sábado, 2 de octubre de 2010

600 páginas en un vuelo

El otro día, mientras cruzaba el Atlántico, me zumbé 600 páginas y me quedé con ganas de más. ¿Que qué leí? Un mejunje, pero un mejunje excelente.

Digamos que uno toma una coctelera y echa dentro:

  • la película Peter’s Friends (los amigos de Peter);
  • el mito del artista maldito;
  • el cuento del Mago de Oz; y
  • unas pequeñas dosis de la Rayuela de Cortázar.

Pueden salir muchas cosas, claro. En concreto, a la escritora francesa Anna Gavalda le sale la novela titulada Ensemble, c’est tout (Juntos, nada más). (Me soplan por ahí que esa novela ya tiene película, cosa que no me extraña en absoluto porque la lectura es tan audiovisual que a veces uno cree estar leyendo una película en lugar de un texto.)

Estoy seguro de que Gavalda no va a ganar el premio Nobel de literatura. Es probable que tampoco figure nunca entre los grandes de las letras francesas. Su estilo no es lo que se dice depurado desde el punto de vista estético y comete ciertos errores de cierto bulto en la linealidad de la narración, pero hay que reconocer que ese estilo agreste es de lo más eficaz para relatar, explicar y contar con un tono intenso y verosímil, muy propio de una reunión de viejos amigos. Tiene además una excelente capacidad para examinar, percibir y reflejar, sobre todo con diálogos, la forma de ser de las personas de hoy en día. Por añadidura, hace gala de un sentido del humor más ancho que largo. Por todo eso, en lo que a mí respecta Gavalda se ha ganado el premio a la escritora más entretenida y divertida de los últimos tiempos. Literatura de avión, pero buena y recomendada para todos los públicos. Chapeau, madame!

viernes, 1 de octubre de 2010

Tarde lírica

¿Por qué bebes de mi mano, si piensas que soy contagioso?
Yo podría ser sol en tus dominios.
¿Por qué me sigues a lo alto, tan segura como estás de que ando perdido?
No, no renuncies a lo tuyo: tus ambientes, tu vanidad.
No grites.
No pienses en voz alta.
Date la vuelta y vomítame.
No te tortures.
No digas que no sabes.
Date la vuelta y vomítame.
Promesas, suspiros, engaños, nubes de diciembre:
Ya no voy a cantaros más.

(Traducción libre de December, de Collective Soul)

jueves, 24 de junio de 2010

La cultura de la muerte

Hace unos días, el estado unido de Utah asesinó legalmente a una persona que había asesinado ilegalmente a otras dos personas. Leí dos artículos al respecto.

El primero, en el New York Times, explicaba este asesinato de Estado, o «ejecución», con mucho detalle. La redactora, que fue invitada a ser testigo del hecho, se concentró en describir el entorno en el que sucedió, los detalles de cada momento y sus propios sentimientos al respecto.

El segundo, en el Guardian (Reino Unido), era obra de un equipo de redactores que estaban distribuidos entre Inglaterra y Utah. En lugar de explicar lo obvio (la ejecución), este segundo artículo contaba que la familia de uno de los dos asesinados se sentía muy aliviada por esta ejecución, mientras que la familia del segundo asesinado llevaba años pidiendo que lo dejaran vivir, que no lo mataran, que no se cobraran sangre con sangre en nombre de su familiar muerto.

Para un periodista estadounidense, informar sobre un asesinato, lícito o no, es pura rutina. De hecho, lo único que era noticia en este caso era que el condenado había elegido un pelotón de fusilamiento en lugar de la inyección letal. Para un periodista europeo, no hay nada rutinario en un asesinato ordenado por el estado. De hecho, ni siquiera es rutina informar sobre un asesinato común. En toda España se denuncian cada año tantos asesinatos como en la ciudad de Washington (algo menos de 200). Aquí en Nueva York lo habitual es que se sobrepasen los 500 anuales. El total anual de los Estados Unidos suele rondar los 15.000. En números muy burdos, digamos que aquí hay un asesinato por cada 20.000 personas, mientras que en España hay uno por cada 200.000. Hablo solo de asesinatos (murder), no de homicidios (homicide or manslaughter).

Hay algo que se me agarra al estómago en todo esto. Imagino a un juez diciendo: "agarren a este tío y métanlo en prisión durante 25 años; yo me encargaré de que todas las solicitudes de perdón y conmutación, cursadas por él y por otros cientos de personas e instituciones, sean rechazadas. En un momento dado ordenaré que lo saquen de la celda, le tapen la cabeza con una bolsa negra, lo aten a una silla y le metan cuatro tiros en el pecho a bocajarro". Lo imagino y me parece obsceno, porque en lugar de un juez lo que veo es un Al Capone o un líder terrorista haciendo valer su autoridad y su sed de venganza.

Hay, en mi opinión, una obscenidad tremenda en todo el proceso. Está, por ejemplo, el tono natural y resignado con el que los periodistas estadounidenses explican el asesinato, con todos sus detalles ridículos e hipócritas. También están las observaciones del público en general que, aun siendo de todos los colores, suelen contener una gran cantidad de expresiones de apoyo e incluso de intensificación de estas ejecuciones legales. Uno tiene la sensación de estar en un país en guerra en el que prevalece un espíritu de agresión y revancha, o en uno de esos estados pobres con muy bajo desarrollo social donde la vida, por desgracia, no vale gran cosa y no es difícil morir violentamente a una edad más bien temprana.

Yo veo esta cultura obscena de la muerte por todas partes. En un día normal no es difícil toparse con ella. Los policías, que llevan siempre pistola y chaleco antibalas, rinden público homenaje a sus compañeros muertos poniendo carteles, pegatinas y todo tipo de parafernalia martiriológica en las oficinas, las comisarías, los coches y las furgonetas. Si uno mira al interior de ciertos coches de policía puede ver armas bastante sofisticadas. Los policías de barrio fundan hermandades para ayudar a viudas/os y huérfanos porque, como es sabido, aquí el Estado no ayuda ni a sus acólitos, y rememoran su muerte con todo lujo de detalle. Los malos, por su parte, tienen procesos paralelos y no es difícil ver a gente por la calle que viste una camiseta-denuncia con la cara de una persona muerta por la policía, o fiestas callejeras que celebran a uno u otro delincuente conocido y acribillado en algún tiroteo hace diez o veinte años. En el metro y el autobús hay números de teléfono a los que uno puede llamar para dar pistas sobre sospechosos de haber disparado contra policías. En este caso no es la policía la que fomenta esta campaña, sino una asociación sospechosamente anónima de "vecinos preocupados" que por algún extraño motivo me trae aromas del GAL español y de otras muchas "guerras sucias" que ha habido y hay por el mundo, guerras en las que los Estados Unidos tienen una larga experiencia. También hay campañas en las que se explica que es ilegal pintar pistolas de verdad para que parezcan de juguete, o a la inversa, pintar pistolas de juguete para que parezcan de verdad, procedimientos ambos que jamás se me habían pasado por la cabeza pero que, en apariencia, son tan habituales como para financiar una campaña pública en el metro, dirigida a ocho millones de personas.

Esta cultura en la que viven inmersos los estadounidenses tiene su fiel reflejo en las películas y series televisivas que exportan al mundo entero. Uno siempre tiene la sensación de que en esas películas y series televisivas muere demasiada gente y que debe de ser una exageración. Hasta que vive aquí, claro. Entonces se da cuenta de que si bien las películas explícitamente violentas (tipo Stallone, Seagal, Lundgren, Schwarzenegger y demás) si exageran, existe una base real muy patente. La profusión de muertes violentas que inunda los productos de entretenimiento americanos no es un invento, sino una realidad cotidiana.

Lo sorprendente es que la mayoría de las personas que, fuera de los Estados Unidos, ven esas películas y series, percibe esa violencia inherente y omnipresente, esa violencia social, como un elemento atractivo de la ficción que está consumiendo, y no como lo que es, a saber, una especie de maldición que lo empaña todo y obliga a la sociedad entera a doblegarse ante los fuertes y los bestias y bailar a su ritmo día tras día para sobrevivir.

La bonanza de las inmensas empresas de seguridad privada y la siempre creciente influencia de los colegios de abogados en la política del país son dos factores que cierran muy bien el círculo de la violencia. En primer lugar, la justifican: el mundo es un sitio peligroso, hay que protegerse (¿en cuántas películas hemos oído cosas como esa?). Si aceptamos que el mundo es un sitio peligroso, estamos dando carta de naturaleza a los delincuentes. Esto es imprescindible si uno quiere fundamentar su sociedad en la lucha contra los malos, y no en la erradicación de los problemas sociales que generan "malos". En segundo lugar, dado que "el mal existe", uno necesita a los abogados, no solo para que nos legitimen, a los buenos, cuando decidamos ejecutar a un malo, sino también para que redacten las leyes que nos separan a nosotros, los buenos, de los malos sin ningún género de dudas.

Este círculo vicioso del peligro y la protección en el que todo el mundo participa de forma muy activa es el germen de la actitud paranoica que se suele atribuir a la política exterior de los Estados Unidos (la "doctrina de la seguridad"). Es curioso observar que, hasta la legislatura de Tony Blair, los británicos nunca habían compartido esa doctrina. Véase, no, lo que pasó entre 1933 y 1939. ¿Habría visto Blair demasiadas series estadounidenses? ¿Se habría contagiado? Y lo que es más importante: ¿por qué vemos la paranoia en la política exterior de los Estados Unidos y no la vemos en las series y las películas? ¿Tan clara está la línea divisoria entre ficción y realidad para quienes no están en el ajo?

Yo no lo veo claro. Se agradecen los comentarios.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Calorcito

Ya va acercándose el verano. Ya llega el calor. Ya nos invade ese característico olor a basura que nos acompañará hasta noviembre, más o menos. Ya zumban en nuestros oídos millones de máquinas de aire acondicionado a toda potencia que, con la ayuda del asfalto y el cemento, multiplican y amplifican la sensación de agobio y opresión. Ya llega el calorcito: desperdicios, mal humor, apagones, sudor y cielos grises para todos. A disfrutar.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Pensar no es bueno

A veces uno puede hacer como que no ve. Como todos los demás, uno puede seguir mirando por las ventanas, o leyendo un libro, o estudiándose las manos, los pies o las rodillas, pero a veces no se puede.

Esta vez es una mujer. Renuncio a calcular qué edad tiene. Igual son treinta que cincuenta y cinco, no tengo referencias. Como tantos otros mendigos, lleva tantas capas de ropa y hay tan poca piel a la vista que toda tentativa de cálculo está abocada al fracaso. Sí puedo apreciar que tiene las manos encallecidas y la piel de la cara muy deteriorada por el abandono y, seguramente, por un montón de infecciones mal curadas. Veo también que el pelo no es que sea pajizo, sino que parece paja de verdad, aunque solo asoma un poco por los costados de la capucha que lleva puesta. Lleva unas de esas gafas protectoras que usan albañiles y carpinteros y hacen que los ojos y toda la zona que los rodea parezca muy deforme. Así que no, no tengo idea de cuántos años tendrá.

Lleva un carro de la compra lleno hasta los topes que ha colocado en la esquina posterior de este vagón de metro que compartimos ella, yo y otras cincuenta personas. Lo ha atado con habilidad a uno de los tubos metálicos verticales y al pie del asiento, que ha ocupado con otras bolsas y está cubierto con trozos de cartón. No me extrañaría que hubiera pasado la noche ahí recostada. El tren ya empieza a bambolearse por los túneles, pero el carro y los trastos de la mujer no se mueven ni un ápice.

Así que aquí estoy, apoyado en la puerta, y cuando levanto la vista me encuentro con todo esto. Así estoy, ponderando esa vida portátil, ese microcosmos vagabundo, cuando su mirada se cruza con la mía. Le hago un leve gesto de cabeza, así como de buenos días o cómo está usted, o encantado de verla, señora, o algo así, pero sé que mi pretendida naturalidad no es tal, no me estoy comportando con normalidad por muchas razones, entre ellas porque esas gafas protectoras y ese pelo de paja me provocan una mezcla demasiado intensa de risa y pena. Ella corresponde a mi saludo con algo que igual puede ser una sonrisa que un gesto de nausea y, acto seguido, me señala el asiento que ha cubierto de cartones, ahí, al otro lado del carro que, por suerte para mis escrúpulos, se interpone entre nosotros.

En una fracción de segundo pienso en el olor (aunque no detecto olor alguno, en todo caso un cierto aroma a tela rancia) y sobre todo en los parásitos. Sonrío, y ahora sí tengo la certeza de que esta sonrisa mía es una sonrisa paternalista y suficiente, y le digo que no, gracias, que me quedo de pie. Ella insiste, «come, come sit here with me», y la sonrisa nauseante o nauseada se incrementa lo suficiente como para dejarme ver una dentadura como un teclado viejo, con sus teclas blancas, sus teclas amarillentas y sus teclas negras, o quizá faltantes. Como veo que hace un conato de aproximación, levanto la mano en esa posición que es una indiscutible señal de alto y le digo otra vez que no, que gracias, que me quedo donde estoy. Ella ladea la cabeza, me remira de arriba abajo y, tras una pausa que me hace experimentar todo tipo de culpabilidades, se da la vuelta y empieza a afanarse con los cientos de objetos que lleva en el carro y en las dos bolsas de plástico que acarrea.

Abro el libro donde lo dejé y paso la mirada por sobre las letras, sin leer. Estoy pensando, pensando sin parar. Qué pensará ella, qué sentirá. Por qué no me voy a sentar con ella. Igual tiene ganas de hablar. O quizá no, quizá piensa que está ocupando indebidamente dos asientos y esta es su manera de justificarse: el asiento está libre, si no te sientas es porque no quieres así que no me vengas luego con monsergas. O quizá tampoco es eso, quizá es que necesita compañía, contacto humano. O ninguna de las anteriores, vaya usted a saber qué hay en ese cerebro. Y si le doy dinero al salir, porque tendré que salir por ahí, por la puerta que está a su lado, y algo tendré que decirle. O le doy las galletas que llevo en el bolsillo. Le digo que sin ánimo de ofender, que si le gustan. Y qué pensaría yo si de repente un desconocido me dice que me regala un paquete de galletas. Luego pienso que soy un imbécil, que me estoy calentando la cabeza sin necesidad y que ella ya ni se acuerda de que yo estoy ahí. O sí. Y así voy divagando, luchando con esta moral hipertrofiada que no sé de dónde sale, pero cuanto más divago, más cerca estoy de la ficción y más lejos de la realidad, y así me voy reconciliando con las letras del libro hasta que en un momento dado, un momento que no sé cuándo llega, la vagabunda deja de preocuparme y vuelvo a leer, vuelvo a entender esas letras y líneas por las que voy pasando la mirada.

Llega mi parada, se abren las puertas y salgo. Antes de poner el pie en el andén oigo su voz, una voz temblorosa que me desea un buen día. Me quedo parado, esquivo la marea humana que invade repentinamente el andén, me doy la vuelta y miro por la ventana del vagón. Ella no me mira, sigue con las manos y la cabeza sumergidas en las profundidades del carrito, colocando y recolocando plásticos, telas y recipientes. No tiene importancia, me repito, lo ha dicho mecánicamente, como lo puede decir un taxista o una portera, como parte de sus actos reflejos cotidianos. No tiene importancia. O sí.

Justo antes de que se cierren las puertas, me animo y asomo un poco la cabeza al interior del vagón: «have a nice day, you too».

Ya se va el tren. No me ha oído. O sí me ha oído, pero en efecto no tenía importancia. O sí me ha oído pero lo que estaba haciendo en el carrito era mucho más importante en ese momento. Igual yo esperaba que ella levantara la cabeza y me mirara con una expresión que significara «oh, me ha saludado». Sí, quizá yo esperaba algo, quizá necesitaba sacudirme de alguna manera esta culpa que llega de no se sabe dónde y luego ya no se va. Lo cual significa que no he aprendido nada porque, como se puede comprobar, no ha pasado nada, y aquí estoy, en el andén ahora casi desierto, pensando si sí, si no o si todo lo contrario. Cuando se aleja el estrépito de los trenes y se hace el silencio, se aprecia el sonido de una guitarra y un saxofón que tocan el «Desafinado» de Jobim en algún punto de los túneles. Yo tocaba eso hace catorce años. Ahora ya no toco. Esa canción me hace sentir joven. O viejo, claro. Son las nueve menos veinte de la mañana. En esta ciudad la gente toca música en el metro a cualquier hora. En fin, habrá que llegar a la oficina.

lunes, 19 de abril de 2010

Este mundo no es el bueno

El Guardian publica hoy una entrevista con el escritor británico Philip Pullman sobre su nuevo libro, The Good Man Jesus and the Scoundrel Christ.

«It is at moments like this, that one sees the remnants of Pullman the teacher. "It's the idea that this world is a false creation of an evil demiurge," he continues, voice calm and dry, "and not the real place created by the real God, and that all of us have inside us a sort of spark of divinity that was stolen from the real God and that explains what our task is — we have to escape and get back to the real source." He smiles faintly. "Now that's a hell of a good story because it accounts for so many things: it accounts for why there's evil and suffering and sickness and so on; it accounts for why those who think deeply don't feel at home in the world; and it gives us something to do. It's one of the best stories of all time. But it's not true." He adds a polite qualification: "I don't think."»

En momentos como éste uno logra ver lo que le queda a Pullman de maestro. "Es la idea de que este mundo es una falsa creación de un demiurgo malvado", continúa con una voz calmada y seca, "y no el verdadero lugar que creó el verdadero Dios, y que todos llevamos dentro una suerte de chispa de divinidad arrebatada al verdadero Dios y que explica cuál es nuestra misión: tenemos que escapar y regresar a la fuente verdadera". Sonríe apenas. "Bueno, es una historia estupenda porque explica muchísimas cosas: explica por qué hay maldad y sufrimiento y enfermedades y todo eso; explica por qué quienes reflexionan profundamente no se sienten a gusto en el mundo; y nos dice lo que tenemos que hacer. Es una de las mejores historias de todos los tiempos. Pero no es cierta". Y con buena educación aclara: "Yo no pienso".»

[La traducción es mía.]

miércoles, 14 de abril de 2010

Esos indios de Boston

Por recomendación de uno de mis personajes de ficción saqué el otro día de la biblioteca el primer libro de Jhumpa Lahiri, escritora estadounidense de ascendencia india que con esa primera publicación, Interpreter of maladies, ganó en el año 2000 nada más y nada menos que el premio Pulitzer, en su categoría Fiction. No me extraña que ganara: es un excelente libro que recomiendo a todo el mundo.

Se trata de una colección de narraciones breves ambientadas bien en Boston, bien en el sudeste de la India. Las que transcurren en Boston están protagonizadas por familias de ascendencia india, mientras que en las demás los personajes pueden ser indios propiamente dichos o bien turistas o visitantes de los Estados Unidos. En el relato que da título a la colección, una familia compuesta por un padre, una madre y dos niños pequeños visita la tierra de sus ancestros. Durante uno de los trayectos, el chófer y guía turístico les cuenta que su segundo empleo consiste en interpretar las conversaciones de un médico con sus pacientes. Del malentendido habitual que genera la palabra intérprete surge el nudo de la historia.

El estilo narrativo de Lahiri es pulcro, exacto y preciso. La estructura de sus narraciones es clásica: una historia principal en la que se van abriendo pequeñas grietas que dejan entrever una historia subyacente, mucho más interesante, y un descubrimiento o anagnórisis final, a modo de bomba atómica que alienta al lector a empezar de nuevo para verlo todo de nuevo, pero esta vez con el poder de ver más allá, de saber de antemano qué está pasando. Prácticamente todas las historias tienen un final triste, melancólico o decepcionante.

El tema es siempre el mismo: el conflicto personal, ya sea por un motivo ético, cultural o social. El contraste entre los hábitos sociales y familiares estadounidenses e indios está presente en casi todos los cuentos, excepto en A real Durwan, en el que todos los personajes son indios. En este, Lahiri consigue construir un personaje muy bien definido (Boori Ma, la mujer que barre la escalera de un edificio), pero resulta que el antagonista, a saber, el resto de los habitantes del edificio, se le queda un poco cojo y falto de fuerza, con lo que el pretendido contraste resulta demasiado melodramático. No explico más porque tendría que desvelar la historia, y este precisamente es un cuento que merece la pena.

La narrativa de Lahiri es tan exacta, tan precisa que no cuesta leer. Más bien dan ganas de seguir adelante y despachar el librito en una tarde, cosa más que posible porque no tiene muchas páginas. El inconveniente es el mismo: hay una evidente ausencia de pasión narrativa. Uno nota que todo está calculado al milímetro, tan pulcro como una casita a las afueras de Boston, con su madera pintada de blanco, su tejado rojo, su césped y su entrada de autos. Pongamos por ejemplo la forma en que la escritora describe la vestimenta de dos personajes extremos: la citada Boori Ma, que pertenece a una clase social levemente superior a la de los intocables, y Dev, un elegante estadounidense de origen indio, de buena familia y mejores ingresos, con un especial gusto por la ropa cara y los complementos prohibitivos. Cuando Lahiri tiene que enumerar las prendas que llevan puestas, lo hace de la misma manera: empezando por la cabeza y terminando por los zapatos, en una enumeración perfecta, con todas las palabras técnicas necesarias pero sin incluir juicio de valor alguno, sin dejar entrever más que el mero hecho de que cada una de esas dos personas está vestida de un modo determinado.

En una conversación con otro personaje de ficción salió la expresión "cuento de taller". Bueno, no pretendo decir que una escritora tan eficiente como Lahiri sea una escritora de taller literario, ni mucho menos, pero algo de eso hay. Uno tiene la sensación de que está leyendo un ejercicio. Un ejercicio perfecto, sin duda, un diez sobre diez, pero ejercicio al fin y al cabo.

Para terminar, cabe decir que las cuatro personas con las que he hablado de este libro recordaban el nombre de la autora, recordaban que el libro les había gustado mucho pero no eran capaces de poner en pie ninguna de las historias. Según yo iba recordándoles los personajes iban diciendo "ah, sí, eso", pero la memoria no había retenido nada especial. ¿Te acuerdas de aquellas casitas perfectas a las afueras de Boston? Sí. ¿Te acuerdas de una casita en concreto, aquella que tenía una ventana un poco más ancha que larga y una puerta de color verde? Pues no, cómo me voy a acordar, si eran todas igual de perfectas...