A mi difunta abuela, nacida en 1907, le gustaba contar que, cuando era niña, su padre colgó un enorme mapa a todo color del Benelux en el salón de la casa familiar. El doctor, una de las eminencias de aquella población provinciana, compró chinchetas de colores y, siguiendo las noticias de la radio, empezó a colocar banderitas que indicaban las posiciones de los ejércitos que luchaban en la guerra de trincheras de la contienda mundial. Mi abuela, con sus ocho o nueve años, observaba aquello como si fuera un juego. Veinte años después le tocó vivir una guerra de verdad, una guerra en la que perdió a parte de su familia, incluido su marido y padre de sus cinco hijos.
Por algún punto de aquel mapa que mi bisabuelo recorría con el dedo ante la atenta mirada de mi abuela avanzaban renqueando entre el barro y las ruinas dos ambulancias del ejército estadounidense. Una la conducía Ernest Hemingway, que después escribió A farewell to arms (adiós a las armas) basándose en esa experiencia. La otra la llevaba el que luego sería su amigo, John Dos Passos.
A Hemingway lo conocemos casi todos. A Dos Passos no tanto, y eso que escribió mucho, y escribió probablemente mejor que su amigo. Sin embargo, el segundo nunca consiguió alcanzar las cotas de popularidad del primero, e incluso sus coterráneos estadounidenses lo tienen un poco arrinconado. Cuando les preguntas por Dos Passos, te responden con cierto desdén, o más bien con indiferencia. Algunos ni siquiera lo conocen, o piensan que era extranjero. En la biblioteca pública, las obras completas de Hemingway tienen una demanda impresionante, mientras que las de Dos Passos suelen estar disponibles.
Piensa uno entonces: ¿no decía el propio Hemingway que su amigo John escribía mejor que él?¿A qué se debe esta aparente injusticia?
Una lectura rápida de cualquier biografía de Dos Passos (incluida la de la Wikipedia) nos da la pauta: es por motivos políticos. En su juventud, Dos Passos fue un socialista convencido, por lo cual no les cae simpático a los estadounidenses de derechas. En su madurez, y después de muchas vueltas y revueltas, su ideología viró hacia la derecha liberal tradicional y se consagró a la defensa a ultranza de las libertades individuales como única garantía de paz social, por lo que los americanos izquierdosos lo consideran un traidor. En cualquier parte del mundo, esa deriva ideológica convierte a su protagonista en carne de cañón, pero es que aquí, en el país de las etiquetas, es un pecado imperdonable. Dicho esto, vamos con la cosa literaria.
La segunda novela de guerra de John Dos Passos se titula Three Soldiers (tres soldados). Empieza en los Estados Unidos, durante la etapa de reclutamiento de tropas para la primera guerra mundial. Tres muchachos de orígenes muy diversos se conocen durante la instrucción, en uno de los campamentos militares que creó ad hoc el ejército por aquel entonces. Los tres se embarcaron en uno de aquellos transatlánticos que cruzaban el océano rumbo a Europa cargados de chavales de 18 años, y volvían con los tullidos, los amputados y las notas de pésame para las familias. Una vez en Francia, los tres amigos son destinados a batallones diferentes y se separan. Dos de ellos llegan a distintos puntos del frente y viven el infierno de las trincheras, y uno se queda en los servicios de la retaguardia.
[Por cierto, al hilo del ambiente de la guerra de trincheras, una de las mejores cosas que he leído al respecto es una novela del periodista inglés Sebastian Faulks titulada Birdsong. Aparte de ser un dramón, la segunda parte cuenta la historia verídica de una unidad muy especial del ejército británico: la que se dedicaba a excavar túneles en el frente para tratar de colocar minas debajo de las trincheras de los alemanes. Por supuesto los alemanes también tenían unidades parecidas y a veces se encontraban durante el avance, con las consiguientes batallas subterráneas.]
Al final de la guerra, los tres soldados llegan a París por separado. Los ejércitos aliados tenían el mandato de invadir varias partes de Alemania y mantener el control de las zonas limítrofes de Francia, Bélgica y Holanda durante un tiempo indeterminado. Los tres amigos se ven, se hablan, pero no pueden volver a estar juntos. Tampoco los desmovilizan: tienen que seguir trabajando gratis, obedeciendo las órdenes absurdas de oficiales aburridos y caprichosos que se han quedado sin guerra y tampoco pueden volver a casa.
Uno de los tres soldados pide un permiso para estudiar música en la universidad. Tras muchas peripecias lo consigue y puede empezar a vivir con más holgura. Conoce a una familia acomodada de París que le presta un piano para practicar y componer. En cierto momento, una serie de infortunadas coincidencias le hacen caer de nuevo en los engranajes de la disciplina militar, los trabajos forzados y la vida cuartelaria. Y hasta ahí puedo leer.
Si uno conoce la vida de John Dos Passos, hasta ahí no es difícil afirmar que Three Soldiers es una novela muy autobiográfica. El personaje principal, el que estudia en la Sorbona, es él, sin ningún género de duda. Podríamos decir que se le ve el plumero de puro realismo. No estudió música, sino literatura, pero todo el proceso para llegar ahí es prácticamente igual. La única diferencia es que Dos Passos ya estaba en Europa y se presentó voluntario para ir a la guerra como conductor de ambulancia, mientras que su personaje es reclutado y hace la instrucción en Estados Unidos.
El desenlace de la historia, que no voy a contar, es otro elemento ficticio de la historia y, al igual que la primera parte, carece de garra. En todo caso, en esta novela de juventud, que no es gran cosa desde el punto de vista narrativo, lo que importa son las descripciones intensísimas de la experiencia de Dos Passos en la carnicería que fue la guerra de trincheras y, al mismo tiempo, su fascinación sin límites por el modo de vida francés. El contraste brutal entre esos dos mundos es sin duda lo mejor del libro. Three Soldiers es también un alegato contra el ejército como concepto de organización humana y plantea reflexiones muy interesantes sobre los efectos psicológicos de las relaciones jerárquicas propias de esa institución. También es una ventana abierta a las ideas que bullían en las mentes de los jóvenes de principios del siglo XX: socialismo, comunismo, anarquismo, fascismo eran conceptos que todo el mundo conocía y distinguía sin dificultad, ideas que aún no estaban vencidas por el peso de las interpretaciones y aplicaciones prácticas que se les dieron a lo largo de los decenios siguientes.
En Three Soldiers, Dos Passos sufre, y sufre mucho. Se nota que sufre escribiendo, sufre recordando, sufre tratando de explicar lo que sintió durante aquellos años en Europa. A lo largo de toda la novela, que no es corta precisamente, hace todo lo que puede por plasmar una imagen fiel de lo que lleva dentro. Eso sí, aunque el ambiente general está bien logrado y tanto las descripciones como las reflexiones internas tienen un inmenso valor, los personajes se le quedaron flojos. En su siguiente novela, la legendaria Manhattan Transfer, los personajes son rotundos, espléndidos, arquetípicos, probablemente porque en esta, escrita cuatro años después, Dos Passos se permite unas libertades que no se permitió en 1921: párrafos de monólogo interior en medio de un narrador omnisciente, secciones mínimas que son casi como nuestros actuales microcuentos, neologismos, onomatopeyas y composición de palabras por doquier, etc.
Es la diferencia entre un escritor que busca, experimenta y sufre (el de Three Soldiers) y un escritor que ha encontrado su voz a base de experimentar y sufrir (el de Manhattan Transfer).
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jueves, 31 de octubre de 2013
lunes, 30 de septiembre de 2013
Dos Passos, Hemingway y una forma muy rara de escribir la historia
Este
verano, mi asesora de lectura veraniega me planteó un nuevo reto. En lugar de
leer una novela, propuso un libro de historia sobre dos escritores, a saber,
John Dos Passos y Ernest Hemingway. Acepté el reto y me lo zampé, de lo cual me
alegro mucho, a pesar de todos los pesares que, por supuesto, enumero más
adelante.
El
libro en cuestión se titula La ruptura: Hemingway, Dos Passos y el asesinato
de José Robles. El autor es Stephen Koch. La premisa básica que plantea es
la siguiente: en los años treinta, Ernest Hemingway y John Dos Passos, dos famosos
escritores y periodistas estadounidenses, comparten no solo la profesión, sino
una gran amistad personal y también una pasión muy concreta: España. En los
primeros meses de la guerra civil, el misterioso asesinato de un amigo común, José
Robles, hace aflorar sus diferencias políticas y destruye para siempre su
amistad.
Robles,
exiliado político español, era profesor de la Universidad Johns Hopkins de
Baltimore y traductor al español de Dos Passos y Sinclair Lewis. Al inicio de la
guerra civil, acepta un cargo político-militar en el gobierno de la república.
Meses después es secuestrado en su casa de Valencia y desaparece para siempre. Se
supone que una milicia no identificada lo arrestó y lo ejecutó, pero nunca se
ha sabido exactamente quién componía esa milicia y qué motivos tenía para
ejecutarlo. Cuando los dos escritores supieron que había sido asesinados,
Hemingway aceptó el hecho afirmando que en una guerra suceden esas cosas (lo
que hoy día llamaríamos “efectos colaterales”), mientras que Dos Passos se indignó
ante lo que consideró un asesinato más de las purgas estalinistas.
Una vez
planteada esa premisa, Koch empieza a contarnos la vida de Hemingway y Dos
Passos a partir de sus agradables estancias en París, unos años antes de que
empezara el conflicto español. En la primera página, esos dos protagonistas se
convierten en “Hem” y “Dos”, respectivamente, porque según el autor esos eran
los apelativos cariñosos que usaban sus allegados. Es posible que Koch, después
de tantos metido entre sus papeles, se considere allegado de los dos, pero esa
decisión inicial anticipa una tendencia general del libro: nos vamos a meter de
cabeza en la vida íntima de Dos Passos y Hemingway.
Koch no
describe, sino que novela, y con maestría, la vida de los escritores y de su
entorno personal y profesional antes, durante y después de la guerra civil
española. Cuando reconstruye escenas y diálogos concretos, uno tiene la
sensación de estar allí delante, a escasos metros de aquellas grandes figuras
históricas, en los escenarios míticos de Madrid, Valencia, Barcelona, Florida,
Nueva York y París durante los años treinta. Koch es un excelente narrador y
sabe cómo atrapar al lector en una atmósfera realista y verosímil.
El problema
es que el mismo autor alega que este libro es de carácter científico y
estrictamente histórico. El aparato crítico que lo acompaña es, en efecto,
formidable pero entonces cabe preguntarse cómo es posible, desde esa
perspectiva estrictamente histórica, reconstruir todos esos diálogos
personales, a veces íntimos; cómo se puede revivir cada escena y describir
incluso los movimientos de los personajes por la habitación de un hotel, como quien
se refiere a un movimiento de tropas (debidamente documentado) durante una
batalla.
La
respuesta es que Koch utiliza su espléndida técnica narrativa para presentar
los hechos más llamativos, los que mejor sustentan sus hipótesis. En ocasiones,
la estructura de este libro me ha recordado la clásica estructura descriptiva-narrativa
de los reportajes seudocientíficos que han inundado las cadenas de televisión
de todo el mundo y que gozan de una enorme popularidad: primero se plantea una
premisa sorprendente o llamativa (“¡tiburones asesinos!”, “¡los misterios del
zigurat perdido!”). Después se alimentan las expectativas de los espectadores
con una buena dosis de datos circunstanciales, normalmente mezcla de creencias
populares y datos científicos comprobados. Esto se adereza con varios casos
reales (entrevistas y grabación sobre el terreno) que tengan que ver con el
tema de que se trate, aunque sea tangencialmente. Por último, se suele llegar a
la conclusión de que el misterio o el peligro siguen ahí, con lo cual las
expectativas de los espectadores quedan intactas.
No
quiero decir con esto que Koch sea tan superficial como lo son, en general,
esos reportajes, ni que utilice datos seudocientíficos. Lo que pretendo decir
es que utiliza esa misma estructura, pero tenemos la inmensa suerte de que los
datos circunstanciales y los casos reales, numerosísimos y variadísimos en este
libro, están narrados con un estilo atractivo e impecable. Si uno se olvida del
rigor científico y de la necesaria relación causa-efecto, el libro es una
auténtica joya, un mosaico de anécdotas sobre Hemingway (sobre todo), Dos
Passos (no tanto) y la guerra civil española que llega a emocionar.
Ahora
bien, si uno pretende llegar a alguna parte en el ámbito científico-histórico,
este libro puede resultar exasperante. En no pocas ocasiones el autor desestima
la información de sus fuentes con argumentos indemostrables que van muy bien
con la premisa inicial pero no tanto con el rigor investigador. Me refiero a
las numerosas veces en las que, después de aludir a una cita histórica o a un
extracto de una carta, opina que lo que decía el personaje en cuestión no
coincidía con lo que en realidad pensaba, o que disimulaba o mentía. El uso
interesado de las citas también es preocupante, puesto que indica cierto sesgo
que puede afectar no solo al anecdotario que sustenta las hipótesis principales
del libro, sino también a esas hipótesis propiamente dichas. Por ejemplo, en la
página 69 dice (cito la traducción de Nuria Barroso, que es la que pude leer):
“Puedes escribir tan bien que me da miedo”,
se regocijaba Hem en una carta a Dos tras leer 1919, y era cierto; párrafo tras párrafo,
Dos Passos escribía tan bien o incluso mejor que cualquier escritor de su
época.
Uno
entiende que aquí el autor quiere poner de relieve cierto grado de competencia
o envidia (probablemente sana) entre los autores. No tiene nada de particular.
Ahora bien, en cuanto la leí, tuve la sensación de que ya la había leído. Retrocedí
un poco y, en efecto, encontré la cita completa veinte páginas más atrás, pero
en un contexto totalmente diferente:
“Puedes escribir tan bien que me da miedo que
te pase algo.”
La cita
de la página 69 está cortada y sacada de contexto, porque a Hemingway no le da
miedo la calidad literaria de Dos Passos, sino la posibilidad de que deje de
escribir por algún motivo y se pierda ese talento. ¿Es aceptable usar la misma
cita, recortada a voluntad, para ilustrar dos ideas distintas? A mí me parece
que no. Este es el tipo de cosas por las que el libro de Koch huele un poco a
chamusquina.
Se
queda uno, pues, con la impresión de que en realidad el autor quería escribir
una novela, no un libro de investigación. Tiene un montón de historias que
contar, tiene un estilo narrativo excelente y quiere que los hechos históricos
avalen a toda costa su versión de los hechos, para lo cual va eligiendo los que
le conviene y apartando o ajustando los que no. La labor de investigación, que
en efecto es ingente (basta echar un vistazo por encima a la bibliografía y las
notas) queda así algo deslucida por la actitud selectiva que adopta Koch para
que ninguna de sus ideas sufra batacazos en ningún momento.
Este peculiar
rasgo del libro se torna muy evidente cuando Koch habla de los dos escritores,
sus personalidades y sus ideas políticas. Uno se lleva la impresión de que el
autor conoce a Hemingway y a Dos Passos mejor que sus madres. Al tratarlos con
esa familiaridad, lo que hace es dejar a la vista de los lectores sus propias afinidades,
fobias y manías, con toda seguridad han ido aflorando durante todos esos años
de investigación y búsqueda de datos. Hemingway es, para Koch, un personaje
hedonista y egocéntrico con una necesidad compulsiva de éxito y reconocimiento,
un tipo más o menos descerebrado e influenciable de cuya vanidad se valieron
diversas fuerzas políticas para promoverse y hacerse publicidad. Hemingway es,
sin duda, la obsesión de Koch, mientras que Dos Passos representa un papel
secundario en el libro y sirve sobre todo para contrastar sus actitudes,
siempre moderadas y reflexivas, con las de su amigo, a menudo impulsivas y
desatinadas.
En la
parte política tenemos una estructura similar: todo lo que, de una u otra
manera, tiene su origen o inspiración en la Unión Soviética y el Frente Popular
es sinónimo de conspiración, maldad, fracaso, traición y muerte. Según Koch, es
la Unión Soviética (o más bien la tendencia estalinista de la Unión Soviética) la
que asesina a José Robles por saber demasiado; es la Unión Soviética la que se aprovecha
de los dos escritores y acaba por enemistarlos; es la Unión Soviética, de
hecho, la culpable de que la guerra civil española fuera como fue. En
contraste, Franco y las tropas sublevadas solo aparecen en el libro como
aparecería un huracán o un terremoto, es decir, como un factor políticamente
neutro que se limitaba a estar allí y a avanzar inexorablemente hacia el otro
bando. La influencia política de las otras potencias, incluidas la de los
Estados Unidos, el Reino Unido y las fuerzas fascistas de Alemania e Italia,
brilla por su ausencia: es como si no existieran.
En
resumen, tengo la impresión de que este libro es un inmenso esfuerzo por
demostrar las premisas iniciales. En ese esfuerzo, la obra gana en lo
literario, pero pierde en rigor histórico porque el autor va etiquetando a
todos los personajes y valorando todos los hechos. Así, niega al lector la
posibilidad de juzgar libremente y extraer sus propias conclusiones sobre los
procesos que no están claros o sobre los que no hay información suficiente.
Además, al construir personajes casi literarios en lugar de describir los actos
y los dichos de los personajes históricos, predispone al lector y lo obliga a
ver a Hemingway y a Dos Passos a través de sus ojos.
Al
cerrar el libro, me quedé con la impresión de que Koch debería haber escrito
una novela en lugar de un análisis histórico. Bastaría con haber explicado a
los lectores que la obra se basaba en datos históricos pero que, a fin de
cuentas, lo que le importaba era exponer sus ideas y sentimientos respecto de
Ernest Hemingway, sus obras y su tiempo. De esa manera, esas ideas,
sentimientos y convicciones no habrían chocado con los datos contrastables y habría
podido caracterizado a sus personajes como le hubiera dado la gana (que es lo
que ha hecho, a fin de cuentas). En una historia novelada, y con otro título, uno
comprendería mejor, entre otras cosas, por qué en la segunda mitad el libro se
convierte en una detalladísima biografía de Ernest Hemingway que se aleja cada
vez más de la guerra civil española, de John Dos Passos, del asesinato de José
Robles y de todo lo demás hasta el punto de culminar, 22 años después del fin
de la contienda española y 24 después de ese asesinato, con el suicidio del
escritor.
domingo, 16 de junio de 2013
Nunca digas de esta agua no beberé
Hace ya unos años hice un voto, por lo demás poco solemne, de no volver a comprar libros, por dos razones. La primera es que la ciudad en la que vivo tiene unas bibliotecas públicas que harían enrojecer de envidia a cualquier bibliotecario de universidad, con unos fondos y unas salas de lectura para levantar la boina, un procedimiento de préstamos eficiente y rápido y un sistema de intercambios interbibliotecarios como yo no había visto jamás. De hecho, en lugar de gastar dinero en libros, lo que hago es donar dinero todos los años a las bibliotecas públicas. Así compro libros (y salas de lectura, y muchas cosas más) no solo para mí, sino para todos.
La segunda razón es que mis muy acaudalados y desapegados vecinos tienen la excelente costumbre de elegir de vez en cuando un grupo de libros que ya no les interesan y dejarlos sobre los escalones de acceso a sus casas. No hace falta siquiera poner un cartel que diga "gratis" ni nada por el estilo: en este barrio, el arreglo tácito es que, si te encuentras libros en la calle, son para ti, si los quieres.
Con semejante abundancia, y con semejante generosidad, he ido perdiendo el gusto por poseer físicamente el libro y me he habituado a sacarlos de la biblioteca, cuando quiero algo específico, o rebuscar en las cajas y las pilas que encuentro por la calle cuando no tengo nada en mente. De hecho, entre los que me regalan y los que voy encontrando por la calle, tengo muchos más libros de los que puedo leer, y no se trata precisamente de manuales de autoayuda y superación: el libro de viajes de Steinbeck que he reseñado en este blog estaba por ahí tirado, a la espera de que alguien se interesara por él. También he encontrado, entre los clásicos, una edición especial de East of Eden del mismo autor, un Conrad, un Hemingway y dos Dostoyevskis. Entre los modernos podría citar una novela reciente de Zadie Smith, el primero de los de Stieg Larsson, un Pamuk y un Rushdie.
La última adición a esta colección interminable, que al tiempo es un poco agobiante porque no se acaba nunca, es la historia de un piloto francés llamado Franklin Devaux que, al parecer, recorre el mundo en un hidroavión (en concreto, este hermoso Consolidated PBY-5 Catalina) y, en pocas palabras, está enamorado de su avión. El libro es la versión original francesa. Así son las cosas por estos rumbos: uno se encuentra tiradas en la calle auténticas joyas, para quien quiera o pueda apreciarlas, por supuesto. Ya escribiré sobre el libro cuando lo lea (de momento solo he visto las tapas, la introducción y las fotos).
Un buen amigo y gran lector me dijo hace tiempo que leer sin rumbo no lleva a ninguna parte, y me animó a seguir un orden lógico que me ayudara a estructurar mi sensibilidad literaria. Tenía toda la razón, y su formación académica me tentaba y me tienta, pero no me convence, probablemente porque, con una sola excepción, nunca he querido llegar a ninguna parte con mis lecturas. Aun así, guardo su consejo de dejarme asesorar en materia literaria y quizá en otra vida me dedique a cultivar una cultura literaria comme il faut, en lugar de estos flecos que voy dejando, o recogiendo, por ahí.
Lo que quería contar, en todo caso, es que hace poco tiempo rompí ese voto y compré un libro. Fue una excepción: unos amigos me invitaron a la presentación de la primera novela de una amiga suya, medio inglesa, medio palestina, en una de las librerías del barrio. Fui a la presentación, me llamó la atención la historia y, ya que tenía allí a la autora, Selma Dabbagh, decidí hacerme con un ejemplar firmado. Total, no era tan caro.
El libro, que se titula Out of it, aterrizó en la pila de los "pendientes de lectura" y ahí durmió el sueño de los justos, con todos los huérfanos recogidos de la calle, hasta abril. Entonces lo leí de un tirón y con mucho interés, no tanto por su valor literario como por su peculiar contenido. Ya escribiré luego sobre él.
La segunda razón es que mis muy acaudalados y desapegados vecinos tienen la excelente costumbre de elegir de vez en cuando un grupo de libros que ya no les interesan y dejarlos sobre los escalones de acceso a sus casas. No hace falta siquiera poner un cartel que diga "gratis" ni nada por el estilo: en este barrio, el arreglo tácito es que, si te encuentras libros en la calle, son para ti, si los quieres.
Con semejante abundancia, y con semejante generosidad, he ido perdiendo el gusto por poseer físicamente el libro y me he habituado a sacarlos de la biblioteca, cuando quiero algo específico, o rebuscar en las cajas y las pilas que encuentro por la calle cuando no tengo nada en mente. De hecho, entre los que me regalan y los que voy encontrando por la calle, tengo muchos más libros de los que puedo leer, y no se trata precisamente de manuales de autoayuda y superación: el libro de viajes de Steinbeck que he reseñado en este blog estaba por ahí tirado, a la espera de que alguien se interesara por él. También he encontrado, entre los clásicos, una edición especial de East of Eden del mismo autor, un Conrad, un Hemingway y dos Dostoyevskis. Entre los modernos podría citar una novela reciente de Zadie Smith, el primero de los de Stieg Larsson, un Pamuk y un Rushdie.
La última adición a esta colección interminable, que al tiempo es un poco agobiante porque no se acaba nunca, es la historia de un piloto francés llamado Franklin Devaux que, al parecer, recorre el mundo en un hidroavión (en concreto, este hermoso Consolidated PBY-5 Catalina) y, en pocas palabras, está enamorado de su avión. El libro es la versión original francesa. Así son las cosas por estos rumbos: uno se encuentra tiradas en la calle auténticas joyas, para quien quiera o pueda apreciarlas, por supuesto. Ya escribiré sobre el libro cuando lo lea (de momento solo he visto las tapas, la introducción y las fotos).
Un buen amigo y gran lector me dijo hace tiempo que leer sin rumbo no lleva a ninguna parte, y me animó a seguir un orden lógico que me ayudara a estructurar mi sensibilidad literaria. Tenía toda la razón, y su formación académica me tentaba y me tienta, pero no me convence, probablemente porque, con una sola excepción, nunca he querido llegar a ninguna parte con mis lecturas. Aun así, guardo su consejo de dejarme asesorar en materia literaria y quizá en otra vida me dedique a cultivar una cultura literaria comme il faut, en lugar de estos flecos que voy dejando, o recogiendo, por ahí.
Lo que quería contar, en todo caso, es que hace poco tiempo rompí ese voto y compré un libro. Fue una excepción: unos amigos me invitaron a la presentación de la primera novela de una amiga suya, medio inglesa, medio palestina, en una de las librerías del barrio. Fui a la presentación, me llamó la atención la historia y, ya que tenía allí a la autora, Selma Dabbagh, decidí hacerme con un ejemplar firmado. Total, no era tan caro.
El libro, que se titula Out of it, aterrizó en la pila de los "pendientes de lectura" y ahí durmió el sueño de los justos, con todos los huérfanos recogidos de la calle, hasta abril. Entonces lo leí de un tirón y con mucho interés, no tanto por su valor literario como por su peculiar contenido. Ya escribiré luego sobre él.
viernes, 2 de marzo de 2012
Camarero, una de bilis
Ahora que los vapores putrefactos de la burocracia van haciendo mella
en mi capacidad creativa; ahora que la rutina y la grisura sin fin se
van asentando en el fondo de mis arterias; ahora que la total ausencia
de contrastes se ha adueñado por completo de unas ocho horas diarias de
mi vida; ahora, justo ahora, viene a caer en mis manos una novela de
Sinclair Lewis.
Lewis fue el primer premio Nobel de literatura de nacionalidad estadounidense (1930). Precedió a otros dos, casi tan desconocidos, en esa misma década: Eugene O'Neill (1936) y Pearl Buck (1939), y se adelantó por muchos años a los grandes, a saber, Faulkner (1949), Hemingway (1954) y mi estimado Steinbeck (1962). A estos les siguió una larguísima sequía que interrumpió brevemente Toni Morrison en 1993, y desde entonces, los americanos no han repetido.
La novela que cayó en mis manos se titula Babbitt que, junto con Main Street y It can't happen here, se cuenta entre sus novelas más conocidas. También escribió muchísimos relatos y alguna que otra obra de teatro, pero de todas estas obras la única que ha pasado a la historia (de una manera un poco chusca) es Bongo the circus bear, gracias al hecho, casi fortuito, de que Disney la eligió para uno de sus cortos de dibujos animados.
Desde las primeras páginas me sorprendió la prosa de Lewis. Trataba yo de buscar equivalencias o similitudes con escritores más o menos coetáneos (piénsese en Faulkner y Hemingway, sobre todo) y no las encontraba. Más bien todo lo contrario: el estilo socarrón, acelerado y divertidísimo de los capítulos iniciales de Babbitt era casi lo opuesto, en lo estético y en lo lingüístico, a esos otros autores que me han parecido siempre, por más que me gusten, ceremoniales y dramáticos como curas en la homilía. Lewis retrata con maestría la parte fea de la sociedad estadounidense y, en contra de la tradición de ese país, se niega a elevar a los protagonistas de sus mundanas historias al nivel de héroe o de antihéroe (que al fin y al cabo es lo mismo). No, los personajes de Lewis son mediocres al principio de la historia, llevan vidas mediocres durante el relato y terminan su existencia como las personas mediocres que siempre han sido. Tampoco hay buenos ni malos en sentido estricto, como sucede en casi toda la literatura estadounidense, ni hay nadie con una necesidad imperiosa de dar sentido a su existencia mediante la glorificación de los elementos vulgares y corrientes de la vida cotidiana. Esa vida, la cotidiana, se limita a transcurrir mientras nosotros, lectores y a la vez protagonistas, nos percatamos de cómo somos y cómo reaccionamos ante ciertas situaciones, tanto en lo social como en lo personal.
Todo esto sería insufrible si no estuviera bien regado (a veces empapado y chorreando) en el sarcasmo y la ironía que dominan toda la prosa de Lewis. Se diría que el escritor está deseando dar rienda suelta a un centenar de odios, desprecios y desagrados que ha ido cultivando con todo el cuidado del mundo durante largos años. Desprecia el sistema político, rechaza la estructura social, abjura de la maquinaria económica, considera que la institución familiar es una farsa y un refugio para débiles, y así nos lo hace saber, página tras página, sin dejar títere con cabeza. Lewis es, sin duda, un escritor rabioso. Y a la vez, un excelente escritor, porque por más que sus textos estén cargados de esa amargura profunda y completa, no puede uno dejar de leer y, de cuando en cuando, echar una buena carcajada.
Fui al sitio web de los premios Nobel y leí su discurso de aceptación del premio. Otra sorpresa: el tono socarrón y la bilis rezuman también por los cuatro costados de ese documento. En él deja claro su profundo desprecio por la Academia America de las Letras y todos sus miembros, algunos de los cuales, por cierto, cuando supieron que Lewis había sido galardonado con el premio Nobel, afirmaron que la Academia Sueca había insultado a los Estados Unidos al premiar a un escritor que tanto había atacado a su propio país. El jurado del Nobel tomó nota, por lo que se ve, y más tarde se tomó su venganza. En su discurso, Lewis no solo habla de la Academia, sino que aprovecha para hacer un extenso estudio del panorama literario de su país en aquel momento. Nombra a dos docenas o más de escritores, colegas suyos, que en su opinión habrían resultado igual de insultantes, puesto que la Academia tampoco les daba, por aquel entonces, la menor importancia. Entre ellos hay muchos escritores malditos, como Dreiser y Upton Sinclair (horror, un socialista), pero ahí va una sorpresa más: también hay nada menos que tres futuros premios Nobel de literatura: O'Neill, Faulkner y Hemingway. En otras palabras, Lewis no era solo un contestatario, ruidoso o protestón: estaba muy bien informado y se movía con soltura en los círculos literarios que poco después serían la vanguardia creativa de su país. En ese sentido, fue un precursor de todos esos grandes nombres y, en cierta medida, contribuyó a allanar el camino de una nueva estética que se consolidó en la época de posguerra y es, hasta hoy, un referente imprescindible para la literatura universal.
Aun así, el odio o el desprecio a Sinclair Lewis siguen vivos en los Estados Unidos. Si bien casi todos los temarios de literatura de los institutos públicos lo tienen en la lista, hay un detalle que yo considero significativo del poco valor que se da a su obra: al contrario que sus famosos contemporáneos de los años 20 y 30, las obras de este escritor están hace tiempo en el dominio público y se pueden descargar de sitios como el Proyecto Gutenberg.
Es posible que, como dicen algunos críticos, la prosa de Lewis no tenga una calidad memorable, pero es eficiente y rápida. Se deja leer sin esfuerzo y comunica mucho más que otros estilos de la misma época, más pesados y obtusos. Pero lo más importante, en mi opinión, es su mensaje sobre ese país, "el más contradictorio, el más deprimente, el más incitante de todos hoy día", en el que la mayoría de sus habitantes, "y no solo los lectores, sino también nosotros, los escritores, seguimos teniendo miedo de toda literatura que no sea una glorificación de todo lo americano, una glorificación de nuestros vicios y también de nuestras virtudes" (citas del discurso de aceptación del Nobel).
Lewis critica en sus libros muchas de las cosas que ahora, con movimientos como los Occupy, están de plena actualidad: la excesiva influencia e importancia de los contactos personales en todas las esferas del poder, la intromisión permanente del capital en la política pública, la doble moral que por una parte incentiva el uso de estereotipos sociales y por el otro los rechaza e incluso castiga a quienes no los usan debidamente (piénsese en el sexo, la comida, los coches, etc.) y la necesidad constante de competir e ir a más en una infinita carrera hacia ninguna parte. Cabe argumentar que muchos de estos factores están presentes en la mayoría de las sociedades occidentales. Es muy cierto, pero no hay que olvidar que la voz de Lewis nos llega desde los años veinte, epoca de Clarín y Valle-Inclán en España. No cabe imaginar que una hija de la Regenta se pasara el día de juerga con su enamorado, yendo de la heladería al cine y del cine al centro comercial, pidiéndole a papá que le deje el coche o, mejor todavía, que compre un segundo coche como los vecinos de al lado. Sin embargo, esa es la vida de Babbitt y su modélica familia: una vida que no presenta diferencias fundamentales respecto de la que lleva hoy día cualquier Babbitt equivalente en los Estados Unidos. Con ello quiero decir que los valores y esquemas que critica Lewis ya estaban consolidados en una sociedad madura hace ocho décadas, y siguen presentes. En los países de América Latina o en España, esos valores y esquemas son mucho más recientes y, en algunos casos, ni siquiera existen.
Sigo leyendo a Sinclair Lewis con gran interés. Con seis años de Estados Unidos a las espaldas, me llama mucho la atención lo lúcidos que son los retratos costumbristas que presenta en las escenas de sus novelas. Uno tiene la sensación de que nada ha cambiado en los últimos ochenta años. Y quién sabe, es posible que, en efecto, en lo fundamental nada haya cambiado.
Lewis fue el primer premio Nobel de literatura de nacionalidad estadounidense (1930). Precedió a otros dos, casi tan desconocidos, en esa misma década: Eugene O'Neill (1936) y Pearl Buck (1939), y se adelantó por muchos años a los grandes, a saber, Faulkner (1949), Hemingway (1954) y mi estimado Steinbeck (1962). A estos les siguió una larguísima sequía que interrumpió brevemente Toni Morrison en 1993, y desde entonces, los americanos no han repetido.
La novela que cayó en mis manos se titula Babbitt que, junto con Main Street y It can't happen here, se cuenta entre sus novelas más conocidas. También escribió muchísimos relatos y alguna que otra obra de teatro, pero de todas estas obras la única que ha pasado a la historia (de una manera un poco chusca) es Bongo the circus bear, gracias al hecho, casi fortuito, de que Disney la eligió para uno de sus cortos de dibujos animados.
Desde las primeras páginas me sorprendió la prosa de Lewis. Trataba yo de buscar equivalencias o similitudes con escritores más o menos coetáneos (piénsese en Faulkner y Hemingway, sobre todo) y no las encontraba. Más bien todo lo contrario: el estilo socarrón, acelerado y divertidísimo de los capítulos iniciales de Babbitt era casi lo opuesto, en lo estético y en lo lingüístico, a esos otros autores que me han parecido siempre, por más que me gusten, ceremoniales y dramáticos como curas en la homilía. Lewis retrata con maestría la parte fea de la sociedad estadounidense y, en contra de la tradición de ese país, se niega a elevar a los protagonistas de sus mundanas historias al nivel de héroe o de antihéroe (que al fin y al cabo es lo mismo). No, los personajes de Lewis son mediocres al principio de la historia, llevan vidas mediocres durante el relato y terminan su existencia como las personas mediocres que siempre han sido. Tampoco hay buenos ni malos en sentido estricto, como sucede en casi toda la literatura estadounidense, ni hay nadie con una necesidad imperiosa de dar sentido a su existencia mediante la glorificación de los elementos vulgares y corrientes de la vida cotidiana. Esa vida, la cotidiana, se limita a transcurrir mientras nosotros, lectores y a la vez protagonistas, nos percatamos de cómo somos y cómo reaccionamos ante ciertas situaciones, tanto en lo social como en lo personal.
Todo esto sería insufrible si no estuviera bien regado (a veces empapado y chorreando) en el sarcasmo y la ironía que dominan toda la prosa de Lewis. Se diría que el escritor está deseando dar rienda suelta a un centenar de odios, desprecios y desagrados que ha ido cultivando con todo el cuidado del mundo durante largos años. Desprecia el sistema político, rechaza la estructura social, abjura de la maquinaria económica, considera que la institución familiar es una farsa y un refugio para débiles, y así nos lo hace saber, página tras página, sin dejar títere con cabeza. Lewis es, sin duda, un escritor rabioso. Y a la vez, un excelente escritor, porque por más que sus textos estén cargados de esa amargura profunda y completa, no puede uno dejar de leer y, de cuando en cuando, echar una buena carcajada.
Fui al sitio web de los premios Nobel y leí su discurso de aceptación del premio. Otra sorpresa: el tono socarrón y la bilis rezuman también por los cuatro costados de ese documento. En él deja claro su profundo desprecio por la Academia America de las Letras y todos sus miembros, algunos de los cuales, por cierto, cuando supieron que Lewis había sido galardonado con el premio Nobel, afirmaron que la Academia Sueca había insultado a los Estados Unidos al premiar a un escritor que tanto había atacado a su propio país. El jurado del Nobel tomó nota, por lo que se ve, y más tarde se tomó su venganza. En su discurso, Lewis no solo habla de la Academia, sino que aprovecha para hacer un extenso estudio del panorama literario de su país en aquel momento. Nombra a dos docenas o más de escritores, colegas suyos, que en su opinión habrían resultado igual de insultantes, puesto que la Academia tampoco les daba, por aquel entonces, la menor importancia. Entre ellos hay muchos escritores malditos, como Dreiser y Upton Sinclair (horror, un socialista), pero ahí va una sorpresa más: también hay nada menos que tres futuros premios Nobel de literatura: O'Neill, Faulkner y Hemingway. En otras palabras, Lewis no era solo un contestatario, ruidoso o protestón: estaba muy bien informado y se movía con soltura en los círculos literarios que poco después serían la vanguardia creativa de su país. En ese sentido, fue un precursor de todos esos grandes nombres y, en cierta medida, contribuyó a allanar el camino de una nueva estética que se consolidó en la época de posguerra y es, hasta hoy, un referente imprescindible para la literatura universal.
Aun así, el odio o el desprecio a Sinclair Lewis siguen vivos en los Estados Unidos. Si bien casi todos los temarios de literatura de los institutos públicos lo tienen en la lista, hay un detalle que yo considero significativo del poco valor que se da a su obra: al contrario que sus famosos contemporáneos de los años 20 y 30, las obras de este escritor están hace tiempo en el dominio público y se pueden descargar de sitios como el Proyecto Gutenberg.
Es posible que, como dicen algunos críticos, la prosa de Lewis no tenga una calidad memorable, pero es eficiente y rápida. Se deja leer sin esfuerzo y comunica mucho más que otros estilos de la misma época, más pesados y obtusos. Pero lo más importante, en mi opinión, es su mensaje sobre ese país, "el más contradictorio, el más deprimente, el más incitante de todos hoy día", en el que la mayoría de sus habitantes, "y no solo los lectores, sino también nosotros, los escritores, seguimos teniendo miedo de toda literatura que no sea una glorificación de todo lo americano, una glorificación de nuestros vicios y también de nuestras virtudes" (citas del discurso de aceptación del Nobel).
Lewis critica en sus libros muchas de las cosas que ahora, con movimientos como los Occupy, están de plena actualidad: la excesiva influencia e importancia de los contactos personales en todas las esferas del poder, la intromisión permanente del capital en la política pública, la doble moral que por una parte incentiva el uso de estereotipos sociales y por el otro los rechaza e incluso castiga a quienes no los usan debidamente (piénsese en el sexo, la comida, los coches, etc.) y la necesidad constante de competir e ir a más en una infinita carrera hacia ninguna parte. Cabe argumentar que muchos de estos factores están presentes en la mayoría de las sociedades occidentales. Es muy cierto, pero no hay que olvidar que la voz de Lewis nos llega desde los años veinte, epoca de Clarín y Valle-Inclán en España. No cabe imaginar que una hija de la Regenta se pasara el día de juerga con su enamorado, yendo de la heladería al cine y del cine al centro comercial, pidiéndole a papá que le deje el coche o, mejor todavía, que compre un segundo coche como los vecinos de al lado. Sin embargo, esa es la vida de Babbitt y su modélica familia: una vida que no presenta diferencias fundamentales respecto de la que lleva hoy día cualquier Babbitt equivalente en los Estados Unidos. Con ello quiero decir que los valores y esquemas que critica Lewis ya estaban consolidados en una sociedad madura hace ocho décadas, y siguen presentes. En los países de América Latina o en España, esos valores y esquemas son mucho más recientes y, en algunos casos, ni siquiera existen.
Sigo leyendo a Sinclair Lewis con gran interés. Con seis años de Estados Unidos a las espaldas, me llama mucho la atención lo lúcidos que son los retratos costumbristas que presenta en las escenas de sus novelas. Uno tiene la sensación de que nada ha cambiado en los últimos ochenta años. Y quién sabe, es posible que, en efecto, en lo fundamental nada haya cambiado.
viernes, 18 de marzo de 2011
La lucha continúa
Cuando yo hablaba de la lucha, la B-One me contestaba que
En primer lugar, porque referirse a una situación como "grisura" no es poner una etiqueta. Es una descripción poética y, por lo tanto, depende tanto de mí como de mi entorno, ambos mutables de un día para otro, de una hora para otra. Una valoración no es una etiqueta: valoro cuando digo "este café me gusta o no me gusta"; etiqueto cuando digo "este café es bueno o es malo" o "menuda bazofia de café" o "el mejor café que he probado en mi vida".
En segundo lugar, porque la experiencia sí tiene color en sí misma, si uno quiere describirla con colores. El color (es decir, la calidad percibida) de la experiencia es una función, bastante compleja, de muchos factores, entre los que destacan las circunstancias personales de quien la vive y las circunstancias materiales que rodean a esa persona.
En tercer lugar, y este ya es personal, porque flotar sobre una situación que percibo como intrínsecamente negativa me resulta moralmente rechazable: siento la necesidad de hacer algo. Al mismo tiempo, estoy convencido de que yo solo no puedo hacer nada y no me siento con las fuerzas suficientes como para buscar gente y organizar algo. Tampoco logro reunir el valor suficiente para largarme y abandonar este entorno que tantos problemas me genera, como han hecho ya tres colegas en los últimos doce meses. (Aquí ya tengo que explicar que me estoy refiriendo al entorno laboral.) Por último, no veo alternativas menos grises, ni dentro, ni fuera.
En resumen, me sigo quedando con d), es decir, profundizo en el dilema. Es posible que también esté desarrollando cierta insensibilidad, cosa que me preocupa. Por eso sigo hablando de ello: porque no quiero acostumbrarme.
De colofón pongo una alegre cita de una novela de Abdulrahmán Munif titulada "Cuando dejamos el puente", que me recuerda mucho a Delibes y no tanto a "El viejo y el mar" de Hemingway, como afirman los críticos:
A mí se me ocurre otra posibilidad: flotar en lo que hay, sin etiquetarlo. «La grisura» es un concepto, una etiqueta que superponemos a la experiencia, que en sí misma no tiene color.Y bueno, en aquel momento, me quedé con la copla y pensé que no estaba mal la propuesta. Hoy, las circunstancias me hacen ver que no, que esa alternativa no es distinta: es la c) con un traje nuevo que la hace parecer más aceptable.
En primer lugar, porque referirse a una situación como "grisura" no es poner una etiqueta. Es una descripción poética y, por lo tanto, depende tanto de mí como de mi entorno, ambos mutables de un día para otro, de una hora para otra. Una valoración no es una etiqueta: valoro cuando digo "este café me gusta o no me gusta"; etiqueto cuando digo "este café es bueno o es malo" o "menuda bazofia de café" o "el mejor café que he probado en mi vida".
En segundo lugar, porque la experiencia sí tiene color en sí misma, si uno quiere describirla con colores. El color (es decir, la calidad percibida) de la experiencia es una función, bastante compleja, de muchos factores, entre los que destacan las circunstancias personales de quien la vive y las circunstancias materiales que rodean a esa persona.
En tercer lugar, y este ya es personal, porque flotar sobre una situación que percibo como intrínsecamente negativa me resulta moralmente rechazable: siento la necesidad de hacer algo. Al mismo tiempo, estoy convencido de que yo solo no puedo hacer nada y no me siento con las fuerzas suficientes como para buscar gente y organizar algo. Tampoco logro reunir el valor suficiente para largarme y abandonar este entorno que tantos problemas me genera, como han hecho ya tres colegas en los últimos doce meses. (Aquí ya tengo que explicar que me estoy refiriendo al entorno laboral.) Por último, no veo alternativas menos grises, ni dentro, ni fuera.
En resumen, me sigo quedando con d), es decir, profundizo en el dilema. Es posible que también esté desarrollando cierta insensibilidad, cosa que me preocupa. Por eso sigo hablando de ello: porque no quiero acostumbrarme.
De colofón pongo una alegre cita de una novela de Abdulrahmán Munif titulada "Cuando dejamos el puente", que me recuerda mucho a Delibes y no tanto a "El viejo y el mar" de Hemingway, como afirman los críticos:
Me dije: [estos cazadores] no se privan de nada; disparan, disparan hasta al cuervo que grazna cuando ve aparecer una silueta. Hasta al cuervo, que hoy estaba más lento y le acertaron. Oí a uno de ellos que, mientras cobraba el cuervo y lo tiraba al estanque, decía: "Vete al infierno, cuervo del demonio". Y dije para mí: "¿Y para qué lo matas, entonces?" La vida es una fiesta de muerte sin fin, pensé. El grande mata al chico. El fuerte mata al débil. Y los puentes matan a los cobardes.
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