viernes, 18 de diciembre de 2009

No sé, no sé

A veces me han llamado lunático. A veces me han dicho que estoy en las nubes. A veces me acusan de echar a volar la imaginación. Acepto todos los cargos y me declaro culpable. Lo que no me pueden pedir es que un sábado por la mañana, con un sol radiante, todavía en pijama y a medio desayunar, suene el timbre de la calle y yo me ponga a pensar en el cosmódromo de Baikonur.

Pensé varias cosas: el dueño del edificio, una amiga de mis hijas, el vecino de abajo (otra vez), el cartero, pero no pensé en el cosmódromo de Baikonur ni en los satélites de órbita baja.

Cuando bajé y vi al tipo con el mono (buzo, overol) azul pensé, eso sí, en los contadores del gas, del agua y de la electricidad, que están en el sótano, y desde que cerraron el negocio que había ahí, hace dos meses, me ha dado más de un dolor de cabeza porque los empleados de las empresas distribuidoras no pueden leerlos y me mandan lecturas ponderadas (o sea, facturas altísimas que no tienen nada que ver con mis consumos habituales). Así que vi al tipo con mono azul y no me dio por pensar en un cohete Soyuz apto para el lanzamiento de seres humanos elevándose sobre el cielo de Kazajstán.

El tipo me preguntó, como esperaba, si yo tenía llave del sótano. Cuando le dije que no, él explicó que no había ningún problema, que venía de la compañía del gas, como yo había constatado hacía un rato por el logotipo del uniforme, y que quería instalar un dispositivo nuevo para automatizar la lectura del contador. Y yo no caía todavía: no se me pasaban por la imaginación las transmisiones pasivas de datos por vía estratosférica.

—Le explico —me dijo—: acérquese más a la puerta. ¿Ve ese edificio de enfrente? ¿Ve la cajita gris que hay encima de la trampilla del sótano?

Miro y, en efecto, veo una cajita gris de unos diez centímetros de lado, con aspecto de recién instalada, en el edificio de enfrente. Digo que sí con la cabeza.

—Bueno, pues una vez al mes, esa cajita le manda la lectura del contador a un satélite que hay por aquí encima en alguna parte, y el satélite rebota la información a nuestra oficina y emitimos automáticamente la factura. Así no tenemos que andar yendo, viniendo, llamando y demás. ¿Comprende?

Y yo, que ya iba comprendiendo, visualizaba las plataformas de lanzamiento en el lejano Baikonur, los cuerpos desechables del lanzador Soyuz, las ojivas con varias etapas de satélites, el centro de control, las radiocomunicaciones, las antenas parabólicas para el seguimiento, las filas de camiones que traen toneladas y toneladas de combustible sólido a temperaturas muy por debajo de cero...

—Pero no se preocupe: dígale al dueño del edificio que nos llame, concertamos una cita y en unos días lo tenemos todo listo, ¿vale?

—Vale —contesto maquinalmente.

—Pues venga, ahí le dejo el papelito. Hasta luego y gracias.

—Gracias.

Me da la espalda y echa a andar hacia la calle. Me fijo en sus botas, en su camioneta, que también lleva el logotipo, en el aparato medidor que lleva en la mano y que no ha podido usar, en tantas y tantas cosas que van a caer en desuso en cuanto este tipo instale la cajita gris. Pienso en la maravillosa simplificación: ahora, para leer el contador, no hay que hacer nada porque un satélite lo lee y un ordenador se encarga de emitir la factura. Y me digo: ¿que no hay que hacer nada? ¿Cómo que no hay que hacer nada? ¡Hay que lanzar cohetes desde Kazajstán, hay que poner satélites en órbita baja, hay que transmitir datos por la estratosfera y hacer que un ordenador los entienda y emita facturas a mi nombre! ¡Y que las envíe a mi casa! ¿Que no hay que hacer nada? Y pienso: ¿maravillosa simplificación?

No hay comentarios:

Publicar un comentario