Qué maravilla, qué dominio de la mezcla. Hala, a disfrutar.
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lunes, 18 de noviembre de 2019
viernes, 10 de mayo de 2019
Ver la música por dentro y por fuera
Un día escribes una canción. Tocas, cantas, afinas, perfilas, buscas, encuentras y te queda algo así como esto.
Después te vas al estudio, hablas con la producción y los de ingeniería y lo conviertes en material vendible, más o menos como esto.
O quizá no, quizá es al revés. No estoy seguro. Lo cierto es que me gusta ver la música así, en dimensiones distintas, en expresiones distintas. Metric es un grupo musical canadiense que versiona sus propias canciones y con ello nos permite disfrutar de esa profundidad creativa.
Después te vas al estudio, hablas con la producción y los de ingeniería y lo conviertes en material vendible, más o menos como esto.
O quizá no, quizá es al revés. No estoy seguro. Lo cierto es que me gusta ver la música así, en dimensiones distintas, en expresiones distintas. Metric es un grupo musical canadiense que versiona sus propias canciones y con ello nos permite disfrutar de esa profundidad creativa.
sábado, 9 de marzo de 2019
Se acaba el camino
Hace mucho que no pongo música, así que ahí va el final del camino de Umphrey's McGee. Fácil de escuchar, creo yo, y bastante difícil de interpretar. Como debe ser.
jueves, 24 de enero de 2019
Causa de divorcio
¿Había puesto ya la ¨canción del tipo de la taza metálica¨? Creo que no, así que ahí va.
domingo, 6 de enero de 2019
lunes, 10 de diciembre de 2018
Otras formas de acabar
Hoy quedamos en el Maxi a tomar una caña. El bar está lleno porque hay partido. La ventaja de venir en día de partido es que, si juegan mal, hay muchos momentos de tranquilidad relativa y se puede charlar. Parece que hoy es uno de esos días: la gente mira con desgana de vez en cuando y menudean los comentarios despectivos sobre jugadores y entrenadores. Nos acodamos en la barra y pedimos dos cañas. Maxi nos las sirve y coloca un platito con aceitunas entre medias.
Veo a Igor más flaco y algo preocupado. Anda metido hasta las cejas en un proyecto misterioso y tiene poco tiempo, aunque ha conseguido escaparse un rato para charlar. Lo de que esté más flaco es bastante normal porque le pasa siempre que tiene trabajo. Ahora bien, ver a Igor preocupado es preocupante, porque es el tío más despreocupado que he conocido en mi vida. Lo malo es que también es una de las personas más reservadas que conozco. Habla por los codos, todo lo opina, todo lo cuenta, siempre que no tenga que ver con él. Por no saber, no sé siquiera si tiene familia. No aspiro a saber qué es lo que le preocupa, aunque me temo que sea lo mismo de la última vez, hace cinco años. Ojalá que su preocupación de esta vez no tenga cuentas pendientes con la justicia, como aquella.
Como no tengo esperanza de que me cuente nada, abro tema con mis libros.
-Sigo con la serie de Murakami -le explico.
-¿Cuántos llevas?
-A ver... Ya he leído Escucha la canción del viento, Pinball 1973, Baila, baila, baila, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Sputnik, mi amor, After dark y Los años de peregrinación del chico sin color.
-Siete- ha ido llevando la cuenta con los dedos. Tiene la palma derecha abierta y con la izquierda se ha quedado haciendo el gesto de la victoria.
-Eso: equis palito palito, en romanos. Y ahora estoy con La caza del carnero salvaje. Me estoy arrepintiendo de no haberlos leído en orden cronológico, pero bueno, las bibliotecas son como son.
-¿Cómo son? Yo hace milenios que no entro en una- me pregunta con tonillo sarcástico. Yo sonrío, dejo pasar de largo la pregunta y echo un trago de cerveza. Voy repasando mentalmente la experiencia de lectura, que no es homogénea en absoluto. En particular, la del pájaro de cuerda, que es un novelón de sopocientas páginas, se me resistió bastante. En todas las demás he ido encontrando elementos muy interesantes, y de hecho ya tengo una favorita.
-La del pájaro de cuerda se me atragantó por ahí de la página 300- le cuento.
-Pues haberla dejado- contesta-. Yo ya no leo libros aburridos.
-Pero es que tenía que saber cómo acababa- explico.
-¿Pero el Murakami no es de esos que termina sin terminar, que deja los finales abiertos?
-No. Bueno, no siempre. En las primeras. no, desde luego- me quedo pensando un momento-. Aunque en realidad eso da igual, o sea, no impide que quiera ver cómo termina.
Igor abre los brazos y casi le da un manotazo a la señora de la mesa de la derecha.
-¿Pero cómo va a dar igual, hombre?- pregunta ahuecando la voz- ¿Para qué quieres llegar a un final que no es un final? Yo, si no terminan como es debido, me cabreo.
Igor es un gran lector, pero le gusta avanzar por el texto como por la autopista de circunvalación, o sea, sabiendo a dónde va y con unas expectativas muy claras. No es que no le gusten las sorpresas, no. De hecho le encantan, siempre y cuando sean de corte clásico, o sea, sorpresas de argumento. Muy Código Da Vinci, este Igor. Tanto en la vida cotidiana como en la literatura, las sorpresas formales o estructurales le sacan de quicio. Es un pragmático. Su principio en esta vida es que las cosas son como son. En su estructura mental, el hecho de que haya un escritor que se llame Haruki y escriba novelas en japonés con títulos raros es una alarma tan clara y contundente como la de un bombardeo: hay que salir corriendo al refugio cuanto antes. Y si encima las novelas con título raro no terminan comme il faut, apaga y vámonos.
-Si la historia que cuenta la novela no termina al estilo clásico- empiezo a explicar-, se suele decir que tiene un final abierto.
-O sea, una mierda de novela- me interrumpe, haciendo un énfasis desmedido en la i de "mierda".
-...un final abierto -continúo-. Pero hete aquí que, al llegar a ese final abierto, la novela se ha terminado de verdad, ya no hay más páginas, pone "FIN" y luego "Este libro se terminó de imprimir en los talleres gráficos de bla bla bla, queda hecho el depósito legal tal y cual".
-Hasta eso te lees... Estás como una cabra, tronco.
-Bueno, pues si la historia termina ahí, en un sitio que para mí, o para ti, no es el final previsible, yo tengo interés en saber por qué deja de escribir el autor. A la gente le parecerá que la historia está inacabada, pero yo no tengo duda de que la persona que la escribió decidió parar ahí, justo ahí y no en otro sitio, no diez páginas antes ni diez páginas después. La historia no está acabada, pero la narración, sí. Por qué.
-Por joder, probablemente- cae el juicio sumarísimo de Igor.
-Probablemente, pero podría haber muchas otras explicaciones. Por eso, los finales abiertos son invitaciones a seguir la historia, o a contar por qué no se ha terminado de contar la historia, o sea, una metahistoria.
-Toma palabro, ya te estás poniendo filosófico metafísico. Maxi, pon dos más, haz el favor, que el partido se está poniendo cada vez más aburrido.
-Marchando, jóvenes.
Veo a Igor más flaco y algo preocupado. Anda metido hasta las cejas en un proyecto misterioso y tiene poco tiempo, aunque ha conseguido escaparse un rato para charlar. Lo de que esté más flaco es bastante normal porque le pasa siempre que tiene trabajo. Ahora bien, ver a Igor preocupado es preocupante, porque es el tío más despreocupado que he conocido en mi vida. Lo malo es que también es una de las personas más reservadas que conozco. Habla por los codos, todo lo opina, todo lo cuenta, siempre que no tenga que ver con él. Por no saber, no sé siquiera si tiene familia. No aspiro a saber qué es lo que le preocupa, aunque me temo que sea lo mismo de la última vez, hace cinco años. Ojalá que su preocupación de esta vez no tenga cuentas pendientes con la justicia, como aquella.
Como no tengo esperanza de que me cuente nada, abro tema con mis libros.
-Sigo con la serie de Murakami -le explico.
-¿Cuántos llevas?
-A ver... Ya he leído Escucha la canción del viento, Pinball 1973, Baila, baila, baila, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Sputnik, mi amor, After dark y Los años de peregrinación del chico sin color.
-Siete- ha ido llevando la cuenta con los dedos. Tiene la palma derecha abierta y con la izquierda se ha quedado haciendo el gesto de la victoria.
-Eso: equis palito palito, en romanos. Y ahora estoy con La caza del carnero salvaje. Me estoy arrepintiendo de no haberlos leído en orden cronológico, pero bueno, las bibliotecas son como son.
-¿Cómo son? Yo hace milenios que no entro en una- me pregunta con tonillo sarcástico. Yo sonrío, dejo pasar de largo la pregunta y echo un trago de cerveza. Voy repasando mentalmente la experiencia de lectura, que no es homogénea en absoluto. En particular, la del pájaro de cuerda, que es un novelón de sopocientas páginas, se me resistió bastante. En todas las demás he ido encontrando elementos muy interesantes, y de hecho ya tengo una favorita.
-La del pájaro de cuerda se me atragantó por ahí de la página 300- le cuento.
-Pues haberla dejado- contesta-. Yo ya no leo libros aburridos.
-Pero es que tenía que saber cómo acababa- explico.
-¿Pero el Murakami no es de esos que termina sin terminar, que deja los finales abiertos?
-No. Bueno, no siempre. En las primeras. no, desde luego- me quedo pensando un momento-. Aunque en realidad eso da igual, o sea, no impide que quiera ver cómo termina.
Igor abre los brazos y casi le da un manotazo a la señora de la mesa de la derecha.
-¿Pero cómo va a dar igual, hombre?- pregunta ahuecando la voz- ¿Para qué quieres llegar a un final que no es un final? Yo, si no terminan como es debido, me cabreo.
Igor es un gran lector, pero le gusta avanzar por el texto como por la autopista de circunvalación, o sea, sabiendo a dónde va y con unas expectativas muy claras. No es que no le gusten las sorpresas, no. De hecho le encantan, siempre y cuando sean de corte clásico, o sea, sorpresas de argumento. Muy Código Da Vinci, este Igor. Tanto en la vida cotidiana como en la literatura, las sorpresas formales o estructurales le sacan de quicio. Es un pragmático. Su principio en esta vida es que las cosas son como son. En su estructura mental, el hecho de que haya un escritor que se llame Haruki y escriba novelas en japonés con títulos raros es una alarma tan clara y contundente como la de un bombardeo: hay que salir corriendo al refugio cuanto antes. Y si encima las novelas con título raro no terminan comme il faut, apaga y vámonos.
-Si la historia que cuenta la novela no termina al estilo clásico- empiezo a explicar-, se suele decir que tiene un final abierto.
-O sea, una mierda de novela- me interrumpe, haciendo un énfasis desmedido en la i de "mierda".
-...un final abierto -continúo-. Pero hete aquí que, al llegar a ese final abierto, la novela se ha terminado de verdad, ya no hay más páginas, pone "FIN" y luego "Este libro se terminó de imprimir en los talleres gráficos de bla bla bla, queda hecho el depósito legal tal y cual".
-Hasta eso te lees... Estás como una cabra, tronco.
-Bueno, pues si la historia termina ahí, en un sitio que para mí, o para ti, no es el final previsible, yo tengo interés en saber por qué deja de escribir el autor. A la gente le parecerá que la historia está inacabada, pero yo no tengo duda de que la persona que la escribió decidió parar ahí, justo ahí y no en otro sitio, no diez páginas antes ni diez páginas después. La historia no está acabada, pero la narración, sí. Por qué.
-Por joder, probablemente- cae el juicio sumarísimo de Igor.
-Probablemente, pero podría haber muchas otras explicaciones. Por eso, los finales abiertos son invitaciones a seguir la historia, o a contar por qué no se ha terminado de contar la historia, o sea, una metahistoria.
-Toma palabro, ya te estás poniendo filosófico metafísico. Maxi, pon dos más, haz el favor, que el partido se está poniendo cada vez más aburrido.
-Marchando, jóvenes.
martes, 6 de noviembre de 2018
A reposar un poquito
Con unos buenos auriculares y un buen sillón, esta música es un estupendo masaje emocional. A mí, por lo menos, me deja como nuevo.
domingo, 21 de octubre de 2018
jueves, 4 de octubre de 2018
viernes, 20 de mayo de 2016
Sin hogar
Hace más de un año que no veo a Richie, el vagabundo del carrito que vendía rosas en la esquina de la calle 42. En su momento, convertí a Richie en un personaje de cuento y lo involucré en una trama de intriga diplomática, aprovechando que entre su esquina y el edificio principal de la ONU no hay más que unos pasos.
También lo he usado como inspiración para otros episodios de ficción que he escrito en este blog. No es que lo eche de menos, porque nos siguen sobrando vagabundos en esta ciudad y ahora, con el buen tiempo, salen de los túneles y se los ve por todas partes. Cuanto más elegante o más turística sea la zona, más vagabundos hay, porque ahí es donde la gente tira más comida y da más limosnas. Si uno quiere ver a los mendigos más famosos de Nueva York, no tiene más que pasear un poco por Times Square, los alrededores del Empire State Building y la estación Grand Central. Los baños públicos son un excelente punto de observación, porque ahí es donde suelen hacer sus abluciones por la mañana. En verano, abandonan temporalmente esos lugares y prefieren lavarse de madrugada en las fuentes de los parques, antes de que llegue la oleada de teléfonos y cámaras digitales.
En fin, hoy me quedé mirando a uno que no conocía, uno bajito, rechoncho, con cara de resignación, que lleva un bastón y camina muy despacio. Viste una cazadora de los Nets y, en su lenta caminata, siempre hace una pausa para conversar con la misma cabina telefónica (la de la esquina de la tercera avenida y la calle 45) y con el mismo poste del andamio que hay frente al restaurante Tulsi, en la 46. Se detiene, mira con parsimonia a la cabina o al poste y, antes de empezar a hablar, se apoya bien en el bastón levantando al mismo tiempo el dedo índice de la mano que le queda libre. Habla bajito, sin prisa, razonando con la cabina (con el poste), como esperando que asienta o que le conteste. Mientras lo miraba, me he quedado pensando en él, en todos los que son como él, incluido Richie, y de repente he oído las voces que me susurraban al oído.
Son voces de muy lejos, de 1986, y de otro continente. Ese año, Paul Simon saltó (de nuevo) a la fama con un disco titulado Graceland en el que incluyó mucha y muy buena música africana. En una de las canciones participa un grupo clásico y mítico del género South African township music llamado Ladysmith Black Mambazo, y con las voces de ese grupo cantó Paul Simon esa canción que se me vino a la mente mientras miraba al hombre que razona con las cabinas de teléfono.
viernes, 2 de enero de 2015
La interpretación de los videos
Feliz año nuevo, estimada audiencia. Me sumerjo...
"The video has a specific meaning for me, but i'm hesitant to say what that is, as it might have a very specific meaning to you, and it's completely open to anyone's subjective interpretation. Just because i made it doesn't mean that my interpretation of it is the right one. I'd love to hear what you think of it and what your interpretation is." (Moby)
"El video tiene un significado concreto para mí, pero no me decido a explicarlo, porque podría tener un significado muy concreto para ti, y está completamente abierto a la interpretación subjetiva de cualquiera. El hecho de que sea creación mía no quiere decir que mi interpretación sea la buena. Me encantaría saber lo que piensas y qué interpretación le das." (Moby, traducción libre mía, subrayado también, para empezar el año con ideas positivas y brillantes.)
"El video tiene un significado concreto para mí, pero no me decido a explicarlo, porque podría tener un significado muy concreto para ti, y está completamente abierto a la interpretación subjetiva de cualquiera. El hecho de que sea creación mía no quiere decir que mi interpretación sea la buena. Me encantaría saber lo que piensas y qué interpretación le das." (Moby, traducción libre mía, subrayado también, para empezar el año con ideas positivas y brillantes.)
viernes, 17 de enero de 2014
sábado, 2 de julio de 2011
A la primera
No se puede decir que sea amor, porque no lo es, pero sí es encandilamiento. Y no es a primera vista, porque no es la vista sino el oído lo que me ha cautivado esta mujer. Con esa explicación, ahora ya puedo decir que me he quedado prendado de una cantante llamada Adele.
Me dicen que ya era muy famosa antes de que yo me enterase de su existencia. No me extraña, pero cuando uno no ve la tele ni oye la radio ni lee las noticias de los periódicos durante tanto tiempo como yo, el asunto de la fama pasa a ser muy secundario y el asunto de la calidad pasa al primer plano.
El caso es que una persona me llamó la atención sobre este vídeo. Cuando lo vi/oí pensé: la persona que compuso esta canción para esa mujer con esa hermosa voz medio rota debería recibir bastantes premios, y el artista que creó, diseñó y dirigió el vídeo tendría que estar en el candelero.
Pues bien, la compositora es la propia Adele, en colaboración con un compositor profesional llamado Paul Richard Epworth, al que se puede ver en esta foto con las manos en la masa (aún no habían compuesto la canción cuando se tomó la foto).
El director del vídeo se llama Sam Brown y, en efecto, está bastante en el candelero en el mundillo de los vídeos musicales. También dirigió otro que, en su día, me dejó bastante impactado y que he visto docenas de veces, The Pretender, de Foo Fighters.
Me quedaba un detalle del vídeo. La persona que baila con una vara o un bastón en una habitación llena de polvo blanco, mezclando pasos de ballet con otros propios de las artes marciales. Es Jennifer White (qué nombre tan apropiado para ese papel), bailarina inglesa con experiencia en capoeira, lo cual explica lo de las artes marciales.
En fin, encandilado, entontecido, embelesado, un poco obsesionado también. Qué maravilla.
Me dicen que ya era muy famosa antes de que yo me enterase de su existencia. No me extraña, pero cuando uno no ve la tele ni oye la radio ni lee las noticias de los periódicos durante tanto tiempo como yo, el asunto de la fama pasa a ser muy secundario y el asunto de la calidad pasa al primer plano.
El caso es que una persona me llamó la atención sobre este vídeo. Cuando lo vi/oí pensé: la persona que compuso esta canción para esa mujer con esa hermosa voz medio rota debería recibir bastantes premios, y el artista que creó, diseñó y dirigió el vídeo tendría que estar en el candelero.
Pues bien, la compositora es la propia Adele, en colaboración con un compositor profesional llamado Paul Richard Epworth, al que se puede ver en esta foto con las manos en la masa (aún no habían compuesto la canción cuando se tomó la foto).
El director del vídeo se llama Sam Brown y, en efecto, está bastante en el candelero en el mundillo de los vídeos musicales. También dirigió otro que, en su día, me dejó bastante impactado y que he visto docenas de veces, The Pretender, de Foo Fighters.
Me quedaba un detalle del vídeo. La persona que baila con una vara o un bastón en una habitación llena de polvo blanco, mezclando pasos de ballet con otros propios de las artes marciales. Es Jennifer White (qué nombre tan apropiado para ese papel), bailarina inglesa con experiencia en capoeira, lo cual explica lo de las artes marciales.
En fin, encandilado, entontecido, embelesado, un poco obsesionado también. Qué maravilla.
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