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domingo, 24 de marzo de 2019

Memoria mítica, memoria histórica

Leí Soldados de Salamina, de Javier Cercas, justo ahora que en España está otra vez en boga eso de la "memoria histórica" y el asunto de la exhumación de Franco. Lo de "memoria histórica" es un nombre curioso que le han dado en España al proceso que en América Latina se ha orientado más bien hacia "comisiones de la verdad y la reconciliación" y otros títulos por el estilo, y que en los Balcanes se ha solucionado más bien a golpe de tribunal, juicio y condena.

Quizá por no haber tenido contacto nunca con ejércitos ni milicias, me sorprende mucho ver cómo la gente se mata. Me sorprende, de hecho, constatar que las guerras, las masacres y los genocidios son una característica de la raza humana y uno de los principales motores que impulsan el desarrollo tecnológico y científico. Dicen las estadísticas que, en proporción a la población, cada vez hay menos conflictos armados y cada vez muere menos gente en esos conflictos. Eso está bien, y me alegro mucho, aunque no creo que le sirva de consuelo a quien ve morir a familiares, amigos y conocidos en los países que están ahora mismo en esa situación.

Cuando esas guerras, masacres y genocidios terminan, la gente reacciona de formas muy diferentes, según las circunstancias. Como es habitual, quien tiene una ideología firme y bien interiorizada reacciona en bloque con quienes comparten esa ideología y no tiene dudas, o apenas duda: saben muy bien lo que hay que hacer y procuran que todo el mundo les siga. A otros muchos, que no tenemos el apoyo de una fe o un pensamiento político convincente, o a los que sencillamente no tenemos opinión o preferencia política o religiosa, nos resulta muy difícil asumir y entender lo que pasó. (Por cierto, en todo conflicto hay siempre un tercer grupo de personas, muy influyente, que es el de los que miran desde fuera: los analistas y opinadores de otras zonas u otros países, que influyen más cuanto más participan en la reconstrucción y la rehabilitación del tejido socioeconómico destruido por el conflicto.)

Con todos esos elementos en mente iba yo leyendo la historia de Soldados de Salamina, en la que Javier Cercas, que es también el protagonista de su propia novela, intentaba reconstruir una escena concreta de un personaje concreto de la guerra civil, el periodista, escritor e ideólogo Rafael Sánchez Mazas. Al tiempo que leía, iba buscando información sobre aquella época, los protagonistas y la evolución de la guerra civil española y del pensamiento fascista o totalitario en España. He aprendido mucho sobre el tema y, como suele suceder en estos casos, he terminado con muchas más preguntas que respuestas. Así es el aprendizaje: cuanto más sabemos, más claro va quedando lo poco que sabemos.

Poco después de terminar el libro coincidí con un grupo bastante nutrido de amigos en el Maxi y planteé la pregunta de si alguien tenía conocidos o familiares muertos en guerras, masacres o represiones. ¿Alguien? Resultó que casi todos teníamos. Nos pasamos la tarde entera narrando las historias de abuelos ejecutados en la guerra civil española, familiares torturados o desaparecidos en las dictaduras latinoamericanas, o amigos y hermanos perdidos en el horror de los Balcanes. Por una parte, era terrible ver que casi todo el mundo había perdido a alguien. Por otra, era fascinante escuchar tanto las historias como las opiniones y las reacciones de unos y de otros.

Lo que más me llamaba la atención era la precisión con la que algunos contaban las circunstancias en las que aquellas personas habían sido asesinadas, torturadas, secuestradas o desaparecidas. Me llamaba la atención porque ninguno de los que participábamos en la conversación podíamos (menos mal) relatar el caso de primera mano. Sin embargo, a pesar de no haber estado presentes, algunos teníamos muy claros ciertos detalles, incluso del momento preciso de una ejecución o de una sesión de tortura.

Pensando en el libro de Javier Cercas y en su frustración cada vez que intentaba fijar los hechos desde un punto de vista objetivo, se me ocurrió preguntar a quienes daban esos detalles si podían aportar otros que, cabría pensar, también deberían haber trascendido. Por ejemplo, a una amiga que relató con bastante precisión una escena en la que su tía era torturada, le pregunté: ¿era tu tía la única que estaba con los dos torturadores en esa habitación? No sabía. Un amigo bosnio explicó cómo se habían llevado a su padre a la parte de atrás de su casa para ejecutarlo y reproducía el diálogo que sostuvo con sus verdugos. ¿Quién te contó ese diálogo?, pregunté. Uno de los verdugos, que fue detenido, se lo confesó a mi madre antes de ser ejecutado, contestó. Le pregunté entonces qué grado de fiabilidad daba él a esa confesión, probablemente obtenida en circunstancias poco ortodoxas. En lugar de contestar, mi amigo me preguntó, cortante, si yo estaba poniendo en tela de juicio el relato de su madre. Yo me limité a decir que no, pero el asunto quedó ahí, en el aire.

Tengo la impresión de que, como en el libro de Cercas, todos esos relatos que nos llegan por terceros no son "la historia" ni "la verdad": son más bien como las novelas y las películas, es decir, solo podemos saber lo que el director o el autor nos han querido enseñar, y solo lo podemos "ver" a través de sus ojos y de su memoria. Cuando el relato familiar llega por vías indirectas, y no por una investigación criminal, no es posible pensar que uno sabe nada a ciencia cierta: los narradores sucesivos pueden haber ampliado, acortado, embellecido, dramatizado o transformado radicalmente los hechos. En suma, el relato de terceros no nos permite saber lo que pasó de verdad: puede ser exacto o puede ser pura ficción, o cualquiera de todos los estados intermedios posibles. Si uno quiere determinar los hechos, la única manera es investigar, pero para eso se necesitan libros, hemerotecas, testigos, registros y demás, y en las conversaciones de amigos y familiares eso ni se plantea. Lo único que hay son historias contadas por terceros que, cuanto más se cuentan, más reales se van haciendo en la mente del grupo familiar, y al mismo tiempo más se van distanciando del hecho en sí.

Mi conclusión es que la memoria no es histórica, y mucho menos cuando se trata de asuntos tan trágicos como las guerras. La memoria humana, frágil, incompetente y sensible a las emociones, no es capaz de contrastar hechos de forma fría y calculadora: se nutre de relatos y sentimientos y, por lo tanto, no es capaz de ser histórica, en el sentido en el que hoy entendemos la historia. No es esto una crítica, ni mucho menos. De hecho, pienso que si no tuviéramos ese tipo de memoria, las cosas que nos contamos cuando nos sentamos alrededor de una mesa para tomar un café serían muy parecidas a las actas de una comisión, es decir, mortalmente aburridas.

Para mí, la memoria humana es mítica y dramática, como de hecho lo fue la historia durante muchos siglos, antes de que se empezaran a aplicar los métodos del racionalismo a la investigación. Por eso dudo de que el término "memoria histórica" sea adecuado, y tampoco creo que títulos como "comisión de la verdad" tengan mucho sentido, pero no quiero empezar aquí otra diatriba sobre el concepto de "verdad", porque me alargaría demasiado. Supongo que me hago entender.

Volviendo a la literatura, justo después de aquella conversación tan interesante y emotiva con los amigos del Maxi, volví a casa, abrí el libro que estoy leyendo y ahí mismo me estaba esperando esta cita:

En la historia, hay montones de hechos que es mejor dejar en la sombra. El conocimiento exacto no aporta nada bueno a nuestra vida cotidiana. Lo objetivo no sobrepasa necesariamente a lo subjetivo. La realidad no extingue necesariamente la fantasía. (Matar al Comendador, Haruki Murakami; traducción propia de la versión inglesa)
Es otra forma de verlo. No es la opinión de Murakami, sino lo que dice uno de sus personajes en un momento dado, pero sí reconozco esa opinión en mucha gente de mi entorno, y en varios países: "no hurgues en el pasado, no merece la pena y solo te vas a llevar disgustos; acepta las cosas como son y mira hacia delante". Como se puede suponer, ese es uno de los temas de la novela Matar al Comendador. Es evidente que a Murakami le encanta hurgar en el pasado. Y yo reconozco que últimamente siento una curiosidad que antes no tenía.

¿Me estaré haciendo mayor?

jueves, 14 de marzo de 2019

Por no cansar

Por no cansar he omitido un montón de novelas que he leído en las últimas semanas. Ni siquiera he vuelto a mencionar el asunto delante de Igor, porque ya me estaba mirando mal. Pero el caso es que todas esas novelas ya han pasado por la trituradora y que solo me queda una, que he empezado hoy. Cuando la termine, habré leído toda la narrativa larga de Haruki Murakami, traducida bien al español, bien al inglés, y estaré en condiciones de maltratar a mis lectores y suscriptores con uno o varios posts de análisis, comentario, resumen o qué sé yo. Tiembla, lector, tiembla.

domingo, 13 de enero de 2019

Bailando en ascensores mágicos

La idea de leer todas las novelas de Haruki Murakami se me ocurrió hace hace dos años, cuando leí su libro "De qué hablo cuando hablo de correr". Quien no haya leído esa entrada haría bien en leerla antes de seguir con este post, porque ahí expliqué con detalle la impresión que me produjo y que, hasta cierto punto, es un retrato bastante preciso del autor. La motivación no era, como en el caso de John M. Coetzee, descubrir las claves de un gran escritor (leí todas las novelas de Coetzee cuando le dieron el Nobel), sino observar la evolución que lo llevó de escribir una novela "porque sí", como dice en sus memorias, hasta convertirse en uno de los autores más leídos y conocidos del mundo.

Ya he explicado que Murakami solo escribe en japonés, por lo que no tengo más remedio que leerlo traducido, bien al español, bien al inglés, y en general es el segundo el que encuentro por aquí. Su novela más famosa es Tokio blues (en inglés se llamó Norwegian wood, como la canción de los Beatles, que ya he comentado en este post), y por supuesto decidí no empezar por esa, sino por algo menos conocido. Eché una mirada a su bibliografía y, con la lista en la mano, me fui a la biblioteca.

Me sorprendió ver que no había casi nada de este autor en los estantes. Fui al ordenador para mirar el catálogo electrónico y ¡sorpresa! No es que no hubiera: había un montón de copias de casi todas sus novelas. Lo que pasaba es que estaban todas en préstamo, incluidas las de principios de los noventa. Está claro que Murakami no ha sido un escritor popular, sino que lo es ahora mismo, y mucho. También es cierto que esto se debe, en parte, a las fechas tardías en las que se fueron publicando las traducciones de sus obras. Las últimas han salido enseguida, pero las primeras tardaron entre diez y quince años en estar disponibles en inglés, español y otros idiomas. Volví a las estanterías para comprobar una vez más que no quedaba allí ni un solo ejemplar de sus novelas tempranas. Por suerte, sí había unas cuantas en libro electrónico y, aunque no me fascina leer en el teléfono, saqué una, traducida al inglés, que se titula Dance dance dance (en español, Baila, baila, baila) y empecé a leerlo en mis largos trayectos de metro.


En esta novela, un escritor por encargo, o lo que hoy se denominaría "creador de contenidos", sufre una crisis personal y decide hacer una pausa en el trabajo. Avisa a todos sus clientes de que no estará disponible en los próximos días y toma la resolución de viajar al norte del país, en busca de un recuerdo lejano. Ese recuerdo toma cuerpo en un lugar bastante patibulario y poco atractivo, el Hotel Delfín, en la ciudad de Sapporo. El protagonista llega allí en pleno invierno, solo para descubrir que el lugar que ocupaba aquel miserable hotel de sus recuerdos, poblado por vagabundos, buscavidas, prostitutas y demás sujetos marginales, lo ocupa ahora otro hotel distinto, recién construido, lujoso, moderno y radiante, con la máxima categoría posible, por el que pulula gente adinerada y elegante. Lo que más le choca es que ese impresionante hotelazo recién estrenado lleve el mismo nombre: Hotel Delfín. Como buen escritor, el protagonista decide investigar aquella misteriosa transformación. Después de dar muchas vueltas y seguir varias pistas falsas, consigue encontrar la clave del misterio, que no es otra que el ascensor del hotel.

Una de las características que más me llamó la atención de esta novela fue la capacidad de observación y el gusto por los detalles. Las descripciones son precisas, tanto que uno se siente sumergido de inmediato en las escenas y conecta sin dificultad con los personajes. Lejos de ser tediosas, esas descripciones nos llevan de la mano, sin esfuerzo, hacia el centro de la historia. Una vez ubicados en una situación por demás normal y corriente, sucede algo que interrumpe el relato previsible y fácil: el elemento sorpresa. La cuestión es que en Baila, baila, baila, las sorpresas se van acumulando, tanto para el protagonista como para el lector, hasta el punto de que uno termina con serias dudas respecto de la parte real y la parte ficticia de la narración. La confusión entre realidad e ilusión o imaginación se da en términos precisos, por lo que resulta verosímil, aunque a cada paso que dan los personajes para tratar de determinar dónde está la frontera entre ambos mundos la cosa va haciendo aguas, porque esa frontera no hace más que desdibujarse cada vez más, y la verosimilitud del relato empieza a resquebrajarse.

El juego de realidad e ilusión se entrelaza con unas historias humanas que el autor va delineando con maestría. Los escasos personajes de esta historia son sólidos, previsibles e interesantes, aun siendo también bastante unidimensionales. Me refiero con esto a que no se sabe mucho de la vida de esos personajes fuera de la historia que nos ocupa. No hay profundidad, no hay apenas interacciones que no tengan que ver con el hilo argumental principal. Por lo mismo, por la linealidad de la historia y el carácter plano de los personajes, la lectura es rápida, eficiente y entretenida.

Es difícil, muy difícil, escribir sobre este libro de Murakami sin correr el riesgo de echar a perder la experiencia de un potencial lector, sencillamente porque es muy previsible. Por eso voy a dejar aquí mi reseña. Solo diré que quien tenga paciencia y tiempo debería leer, antes que Baila, baila, baila, las tres novelas que constituyen lo que se conoce como La trilogía del Rata, a saber, Escucha la canción del viento, Pinball 1973 y La caza del carnero salvaje. No solo se entiende todo mejor, sino que además se aprecia muy bien la evolución del escritor en la forma de abordar descripciones, diálogos y transiciones. Esta cuarta novela está ya libre de muchos elementos cutres que afean las obras más tempranas de Murakami, esas de la época en las que escribía "porque sí".

Añadiré que me admira la labor metódica del autor, su voluntad férrea de describir a los personajes por sus actos y por los objetos que los rodean, desde la ropa hasta los muebles de su casa, lo que comen y beben, la música que escuchan y lo que sienten en cada situación del día. Su narración es cinematográfica desde la primera frase: no hay que hacer ningún esfuerzo para "ver" el script que uno podría usar para armar una película, porque está casi hecho. Mis millones de seguidores saben que esas técnicas narrativas cinematográficas no me gustan nada, pero una cosa es el gusto personal y otra cosa es la técnica profesional, y dentro de esa técnica particular, que no me gusta, reconozco que este libro está bien hecho.

Después de leer Baila, baila, baila decidí seguir leyendo libros de Murakami. Ya he leído casi todos, y aunque no quiero saturar el blog con reseñas del mismo autor, reconozco que me lo estoy pasando bien. Sobre todo, estoy descubriendo que soy capaz de leer literatura "por encargo", y no por mero placer. Yo me entiendo. Tampoco son tantas las novelas, y solo me voy a leer las novelas, porque un día abrí un libro de cuentos del mismo autor y no me pareció que mereciera la pena. Tuve la sensación de estar leyendo un capítulo de otra novela (y de hecho en alguna parte he leído que Murakami ha usado fragmentos de sus narraciones breves en novelas posteriores).

Como buen soldado literario, el hombre escribe al mismo ritmo que corre, o sea, lento pero seguro. Así como él dice no tener prisa en publicar, yo tampoco tengo prisa en leerlos todos. Lo que me interesa es terminar para poder escribir aquí todas las impresiones que tengo sobre esa evolución a la que aludí al principio: de la idea peregrina al estrellato literario internacional en doce cómodas novelas.

martes, 1 de enero de 2019

La vida es una caja de galletas

—Acuérdate de que la vida es una caja de galletas [—dijo Midori].
Yo sacudí la cabeza unas cuantas veces y me quedé mirándola.
—Puede que sea porque no soy muy agudo, pero hay veces que no entiendo ni un pimiento de lo que me dices.
—¿Sabes esos surtidos que hay de galletas, que unas te gustan y otras no? ¿Y que siempre te comes las que te gustan y al final solo quedan de las que no te gustan? Pues eso es lo que se me viene a la mente cada vez que me toca hacer algo difícil. Me digo: "lo que tengo que hacer es cepillarme todas esas galletas y asunto arreglado". La vida es una caja de galletas.
—Con eso podrías crear toda una filosofía.
—Es que es verdad. Lo he aprendido por experiencia propia.
Norwegian Wood, Haruki Murakami

Tres adolescentes a punto de empezar la universidad forman un grupo inseparable. Son dos chicos, Toru y Kizuki, y una chica, Naoko. Esta última y Kizuki son novios. Cuando todo parece ir de maravilla, Kizuki se suicida. Los otros dos quedan trastornados, como es natural. Muchos años después, Toru narra la historia en primera persona, empezando en el momento del suicidio, y nos lleva por una montaña rusa de sentimientos que dura más o menos año y medio. Este es, poco más o menos, el planteamiento de Tokyo Blues, Norwegian Wood, la novela que catapultó a la fama a Haruki Murakami.


Durante la lectura he recordado mucho otra novela de Murakami, la de Tsukuru Tazaki, el chico sin color, que es posterior (ya expliqué que había empezado a leer sin respetar el orden cronológico, mal hecho, pero bueno, ya no tiene remedio). Creo que hay bastantes elementos comunes entre ambas. Sin embargo, en Norwegian Wood el tratamiento de las cuestiones interpersonales es mucho más crudo, y mucho más lento, que en Tsukuru. En la segunda novela, la más tardía, creo apreciar más experiencia literaria, reflejada en la capacidad para desarrollar temas complejos sin caer en monólogos fastidiosos o diálogos intrascendentes. En Norwegian Wood hay mucho de esas dos cosas.

Tengo la sospecha de que esta novela habría sido un pestiño intragable de no ser por dos personajes ajenos al nudo central: Midori y Reiko. La historia de fondo, centrada en el suicidio del adolescente y lsa secuelas psicológicas que sufren sus amigos, es como para salir corriendo y no parar, pero estas dos mujeres salvan la narración al añadir la necesaria dosis de realismo, sobriedad y diversión. Cada vez que Midori y Reiko aparecen en escena, la novela se transforma, despierta de su letargo depresivo-adolescente y pasa a ser una fantástica tragicomedia. Uno desea que no se acabe el capítulo, que no vuelvan los muermos de los otros personajes a matarnos de aburrimiento con sus disquisiciones circulares y su caída libre hacia el fondo más profundo de la depresión.

Es curioso que las reflexiones de los personajes de esta novela se parezcan tanto a las de Tsukuru y que, al mismo tiempo, la experiencia de lectura sea tan distinta. Es curioso también que sea esta, y no Tsukuru, la que catapultó a la fama a Haruki Murakami, hasta el punto de que después de publicarla decidió largarse de Japón porque sus fans no lo dejaban tranquilo. El segundo libro está mucho mejor escrito, y sin embargo no tiene fama ninguna, más allá de la que le da el nombre de su autor. Yo lo achaco a la carga nada despreciable de exploración sexual que tiene Norwegian Wood, y que con toda probabilidad debió de funcionar como un imán para muchos lectores japoneses adolescentes y jóvenes, que se identificaron con los personajes y convirtieron la historia en icono de su época y su identidad (finales de los ochenta) También hay que tener en cuenta que la edad media de los personajes en Tsukuru es unos quince años mayor.

No diré que Norwegian Wood me ha decepcionado, porque sería una exageración. Tiene momentos irrepetibles y escenas fabulosas que se me han quedado grabadas en la memoria. Lo que sí me ha pasado es que, a fuerza de oír que era el libro más famoso de Murakami, me había creado unas expectativas exageradas. Es una buena novela, pero tampoco pienso que se pueda considerar una obra maestra, como yo esperaba. Eso sí, para lectores de entre veinte y treinta años, es muy, muy recomendable.

lunes, 24 de diciembre de 2018

El mundo se termina hoy, en el subsuelo de Tokyo

Me imagino que a Igor el título de esta novela le provoca sudores fríos: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. A mí no ha llegado a provocarme tanto como sudores, pero reconozco que es un desparrame absoluto, un desvarío, un perro verde literario.

Estamos ante una obra de ciencia ficción mezclada con una obra de fantasía con un único narrador en primera persona. La primera narración, la de ciencia ficción, tiene lugar en Tokyo, en los años ochenta, y nos conduce al fin del mundo partiendo de una guerra secreta entre empresas rivales que intentan hacerse con los últimos adelantos en neurociencia. La segunda, la de fantasía, se localiza en una ciudad misteriosa (el "despiadado país de las maravillas"), localizada fuera del tiempo y de los mapas. Los habitantes de esa ciudad no recuerdan cómo ni cuando llegaron, pero saben que no pueden salir. Tampoco envejecen, puesto que en esa ciudad el tiempo no pasa.

El narrador único nos regala capítulos alternos: uno de ciencia ficción en Tokyo, otro de fantasía en esa ciudad desconocida, otro en Tokyo, y así sucesivamente hasta el final del libro. Capítulo a capítulo, la lectura va revelando la improbable relación que vincula estos dos mundos. El ritmo de la narración es rápido en Tokyo y lento en la ciudad misteriosa. La alternancia es interesante, a veces, y también puede llegar a ser exasperante, en particular hacia el final del libro, cuando las dos historias están ya muy desarrolladas, el ritmo narrativo es mucho más intenso y las interrupciones cortan el hilo en momentos muy importantes de una y otra historia. Como es de suponer, al final esa tensión se multiplica porque los dos hilos argumentales acaban por unirse gracias a los unicornios (sí, hay unicornios, tanto en la ciudad misteriosa como en Tokyo). Ese final es tan imprevisible como todo lo anterior, y la conclusión general es que Murakami está como una soberana regadera.

Lo que menos me ha gustado de esta novela es la construcción de los personajes. Son superficiales, poco elaborados, y están al servicio de la historia. No es que esto sea malo en sí, claro está (siempre me han gustado las películas de acción, como El Depredador y Matrix), pero disfruto más las novelas en las que la historia fluye de los personajes, en lugar de ser la narración la que va dictando cómo se comportan sus protagonistas. Estos personajes funcionales son más propios para un comic que para una obra en la que se reflexiona, de forma indirecta, sobre la naturaleza de la consciencia humana, que es de lo que se trata esta rareza de libro.

Por cierto, hablando de consciencia, yo diría que esta novela de Murakami podría ser, más o menos, una bisagra o una frontera entre sus primeras narraciones y las más actuales. Las primeras resultan atractivas, como las de todos los escritores del realismo sucio (aunque su realismo es muy organizadito y bastante prolijo, pero es una cuestión de personalidad), por lo escueto y por el hilo argumental, que es íntimo y lineal. En las segundas, que exploran la frontera de lo real y lo irreal, hay mucha menos acción y muchísima más reflexión y observación. Y además, en estas obras más recientes los personajes tienen una solidez enorme: los construye con parsimonia, con esmero, y por eso la acción puede discutir con mucha más tranquilidad sin resultar lenta en absoluto.

Lo que más me ha gustado de El fin del mundo... es el doble registro, la capacidad que demuestra el autor (y, por cierto, el traductor al inglés, chapeau) para mantener dos narraciones paralelas sobre dos mundos distintos con dos estilos muy diferenciados. La parte de ciencia-ficción tiene mucho argot y sarcasmo, y es donde uno se ríe con las ocurrencias de los personajes, se rasca la cabeza con las explicaciones seudocientíficas y se muerde las uñas en persecuciones demenciales. La parte de fantasía es más tipo Tolkien, con un vocabulario arcaizante, personajes que más que hablar declaran y anuncian y descripciones propias de esos mundos atemporales en los que uno encuentra magos, brujas y dragones. A veces da la impresión de estar leyendo un ejercicio de escritura más que una obra comercial.

Junto con el Pájaro de cuerda, esta es la novela que más me ha costado leer, y no por ser lenta o insulsa, como me pasó con algunas secciones del Pájaro, sino porque no entendía las explicaciones seudocientíficas, algunas de ellas muy largas y detalladas, que intercambiaban el protagonista y el doctor con el que colabora en la narración de Tokyo. En un par de ocasiones me sorprendí a mí mismo yendo en diagonal, pero me forcé a leer, aún sin entender, para que no se me escapara ningún detalle. Si uno entiende la teoría seudocientífica subyacente, el final del libro resulta muy emocionante y, como digo, el desenlace es de lo más inesperado. Tan inesperado como la novela en sí.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Otras formas de acabar

Hoy quedamos en el Maxi a tomar una caña. El bar está lleno porque hay partido. La ventaja de venir en día de partido es que, si juegan mal, hay muchos momentos de tranquilidad relativa y se puede charlar. Parece que hoy es uno de esos días: la gente mira con desgana de vez en cuando y menudean los comentarios despectivos sobre jugadores y entrenadores. Nos acodamos en la barra y pedimos dos cañas. Maxi nos las sirve y coloca un platito con aceitunas entre medias.

Veo a Igor más flaco y algo preocupado. Anda metido hasta las cejas en un proyecto misterioso y tiene poco tiempo, aunque ha conseguido escaparse un rato para charlar. Lo de que esté más flaco es bastante normal porque le pasa siempre que tiene trabajo. Ahora bien, ver a Igor preocupado es preocupante, porque es el tío más despreocupado que he conocido en mi vida. Lo malo es que también es una de las personas más reservadas que conozco. Habla por los codos, todo lo opina, todo lo cuenta, siempre que no tenga que ver con él. Por no saber, no sé siquiera si tiene familia. No aspiro a saber qué es lo que le preocupa, aunque me temo que sea lo mismo de la última vez, hace cinco años. Ojalá que su preocupación de esta vez no tenga cuentas pendientes con la justicia, como aquella.

Como no tengo esperanza de que me cuente nada, abro tema con mis libros.

-Sigo con la serie de Murakami -le explico.

-¿Cuántos llevas?

-A ver... Ya he leído Escucha la canción del viento, Pinball 1973, Baila, baila, baila, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Sputnik, mi amor, After dark y Los años de peregrinación del chico sin color.

-Siete- ha ido llevando la cuenta con los dedos. Tiene la palma derecha abierta y con la izquierda se ha quedado haciendo el gesto de la victoria.

-Eso: equis palito palito, en romanos. Y ahora estoy con La caza del carnero salvaje. Me estoy arrepintiendo de no haberlos leído en orden cronológico, pero bueno, las bibliotecas son como son.

-¿Cómo son? Yo hace milenios que no entro en una- me pregunta con tonillo sarcástico. Yo sonrío, dejo pasar de largo la pregunta y echo un trago de cerveza. Voy repasando mentalmente la experiencia de lectura, que no es homogénea en absoluto. En particular, la del pájaro de cuerda, que es un novelón de sopocientas páginas, se me resistió bastante. En todas las demás he ido encontrando elementos muy interesantes, y de hecho ya tengo una favorita.

-La del pájaro de cuerda se me atragantó por ahí de la página 300- le cuento.

-Pues haberla dejado- contesta-. Yo ya no leo libros aburridos.

-Pero es que tenía que saber cómo acababa- explico.

-¿Pero el Murakami no es de esos que termina sin terminar, que deja los finales abiertos?

-No. Bueno, no siempre. En las primeras. no, desde luego- me quedo pensando un momento-. Aunque en realidad eso da igual, o sea, no impide que quiera ver cómo termina.

Igor abre los brazos y casi le da un manotazo a la señora de la mesa de la derecha.

-¿Pero cómo va a dar igual, hombre?- pregunta ahuecando la voz- ¿Para qué quieres llegar a un final que no es un final? Yo, si no terminan como es debido, me cabreo.

Igor es un gran lector, pero le gusta avanzar por el texto como por la autopista de circunvalación, o sea, sabiendo a dónde va y con unas expectativas muy claras. No es que no le gusten las sorpresas, no. De hecho le encantan, siempre y cuando sean de corte clásico, o sea, sorpresas de argumento. Muy Código Da Vinci, este Igor. Tanto en la vida cotidiana como en la literatura, las sorpresas formales o estructurales le sacan de quicio. Es un pragmático. Su principio en esta vida es que las cosas son como son. En su estructura mental, el hecho de que haya un escritor que se llame Haruki y escriba novelas en japonés con títulos raros es una alarma tan clara y contundente como la de un bombardeo: hay que salir corriendo al refugio cuanto antes. Y si encima las novelas con título raro no terminan comme il faut, apaga y vámonos.

-Si la historia que cuenta la novela no termina al estilo clásico- empiezo a explicar-, se suele decir que tiene un final abierto.

-O sea, una mierda de novela- me interrumpe, haciendo un énfasis desmedido en la i de "mierda".

-...un final abierto -continúo-. Pero hete aquí que, al llegar a ese final abierto, la novela se ha terminado de verdad, ya no hay más páginas, pone "FIN" y luego "Este libro se terminó de imprimir en los talleres gráficos de bla bla bla, queda hecho el depósito legal tal y cual".

-Hasta eso te lees... Estás como una cabra, tronco.

-Bueno, pues si la historia termina ahí, en un sitio que para mí, o para ti, no es el final previsible, yo tengo interés en saber por qué deja de escribir el autor. A la gente le parecerá que la historia está inacabada, pero yo no tengo duda de que la persona que la escribió decidió parar ahí, justo ahí y no en otro sitio, no diez páginas antes ni diez páginas después. La historia no está acabada, pero la narración, sí. Por qué.

-Por joder, probablemente- cae el juicio sumarísimo de Igor.

-Probablemente, pero podría haber muchas otras explicaciones. Por eso, los finales abiertos son invitaciones a seguir la historia, o a contar por qué no se ha terminado de contar la historia, o sea, una metahistoria.

-Toma palabro, ya te estás poniendo filosófico metafísico. Maxi, pon dos más, haz el favor, que el partido se está poniendo cada vez más aburrido.

-Marchando, jóvenes.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Una novela impromptu

(Extracto de Escucha la canción del viento, de Haruki Murakami, traducido del inglés por mí. Seguro que la versión del japonés de Lourdes Porta es mil veces mejor, pero aquí no tengo forma de conseguirla. Mil disculpas.)

—La última vez que ley un libro fue este verano —dijo [el Rata] de repente—. No me acuerdo ni del título, ni del autor, ni de por qué me lo leí. Pero bueno, iba de una mujer. La protagonista es una diseñadora de moda, una tía como de treinta años que está obsesionada con la idea de que tiene una enfermedad incurable.

—¿Qué clase de enfermedad incurable?

—Yo qué sé, cáncer, puede. ¿Qué otras hay? Bueno, pues la mujer se va para un sitio de veraneo en la playa y se pasa todo el rato masturbándose. En el baño, en el bosque, en la cama, en el mar, y no hace más que masturbarse en todas partes.

—¿En el mar?

—Que sí, ¿a que flipas? ¿A qué viene contar eso en una novela? Anda que no hay cosas que contar, digo yo.

—La verdad es que sí.

—A mí no me va esa clase de novelas. Me dan ganas de vomitar.

Asentí.

—Si la novela fuera mía, sería muy diferente.

—¿Cómo sería?

El Rata se puso a toquetear el borde del vaso y se quedó pensando.

—A ver, a ver qué te parece esto. Voy en barco por el Pacífico, y va el barco y naufraga. Total, que pillo un salvavidas y me quedo ahí flotando en el agua, más solo que la una, mirando a las estrellas. La noche está preciosa, muy tranquila. Y de repente veo a una chavala que viene braceando hacia mí, agarrada a otro salvavidas.

—¿Está buena?

—Ya te digo.

Le di un sorbo a mí cerveza.

—Te está quedando un poco cutre —dije, meneando la cabeza.

—Espera, que no he terminado. La cosa es que estamos ahí los dos juntos, flotando en medio del océano, y nos ponemos a charlar. Hablamos de todo un poco: el pasado y el futuro, nuestras aficiones, con cuántas tías me he acostado, lo que nos gusta ver en la tele, lo que soñamos anoche y cosas así. Y entonces nos tomamos una cerveza.

—A ver, para un momento. ¿De dónde sale la cerveza?

El Rata reflexionó unos instantes.

—Está desperdigada por el mar —dijo—. Hay latas de cerveza flotando por ahí, de la cocina del barco. Y latas de sardinas también. ¿Te vale eso?

—Bueno.

—Después de un rato empieza a clarear. "¿Qué vas a hacer?", me pregunta la chica. "A mí me da que hay una isla por aquí cerca, voy a ponerme a nadar hacia allí". Pero yo sé que su presentimiento puede ser un error, así que le digo: "mejor nos quedamos por aquí flotando y bebiendo cerveza. Seguro que al final viene un avión a rescatarnos". Pero ella se va nadando, sola.

El Rata suspiró y echó un trago a la cerveza.

—La chica sigue nadando durante dos días y dos noches y por fin llega a una isla. Yo, para cuando me encuentra el avión de rescate, tengo una resaca de tamaño natural, como corresponde. Pasan los años y un día nos encontramos en un bar de un barrio cualquiera.

—Y os tomáis otra cerveza, ¿a que sí?

—¿No te dan ganas de llorar?

—Uy, sí.

La novela del Rata tenía dos cosas buenas. Una, que no había escenas de sexo; otra, que no moría nadie.

* * *

Nota: sí, me estoy leyendo todas las novelas de Murakami. Qué pasa. Vosotros os dais al binge watching y yo no me puedo dar al binge reading... ¡Racistas!

jueves, 26 de mayo de 2016

El soldado Murakami

Atenas, seis de la mañana. En un lateral de la plaza Sintagma, donde apenas hay un alma a estas horas, hay un japonés más bien feo y bajito que solo viste calzado deportivo y un pantalón corto. Discute con otros dos japoneses, estos vestidos de forma más convencional, que a juzgar por la camioneta de la que han salido deben de ser el equipo de una unidad móvil de la NHK, televisión nacional japonesa. Si entendiéramos japonés sabríamos que el hombre del pantalón corto increpa al cámara y le repite: «yo he venido aquí a correr la carrera y no a engañar a la gente». El cámara se disculpa sin cesar y promete filmar la carrera completa. Poco después, el hombrecillo echa a correr por las calles de la capital griega, rumbo al noroeste, hacia la localidad histórica de Maratón, que supuestamente se encuentra a 42 km de distancia. Protegido del intenso tráfico de las autopistas tan sólo por la camioneta de la NHK, que lo sigue de cerca, el corredor va contando cadáveres de perros y gatos por el arcén. En unos minutos el sol se levanta y empieza a sentirse el implacable calor mediterráneo de primeros de agosto. El hombre del pantalón corto se pregunta si ha sido buena idea correr de Atenas a Maratón en esa época del año...

Esta es una de las muchas y muy jugosas anécdotas que cuenta Haruki Murakami en un libro que tituló, parafraseando a Raymond Carver, «De qué hablo cuando hablo de correr». El corredor es él mismo y la historia es real, tan real como la vida misma, y el final de la historia es estupendo también.

(Nota para quienes hayan corrido alguna vez un maratón, un ultra o un triatlón: recomiendo leer este libro, aunque solo sea por la descripción, a mi modo de ver magistral, que hace de las sensaciones por las que atraviesa en su primer maratón, en su primer y único ultra [100 km] y en varios triatlones.)

Murakami dice en la introducción que ese libro no son sus memorias y lo repite muchas veces a lo largo del libro. Afirma que no es más que una reflexión sobre el hábito de correr y que lo escribió a base de notas sueltas e ideas que se le fueron ocurriendo durante los meses en los que estuvo entrenando para correr el maratón de Nueva York (2006). Aun así, lo cierto es que al terminar la lectura uno cree tener una idea bastante cabal de lo que ha sido la vida de este autor desde su época universitaria hasta el momento actual. Ese hábito, el de correr casi todos los días de la semana, es el hilo conductor que utiliza para contarnos muchas más cosas sobre su vida y su personalidad.

Por motivos culturales, es previsible que un japonés sea disciplinado y estricto consigo mismo, lo cual va bien con el deporte. Es previsible, pero a mí me pilló desprevenido el grado de disciplina y exigencia que describe este hombre en todas las facetas de su vida, incluida la escritura. Como si fuera demasiado.

Explica Murakami que de joven se dedicaba a regentar locales nocturnos de jazz en Tokio, pero que un día le dio la ventolera, lo dejó todo y se puso a escribir. Así, tal cual. Sin preparativos, sin drama, sin dudas, sin nada. En seco. En otras palabras, su descripción me dio a entender que escribió esa novela igual que se corre un maratón, pero sin entrenar.

Se cansó, claro que se cansó. Como bien explica en muchas ocasiones, tanto al escribir una novela como al correr un maratón, uno casi siempre se agota antes de terminar y tiene que sacar fuerzas de flaqueza durante el último tramo. Pero la terminó, y supuestamente sin preparativos.

Dice también que en ese momento, con la novela terminada y enviada a una editorial, no le importaba que se la publicaran, que ni siquiera le importaba que a la gente le gustara o no. Lo fundamental para él era haber terminado lo que se había propuesto y hacerlo lo mejor posible. También en esto su experiencia literaria coincide con los maratones porque, como sabrá quien haya participado en uno, al llegar a la meta la sensación de alivio es infinitamente superior a la sensación de satisfacción y lo primero que se pregunta es “qué tiempo he hecho”.

A mí esto me fascinó: me impresionó mucho que solo con disciplina y fuerza de voluntad pudiera empezar y terminar una novela partiendo de cero.

Desde la perspectiva hispana o latinoamericana, esto de usar la disciplina y la constancia como instrumentos fundamentales en lugar de la inspiración, el talento o la imaginación resulta bastante raro. Aclara Murakami que él no tiene ninguna de las dos cosas: ni inspiración, ni talento, y que tiene que hacer un esfuerzo extra para compensar esas carencias. Los bares nocturnos que regentaban me hicieron pensar que provenía de un estrato social popular, quizá barriobajero, y que carecía de vínculos culturales. Sin embargo, he sabido después que tanto su padre como su madre eran profesores de literatura japonesa. En el libro menciona el jazz y su gusto por escritores como Carver (obvio), Fitzgerald y otros, pero no dice que en su juventud leyó cantidades industriales de literatura europea y estadounidense y que consumía, y aún consume, música, cine y demás expresiones creativas occidentales a un ritmo impresionante (sí menciona su inabarcable colección de vinilos y su tendencia compulsiva a comprar todos los que encuentra, pero como hecho contemporáneo). Todo ese bagaje cultural está sin duda en sus novelas, pero al contar la historia de cómo empezó a escribir, uno se queda con la idea de que la primera novela salió de la nada, como si hubiera sido un conjuro. Por toda explicación nos dice que ese empleo le obligaba a tratar con muchísima gente y que por eso entendía la psicología humana lo suficiente como para crear personajes sólidos.

Trabajo diario, constante y duro para alcanzar objetivos concretos y muy precisos, sí, con calendarios, horarios y demás métodos que no solemos asociar a la creación literaria, sí. Pero no es verdad que partiera de cero, no es verdad que tuviera las manos vacías: el sustrato cultural de Murakami era denso y consistente mucho antes de que le diera por ponerse a escribir.

Sorprende también que el propio Murakami nos cuente que todos los años pasa unos meses en Boston en calidad de profesor invitado del Massachusetts Institute of Technology (MIT), una de las universidades más prestigiosas del mundo. Si damos por buena la descripción de su vida sencilla y espartana, ¿de qué podría hablar en el MIT este expropietario de bares de jazz venido a más gracias a un golpe de suerte con su primera novela? ¿De las ideas que se le ocurren cuando va corriendo? ¿De lo disciplinado que es? Pues no. Como atestiguan sus libros de ensayo, sus traducciones y el resto de su producción escrita, el tipo es brillante y tiene unos conocimientos excepcionales de literatura, música y arte contemporáneos, aunque se empeñe en demostrarnos su humildad y su sencillez, aunque insista en que todo lo que hace y todo lo que logra se debe solo al esfuerzo y la constancia.

No pretendo quitarle al autor su ilusión de pensar que es solo la disciplina lo que le ha permitido llegar hasta donde está. Tampoco se me ocurriría tratar de emborronar esa vida sencilla, sacrificada y metódica que nos presenta en el libro, tan sencilla, sacrificada y metódica como es correr un maratón. No, no quiero cambiar nada porque el libro es excelente, lo disfruté como un niño, me lo leí de un tirón y me inyectó una enorme dosis de moral e inspiración para la vida en general. Ahora bien, sí quiero advertir a los lectores que, si después de haber leído el libro se les ocurre consultar más datos sobre el autor (datos que no haya escrito él mismo), es posible que se les desdibuje la frontera entre el escritor Murakami, de carne y hueso, y el soldado Murakami, protagonista indiscutible de la historia que se cuenta en ese libro.