Ya he explicado en esta entrada que hace unos meses fui a la presentación del libro Out of it, de Selma Dabbagh. También dije que lo leí de un tirón y añado ahora que la narración es fluida y fácil, que la trama es sencilla y que lo mejor del libro es la nueva perspectiva que da a la situación de Palestina, a saber, la situación de una familia que vive en Gaza y cuyos miembros no encajan (al menos no del todo) en ninguno de los estereotipos que hemos ido construyendo durante tantas y tantas décadas sobre el conflicto palestino-israelí. La humanidad y la verosimilitud de los personajes es lo que hace de esta novela algo muy especial.
El hermano mayor de esta familia perdió las piernas en un "asesinato selectivo" israelí. Por este motivo, y ante la falta casi total de servicios para discapacitados en Gaza, está condenado a vivir en el piso superior de la vivienda familiar. Desde allí, con un ordenador viejo y una errática conexión a Internet, se dedica a recopilar datos sobre la situación de Gaza y enviarlos a organizaciones no gubernamentales de derechos humanos que actúan desde el extranjero. El hermano menor ayuda en estas tareas, pero no siente ningún compromiso con la lucha política o armada. Su prioridad es vivir una vida tranquila y cuidar de Gloria, su flamante planta de marihuana. La hermana pasa por una época de crisis existencial y no tiene claro lo que debe hacer: ¿participar en los grupos de apoyo, salir de allí, despreocuparse como su hermano pequeño? Por último, la madre, mujer laboriosa y taciturna, mira con desdén a todo el mundo y apenas abre la boca excepto para cuestiones de organización de la casa.
El padre fue, hace ya tiempo, dirigente de la Organización de Liberación de Palestina pero renunció a su cargo por motivos que hasta sus hijos desconocen y vive exiliado voluntariamente en uno de los países del golfo. No quiere volver, pero desde su privilegiado exilio envía dinero a la familia y, de vez en cuando, les facilita salvoconductos para viajar a Londres y demás partes del mundo. Gracias al padre, en el contexto general de Gaza esta familia se cuenta entre las privilegiadas y, pese a la situación imperante, no les falta de nada.
Al principio de la novela, un bombardeo israelí desencadena una serie de acontecimientos que afectan a esta familia. En los días posteriores al bombardeo, el hermano menor (el despreocupado) consigue, por medio de una de las ONG con las que colabora, un visado para una estancia de varios meses en Londres. Por su parte, la hermana decide ir a visitar a su padre. Pronto se siente atrapada en la artificiosidad y el boato del país petrolero y busca a su hermano en Londres. Allí los dos procuran vivir "out of it", es decir, fuera de todo aquello que significa Palestina. Tratan de distanciarse, tratan de ser uno más.
Pronto se darán cuenta de que es imposible: Palestina los persigue, la llevan puesta. En todas las conversaciones, cuando alguien les pregunta "de dónde eres", ellos sienten de repente todo el peso del conflicto árabe-israelí sobre sus hombros. Suspiran y dicen "de Gaza", y aguantan el chorreo que se desencadena de forma invariable, cargado de ideología, política, estereotipos, consejos, paternalismo y muchas otras cosas. Aprenden así que no hay manera de estar "out of it" y que, pese a no llevar marcas de ninguna clase, los palestinos llevan consigo el estigma del conflicto, de la discusión y del desacuerdo. (Igual que los israelíes, añado yo de mi cosecha.)
La historia tiene mucho más que esto. Es también un retrato de cómo funciona internamente la sociedad palestina de Gaza, y de cómo piensan, actúan y reaccionan tanto los palestinos que viven fuera de su país como quienes colaboran con la causa palestina. Dabbagh no deja títere con cabeza y plantea con toda crudeza ciertas situaciones reales, y muy tristes, que dificultan, bloquean y hasta destruyen casi todas las iniciativas internas e internacionales por abordar este problema de una forma racional y eficiente.
Como abogada que es, Dabbagh demuestra tener excelentes dotes para observar y analizar la naturaleza humana y las relaciones interpersonales. Esta es, quizá, la mejor parte de esta primera novela suya, que merecería tener mucho más relieve del que ha tenido hasta ahora.
martes, 25 de junio de 2013
domingo, 16 de junio de 2013
Nunca digas de esta agua no beberé
Hace ya unos años hice un voto, por lo demás poco solemne, de no volver a comprar libros, por dos razones. La primera es que la ciudad en la que vivo tiene unas bibliotecas públicas que harían enrojecer de envidia a cualquier bibliotecario de universidad, con unos fondos y unas salas de lectura para levantar la boina, un procedimiento de préstamos eficiente y rápido y un sistema de intercambios interbibliotecarios como yo no había visto jamás. De hecho, en lugar de gastar dinero en libros, lo que hago es donar dinero todos los años a las bibliotecas públicas. Así compro libros (y salas de lectura, y muchas cosas más) no solo para mí, sino para todos.
La segunda razón es que mis muy acaudalados y desapegados vecinos tienen la excelente costumbre de elegir de vez en cuando un grupo de libros que ya no les interesan y dejarlos sobre los escalones de acceso a sus casas. No hace falta siquiera poner un cartel que diga "gratis" ni nada por el estilo: en este barrio, el arreglo tácito es que, si te encuentras libros en la calle, son para ti, si los quieres.
Con semejante abundancia, y con semejante generosidad, he ido perdiendo el gusto por poseer físicamente el libro y me he habituado a sacarlos de la biblioteca, cuando quiero algo específico, o rebuscar en las cajas y las pilas que encuentro por la calle cuando no tengo nada en mente. De hecho, entre los que me regalan y los que voy encontrando por la calle, tengo muchos más libros de los que puedo leer, y no se trata precisamente de manuales de autoayuda y superación: el libro de viajes de Steinbeck que he reseñado en este blog estaba por ahí tirado, a la espera de que alguien se interesara por él. También he encontrado, entre los clásicos, una edición especial de East of Eden del mismo autor, un Conrad, un Hemingway y dos Dostoyevskis. Entre los modernos podría citar una novela reciente de Zadie Smith, el primero de los de Stieg Larsson, un Pamuk y un Rushdie.
La última adición a esta colección interminable, que al tiempo es un poco agobiante porque no se acaba nunca, es la historia de un piloto francés llamado Franklin Devaux que, al parecer, recorre el mundo en un hidroavión (en concreto, este hermoso Consolidated PBY-5 Catalina) y, en pocas palabras, está enamorado de su avión. El libro es la versión original francesa. Así son las cosas por estos rumbos: uno se encuentra tiradas en la calle auténticas joyas, para quien quiera o pueda apreciarlas, por supuesto. Ya escribiré sobre el libro cuando lo lea (de momento solo he visto las tapas, la introducción y las fotos).
Un buen amigo y gran lector me dijo hace tiempo que leer sin rumbo no lleva a ninguna parte, y me animó a seguir un orden lógico que me ayudara a estructurar mi sensibilidad literaria. Tenía toda la razón, y su formación académica me tentaba y me tienta, pero no me convence, probablemente porque, con una sola excepción, nunca he querido llegar a ninguna parte con mis lecturas. Aun así, guardo su consejo de dejarme asesorar en materia literaria y quizá en otra vida me dedique a cultivar una cultura literaria comme il faut, en lugar de estos flecos que voy dejando, o recogiendo, por ahí.
Lo que quería contar, en todo caso, es que hace poco tiempo rompí ese voto y compré un libro. Fue una excepción: unos amigos me invitaron a la presentación de la primera novela de una amiga suya, medio inglesa, medio palestina, en una de las librerías del barrio. Fui a la presentación, me llamó la atención la historia y, ya que tenía allí a la autora, Selma Dabbagh, decidí hacerme con un ejemplar firmado. Total, no era tan caro.
El libro, que se titula Out of it, aterrizó en la pila de los "pendientes de lectura" y ahí durmió el sueño de los justos, con todos los huérfanos recogidos de la calle, hasta abril. Entonces lo leí de un tirón y con mucho interés, no tanto por su valor literario como por su peculiar contenido. Ya escribiré luego sobre él.
La segunda razón es que mis muy acaudalados y desapegados vecinos tienen la excelente costumbre de elegir de vez en cuando un grupo de libros que ya no les interesan y dejarlos sobre los escalones de acceso a sus casas. No hace falta siquiera poner un cartel que diga "gratis" ni nada por el estilo: en este barrio, el arreglo tácito es que, si te encuentras libros en la calle, son para ti, si los quieres.
Con semejante abundancia, y con semejante generosidad, he ido perdiendo el gusto por poseer físicamente el libro y me he habituado a sacarlos de la biblioteca, cuando quiero algo específico, o rebuscar en las cajas y las pilas que encuentro por la calle cuando no tengo nada en mente. De hecho, entre los que me regalan y los que voy encontrando por la calle, tengo muchos más libros de los que puedo leer, y no se trata precisamente de manuales de autoayuda y superación: el libro de viajes de Steinbeck que he reseñado en este blog estaba por ahí tirado, a la espera de que alguien se interesara por él. También he encontrado, entre los clásicos, una edición especial de East of Eden del mismo autor, un Conrad, un Hemingway y dos Dostoyevskis. Entre los modernos podría citar una novela reciente de Zadie Smith, el primero de los de Stieg Larsson, un Pamuk y un Rushdie.
La última adición a esta colección interminable, que al tiempo es un poco agobiante porque no se acaba nunca, es la historia de un piloto francés llamado Franklin Devaux que, al parecer, recorre el mundo en un hidroavión (en concreto, este hermoso Consolidated PBY-5 Catalina) y, en pocas palabras, está enamorado de su avión. El libro es la versión original francesa. Así son las cosas por estos rumbos: uno se encuentra tiradas en la calle auténticas joyas, para quien quiera o pueda apreciarlas, por supuesto. Ya escribiré sobre el libro cuando lo lea (de momento solo he visto las tapas, la introducción y las fotos).
Un buen amigo y gran lector me dijo hace tiempo que leer sin rumbo no lleva a ninguna parte, y me animó a seguir un orden lógico que me ayudara a estructurar mi sensibilidad literaria. Tenía toda la razón, y su formación académica me tentaba y me tienta, pero no me convence, probablemente porque, con una sola excepción, nunca he querido llegar a ninguna parte con mis lecturas. Aun así, guardo su consejo de dejarme asesorar en materia literaria y quizá en otra vida me dedique a cultivar una cultura literaria comme il faut, en lugar de estos flecos que voy dejando, o recogiendo, por ahí.
Lo que quería contar, en todo caso, es que hace poco tiempo rompí ese voto y compré un libro. Fue una excepción: unos amigos me invitaron a la presentación de la primera novela de una amiga suya, medio inglesa, medio palestina, en una de las librerías del barrio. Fui a la presentación, me llamó la atención la historia y, ya que tenía allí a la autora, Selma Dabbagh, decidí hacerme con un ejemplar firmado. Total, no era tan caro.
El libro, que se titula Out of it, aterrizó en la pila de los "pendientes de lectura" y ahí durmió el sueño de los justos, con todos los huérfanos recogidos de la calle, hasta abril. Entonces lo leí de un tirón y con mucho interés, no tanto por su valor literario como por su peculiar contenido. Ya escribiré luego sobre él.
lunes, 7 de enero de 2013
Indeterminación
Hay días en los que el pasado es una masa informe y sospechosa.
Hay días en los que el futuro se oxida y se corrompe como cosa antigua e inservible.
En esos días, me gusta embestir la nada con el cráneo desnudo hasta sangrar, y vagar, con mezquino deleite, entre ideas y sentimientos difíciles de expresar e imposibles de compartir.
A Warm Place - Nine Inch Nails from Gelly on Vimeo.
Hay días en los que el futuro se oxida y se corrompe como cosa antigua e inservible.
En esos días, me gusta embestir la nada con el cráneo desnudo hasta sangrar, y vagar, con mezquino deleite, entre ideas y sentimientos difíciles de expresar e imposibles de compartir.
A Warm Place - Nine Inch Nails from Gelly on Vimeo.
viernes, 4 de enero de 2013
Los suicidios del puente
Hace poco más de un año, durante una de mis peregrinaciones por Internet me
topé con una película cuya existencia desconocía y que no tenía intención de
ver, pero que tuve que ver entera, dos veces, y con pausas. Se llama The Bridge
y, aviso de antemano, no es ficción, sino reportaje, y muestra con lujo de
detalles cómo se suicida más de una docena de personas desde el puente Golden
Gate de San Francisco. En ese enlace de arriba se puede ver la película entera,
si es que alguien está de humor.
Parece que en su día hubo un intenso debate moral sobre la conveniencia de
hacer un largometraje de estas características. Lo que hizo el director, al
conocerse el aumento excepcional del número de suicidios registrados en el
famoso puente, fue montar una serie de cámaras de vigilancia por toda la bahía y
mantenerlas activas (con operario fisgón incluido) durante todo un año, con la
intención explícita de filmar la muerte de los eventuales suicidas. El debate
se centra, sobre todo, en lo que se denomina “síndrome del espectador”, es
decir, esa tendencia que tenemos casi todos a no hacer nada cuando vemos que
sobreviene una situación peligrosa, negativa o indeseable. (Por cierto, me ha
tocado experimentar en persona ese síndrome hace apenas dos semanas; habrá otro
post sobre eso.) Ese debate es sin duda interesante, pero me inquieta más el
otro, que no solo es tema tabú, sino que, seguramente, es imposible de abordar:
por qué hay gente que no quiere vivir.
Si uno consigue dejar de lado el morbo de ver morir a esas personas, una de
las cosas más impresionantes de la película es el testimonio de un muchacho que
saltó y sobrevivió. Según el documental, es la única persona que ha saltado
desde el puente y ha vivido para contarlo. Aun así, tiene gravísimas secuelas
físicas que le afectarán durante toda la vida. Este muchacho explica que se
arrepintió de su decisión durante la caída y que, cuando estaba en el agua,
paralizado de cintura para abajo por el impacto, deseaba con todas sus fuerzas
salir de allí, volver a casa y seguir viviendo. Cuando uno se entera de esto,
sobreviene de inmediato la pregunta sin respuesta: ¿se arrepintieron las demás
víctimas ante la inminencia de la muerte o se reafirmaron en su decisión? Por
eso, también, digo que el debate es imposible, porque solo tenemos un
testimonio.
Intenté conversar del tema con una persona cercana pero no lo conseguí. Me
dijo que no quería hablar de la muerte. Yo pensé que no se trataba de la
muerte, sino de la vida. En particular, de aborrecer la vida. Me explico: hay
un componente sociocultural que determina nuestra actitud básica ante la
muerte. Me refiero a esa serie de elementos emocionales y culturales por los
cuales un mexicano de Hidalgo, un bengalí de Dhaka y un español de Valladolid
(por poner dos ejemplos) tienen una actitud tan distinta respecto de la muerte.
Eso, creo yo, es lo que marca nuestros sentimientos en relación con la muerte
como hecho cotidiano, y sobre todo con la muerte de los otros. Ahora bien, la
voluntad expresa de dejar de vivir, que es de lo que se trata el suicidio, no
la relaciono directamente con la muerte. La idea que tengo es que el suicida
necesita acabar con esto, con la realidad que le rodea, con lo que está
experimentando día tras día. No creo que visualice su cadáver ni nada por el
estilo. Quiero pensar que no le interesa la muerte, sino más bien conseguir que
desaparezca todo lo que le atormenta. Como no es posible eliminar el tormento, no
le queda más remedio que hacerse desaparecer a sí mismo. Supongo.
Si no estoy muy desencaminado, ahí puede residir la clave del
arrepentimiento del superviviente: es posible que, por mil motivos, uno rechace
la existencia que lleva y llegue a desear que termine. Al mismo tiempo, es
igualmente posible que el instinto de conservación y el miedo innato y natural
a la muerte sigan ahí, muy presentes y muy fuertes. Me da la impresión de que
nadie, o casi nadie, se suicida con facilidad, o a la ligera, o sin motivos. Y
creo, o quiero creer, que nadie se suicida con total convicción.
* * *
Dos anécdotas vinculadas a esta historia:
1. Llegué a la película de los suicidios siguiendo las versiones de una
canción titulada Mad World, compuesta e interpretada en origen por Tears forFears. Alguien había creado un vídeo-resumen con fragmentos de la película y,
como música de fondo, había usado la versión de Gary Jules. Esa versión le iba
a resumen como anillo al dedo porque es muy triste y melancólica, y porque la
letra viene a ilustrar las imágenes (que no al revés). El problema es que ahora,
cada vez que la oigo se me aparece la imagen de Gene Sprague dejándose caer de
espaldas desde la barandilla del puente.
2. Los enlaces que salieron en YouTube, todos ellos relacionados con
suicidios, me llevaron a otro reportaje sobre el bosque de los suicidios en
Japón. Es una filmación que podría competir con muchísima ventaja con algunas
películas de miedo que he visto en los últimos años. La ventaja, como es de
suponer, es que todo lo que se cuenta es auténtico, incluidos los huesos.
martes, 1 de enero de 2013
Feliz año huevo
Mis deseos para el año huevo:
- Que sea posible seguir resistiendo la imposición de sistemas de seguimiento y vigilancia de la población.
- Que avance la lucha contra la creatividad entendida como a) factor productivo y b) ejercicio obligatorio de integración social.
- Que la creatividad genuina y el esfuerzo intelectual nos ayuden a esquivar "esa eterna inercia que, cierto día, llega a habitar en cada uno de nosotros y nos acompaña hasta el final" (F. Scott Fitzgerald).
jueves, 27 de diciembre de 2012
El autor novelado
No tenía yo muchas ganas de ir a aquella velada literaria. Hacía frío, llovía y no conocía a ninguno de los tres autores que anunciaba el cartel. Julia, organizadora y amiga mía, me había pedido por favor que fuera. No aspiraba a llenar el auditorio que le prestaba el colegio para estas veladas (iba ya por la tercera), pero sí pretendía que el número de asistentes fuera suficiente para justificar la presencia de los escritores, todos ellos más o menos conocidos en el mundillo literario local, y la continuidad de la serie.
Por las razones que fuesen, decidí seguir andando hacia el sur en lugar de desviarme hacia el este (o sea, camino a casa) y en muy poco tiempo, y con muy poca lluvia encima, llegué al colegio, previsiblemente desierto. Le pregunté al poli de la entrada lo que ya sabía, o sea, que dónde era la velada literaria.
--Auditorio, segundo piso --contestó sin mover un músculo de la cara.
--Gracias.
--Mm.
Julia estaba allí mismo, a la puerta, repartiendo vasitos de vino y zumo y señalando las galletitas, los bagels y la tabla de quesos. Adelante, adelante, gracias por venir, te presento a fulano, mengana y zutano, nombres que llegaban y casi al instante se desvanecían. ¿Cómo se llamaba el tipo de pelo blanco y aspecto de intelectual de película de Woody Allen? ¿Cómo se llamaba la mujer rubia de casi dos metros de altura con aspecto de torturar a sus amantes hasta el llanto? ¿Y aquel calvo regordete que no puede dejar de mirarla, ni de comer wheat thins con camembert? Ni idea. ¿Empezará pronto esto? Sí, ya iba a empezar. Habría como cuarenta personas allí, lo cual cubría con creces el cupo que esperaba Julia.
Me senté cerca de las primeras filas y a la derecha, solo pero rodeado por todas partes de desconocidos con nombres imposibles de memorizar. Julia tomó el micrófono, nos agradeció por enésima vez que hubiéramos venido, dio las gracias también a la directora del colegio y presentó al primer escritor, un puertorriqueño que escribía turbias novelas cargadas de sexo y delincuencia en el norte de Nueva York. Tras una breve introducción, leyó unos cuantos párrafos de la obra en la que estaba trabajando. Muy bien imbuidos de la doble moral americana, sus personajes hablaban en inglés pero insultaban en un sabroso español caribeño que me hizo reír un par de veces, ante la absoluta impasibilidad del resto del auditorio, que casi con seguridad era incapaz de entender las partes del diálogo que no estaban en inglés. Aplausos más o menos fruncidos, cambio de orador.
No recuerdo nada de la segunda escritora. Era una de estas personas traslúcidas que no generan emoción alguna ni logran llamar la atención por nada. Leyó algo, no recuerdo qué, con una voz monótona y sin contrastes, como si, en el colegio, el profesor le hubiera pedido que saliera al estrado y leyera a partir del segundo párrafo de la página 132. Aplausos anodinos y pasamos al tercer escritor.
El tercer escritor era Nick Flynn. Resumiré el aspecto de este hombre diciendo lo siguiente: cuando se acabaron la charla y los canapés y todos nos sentamos en el auditorio, Julia y sus tres invitados se quedaron al frente. Yo miré al puertorriqueño y a la mujer sin gracia y me dije: ah, estos son dos de los tres escritores. Luego miré a Flynn y de inmediato pensé: qué hace ahí ese tío.
Parece un vagabundo, pero por algún motivo indeterminado uno sabe que no es un vagabundo. Parece un drogadicto, pero su forma de estar y de comportarse indica con claridad que no lo es. También parece que está cansado, desencantado, desalentado, deprimido, pero en cuanto empieza a hablar uno constata que las apariencias engañan: Flynn está despierto y atento.
Leyó una parte de su libro Another bullshit night in suck city. No es una novela, sino una autobiografía en primera persona. Me impresionó mucho el fragmento y, cuando terminó la lectura, decidí comprar el libro allí mismo. Me acerqué a Nick, lo felicité por el libro y le pedí que lo firmara. Él escribió una dedicatoria que dice For Camilo con mucho gusto, así tal cual, mezclando el español con el inglés, lo cual me hizo mucha ilusión.
Me despedí de Julia, eché una última mirada a los personajes de película que pululaban por allí (el calvo regordete estaba contándole chistes a la mujer de dos metros ante la atenta y adusta mirada del intelectual) y volví feliz a casa con mi ejemplar personalizado debajo del brazo.
Pese a todo, uno sigue siendo como es, y el libro de Nick Flynn durmió el sueño de los justos al pie de mi cama durante tres años hasta que, esta primavera pasada, decidí abrirlo y hojearlo. Al igual que me había pasado con la lectura, aquel texto me interesó inmediatamente, y me puse a leer.
No es que haya leído muchas autobiografías en mi vida, pero esta es, sin duda ninguna, la más intensa, la más detallada y hasta me atrevería a decir la más dolorosa. No quiero dar muchos detalles porque cualquier cosa que explique aquí puede generar expectativas en el futuro lector. Me limitaré a plantear sucintamente la cuestión: Flynn nace en el seno de una familia pobre, muy pobre, de la costa este de los Estados Unidos. Su padre, inventor y buscavidas profesional, abandona muy pronto a su madre en busca de aventuras y negocios con sus amigos. Nick crece con su hermano y su madre en un barrio periférico de un pueblito de Nueva Inglaterra que es, en realidad, un aparcamiento de remolques. Sin conocer a su padre, pero fiel a su ejemplo ausente, Nick se convierte pronto en otro buscavidas y experimenta todo lo bueno y todo lo malo que la exclusión y la pobreza le tienen reservado.
La vida va pasando, con muchos trompicones, y termina por llevar al Nick adulto a Boston. Allí, en suck city, sin saber muy bien por qué, empieza a trabajar en un albergue para vagabundos y mendigos, el más grande de la ciudad. Un día, al revisar la lista de personas que han ingresado al albergue durante la noche, se topa con el nombre de su padre. En otras palabras: Flynn se encuentra con que su padre, del que no ha sabido apenas nada en los últimos 25 años, es un vagabundo de Boston que acude al mismo albergue en el que él trabaja como voluntario desde hace un par de años.
El libro reconstruye también, hasta cierto punto, la vida del padre de Flynn. Si tomáramos este argumento, más las biografías de estos dos hombres, como base para una novela de ficción, el planteamiento sería un poco descabellado, rayano en lo inverosímil. Sin embargo, el autor ha documentado todo lo que ha escrito: una vez más, la realidad supera a la ficción.
El texto se estructura como una colección de notas breves, diríase de páginas de diarios, que narran anécdotas vitales de uno de los dos hombres. No hay continuidad en el espacio ni en el tiempo: se pasa de una nota actual a otra de hace treinta años, y aun así, la ilación de la historia es excelente. Por ese mismo motivo, es fácil y cómodo de leer.
Cuando digo "fácil y cómodo", lo digo desde un punto de vista estrictamente mecánico. Lo que más me impresionó de este libro fue lo difícil que era seguir leyendo. Yo iba descubriendo todas aquellas anécdotas y, de forma automática, las iba colocando en el universo de la ficción. Al terminar cada sección tenía que recordarme a mí mismo: esto no es ficción, esto es una autobiografía y todo lo que se cuenta es lo que pasó, por más novelado que esté. La intensidad de la narración es propia del género de ficción: de ahí que yo tuviera que convencerme, paso a paso, de que no lo era.
Además, da la impresión de que Flynn no tiene inconveniente en relatar hasta los más íntimos detalles de su vida, y también de la de su padre y el resto de su familiar. Es una especie de nudismo literario que, para mí, resulta bastante obsceno y, por lo mismo, un poco violento. Entiendo que el problema es mío, por supuesto, y que la obscenidad, en este caso, está en mi cabeza porque lo que narra el autor es algo real, algo que sucedió de verdad. Por lo tanto, no habría motivo para ocultarlo. Aun así, la sensación está ahí y permanece.
En su momento, Another bullshit night in suck city fue superventas en los Estados Unidos y, no hace mucho, se convirtió en película, protagonizada nada menos que por Robert De Niro. No la he visto, pero estoy convencido de que a De Niro le va de perlas el papel de Flynn padre.
Uno de los temas del libro es el cuidado y la atención de los enfermos mentales en los Estados Unidos. Ese tema, muy controvertido, debería ser el principal en los debates que ha suscitado la reciente masacre de niños en Connecticut. Por desgracia, la atención médica de esos enfermos no ha conseguido abrirse paso entre la espesura del debate de las armas, que en mi opinión es secundario. Pero ese es tema para otra entrada.
Por las razones que fuesen, decidí seguir andando hacia el sur en lugar de desviarme hacia el este (o sea, camino a casa) y en muy poco tiempo, y con muy poca lluvia encima, llegué al colegio, previsiblemente desierto. Le pregunté al poli de la entrada lo que ya sabía, o sea, que dónde era la velada literaria.
--Auditorio, segundo piso --contestó sin mover un músculo de la cara.
--Gracias.
--Mm.
Julia estaba allí mismo, a la puerta, repartiendo vasitos de vino y zumo y señalando las galletitas, los bagels y la tabla de quesos. Adelante, adelante, gracias por venir, te presento a fulano, mengana y zutano, nombres que llegaban y casi al instante se desvanecían. ¿Cómo se llamaba el tipo de pelo blanco y aspecto de intelectual de película de Woody Allen? ¿Cómo se llamaba la mujer rubia de casi dos metros de altura con aspecto de torturar a sus amantes hasta el llanto? ¿Y aquel calvo regordete que no puede dejar de mirarla, ni de comer wheat thins con camembert? Ni idea. ¿Empezará pronto esto? Sí, ya iba a empezar. Habría como cuarenta personas allí, lo cual cubría con creces el cupo que esperaba Julia.
Me senté cerca de las primeras filas y a la derecha, solo pero rodeado por todas partes de desconocidos con nombres imposibles de memorizar. Julia tomó el micrófono, nos agradeció por enésima vez que hubiéramos venido, dio las gracias también a la directora del colegio y presentó al primer escritor, un puertorriqueño que escribía turbias novelas cargadas de sexo y delincuencia en el norte de Nueva York. Tras una breve introducción, leyó unos cuantos párrafos de la obra en la que estaba trabajando. Muy bien imbuidos de la doble moral americana, sus personajes hablaban en inglés pero insultaban en un sabroso español caribeño que me hizo reír un par de veces, ante la absoluta impasibilidad del resto del auditorio, que casi con seguridad era incapaz de entender las partes del diálogo que no estaban en inglés. Aplausos más o menos fruncidos, cambio de orador.
No recuerdo nada de la segunda escritora. Era una de estas personas traslúcidas que no generan emoción alguna ni logran llamar la atención por nada. Leyó algo, no recuerdo qué, con una voz monótona y sin contrastes, como si, en el colegio, el profesor le hubiera pedido que saliera al estrado y leyera a partir del segundo párrafo de la página 132. Aplausos anodinos y pasamos al tercer escritor.
El tercer escritor era Nick Flynn. Resumiré el aspecto de este hombre diciendo lo siguiente: cuando se acabaron la charla y los canapés y todos nos sentamos en el auditorio, Julia y sus tres invitados se quedaron al frente. Yo miré al puertorriqueño y a la mujer sin gracia y me dije: ah, estos son dos de los tres escritores. Luego miré a Flynn y de inmediato pensé: qué hace ahí ese tío.
Parece un vagabundo, pero por algún motivo indeterminado uno sabe que no es un vagabundo. Parece un drogadicto, pero su forma de estar y de comportarse indica con claridad que no lo es. También parece que está cansado, desencantado, desalentado, deprimido, pero en cuanto empieza a hablar uno constata que las apariencias engañan: Flynn está despierto y atento.
Leyó una parte de su libro Another bullshit night in suck city. No es una novela, sino una autobiografía en primera persona. Me impresionó mucho el fragmento y, cuando terminó la lectura, decidí comprar el libro allí mismo. Me acerqué a Nick, lo felicité por el libro y le pedí que lo firmara. Él escribió una dedicatoria que dice For Camilo con mucho gusto, así tal cual, mezclando el español con el inglés, lo cual me hizo mucha ilusión.
Me despedí de Julia, eché una última mirada a los personajes de película que pululaban por allí (el calvo regordete estaba contándole chistes a la mujer de dos metros ante la atenta y adusta mirada del intelectual) y volví feliz a casa con mi ejemplar personalizado debajo del brazo.
Pese a todo, uno sigue siendo como es, y el libro de Nick Flynn durmió el sueño de los justos al pie de mi cama durante tres años hasta que, esta primavera pasada, decidí abrirlo y hojearlo. Al igual que me había pasado con la lectura, aquel texto me interesó inmediatamente, y me puse a leer.
No es que haya leído muchas autobiografías en mi vida, pero esta es, sin duda ninguna, la más intensa, la más detallada y hasta me atrevería a decir la más dolorosa. No quiero dar muchos detalles porque cualquier cosa que explique aquí puede generar expectativas en el futuro lector. Me limitaré a plantear sucintamente la cuestión: Flynn nace en el seno de una familia pobre, muy pobre, de la costa este de los Estados Unidos. Su padre, inventor y buscavidas profesional, abandona muy pronto a su madre en busca de aventuras y negocios con sus amigos. Nick crece con su hermano y su madre en un barrio periférico de un pueblito de Nueva Inglaterra que es, en realidad, un aparcamiento de remolques. Sin conocer a su padre, pero fiel a su ejemplo ausente, Nick se convierte pronto en otro buscavidas y experimenta todo lo bueno y todo lo malo que la exclusión y la pobreza le tienen reservado.
La vida va pasando, con muchos trompicones, y termina por llevar al Nick adulto a Boston. Allí, en suck city, sin saber muy bien por qué, empieza a trabajar en un albergue para vagabundos y mendigos, el más grande de la ciudad. Un día, al revisar la lista de personas que han ingresado al albergue durante la noche, se topa con el nombre de su padre. En otras palabras: Flynn se encuentra con que su padre, del que no ha sabido apenas nada en los últimos 25 años, es un vagabundo de Boston que acude al mismo albergue en el que él trabaja como voluntario desde hace un par de años.
El libro reconstruye también, hasta cierto punto, la vida del padre de Flynn. Si tomáramos este argumento, más las biografías de estos dos hombres, como base para una novela de ficción, el planteamiento sería un poco descabellado, rayano en lo inverosímil. Sin embargo, el autor ha documentado todo lo que ha escrito: una vez más, la realidad supera a la ficción.
El texto se estructura como una colección de notas breves, diríase de páginas de diarios, que narran anécdotas vitales de uno de los dos hombres. No hay continuidad en el espacio ni en el tiempo: se pasa de una nota actual a otra de hace treinta años, y aun así, la ilación de la historia es excelente. Por ese mismo motivo, es fácil y cómodo de leer.
Cuando digo "fácil y cómodo", lo digo desde un punto de vista estrictamente mecánico. Lo que más me impresionó de este libro fue lo difícil que era seguir leyendo. Yo iba descubriendo todas aquellas anécdotas y, de forma automática, las iba colocando en el universo de la ficción. Al terminar cada sección tenía que recordarme a mí mismo: esto no es ficción, esto es una autobiografía y todo lo que se cuenta es lo que pasó, por más novelado que esté. La intensidad de la narración es propia del género de ficción: de ahí que yo tuviera que convencerme, paso a paso, de que no lo era.
Además, da la impresión de que Flynn no tiene inconveniente en relatar hasta los más íntimos detalles de su vida, y también de la de su padre y el resto de su familiar. Es una especie de nudismo literario que, para mí, resulta bastante obsceno y, por lo mismo, un poco violento. Entiendo que el problema es mío, por supuesto, y que la obscenidad, en este caso, está en mi cabeza porque lo que narra el autor es algo real, algo que sucedió de verdad. Por lo tanto, no habría motivo para ocultarlo. Aun así, la sensación está ahí y permanece.
En su momento, Another bullshit night in suck city fue superventas en los Estados Unidos y, no hace mucho, se convirtió en película, protagonizada nada menos que por Robert De Niro. No la he visto, pero estoy convencido de que a De Niro le va de perlas el papel de Flynn padre.
Uno de los temas del libro es el cuidado y la atención de los enfermos mentales en los Estados Unidos. Ese tema, muy controvertido, debería ser el principal en los debates que ha suscitado la reciente masacre de niños en Connecticut. Por desgracia, la atención médica de esos enfermos no ha conseguido abrirse paso entre la espesura del debate de las armas, que en mi opinión es secundario. Pero ese es tema para otra entrada.
sábado, 3 de noviembre de 2012
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