viernes, 12 de marzo de 2010

Alguien

No sé cómo se llama. Es un caso de prognatismo mandibular tan exagerado, y tan degenerado por la edad, que ya no puede sino balbucir algunas cosas. He visto a dos personas que intentaban comunicarse con él, sin éxito. Su problema físico es tan evidente que más que un ser humano, es un conjunto de dientes asomados al borde de una mandíbula. Detrás hay una persona, sí, pero lo que vemos todos cuando bajamos al andén del metro y pasamos la mirada por el hueco en el que vive es eso: un conjunto de dientes saltones. No hay más que observar las caras de los niños: ¿es miedo, es pena, es extrañeza lo que sienten cuando se lo encuentran cara a cara? Con toda seguridad es una mezcolanza de todo eso, un fiel reflejo de lo que también sentimos los adultos, aunque nosotros retiremos la mirada de inmediato. Los niños la mantienen, cosa que a este hombre sin nombre no le gusta nada. Él también rehuye las miradas intensas.

Durante la mayor parte del día uno no ve en ese hueco más que un montón de mantas raídas arrumbado al fondo de la estación más concurrida de la ciudad. De vez en cuando, el hombre que hay debajo de esas mantas se despereza para recoger lo que la gente ha ido dejando caer en la gaveta de cartón que usa para pedir: un plátano, una manzana, unas galletas, varias monedas. Verlo comer es un espectáculo lamentable porque no puede masticar y se vale de métodos repugnantes para ir pasando la comida. Por otra parte, a juzgar por el aspecto de las manos y los pies, debe de tener una buena cantidad de infecciones por todo el cuerpo.

Hace un par de semanas, cuando llegué a su parte del andén vi que estaba fumando un cigarrillo. Lo sujetaba con unos torpes dedos llenos de manchas y costras, se lo acercaba a la comisura derecha y aspiraba con dificultad. Luego iba dejando salir el aire con una lentitud extrema, tanto por la boca como por la nariz, como si se estuviera quemando por dentro.

Durante todo el proceso, el mendigo miraba atento a su alrededor, como si vigilara, y por muy buenas razones. Fumar en un sitio público en la ciudad de Nueva York es mucho más obsceno que bajarse los pantalones y hacer la ola con los genitales al aire, y él lo estaba haciendo en un andén repleto de público. Si bien es cierto que el tufo a humanidad que desprende este hombre siempre genera un pequeño espacio de seguridad entre el banco que ocupa y la gente que espera a que llegue el tren, ese día lo que se había formado era un vacío de dimensiones bíblicas. En realidad no era tanto, pero en un lugar tan claustrofóbico y saturado como aquella estación, tres o cuatro metros resultaban más anchos y expansivos que la Castilla vieja. Yo me aproveché: el espacio estába ahí, y el humo del cigarrillo no solo no me molestaba sino que mitigaba, en parte, el olor humano. Así que me senté en el banco, a su lado. Él no se volvió, no me miró, no hizo nada más que seguir a lo suyo. La gente sí nos miraba, y mucho.

Por fin un joven trajeado de aspecto inquieto se acercó al hombre sacudiendo las muñecas. «Está prohibido fumar aquí, ¿sabe?», le espetó. «Está prohibido. Prohibido. Está usted molestando a toda esta gente», dijo, y señaló varias veces a las personas que estaban a su alrededor. El mendigo, que no había reaccionado hasta ese momento, movió un poco la cabeza y lo miró de frente. El joven, de pie enfrente de él, cambiaba el peso de un pie al otro y repetía un gesto con la mano que parecía preguntar si su admonición iba a tener consecuencias o no. Pasaron no más de diez segundos con gran expectación, y entonces se oyó el providencial estruendo del tren exprés. El gentío se rebulló y perdió repentinamente el interés en la escena. El joven soltó un bufido y se volvió hacia las puertas del vagón, que ya se abrían. El mendigo, impertérrito, se acercó el cigarrillo a la comisura y aspiró una vez más mientras las dos mareas humanas se cruzaban y se perdían.

Yo me quedé sentado, esperando a que llegara el tren siguiente. Hoy traigo la idea de dejar una cajetilla de tabaco rubio y unas cerillas en la gaveta de cartón.

viernes, 5 de marzo de 2010

La insurrección que viene

«Como intento de solución, la presión para garantizar que no pase nada, acompañada por la vigilancia policial del territorio, no va a hacer sino aumentar. El avión de reconocimiento sin piloto que, como confirmó la propia policía, sobrevoló Seine-Saint-Denis el pasado 14 de julio esboza una imagen del futuro mucho más explícita que todas esas vaguedades humanísticas. El hecho de que se tomaran tantas molestias en asegurarnos que el avión iba desarmado nos indica con claridad hacia dónde nos dirigimos. El territorio se dividirá en zonas aún más estancas. Las autopistas que se construyen bordeando los “barrios problemáticos” forman barreras invisibles que separan de forma efectiva esas zonas de las de la clase media. Piensen lo que piensen los defensores de la República [francesa], la gestión de los barrios “por la comunidad” es, notoriamente, la más eficaz. Las secciones netamente metropolitanas de la ciudad, los centros urbanos, se entregarán a la deconstrucción de su vida suntuosa en un proceso cada vez más retorcido, cada vez más sofisticado, cada vez con más relumbre. Iluminarán todo el planeta con sus brillantes luces de burdel mientras las patrullas de las brigadas contra el crimen y las compañías de seguridad privadas (es decir, las milicias) se multiplican hasta el infinito aprovechando una protección judicial cada vez más descarada.»

L'insurrection qui vient, Tarnac 9
(La traducción es mía. Traducción al inglés, aquí)

Galletitas con exégesis

Tres mensajes de galletitas chinas de la suerte hallados de manera fortuita en un bolsillo, sin indicación de fecha o procedencia:

1.- La mejor forma de encontrarte a ti mismo es perderte en el servicio a los demás.
2.- Evita los malentendidos con calma, aplomo y equilibrio.
3.- Dentro de poco recibirás elogios de una persona a la que respetas.

Exégesis

1. La mejor forma de encontrarte a ti mismo es perderte en el servicio a los demás. Como buen occidental católico que soy, tengo bien atornillada en la cabeza (casi diría remachada, porque no veo posibilidad alguna de sacármela sin hacer algún destrozo permanente) esa curiosa idea de que los demás siempre necesitan de uno. Ahora bien, a mi edad los remaches ya tienen cierta holgura y no me impiden distanciarme del enunciado para plantear una serie de cuestiones al respecto. Para empezar, hay que decir que la galletita también debía de ser católica y occidental, porque no determina quiénes son los demás ni qué tipo de servicios se les debe ofrecer a fin de encontrarse a uno mismo. Entre las muchas interpretaciones que se me ocurren está la de convertirse en esclavo espontáneo de por vida (y disfrutarlo), pero claro, no van por ahí los tiros. Los tiros van, por ejemplo, por esos momentos en los que te ponen delante de las narices una foto de los campamentos de refugiados del norte de Mogadiscio, esas chozas hechas de pasta de papel, bolsas de basura, cajas de azulejos y materiales por el estilo entre las que pasean sin rumbo miles de personas pobres como las ratas, hasta donde alcanza la vista. Entonces uno se siente mal. Entonces uno quiere perderse en el servicio a los demás. Ir allí, repartir raciones a las ratas, hacerle carantoñas al niñito desnutrido que visita el hospital de campaña, explicar con acento grave a su madre, por medio del intérprete, que la vida del bebé corre peligro y necesita tomar todos los días su ración de subsistencia. Ahí, entre la mierda y la miseria, a cinco centímetros escasos del no ser, de la putrefacción eterna, nos encontraremos a nosotros mismos. Garantizado. Problema: esos "demás" están en el culo del mundo, y convertirse en cooperante-voluntario de una ONG que tenga operaciones precisamente en el norte de Mogadiscio puede resultar un pelín complejo y modificar una parte sustancial de nuestro estilo de vida. Entonces uno va al supermercado de costumbre y, quizá, le da una moneda al pobre de la puerta, que también es "los demás": una rata también, pero una rata conocida, local, asequible. Lo único es que con ese pobre puede ocurrir que nos encontremos a nosotros mismos, pero puede que no, porque no estamos lo que se dice perdiéndonos en el servicio. De hecho, no podemos hacer eso. Aunque cometamos el desatino de decirle al pobre que venga a casa, se pegue una ducha, se ponga nuestra ropa, coma en nuestra mesa y se acueste en nuestra cama, no estaríamos perdiéndonos en el servicio a los otros. Estaríamos cometiendo un desatino, como ya he dicho, y desconcertando al pobre hasta el punto de resultar sospechosos. Lo más probable, pues, es que no nos encontremos a nosotros mismos. Todo esto, según la galletita, claro. La cosa se complica porque, si no queremos salir de nuestro entorno inmediato, el concepto de los otros tiene unas restricciones de aquí te espero. Por ejemplo, el tío gordo, feo, sudoroso y mal peinado que nos ha tocado en suerte al lado en el metro no es "los demás". No puede ser: no tiene ni un solo rasgo de "los demás". No es pobre como las ratas, tiene sus necesidades inmediatas cubiertas (por una doble capa de grasa y sudor) y además nos resulta desagradable. Por lo tanto, no entra en el subconjunto de sujetos posibles de nuestra solidaridad, o caridad, o como se le quiera llamar, y no se le da servicio. Después de todo, ¿quién quiere perderse en el servicio a un tío gordo, feo, sudoroso y mal peinado? La señora elegante que pasa en su coche de lujo cargada de joyas no es "los demás". Es posible que uno sienta la compulsión, sobre todo si es atractiva, sobre todo si es famosa, sobre todo si es rica y está dispuesta a retribuirnos en efectivo o en especie, de perderse dándole servicio, pero lo más probable es que ella no nos lo permita, por lo que tampoco entra en el subconjunto. Luego están la familia y los amigos, pero nadie piensa que la familia y los amigos son "los otros". De hecho, es muy habitual que haya gente dedicada en cuerpo y alma a dar servicio a su familia (sobre todo mujeres que dedican su vida entera a eso) y casi nadie considera ni que estén dando servicio, ni que se estén encontrando a sí mismas. Esas personas, auténticas expertas en perderse sirviendo a los demás y no emitir apenas una puñetera queja, no suelen andar por ahí buscándose a sí mismas: tienen demasiadas cosas que hacer y no tienen tiempo para semejantes fruslerías. Son las auténticas heroínas de las sociedades occidentales, pero a pesar de los siglos que van pasando, parece que nadie se entera. Para concluir esta diatriba sin sentido, he de decir que este primer mensaje me parece una engañifa clasista y socialmente estéril. Propongo la siguiente enmienda: «la mejor manera de encontrarse a uno mismo es analizar con detalle las relaciones que lo vinculan con los demás». Por ahí, creo yo, tendríamos más tela que cortar.

2. Evita los malentendidos con calma, aplomo y equilibrio. Este mensaje también da por sentado algo que, para mí, no es obvio: que evitar los malentendidos es algo positivo y deseable. Cualquiera que haya llamado al servicio de atención al cliente de una empresa grande sabe de sobra que para esas empresas la evitación de malentendidos no es una prioridad, ni mucho menos. Eso, por no hablar de la administración pública o cualquier instancia de gobierno. Ahí los malentendidos son material de primera calidad para obtener beneficios de todo tipo, desde reducciones de la jornada laboral efectiva hasta ascensos y nombramientos. De hecho, la experiencia me dice que cuando uno lidia con funcionarios o empleados de grandes empresas (los que dan servicio al público), una de las mejores formas de evitar los malentendidos es perder la calma, el aplomo y el equilibrio y soltar cuatro frescas. Digamos, por ejemplo, que tenemos que lidiar con una conversación frontón. La conversación frontón es aquella en la que el funcionario comunica al cliente un problema, ante el cual el cliente pide más datos, pregunta por las opciones posibles u ofrece soluciones, a lo que el funcionario responde comunicando una vez más, y en idénticos términos, el mismo problema. La conversación frontón es nociva para el cliente porque corroe a gran velocidad su autoestima. Sabemos que el malentendido se va a producir, si no se ha producido ya, y que las cosas van a torcerse. Sabemos que, de no cambiar el rumbo de la conversación, vamos a salir de esa oficina cargando con un problema que no es nuestro, un problema nuevo que el tío que tenemos delante acaba de fabricar con toda la calma, el aplomo y el equilibrio que dan los quinquenios de funcionariado. La salida pasa por exigir al pollo, o a la gallina, que describa el problema con otras palabras (esto los desarma por completo) o alzar la voz, gesticular de forma significativa y decir «quiero hablar con su supervisor». Que mantengamos la calma, el aplomo y el equilibrio es irrelevante siempre que tengamos en mente el objetivo básico: que el problema se lo tiene que comer él, y no nosotros, y que se lo tiene que comer antes de que termine la conversación, antes de que se quede libre para atender al siguiente. La enmienda propuesta para la galletita, pues, es la siguiente: «si eres capaz de evitar los malentendidos con calma, aplomo y equilibrio, no habrá funcionario que se te resista».

3. Dentro de poco recibirás elogios de una persona a la que respetas. Este mensaje es intrascendente y redundante. Este blog recibe una lluvia incesante de visitas, mensajes y elogios cada día (qué digo, cada hora, cada minuto). Como dicen mis vecinos, tell me something I don't know, galletita.

jueves, 25 de febrero de 2010

Los principios y el pragmatismo

...las conversaciones que tuve con John. Eran entretenidas. Me gustaban: las eché de menos después, cuando dejé de verlo. De hecho, nuestras conversaciones fueron probablemente lo que más eché de menos. Era el único hombre que he conocido que me dejaba derrotarlo en una discusión sincera, el único que no se ponía gallito ni se ofuscaba ni se ponía a vociferar cuando veía que estaba perdiendo. Y yo siempre lo derrotaba, o casi siempre.
El motivo es muy simple. No es que él no supiera discutir, sino que en la vida se conducía según sus principios, mientras que yo era una pragmática. El pragmatismo siempre derrota a los principios: así son las cosas. El universo se mueve, la tierra va cambiando bajo nuestros pies, y los principios siempre se quedan atrás. Los principios son la esencia de la comedia. La comedia es lo que surge cuando los principios chocan contra la realidad.

...conversations between John and myself. They were fun. I enjoyed them: I missed them afterwards, after I stopped seeing him. In fact our conversations were probably what I missed most. He was the only man I knew who let me beat him in an honest argument, who wouldn't bluster or obfuscate or go off in a huff when he saw he was losing. And I always beat him, or nearly always.
The reason was simple. It wasn't that he couldn't argue, but he ran his life according to principles, whereas I was a pragmatist. Pragmatism always beats principles, that is just the way things are. The universe moves, the ground changes under our feet, principles are always a step behind. Principles are the stuff of comedy. Comedy is what you get when principles bump into reality.
[La traducción es mía.]
Summertime, J. Coetzee

martes, 16 de febrero de 2010

Secreto musical

Cuando era muy joven, hacía música en el metro con un amigo. (Siempre que cuento eso la gente me pregunta si tenía necesidad de sacar dinero de esa manera. Yo contesto que no me hacía falta en sentido estricto porque nunca he sido pobre, pero que en cierto modo sí, porque ese dinero que caía en la funda de la guitarra o en el gorro de fieltro era una retribución tan necesaria en aquel momento de nuestra vida como el alimento.)

Yo tocaba la guitarra y mi amigo la flauta. Con el tiempo, mi amigo me enseñó a tocar la flauta. Cuando tuve el nivel suficiente, empecé a copiar solos de Ian Anderson, el compositor y líder del grupo Jethro Tull. Uno de los que más me gustaban era una adaptación de la Bourrée en mi menor de Juan Sebastián Bach, obra compuesta para laúd. Esa adaptación de Anderson se parecía poco al original de Bach (Jethro Tull era un grupo de rock), pero la melodía básica sí era reconocible.

Más de veinte años después, en uno de esos raros momentos que nos da la vida, se me antojó refrescar mis habilidades musicales al saber que una amiga estaba aprendiendo guitarra. La primera canción que estaba estudiando era Blackbird, de los Beatles. Al oírla, me obsesioné y no pude parar hasta tocarla bien, o más o menos bien. Cuando ya por fin sonaba a lo que tenía que sonar, busqué en Internet la historia de la canción y hete aquí que es otra adaptación, esta vez en un sentido más lato, de la misma Bourrée de Bach que, en manos de Paul McCartney, se transforma de una manera mucho más radical, pero sigue teniendo la misma calidad musical. Me gusta pensar que por eso, por un rasgo misterioso de esa pieza barroca que Anderson y McCartney supieron mantener, me encapriché con la canción y me puse a tocar la guitarra después de tantos años.

Wond'ring aloud
will the years treat us well.
As she floats in the kitchen,
I'm tasting the smell
of toast as the butter runs.
Then she comes, spilling crumbs on the bed
and I shake my head.
And it's only the giving
that makes you what you are.
(Wond'ring aloud, Jethro Tull)

domingo, 31 de enero de 2010

Novelista o poeta

"Me impresiona cada vez más lo diferentes que son el novelista y el poeta", dice [Martin Amis en esta entrevista publicada en el Guardian]. "Fíjese en el soneto de Auden titulado El Novelista. Los poetas pueden 'cargar de frente, como húsares', pero la labor del novelista consiste en estar con los aburridos, los feos, los sucios. En tu persona tienes que reunir, lo mejor que puedas, todas las faltas del hombre. Para ser novelista tienes que ser una especie de persona corriente, y los poetas jamás son personas corrientes". ¿Ha escrito Amis poesía alguna vez, como hizo su padre [el escritor Kingsley Amis]? "Escribí y publiqué un par de poemas. Cada vez que Kingsley consideraba que me estaba envaneciendo, me decía: 'no me parece haber visto tu primer libro de poesía. Lo busco, pero no lo encuentro; me resulta muy confuso'."

[Para quien no quiera leer la entrevista entera, el original es éste:] "I'm more and more struck by how different the novelist and the poet are," he says. "Look at Auden's sonnet, The Novelist. Poets can 'dash forward like hussars', but the work of the novelist is to be with the boring, the ugly, the filthy. In your person, as best you can, you comprehend all the wrongs of man. You have to be a sort of everyman to be a novelist, and poets are never everymen." Did Amis, like his father, ever write poetry? "I wrote and published a couple of poems. Whenever he considered I was too big for my boots, Kingsley would say, 'I don't seem to see your first book of poems. I look but it isn't there; it's very puzzling.' "

*-*-*-*

The Novelist
W. H. Auden

Encased in talent like a uniform,
The rank of every poet is well known;
They can amaze us like a thunderstorm,
Or die so young, or live for years alone.
They can dash forward like hussars: but he
Must struggle out of his boyish gift and learn
How to be plain and awkward, how to be
One after whom none think it worth to turn.

For, to achieve his lightest wish, he must
Become the whole of boredom, subject to
Vulgar complaints like love, among the Just

Be just, among the Filthy filthy too,
And in his own weak person, if he can,
Must suffer dully all the wrongs of Man.

martes, 26 de enero de 2010

Nochebuena en el subsuelo

La Nochebuena me trae recuerdos agridulces de la infancia, de reuniones familiares obligatorias y multitudinarias, de primos que no se conocían, de cenas que empezaban como una parada militar, con discurso del Jefe del Estado incluidas, y terminaban en el caos más absoluto, con los adultos dormitando a medio gas en los sillones, rodeados de turrones mordisqueados y botellas medio vacías, y los niños fumando a escondidas en la despensa, o jugando a enseñarse la ropa interior, o haciendo espuma sin límite en el baño, o tirando restos de comida a los perros callejeros por el balcón.

Esta última Nochebuena fue muy agradable. Estuve en casa de unos amigos, junto con otras visitas muy interesantes: una periodista, un editor, un informático y tres niños bastante tranquilos que no hicieron ninguna de las barrabasadas que tanto nos gustaban a mis primos y a mí. Cenamos un guiso de mariscos que estaba buenísimo, regado con cava catalán y engalanado, al final, con turrones mediterráneos auténticos que nos trajo ese mismo día el editor.

A eso de la una y media, el ambiente se enfrió y aproveché la despedida de la periodista y sus dos hijos para marcharme. En la calle hacía bastante frío y no había nadie en absoluto. Fui trotando hasta la parada del metro. El andén también estaba desierto, lo cual quería decir que el tren acababa de pasar y que me tocaba esperar media hora o más a que llegara el siguiente. Con sueño y dolor de cabeza, me senté en uno de los dos bancos y me dispuse a matar el tiempo.

A los cinco minutos ya había localizado las cuatro ratas que se repartían las zonas jerárquicas de la estación, dos en mi andén y dos en el de enfrente. De cuando en cuando, una de ellas echaba una carrerita hacia el lado que no le correspondía y su oponente le hacía el quite con todo el lomo erizado y los dientes para fuera. Desde el primer momento había puesto los pies en alto y, aunque las batallitas eran divertidas, estaba bastante incómodo con aquella compañía tan infecciosa e impredecible.

Más tarde oí pasos que venían bajando por la escalera. Apareció a mi izquierda un hombre grande, alto, gordo y risueño que me saludó con un movimiento de cabeza y se sentó en el otro extremo del banco. Después de mirar un rato a las ratas del otro andén (las nuestras se habían metido detrás de sus respectivos cubos de basura), me miró los pies levantados y soltó una risita corta.

- No le tenga miedo a las ratas -dijo de repente-. Si la rata viene para acá corriendo es porque al otro lado hay peligro. Son un buen indicador.

Yo asentí, sin decir nada. Lo miré. Estaba claro que quería charla. Sonreía afable, como si quisiera explicarme que yo era su víctima propiciatoria de la noche. No tenía pinta de venir de una cena, como yo, sino de estar deambulando sin rumbo por la ciudad, sin nada mejor que hacer que perorar enfrente de un auditorio. Iba vestido con ropa suelta, como de diario, con zapatillas deportivas, pantalón de algodón muy ancho y una cazadora de color azul marino. Y daba la impresión de que, ante la indiferencia de las ratas, yo iba a ser el auditorio hasta que llegara el metro.

Así fue. Aquel hombre empezó a hacerme preguntas que yo contesté de mala gana: tenía sueño y poca intención de hacer vida social en la madrugada de Navidad. ¿Yo era del barrio? No. ¿De qué barrio, pues? De tal barrio. Ah, no lo conocía. ¿Qué parada es ese barrio? Tal parada. Ah, yo me bajo en la anterior, ¿sabe? Ahí cambio a la línea azul y voy a este otro barrio. Es un barrio para negros, claro. Oh, no quiero decir que usted no pueda ir. Los blancos pueden vivir donde quieran, pero para los negros la cosa no está tan clara. Para algunos sí, por supuesto. Pongamos por caso una mujer soltera, soltera y con un buen sueldo. Y negra. Esa puede vivir donde quiera, la respetarán y no tendrá problemas. Pero yo, fíjese. Yo tengo este cuerpo grande y los blancos se asustan. ¿Usted se asusta? No, no me asusto. Eso está bien. No hay motivo para asustarse, pero vea, muchos blancos, pero muchos, muchos, se asustan de los negros grandes. ¿Se ha dado cuenta? Me he dado cuenta. ¿En su barrio hay negros? Hay negros. ¿Muchos? No. ¿Lo ve? Porque es un barrio bueno, usted tiene un aspecto respetable y probablemente vive en un barrio respetable también, y ahí los negros, la mayoría de los negros, quiero decir, no son bien recibidos. Eso, en mi opinión, es un pecado, porque Dios dice que todos somos iguales. ¿Ha leído usted a San Marcos? No me acuerdo. El evangelio de San Marcos es muy interesante, pero no tanto como los Hechos. Los Hechos de los Apóstoles son mi lectura favorita porque son la historia del cristianismo, la creación y la constitución del cristianismo, y muchos de esos cristianos a los que hablan los apóstoles eran negros, ¿sabe? Muchos, muchísimos, y no había distinción.

Media hora más tarde mi indiferencia no había hecho mella en su discurso. De hecho, había sacado sus propias conclusiones sobre mí e insistía en ciertos aspectos en los que, él estaba seguro, yo tenía especial interés. Fue llegando más gente, pero él no tenía intención de cambiar de víctima: se mantuvo firme hasta el final. Por fin se oyó, aún lejano, el rumor del metro que se acercaba. Me levanté para despejarme con el airecillo que se levanta cuando llega a la estación y, como quien no quiere la cosa, hice un gesto de despedida con la cabeza por ver si me lo sacudía. Él siguió hablándome mientras el tren se detenía y abría las puertas. Al entrar en el vagón giré decidido hacia la derecha y caminé hasta el fondo antes de sentarme. No miré atrás.

Había una mujer refunfuñando en voz alta en aquel vagón. Por fortuna, el discurseador se había quedado de pie a su lado. Para cuando por fin me atreví a mirar hacia donde estaban, empezaron a discutir:

- Quién te dice nada, no estoy hablando contigo -le espetaba la mujer mirando al suelo. Vestía un traje amarillo brillante y unas botas rojas de tacón de aguja, no menos llamativas. No llevaba abrigo, lo cual era sorprendente en una noche tan gélida como aquella.

- Yo no he dicho más que...

- Que quién te dice nada, que te calles, que no estoy hablando contigo.

- Yo no he dicho más que...

- ¡Que quién te dice nada, que me dejes!

- Yo no he dicho más que...

- ¡Que te calles, que no estoy hablando contigo!

La mujer se estaba poniendo histérica. El chaval que estaba sentado delante de mí los miró e hizo un gesto de sarcasmo y desprecio. El hombretón levantó los brazos, como para demostrar su inocencia, y por fin se calló, para tranquilidad de todo el pasaje. Íbamos todos mirando al suelo, a las paredes, a las ventanas, salvo una chica joven que masticaba chicle maquinalmente, escuchaba música con unos auriculares y tenía la mirada fija en las botas de la mujer. Esta última seguía refunfuñando.

- Le digo que tiene que ocuparse del asunto y él me vuelve la espalda y se va al bar. Le digo que tiene que cuidar de la familia y se va a dar una vuelta. Le digo lo que sea y como quien oye llover. Y encima llamo a mi madre y ¿qué me dice mi madre? Pues mi madre me dice que tenga paciencia. Que tenga paciencia, ¿y qué cojones es lo que tengo, eh? ¿Qué es, si no es paciencia? Paciencia es lo único que tengo. No tengo dinero, no tengo ropa, no tengo casa, no tengo coche, no tengo amigos, no tengo ordenador ni internet. Lo único que tengo es esta puta paciencia, y ese hombre de mierda que no vale ni para decorar una habitación, que no hace nada, que no dice nada, que no mete ni saca, y mi madre que tenga paciencia. Claro, es fácil decirlo, ahora que ella está viuda, ya no se le jode la paciencia con aquel marido que tenía, vaya maridito, también, bien sabe lo que es ella tener paciencia...

El hombretón escuchaba y, a veces, levantaba un dedo como para intervenir, pero la mujer volvía a pegar un berrido ensordecedor, en este caso de carácter preventivo para evitar que él abriera la boca. Entonces el otro hacía otra vez el gesto de inocencia con las manos, pegaba la espalda a la puerta del vagón y miraba hacia arriba con cara de susto. Cuando estábamos llegando a la estación anterior a la mía, el hombretón y la mujer se levantaron y fueron hacia la puerta, ella delante, él detrás.

- Ni te me acerques -dijo ella sin mirarlo.

Él nos miró a todos, con un gesto entre extrañado e indignado. La chica de los auriculares, impertérrita, mascaba y miraba con desparpajo las curvas del vestido amarillo. El muchacho que iba frente a mí se levantó también y, como se nos cruzaran las miradas, me echó media sonrisa triste y, al abrirse las puertas me dijo:

- Nochebuena en Nueva York, ¿no?

Salieron los tres. Se cerraron las puertas. A mí me faltaba otra parada. La chica de los auriculares descansó sus ojos desenfocados en algún punto de mi cuerpo y, para mi sorpresa, dejó de masticar. Retiré la mirada, inquieto. Me dio por pensar en Papá Noel, que en ese momento estaría sobrevolando esta ciudad absurda y amarga, todas estas miserias humanas, todos estos lamentos y grisuras existenciales, partiéndose de risa con sus renos. Total, no tiene que venir aquí más que una vez al año.