miércoles, 18 de enero de 2012
lunes, 12 de diciembre de 2011
Hay que ser fuertes
Qué hermosura, esta mítica canción.
«El tiempo no hace preguntas, sigue adelante sin ti.
Te deja tirado si no puedes seguirle el paso.
El mundo gira y gira, y aunque intentes pararlo, no puedes.
Y lo mejor viene cuando el peligro te mira a los ojos.»
(Time asks no questions, it goes on without you.
Leaving you behind if you can't stand the pace.
The world keeps on spinning, can't stop it if you tried to.
The best part is danger staring you in the face.)
Des'ree, You gotta be
«El tiempo no hace preguntas, sigue adelante sin ti.
Te deja tirado si no puedes seguirle el paso.
El mundo gira y gira, y aunque intentes pararlo, no puedes.
Y lo mejor viene cuando el peligro te mira a los ojos.»
(Time asks no questions, it goes on without you.
Leaving you behind if you can't stand the pace.
The world keeps on spinning, can't stop it if you tried to.
The best part is danger staring you in the face.)
Des'ree, You gotta be
miércoles, 23 de noviembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Basuritas, basuritas...
Si un país que produce más artículos de los que puede consumir es un exportador neto, un país que produce más basura de la que puede procesar, ¿es un ensuciador neto?
Pregunto esto porque he leído un libro de John Steinbeck cuya existencia desconocía por completo: Travels with Charley. En los Estados Unidos fue muy popular durante los años sesenta y setenta porque en él Steinbeck cuenta cómo se le dio una de las actividades más tradicionales del país: conducir de costa a costa.
Allá por 1960, el escritor, ya consagrado y afincado en una lujosa mansión de Long Island, se percató de que los personajes y las situaciones se le estaban quedando petrificadas: les faltaba frescura, flexibilidad, espontaneidad. Reflexionó sobre el asunto y llegó a la conclusión de que estaba perdiendo contacto con su propia realidad, con su gente y su país. En consecuencia, decidió salir de viaje. Se compró una de esas camionetas con casa incorporada, que ya por aquel entonces estaban de moda, la bautizó Rocinante (ay, estos literatos) y se echó a la carretera desde el extremo del estado de Nueva York hasta Salinas, en California, y vuelta.
En fin, volvamos a la basura, que es el tema que nos ocupa. En su viaje, Steinbeck reflexiona sobre la forma de vida de los estadounidenses de 1960. En un momento determinado dice:
Solo tres páginas despues, el autor reflexiona también sobre los grandes avances que ha traído el progreso. Cuenta que, de vez en cuando, se embarca en su velero (tenía muelle propio enfrente de la casa) y se adentra en el Atlántico. Cuando tiene hambre, echa el anzuelo, pesca algo, lo cocina en una de esas bandejillas de aluminio tan prácticas y se la come con un tenedor de plástico y un vaso de papel. Cuando ha terminado, tira al mar la bandejilla, el tenedor y el vaso con la raspa del pescado y no tiene que preocuparse de limpiar ni ordenar platos y cubiertos.
Tres páginas después.
Uno se pregunta, creo que con razón, si John Steinbeck ponía atención a lo que él mismo pensaba y escribía. Aunque parezca sorprendente, a mí me da la impresión de que no, y también me da la impresión de que esa aparente insensibilidad (o falta de interés) ante las propias ideas y los propios principios es una de las bases del comportamiento social de los estadounidenses en general.
Otro ejemplo, sin cambiar de libro. Hacia el final del viaje, Steinbeck regresa hacia la costa este por Louisiana. En aquella zona del país arrecian los altercados racistas. Martin Luther King Jr. está creciendo como personaje público y el régimen de apartheid de los estados del sur está empezando a resquebrajarse con pequeñas heroicidades como la de esa niñita negra que va a un colegio de blancos, haciendo frente todas las mañanas a una marea humana (que Steinbeck visita) que la apabulla con los insultos y los berridos más obscenos que sus cerebros son capaces de generar. Solo un país que no pone atención a su propio discurso puede pasarse un siglo propungando unos derechos y unas libertades que, además, pone como ejemplo y, al mismo tiempo, tratando a sus propios ciudadanos como mierda.
Pregunto esto porque he leído un libro de John Steinbeck cuya existencia desconocía por completo: Travels with Charley. En los Estados Unidos fue muy popular durante los años sesenta y setenta porque en él Steinbeck cuenta cómo se le dio una de las actividades más tradicionales del país: conducir de costa a costa.
Allá por 1960, el escritor, ya consagrado y afincado en una lujosa mansión de Long Island, se percató de que los personajes y las situaciones se le estaban quedando petrificadas: les faltaba frescura, flexibilidad, espontaneidad. Reflexionó sobre el asunto y llegó a la conclusión de que estaba perdiendo contacto con su propia realidad, con su gente y su país. En consecuencia, decidió salir de viaje. Se compró una de esas camionetas con casa incorporada, que ya por aquel entonces estaban de moda, la bautizó Rocinante (ay, estos literatos) y se echó a la carretera desde el extremo del estado de Nueva York hasta Salinas, en California, y vuelta.
En fin, volvamos a la basura, que es el tema que nos ocupa. En su viaje, Steinbeck reflexiona sobre la forma de vida de los estadounidenses de 1960. En un momento determinado dice:
“American cities are like badger holes, ringed with trash--all of them--surrounded by piles of wrecked and rusting automobiles, and almost smothered in rubbish. Everything we use comes in boxes, cartons, bins, the so-called packaging we love so much. The mountain of things we throw away are much greater than the things we use.”Que viene a significar que las ciudades estadounidenses, ya por aquel entonces, venían a ser como madrigueras de tejones gigantes, rodeadas de basura. También dice al final que "la montaña de cosas que tiramos ocupa mucho más que las cosas que usamos". Esto demuestra que el problema de la basura y el despilfarro no es precisamente nuevo en ese país.
Solo tres páginas despues, el autor reflexiona también sobre los grandes avances que ha traído el progreso. Cuenta que, de vez en cuando, se embarca en su velero (tenía muelle propio enfrente de la casa) y se adentra en el Atlántico. Cuando tiene hambre, echa el anzuelo, pesca algo, lo cocina en una de esas bandejillas de aluminio tan prácticas y se la come con un tenedor de plástico y un vaso de papel. Cuando ha terminado, tira al mar la bandejilla, el tenedor y el vaso con la raspa del pescado y no tiene que preocuparse de limpiar ni ordenar platos y cubiertos.
Tres páginas después.
Uno se pregunta, creo que con razón, si John Steinbeck ponía atención a lo que él mismo pensaba y escribía. Aunque parezca sorprendente, a mí me da la impresión de que no, y también me da la impresión de que esa aparente insensibilidad (o falta de interés) ante las propias ideas y los propios principios es una de las bases del comportamiento social de los estadounidenses en general.
Otro ejemplo, sin cambiar de libro. Hacia el final del viaje, Steinbeck regresa hacia la costa este por Louisiana. En aquella zona del país arrecian los altercados racistas. Martin Luther King Jr. está creciendo como personaje público y el régimen de apartheid de los estados del sur está empezando a resquebrajarse con pequeñas heroicidades como la de esa niñita negra que va a un colegio de blancos, haciendo frente todas las mañanas a una marea humana (que Steinbeck visita) que la apabulla con los insultos y los berridos más obscenos que sus cerebros son capaces de generar. Solo un país que no pone atención a su propio discurso puede pasarse un siglo propungando unos derechos y unas libertades que, además, pone como ejemplo y, al mismo tiempo, tratando a sus propios ciudadanos como mierda.
sábado, 2 de julio de 2011
A la primera
No se puede decir que sea amor, porque no lo es, pero sí es encandilamiento. Y no es a primera vista, porque no es la vista sino el oído lo que me ha cautivado esta mujer. Con esa explicación, ahora ya puedo decir que me he quedado prendado de una cantante llamada Adele.
Me dicen que ya era muy famosa antes de que yo me enterase de su existencia. No me extraña, pero cuando uno no ve la tele ni oye la radio ni lee las noticias de los periódicos durante tanto tiempo como yo, el asunto de la fama pasa a ser muy secundario y el asunto de la calidad pasa al primer plano.
El caso es que una persona me llamó la atención sobre este vídeo. Cuando lo vi/oí pensé: la persona que compuso esta canción para esa mujer con esa hermosa voz medio rota debería recibir bastantes premios, y el artista que creó, diseñó y dirigió el vídeo tendría que estar en el candelero.
Pues bien, la compositora es la propia Adele, en colaboración con un compositor profesional llamado Paul Richard Epworth, al que se puede ver en esta foto con las manos en la masa (aún no habían compuesto la canción cuando se tomó la foto).
El director del vídeo se llama Sam Brown y, en efecto, está bastante en el candelero en el mundillo de los vídeos musicales. También dirigió otro que, en su día, me dejó bastante impactado y que he visto docenas de veces, The Pretender, de Foo Fighters.
Me quedaba un detalle del vídeo. La persona que baila con una vara o un bastón en una habitación llena de polvo blanco, mezclando pasos de ballet con otros propios de las artes marciales. Es Jennifer White (qué nombre tan apropiado para ese papel), bailarina inglesa con experiencia en capoeira, lo cual explica lo de las artes marciales.
En fin, encandilado, entontecido, embelesado, un poco obsesionado también. Qué maravilla.
Me dicen que ya era muy famosa antes de que yo me enterase de su existencia. No me extraña, pero cuando uno no ve la tele ni oye la radio ni lee las noticias de los periódicos durante tanto tiempo como yo, el asunto de la fama pasa a ser muy secundario y el asunto de la calidad pasa al primer plano.
El caso es que una persona me llamó la atención sobre este vídeo. Cuando lo vi/oí pensé: la persona que compuso esta canción para esa mujer con esa hermosa voz medio rota debería recibir bastantes premios, y el artista que creó, diseñó y dirigió el vídeo tendría que estar en el candelero.
Pues bien, la compositora es la propia Adele, en colaboración con un compositor profesional llamado Paul Richard Epworth, al que se puede ver en esta foto con las manos en la masa (aún no habían compuesto la canción cuando se tomó la foto).
El director del vídeo se llama Sam Brown y, en efecto, está bastante en el candelero en el mundillo de los vídeos musicales. También dirigió otro que, en su día, me dejó bastante impactado y que he visto docenas de veces, The Pretender, de Foo Fighters.
Me quedaba un detalle del vídeo. La persona que baila con una vara o un bastón en una habitación llena de polvo blanco, mezclando pasos de ballet con otros propios de las artes marciales. Es Jennifer White (qué nombre tan apropiado para ese papel), bailarina inglesa con experiencia en capoeira, lo cual explica lo de las artes marciales.
En fin, encandilado, entontecido, embelesado, un poco obsesionado también. Qué maravilla.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Alegorías para dos amigos
El día 23 de abril, para no perder las buenas costumbres, alguien que me quiere mucho me regaló un libro. Esta vez estaba en español. Creía yo que en español original, pero no: el autor, Kirmen Uribe, escribe en vasco, así que esta novela que he leído, titulada Bilbao-New York-Bilbao, es una traducción que, dicho sea de paso, me ha parecido excelente.
Aunque no queda claro desde el principio, el autor hace saber a sus lectores que este libro es, en efecto, una novela. Muy avanzada la narración, en la página 145 (de menos de doscientas), dice:
El único problema, entonces, es llamar novela a lo que no lo es.
Pese a esta aparente decepción, uno no se aburre de leer Bilbao-Nueva York-Bilbao, sobre todo porque Uribe escribe muy bien: es un excelente narrador que no pone una palabra de más o de menos en sus párrafos. Ahí se ve que tiene oficio de poeta (he leído que es más conocido por su poesía que por su narrativa, pero no sé si es cierto). Las historias breves que nos comunica son nucleares, es decir, uno podría abrir el libro casi por cualquier parte, empezar a leer al inicio de la primera sección visible y disfrutar sin problemas del cuento o la anécdota que le haya tocado en suerte.
El conjunto de las historias compone un retrato fragmentario de la sociedad de los pueblos vascos de la costa, con un fuerte énfasis en la pesca y en el relevo generacional: vemos abuelos, padres e hijos, e incluso alcanzamos a atisbar una generación externa, la de los inmigrantes, que están ya presentes e instalados en los pueblos pesqueros del litoral vasco. También hay algunas que describen los viajes del propio Uribe, pero incluso estas guardan siempre una relación estrecha e intensa con su pueblo, su familia y su cultura, que acaban por ser los únicos referentes.
Uribe usa con frecuencia en este libro un método narrativo que a mí me resulta muy religioso: la alegoría. Nada más empezar afirma que los árboles y los peces se parecen; luego explica por qué: los anillos concéntricos de la carne de los peces marcan los años de crecimiento, igual que los anillos de los troncos de los árboles. Tanto en unos como en otros, cada anillo marca un invierno, una época de carestía o de frío. Termina estableciendo una analogía con las personas:
En contraste, la historia que Uribe decide usar para hilar toda su investigación y para titular su libro, a saber, un viaje de Bilbao a Nueva York con escala en Frankfurt, es la más floja de todas. En comparación con la contundencia y la citada "nuclearidad" de las que sí le tocan de cerca, resulta fría, poco convincente y, sobre todo, irrelevante. De hecho, en el mismo libro hay otra historia vehicular o transversal, que es la relación de amistad del pintor Aurelio Arteta y el arquitecto Ricardo Bastida (dos amigos), ambos vinculados indirectamente a la historia de la familia de Uribe, que sí suscita un interés inmediato e intenso. Sin embargo, diríase que queda en segundo plano.
Paradójicamente, la falta de fuerza del hilo conductor no va en detrimento del libro, sino que corrobora el cumplimiento del objetivo que el autor se había propuesto. Al terminar de leerlo me quedé con una sensación de cosa inacabada, de que aquello no podía dejarse así. Entonces pensé que era probable que los contemporáneos de Velázquez hubieran tenido la misma sensación al ver Las Meninas por primera vez. Como no hay novela, al llegar al final uno no tiene la sensación de haber llegado a ninguna parte o de haber cerrado ningún círculo. La reacción natural es volver a abrir el libro, quizá no por el principio, sino por el medio, y recorrerlo en diagonal en busca de las historias más interesantes, marcarlas y contárselas a los amigos. Eso es lo que estoy haciendo ahora mismo y eso es, creo, lo que pretendía Uribe.
En ese sentido, Bilbao-New York-Bilbao es un libro eminentemente citable. Es mucho más un poemario que una novela. Es una colección de postales en movimiento, algunas muy antiguas, otras muy modernas, algunas alegres y otras muy tristes. Es un agradable ejercicio de introspección, reflexión y memoria con una bella ejecución.
Aunque no queda claro desde el principio, el autor hace saber a sus lectores que este libro es, en efecto, una novela. Muy avanzada la narración, en la página 145 (de menos de doscientas), dice:
La idea del espejo [de Van Eyck y El matrimonio Arnolfini] inspiró años más tarde a Diego Velázquez en la ejecución de sus Meninas. En las Meninas aparece el propio Velázquez pintando un lienzo. La infanta y sus acompañantes están mirando la escena. Al igual que en el cuadro de Van Eyck, en el de Velázquez también aparece un espejo en el fondo del cuadro. En ese espejo está reflejada la escena que está pintando el pintor, es un retrato de los reyes.El planteamiento de Uribe es original y también atrevido. En efecto, si uno lee el libro de cabo a rabo no encuentra la novela por ninguna parte, y sí se aprecia el encomiable esfuerzo de investigación y documentación que queda reflejado en sus páginas. El autor trata de contestar a una pregunta, en apariencia sencilla: ¿por qué el barco de pesca de su abuelo se llamaba "Dos amigos"? ¿Tenía su abuelo un amigo y compañero de pesca del que la familia nunca supo nada? Investigando, Uribe transita por la historia de Ondarroa, su pueblo, y las zonas aledañas en busca de pistas. Colecciona historias. Descubre personajes. Todo real. Nada de ficción. Muy interesante.
Velázquez pinta así lo que hay detrás de un cuadro, nos muestra cómo se pintaba un lienzo en su época, nos revela el artefacto. Pues bien, pensé que yo debía mostrar lo que hay detrás de una novela, enseñar todos los pasos que se dan a la hora de escribirla. Las dudas, las incertidumbres. Pero la propia novela no aparecería en la novela. Tan solo el lector podría intuirla, como intuye el espectador el retrato de los reyes que pinta Velázquez en las Meninas.
No quería construir personajes de ficción. Quería hablar de gente real.
El único problema, entonces, es llamar novela a lo que no lo es.
Pese a esta aparente decepción, uno no se aburre de leer Bilbao-Nueva York-Bilbao, sobre todo porque Uribe escribe muy bien: es un excelente narrador que no pone una palabra de más o de menos en sus párrafos. Ahí se ve que tiene oficio de poeta (he leído que es más conocido por su poesía que por su narrativa, pero no sé si es cierto). Las historias breves que nos comunica son nucleares, es decir, uno podría abrir el libro casi por cualquier parte, empezar a leer al inicio de la primera sección visible y disfrutar sin problemas del cuento o la anécdota que le haya tocado en suerte.
El conjunto de las historias compone un retrato fragmentario de la sociedad de los pueblos vascos de la costa, con un fuerte énfasis en la pesca y en el relevo generacional: vemos abuelos, padres e hijos, e incluso alcanzamos a atisbar una generación externa, la de los inmigrantes, que están ya presentes e instalados en los pueblos pesqueros del litoral vasco. También hay algunas que describen los viajes del propio Uribe, pero incluso estas guardan siempre una relación estrecha e intensa con su pueblo, su familia y su cultura, que acaban por ser los únicos referentes.
Uribe usa con frecuencia en este libro un método narrativo que a mí me resulta muy religioso: la alegoría. Nada más empezar afirma que los árboles y los peces se parecen; luego explica por qué: los anillos concéntricos de la carne de los peces marcan los años de crecimiento, igual que los anillos de los troncos de los árboles. Tanto en unos como en otros, cada anillo marca un invierno, una época de carestía o de frío. Termina estableciendo una analogía con las personas:
Lo que para los peces es el invierno, para las personas es la pérdida. Las pérdidas delimitan nuestro tiempo; el final de una relación, la muerte de un ser querido.Este estilo alegórico y metafórico de corte religioso-trascendente está presente en mayor o menor medida en toda la novela, ya sea mediante estas parábolas, ya en frases o actitudes memorables de personas destacables en la vida de Uribe. Es un recurso narrativo que le va muy bien al tipo de historias que quiere contar. La alegoría de los peces y los anillos, por cierto, es también la que cierra el libro.
Cada pérdida es un anillo oscuro en nuestro interior.
En contraste, la historia que Uribe decide usar para hilar toda su investigación y para titular su libro, a saber, un viaje de Bilbao a Nueva York con escala en Frankfurt, es la más floja de todas. En comparación con la contundencia y la citada "nuclearidad" de las que sí le tocan de cerca, resulta fría, poco convincente y, sobre todo, irrelevante. De hecho, en el mismo libro hay otra historia vehicular o transversal, que es la relación de amistad del pintor Aurelio Arteta y el arquitecto Ricardo Bastida (dos amigos), ambos vinculados indirectamente a la historia de la familia de Uribe, que sí suscita un interés inmediato e intenso. Sin embargo, diríase que queda en segundo plano.
Paradójicamente, la falta de fuerza del hilo conductor no va en detrimento del libro, sino que corrobora el cumplimiento del objetivo que el autor se había propuesto. Al terminar de leerlo me quedé con una sensación de cosa inacabada, de que aquello no podía dejarse así. Entonces pensé que era probable que los contemporáneos de Velázquez hubieran tenido la misma sensación al ver Las Meninas por primera vez. Como no hay novela, al llegar al final uno no tiene la sensación de haber llegado a ninguna parte o de haber cerrado ningún círculo. La reacción natural es volver a abrir el libro, quizá no por el principio, sino por el medio, y recorrerlo en diagonal en busca de las historias más interesantes, marcarlas y contárselas a los amigos. Eso es lo que estoy haciendo ahora mismo y eso es, creo, lo que pretendía Uribe.
En ese sentido, Bilbao-New York-Bilbao es un libro eminentemente citable. Es mucho más un poemario que una novela. Es una colección de postales en movimiento, algunas muy antiguas, otras muy modernas, algunas alegres y otras muy tristes. Es un agradable ejercicio de introspección, reflexión y memoria con una bella ejecución.
lunes, 2 de mayo de 2011
La soledad de la creatividad
Perseguimos mentiras mal escritas.
Vamos contra el curso del tiempo.
Y aun así, lucho,
aun así, lucho
en esta batalla, en soledad.
Sin nadie a quien llorar,
sin un hogar al que volver.
Mi don de ser, violado.
Mi intimidad, saqueada.
Y aun así, pienso,
aun así pienso,
y me repito una y otra vez,
que si no puedo ser como soy,
prefiero estar muerto.
Traducción libre de Nutshell (Alice in Chains)
Vamos contra el curso del tiempo.
Y aun así, lucho,
aun así, lucho
en esta batalla, en soledad.
Sin nadie a quien llorar,
sin un hogar al que volver.
Mi don de ser, violado.
Mi intimidad, saqueada.
Y aun así, pienso,
aun así pienso,
y me repito una y otra vez,
que si no puedo ser como soy,
prefiero estar muerto.
Traducción libre de Nutshell (Alice in Chains)
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