalán del medievo convertido por azar en escudero de un cruzado (y milagrosamente huido in extremis de la catástrofe de San Juan de Acre). En La novela de mi vida es José María Heredia, el poeta nacional cubano, quien protagoniza esos flashbacks del pasado remoto, que se cruzan con los problemas de un escritor frustrado en La Habana del año 2000. En esta última, la narración sobre Heredia se hace a veces un poco lenta y pesada (un poco a lo Carpentier, aunque quizá no tanto), y uno tiene ganas de volver al presente para ver qué pasaba con el protagonista de la Cuba contemporánea. En contraste, al narrar la historia del improvisado héroe catalán medieval en La transparencia, Padura ha conseguido mezclar con acierto la información histórica y la tensión narrativa, de forma que uno disfruta por igual las inmersiones en el siglo XIII-XIV y los regresos a la sordidez o la melancolía habanera del XXI.

Lo mejor, en conclusión, ha sido la lectura de La transparencia del tiempo, que recomiendo encarecidamente. Reconozco que me ha emocionado la coincidencia de aquel librero anónimo que me vendió la novela de Padura con el Mario Conde jubilado de la nueva novela. Se siente uno tentado de pensar que sean la misma persona, el mismo habanero viejo, desencantado y cansado que no sabe muy bien lo que va a pasar mañana en esa ciudad increíble que es La Habana. Ya, ya sé que las coincidencias no existen, pero las emociones sí, ¿no? ¿O era al revés?

miércoles, 27 de febrero de 2019

El libro mágico




Desde muy niño supe que era un sentimental sin remedio. O, según la cruda elocuencia de Igor, soy un ñoño de mierda. Tuve la suerte de crecer en una casa donde se apreciaban los libros, y donde siempre, siempre, siempre había dinero para comprar un cuento el fin de semana, incluso en algunos momentos tensos en los que estaba claro que no llegábamos a fin de mes.

Durante toda mi infancia me intrigaban los títulos de los libros que había en casa: Un puente sobre el Drina, Archipiélago Gulag, QB VII, El otoño del patriarca, Mortal y rosa, Tiempo de silencio, La guerra del fin del mundo... Cada libro era mágico: era un mundo empaquetado en papel, con su olor, con su forma, con su peso, y ahí agazapada había gente de todas las épocas, de todos los países, que hablaba todos los idiomas. A veces sacaba uno de la estantería, ponderaba la encuadernación, la cubierta, leía las solapas, si es que tenían algo escrito, y abría al azar por alguna página. Lo más habitual era no entender nada o encontrar una descripción mortalmente aburrida (para un niño), y así la intriga persistía año tras año. ¿Cuándo podré leer estos libros mágicos? Poco a poco una mano con criterio me fue abriendo los volúmenes adecuados, y hacia los trece años, si no me equivoco, empecé a leer aquellos libros "sin dibujos", libros de persona mayor, empezando con el realismo mágico, Orwell y Galdós.

Pero antes de que llegara ese momento leí muchos otros libros "con dibujos". Letra grande, una ilustración cada cinco o diez páginas, capitulos cortos... Ahí no había intriga: ahí lo que había era pasión y entrega absoluta a aquellos libros para niños. No teníamos muchos, pero los que teníamos eran, para mí, verdaderos tesoros. Casi todos eran de la editorial Noguer o de la colección Alfaguara Juvenil. No sé cuántas veces leí cada uno, pero debieron de ser muchas porque hasta el día de hoy puedo parafrasear descripciones y diálogos, y por supuesto nombrar a los personajes que, varias décadas después, siguen pululando por mi mente como espíritus benignos. No creo que me protejan de nada, pero me ayudan a mantener viva la ilusión.

Recuerdo en particular tres libros que me hacían suspirar, o tragar saliva, o cerrar los ojos, cuando se me ocurría mirar a la estantería. Las historias de aquellos tres libros me marcaron tanto que, en muchas ocasiones, no podía dejar de sacarlos y hojearlos un poco, revisar las ilustraciones, recordar cada detalle, cada gesto de los protagonistas, cada momento de tensión o de desenlace.

El primero y principal es La familia Mumín, de Tove Jansson. Sin abrir el libro y sin buscar en Internet puedo enumerar a los protagonistas: Mumín, Manrico, Esnif, el Esnorque, Esnorquita, Papá y Mamá Mumín, la Bu, los Jatifnatarnis, los Vocablos Extranjeros... Hojas de zarzaparrilla para todos y magia, mucha magia gracias al sombrero del mago.

El segundo es La isla de Abel, de William Steig. Abel es un ratón y Amanda es una ratona. Están muy enamorados. Un día salen a dar un paseo, pero amenaza tormenta y, en una ráfaga de viento, Amanda pierde el pañuelo que lleva al cuello. Abel, caballeroso y dispuesto, sale corriendo para recogerlo, con la mala suerte de que se ve arrastrado por la fuerza de la tormenta, cae a un río y por los pelos salva la vida agarrándose a una ramita y alcanzando una isla en mitad de la corriente. El libro describe la historia de Abel, náufrago en medio de un río que para él es como un océano, mientras trata de sobrevivir y de regresar a su pueblo de ratones  para encontrarse de nuevo con Amanda. Por supuesto, durante toda la aventura Abel lleva al cuello el pañuelo, y esa es la última frase del libro, cuando por fin llega el reencuentro: "Te he traído tu pañuelo", le dice Abel a Amanda en la última página, y yo, el un ñoño de mierda, con solo escribir eso siento que, igual que hace décadas, voy a soltar una lagrimita.

El tercero, que en realidad son dos, es Jim Botón y Lucas el maquinista y su continuación, Jim Botón y los Trece Salvajes, de Michael Ende. Ende se hizo famoso con Momo y La historia interminable. Estas dos novelitas de Jim Botón, también de fantasía, son anteriores y quizá de menor calidad literaria, pero para mí son insuperables. Personajes como el señor Tur-Tur, el gigante aparente, o Nepomuk, el dragón cobarde, me parecen auténticas genialidades y, como he dicho al principio, los llevo grabados en la memoria. Son libros de viajes y aventuras y, para mí, que soy un vicioso de los viajes (no tanto ya de las aventuras), los personajes y los países fantásticos que describe Ende eran auténticos paraísos. Recuerdo la sensación nítida de estar leyendo y pensar: "quiero, quiero, quiero estar allí, quiero aparecer allí ahora mismo y viajar con ellos". Creo que ningún escritor podría pedir más, y espero que hayamos sido muchos los que sentimos eso con las novelas de Ende.

https://pictures.abebooks.com/LALCANA/md/md22543648405.jpgComo no se me ocurre mejor manera de terminar, voy a añadir un cuarto libro a la lista, un libro que también me hace temblar por dentro cuando lo recuerdo: La guía fantástica, de Joles Sennel (seudónimo del escritor catalán Josep Albanell). Es una narración originalísima que describe un libro dentro del libro. Cuando el protagonista empieza a leer, descubre la historia del último unicórnalo (mezcla de unicornio y pegaso), llamado Nito, y de su muerte, lenta y trágica: va arrancándose las plumas de las alas y, con la sangre que sale, escribe la guía fantástica, un libro que, a ojos de la gente sin imaginación, está en blanco, pero cuando alguien imaginativo lo abre, se llena con historias, descripciones y otros textos. Obviamente, lo que pasa en este libro es que el protagonista se encuentra con la historia del unicórnalo narrada en la misma guía, con lo que se cierra el círculo narrativo. En otras palabras: una sobredosis bestial de imaginación cuyos efectos me duran hasta hoy, casi cuarenta años después. Ahí está la portada del libro que tuve, que cuidé y que veneré durante muchos años.

Ya termino. Si alguien quiere citar o comentar algún libro infantil o juvenil de esos que, al recordarlo, os hace tragar saliva, o sonreír, o cualquier otra cosa, adelante, que para eso están los comentarios. O por Twitter. O como quiera cada quién.

martes, 19 de febrero de 2019

Padres y madres

Desde hace un tiempo, todo lo que leo, todo lo que vivo, todo lo que escucho está repleto de padres y madres. Y de problemas. Y claro, suele haber cierta relación entre padres, madres, hijas, hijos y problemas. Cierta relación.

Todo el mundo tiene un padre y una madre, con independencia del estilo, el modo y la presentación que tengan ese padre y esa madre. Bueno, esta salvedad afecta sobre todo al padre, porque la madre es como más obvia, conspicua e insalvable, se ponga uno como se ponga.

Esa relación, la relación de cada quien con su padre y con su madre, tan natural, tan necesaria y, sobre todo, tan inevitable, es una fuente inagotable de todo tipo de vivencias, experiencias y sentimientos, en particular muy al principio y muy al final de la vida.

Hasta se me ocurre pensar que nuestra diferencia fundamental con los animales podría no ser la inteligencia, puesto que hay animales harto inteligentes, sino esta relación tan rara que tenemos con papá y mamá, que los animales claramente no tienen.

Si no hubiera problemas con los padres y las madres, la literatura sería un asco. Y el cine. Y sin embargo, qué bien nos iría en la vida real sin esos problemas que nos complican y nos amargan de una forma que, a veces, se parece mucho a una tortura lenta y minuciosa.

En esto se me hace que los padres y las madres se parecen al crimen, a las catástrofes naturales, a las guerras y demás desgracias. Pero no, claro. No es eso lo que quiero decir.

No, no es eso, mamá.

lunes, 11 de febrero de 2019

Dignidad o qué

 Fui a ver "The green book" con Igor. Qué puedo decir. Las películas americanas siempre transmiten el mismo mensaje, y por más que considere impresionante la actuación de Viggo Mortensen, la moraleja de la historia me deja frío. Es lo de siempre: una justificación a posteriori de uno de los temas que, a día de hoy, tienen muy mal solucionado y que no tiene, ni tuvo, justificación alguna. El país sigue siendo racista, en varios sentidos, no solo en uno, y las partes implicadas insisten siempre en ser la víctima. Así no se puede avanzar.


En la película, que aparte del drama tiene su chispa de humor muy neoyorquino, nos vimos obligados a practicar acentos de lo más florido, desde el Bronx hasta Alabama, y de todos los colores, incluido un ruso que tocaba el violonchelo. Al final de la película tuvimos una conversación (bueno, con Igor es siempre una discusión, pero se me entiende, ¿no?) sobre la dignidad.

Igor dice que eso de mantener la dignidad solo sirve para que a uno le partan la cara, tarde o temprano. Para él, la gente estirada como el músico de la película siempre acaba mal, y lo único que consigue es dar la impresión de que gana, cuando en realidad siempre pierde.

The Green Book

Yo estoy de acuerdo con él en parte: para echar por tierra la dignidad de cualquiera basta con una certera patada en la entrepierna, o un golpe bien dado, o un escupitajo con moco verde. La dignidad es frágil, muy frágil, ante la fuerza bruta. Esto se ve muy bien en la película: Mahershala Ali, el músico, lo pasa francamente mal por querer mantener la dignidad. Pero claro, ese es el objetivo de su viaje, ese es el tema central de la película: ¿sirven de algo los principios?

Yo creo que si uno sobrevive (cosa que no siempre pasa, este mundo puede ser muy cruel), la dignidad puede salir a cuenta a largo plazo. Aunque a veces no lo parezca, la mayoría de la gente tiene en cuenta la actitud de unos y otros y, cuando llega el momento, hace balance y actúa en consecuencia. Claro que también esto es un arma de doble filo porque la frontera que separa la confianza del oportunismo es tan fina que muchas veces no hay manera de distinguirlos.

La ventaja de adoptar una actitud más práctica ante la vida es que uno consigue que la inmensa mayoría de las cosas le traigan sin cuidado. Dicho de otro modo, uno sufre mucho menos cuando las expectativas están a la mínima, porque no tiene empacho en adaptar su postura a las circunstancias, con total independencia de principios o preceptos éticos. Es una protección excelente para vivir día a día, pero en el largo plazo, en la planificación para el futuro, es posible que mucha gente decida prescindir de ese tipo de personas, por muchas razones, pero en particular por la posibilidad de que esa planificación descarrile por una decisión unilateral.


En suma, Igor se apunta a la acción rápida y directa y yo a la dignidad. Los dos somos conscientes de los riesgos que conllevan nuestras respectivas posturas ante la vida: yo procuro estar atento ante potenciales patadas en los huevos, mientras que Igor hace lo posible por dejar abiertas todas las puertas posibles, para compensar todas las que se le van cerrando. Vamos bien.

viernes, 8 de febrero de 2019

El ciclo solar, la cúpula dirigente y el estrés

Todos los años pasa lo mismo. Todos los años, en las mismas fechas, sobrevienen dos momentos de tensión, de crispación, de intensa agresividad que a muchos, incluido un servidor, nos cuesta bastante superar. El primero es ahora, en lo más crudo del invierno, entre fines de enero y principios de febrero. El segundo es un poco antes del equinoccio de otoño, entre fines de agosto y principios de septiembre. Por suerte, no dura más de un mes cada vez, pero ese mes puede ser duro. Muy duro. Año tras año busco la forma de evitar esta hondonada, este bache en el normal fluir de las cosas, pero no la encuentro.

Es así: es el ciclo de la naturaleza que no se detiene. Cuando las jefas vuelven de las vacaciones, siempre vienen con ideas. Cuando empiezan a delegar la ejecución de esas ideas en los simples mortales que las rodean, la entropía del universo se dispara y no hay forma humana de sustraerse a la tracción de ese temible remolino: toca sufrir.

Según mis cálculos, para fines de marzo retornará la calma.