viernes, 22 de noviembre de 2013

Sin indicios de sufrimiento

Este vagabundo que pasea por la estación central y sus alrededores tiene un aspecto de lo más normal. No diría distinguido, pero sí digno y correcto. Hay que fijarse un poco para apreciar el desgaste excesivo de la ropa en algunos puntos, las cicatrices de las manos, los objetos extraños que porta en el maletín de ruedas, por lo demás de aspecto tan profesional. Y luego está, por supuesto, la forma en que se comunica con nosotros, con el resto del mundo.

Porque como tantos vagabundos de la ciudad, este señor necesita, entre otras muchas cosas, atención psiquiátrica.

Si uno tiene la mala suerte de cruzarte con su mirada, este vagabundo abrirá desmesuradamente los ojos y dará por iniciada la comunicación con el desventurado ser humano que lo miró. Es una mirada que te atraviesa de parte a parte, te da la vuelta como un calcetín y te incita a decir algo, quizá a saludar. Pero antes de que uno pueda reaccionar llega el improperio. Por ejemplo:

-Todo el puto día batallando para tener que cruzarme ahora con tu cara de imbécil -dice, tranquilo, con una voz de trueno.

En ese momento, uno puede cometer muchos errores. Por ejemplo, volverse y contestar. O seguir mirando. Entonces la tormenta arrecia.

-No, no te pares ahí -dirá el vagabundo agitando levemente una mano que intenta expulsar al advenedizo-, hueles a mierda que apestas. Lárgate y déjame en paz.

Si uno quiere sentir la violencia de toda la artillería pesada de este hombre, no tiene más que quedarse quieto. Poco a poco irá surgiendo una buena retahíla de perlas dedicadas al amor fraterno, la filantropía y la buena vecindad.

-¿Tú eres el cabrón que se caga en las papeleras? Sí, tienes toda la pinta de cagarte en las papeleras. Se te ve capaz, y hueles a mierda, y también a papelera. Bueno, lárgate de una vez y déjame en paz, que se me revuelve el estómago de verte y olerte. Ve al hospital a que te laven bien, hijo de perra. Y deja de cagarte donde comemos los demás, enfermo del demonio.

A continuación, el vagabundo reanuda su camino en espiral hacia ninguna parte, digno y correcto, con su maletín lleno de envases que otros no apuraron. Sin indicios de sufrimiento.


jueves, 31 de octubre de 2013

El soldado Dos Passos

A mi difunta abuela, nacida en 1907, le gustaba contar que, cuando era niña, su padre colgó un enorme mapa a todo color del Benelux en el salón de la casa familiar. El doctor, una de las eminencias de aquella población provinciana, compró chinchetas de colores y, siguiendo las noticias de la radio, empezó a colocar banderitas que indicaban las posiciones de los ejércitos que luchaban en la guerra de trincheras de la contienda mundial. Mi abuela, con sus ocho o nueve años, observaba aquello como si fuera un juego. Veinte años después le tocó vivir una guerra de verdad, una guerra en la que perdió a parte de su familia, incluido su marido y padre de sus cinco hijos.

Por algún punto de aquel mapa que mi bisabuelo recorría con el dedo ante la atenta mirada de mi abuela avanzaban renqueando entre el barro y las ruinas dos ambulancias del ejército estadounidense. Una la conducía Ernest Hemingway, que después escribió A farewell to arms (adiós a las armas) basándose en esa experiencia. La otra la llevaba el que luego sería su amigo, John Dos Passos.

A Hemingway lo conocemos casi todos. A Dos Passos no tanto, y eso que escribió mucho, y escribió probablemente mejor que su amigo. Sin embargo, el segundo nunca consiguió alcanzar las cotas de popularidad del primero, e incluso sus coterráneos estadounidenses lo tienen un poco arrinconado. Cuando les preguntas por Dos Passos, te responden con cierto desdén, o más bien con indiferencia. Algunos ni siquiera lo conocen, o piensan que era extranjero. En la biblioteca pública, las obras completas de Hemingway tienen una demanda impresionante, mientras que las de Dos Passos suelen estar disponibles.

Piensa uno entonces: ¿no decía el propio Hemingway que su amigo John escribía mejor que él?¿A qué se debe esta aparente injusticia?

Una lectura rápida de cualquier biografía de Dos Passos (incluida la de la Wikipedia) nos da la pauta: es por motivos políticos. En su juventud, Dos Passos fue un socialista convencido, por lo cual no les cae simpático a los estadounidenses de derechas. En su madurez, y después de muchas vueltas y revueltas, su ideología viró hacia la derecha liberal tradicional y se consagró a la defensa a ultranza de las libertades individuales como única garantía de paz social, por lo que los americanos izquierdosos lo consideran un traidor. En cualquier parte del mundo, esa deriva ideológica convierte a su protagonista en carne de cañón, pero es que aquí, en el país de las etiquetas, es un pecado imperdonable. Dicho esto, vamos con la cosa literaria.

La segunda novela de guerra de John Dos Passos se titula Three Soldiers (tres soldados). Empieza en los Estados Unidos, durante la etapa de reclutamiento de tropas para la primera guerra mundial. Tres muchachos de orígenes muy diversos se conocen durante la instrucción, en uno de los campamentos militares que creó ad hoc el ejército por aquel entonces. Los tres se embarcaron en uno de aquellos transatlánticos que cruzaban el océano rumbo a Europa cargados de chavales de 18 años, y volvían con los tullidos, los amputados y las notas de pésame para las familias. Una vez en Francia, los tres amigos son destinados a batallones diferentes y se separan. Dos de ellos llegan a distintos puntos del frente y viven el infierno de las trincheras, y uno se queda en los servicios de la retaguardia.

[Por cierto, al hilo del ambiente de la guerra de trincheras, una de las mejores cosas que he leído al respecto es una novela del periodista inglés Sebastian Faulks titulada Birdsong. Aparte de ser un dramón, la segunda parte cuenta la historia verídica de una unidad muy especial del ejército británico: la que se dedicaba a excavar túneles en el frente para tratar de colocar minas debajo de las trincheras de los alemanes. Por supuesto los alemanes también tenían unidades parecidas y a veces se encontraban durante el avance, con las consiguientes batallas subterráneas.]

Al final de la guerra, los tres soldados llegan a París por separado. Los ejércitos aliados tenían el mandato de invadir varias partes de Alemania y mantener el control de las zonas limítrofes de Francia, Bélgica y Holanda durante un tiempo indeterminado. Los tres amigos se ven, se hablan, pero no pueden volver a estar juntos. Tampoco los desmovilizan: tienen que seguir trabajando gratis, obedeciendo las órdenes absurdas de oficiales aburridos y caprichosos que se han quedado sin guerra y tampoco pueden volver a casa.

Uno de los tres soldados pide un permiso para estudiar música en la universidad. Tras muchas peripecias lo consigue y puede empezar a vivir con más holgura. Conoce a una familia acomodada de París que le presta un piano para practicar y componer. En cierto momento, una serie de infortunadas coincidencias le hacen caer de nuevo en los engranajes de la disciplina militar, los trabajos forzados y la vida cuartelaria. Y hasta ahí puedo leer.

Si uno conoce la vida de John Dos Passos, hasta ahí no es difícil afirmar que Three Soldiers es una novela muy autobiográfica. El personaje principal, el que estudia en la Sorbona, es él, sin ningún género de duda. Podríamos decir que se le ve el plumero de puro realismo. No estudió música, sino literatura, pero todo el proceso para llegar ahí es prácticamente igual. La única diferencia es que Dos Passos ya estaba en Europa y se presentó voluntario para ir a la guerra como conductor de ambulancia, mientras que su personaje es reclutado y hace la instrucción en Estados Unidos.

El desenlace de la historia, que no voy a contar, es otro elemento ficticio de la historia y, al igual que la primera parte, carece de garra. En todo caso, en esta novela de juventud, que no es gran cosa desde el punto de vista narrativo, lo que importa son las descripciones intensísimas de la experiencia de Dos Passos en la carnicería que fue la guerra de trincheras y, al mismo tiempo, su fascinación sin límites por el modo de vida francés. El contraste brutal entre esos dos mundos es sin duda lo mejor del libro. Three Soldiers es también un alegato contra el ejército como concepto de organización humana y plantea reflexiones muy interesantes sobre los efectos psicológicos de las relaciones jerárquicas propias de esa institución. También es una ventana abierta a las ideas que bullían en las mentes de los jóvenes de principios del siglo XX: socialismo, comunismo, anarquismo, fascismo eran conceptos que todo el mundo conocía y distinguía sin dificultad, ideas que aún no estaban vencidas por el peso de las interpretaciones y aplicaciones prácticas que se les dieron a lo largo de los decenios siguientes.

En Three Soldiers, Dos Passos sufre, y sufre mucho. Se nota que sufre escribiendo, sufre recordando, sufre tratando de explicar lo que sintió durante aquellos años en Europa. A lo largo de toda la novela, que no es corta precisamente, hace todo lo que puede por plasmar una imagen fiel de lo que lleva dentro. Eso sí, aunque el ambiente general está bien logrado y tanto las descripciones como las reflexiones internas tienen un inmenso valor, los personajes se le quedaron flojos. En su siguiente novela, la legendaria Manhattan Transfer, los personajes son rotundos, espléndidos, arquetípicos, probablemente porque en esta, escrita cuatro años después, Dos Passos se permite unas libertades que no se permitió en 1921: párrafos de monólogo interior en medio de un narrador omnisciente, secciones mínimas que son casi como nuestros actuales microcuentos, neologismos, onomatopeyas y composición de palabras por doquier, etc.

Es la diferencia entre un escritor que busca, experimenta y sufre (el de Three Soldiers) y un escritor que ha encontrado su voz a base de experimentar y sufrir (el de Manhattan Transfer).

viernes, 25 de octubre de 2013

Fuera



Siempre fuera
            siempre ausente

sin moverme
            sin
                        moverme

                        días
            que se hacen años

años
            sin moverme
                        de esta ausencia
            residente

hasta que todo
            deviene ajeno

hasta que
            la memoria
                        cansada de esperar
            cansada
                        de anhelar
niega el presente.


martes, 15 de octubre de 2013

Los límites de la creatividad

Hay quien dice que es imposible crear algo genuino, puesto que es de hecho imposible abarcar todas las lecturas, todas las disciplinas, todos los estilos. La creatividad no se puede consagrar con éxito a más de una cosa a la vez, así como tampoco es posible estar en más de un sitio a la vez o vivir más vidas que la que nos ha tocado.

Para destacar en algo hay que ser constante, sacrificar una buena parte de la existencia a ese algo. Al mismo tiempo, hay que renunciar: si uno decide consagrarse a A, eso implica necesariamente renunciar a B, C, D, E, F, y así hasta el infinito.

La angustia que conlleva esa decisión, y la desesperación de no poder multiplicarse para abarcar todo lo que acarrea el impulso creativo, son temas fundamentales de las novelas que estoy leyendo estos días.
An idea comes into your head, and you feel it grow stronger and stronger and you can't grasp it; you have no means to express it. It's like standing on a street corner and seeing a gorgeous procession go by without being able to join it, or like opening a bottle of beer and having it foam all over you without having a glass to pour it into."
Genevieve burst out laughing.
"But you can drink from the bottle, can't you?" she said, her eyes sparkling.
"I'm trying to," said Andrews.

"Te viene una idea a la cabeza y notas que se va haciendo cada vez más fuerte y que no la puedes abarcar; no tienes forma de expresarla. Es como estar en la calle, en una esquina, y ver pasar una procesión maravillosa pero en la que no puedes participar, o como abrir una botella de cerveza y que se te vaya toda la espuma y no tener un vaso para verterla."
Genevieve se echó a reír a carcajadas.
"Pero puedes beber de la botella, ¿no?" dijo con ojos achispados.
"Lo intento", dijo Andrews. (Traducción mía.)
 Three soldiers, John Dos Passos

viernes, 11 de octubre de 2013

Broadway-Lafayette

-¿¡Es que nadie va a hacer nada!?

Los ojos desorbitados, el semblante contraído, lágrimas que le surcan las mejillas, camina sin rumbo, nos habla a todos pero no habla con nadie. Se marcha escaleras arriba.

En la estación de metro de Broadway-Lafayette hay muchísima gente, como de costumbre a estas horas de la tarde. Unos caminan tranquilos, otros se vuelven a mirar al fondo del andén. El fondo del andén. De allí venía la mujer llorosa. Algo, alguien al fondo del andén. Hay caras que saben, hay caras que intuyen, hay quien trata de averiguar. Hay quien se encoge de hombros.

Llega un tren. Se abren las puertas, entra gente, sale gente. Al fondo, al fondo del andén alguno se queda quieto, mirando al suelo, mirando entre las piernas de un corro de personas. Una mujer observa un momento, se vuelve de inmediato con una mueca de dolor en el rostro y camina ligera, casi corre, hacia las escaleras. Un hombre mayor se aleja con lentitud y sacude la cabeza.

Allá, al fondo del andén, alguien recula, paso a paso, muy despacio, y enjuga una lágrima. Apoya la pared en una viga de acero, se encoge, aprieta un puño contra la boca y cierra los ojos. Hay otro que saca el teléfono y hace una foto.

-No sé, supongo -le dice con tono exasperado un hombre a su pareja al pasar junto a mí.

Me acerco un poco.

Al pie de una escalera, entre azulejos ennegrecidos por el polvo y vigas mil veces repintadas, veo un bulto bastante voluminoso que reposa en el suelo, rodeado por dos docenas de pies y piernas.

-¿¡Han pedido ayuda o no!? -surge un grito, una queja, una súplica. Hay dos, tres personas inclinadas sobre el bulto, quizá de rodillas, apenas visibles, como sombras.

Llega otro tren. Se abren las puertas. De los que se bajan del tren y se topan con el corro hay quien blasfema, hay quien invoca a Dios. Otros se quedan mirando y el corro crece. Otros miran un momento, se vuelven y se marchan.

Me acerco más.

Veo a la mujer que está de rodillas, aplicando el masaje cardiorrespiratorio al hombre que yace inerte en el andén. Agotada, se aparta y le pide a una segunda que continúe. Hay tres mujeres arrodilladas atendiendo al hombre.

-¿Probamos ahora? -pregunta la tercera. La segunda asiente y entre las dos practican el boca a boca a aquel corpachón enorme que sigue sin dar señales de vida. Una, dos, tres. Las manos de la mujer parecen hundirse en el enorme pecho, que no ofrece resistencia alguna: parece de goma. Cuatro, cinco, seis. Alguien pide más espacio, den un paso atrás, por favor. Siete, ocho, nueve, diez. No hay pulso, dice la primera mujer sujetando la muñeca del hombre. Se incorpora con la cara congestionada y grita, grita con una voz que no es estridente, pero tiene un tono desesperado que proyecta sus palabras como un disparo por toda la estación.

-¿¡Pero han llamado ya a la ambulancia!?

Reacciono. Me doy la vuelta y corro escaleras arriba. Preparo el teléfono: en los túneles no hay cobertura, tengo que salir a la calle. No. No hace falta. Ahí vienen. Vienen por fin los camilleros con el equipo de reanimación. Pasan volando junto a mí. ¿Cuánto habrán tardado? Cuatro minutos, quizá cinco. En el andén, una eternidad. Una vida entera.

Espero un rato junto a la entrada. No vuelven. Espero un poco más.

Salgo a la calle. No es mi parada, solo estaba haciendo un transbordo.

Pero tengo que salir a la calle.

jueves, 10 de octubre de 2013

Pockets full of stones



El 28 de marzo de 1941, mientras una guerra monstruosa despedazaba medio mundo, Virginia se puso el abrigo, llenó los bolsillos de piedras y se adentró en las oscuras aguas del río que pasaba frente a su casa.

No encontraron su cadáver hasta el 18 de abril.

En casa dejó una nota para su marido Leonard:

 «Querido mío, tengo la certeza de que estoy enloqueciendo de nuevo. Siento que no podríamos superar otra de esas épocas terribles. Y esta vez no me voy a recuperar. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que voy a hacer lo que parece que será lo mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido, en todas las cosas, todo lo que nadie podría haber sido. No creo que haya habido dos personas más felices hasta que llegó esta enfermedad terrible. Ya no puedo luchar más. Sé que te estoy arruinando la vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás ya lo sé. Mira ni siquiera puedo escribir esto como es debido. No puedo leer. Lo que quiero decir es que toda la felicidad de mi vida te la debo a ti. Has sido absolutamente paciente e increíblemente bueno conmigo. Quiero decir que... todo el mundo lo sabe. Si hubiera habido alguien capaz de salvarme, habrías sido tú. Todo se me ha ido, excepto la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir arruinándote la vida. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros. V.» (Mi traducción, aquí está el original:)

 (Dearest, I feel certain that I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don't think two people could have been happier till this terrible disease came. I can't fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can't even write this properly. I can't read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that—everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can't go on spoiling your life any longer. I don't think two people could have been happier than we have been. V.)

Setenta años después, el 23 de agosto de 2011, Florence Welch y su grupo musical dedicaron esta canción a la escritora suicida. Me parece un magnífico y hermoso homenaje.



lunes, 30 de septiembre de 2013

Dos Passos, Hemingway y una forma muy rara de escribir la historia



Este verano, mi asesora de lectura veraniega me planteó un nuevo reto. En lugar de leer una novela, propuso un libro de historia sobre dos escritores, a saber, John Dos Passos y Ernest Hemingway. Acepté el reto y me lo zampé, de lo cual me alegro mucho, a pesar de todos los pesares que, por supuesto, enumero más adelante.

El libro en cuestión se titula La ruptura: Hemingway, Dos Passos y el asesinato de José Robles. El autor es Stephen Koch. La premisa básica que plantea es la siguiente: en los años treinta, Ernest Hemingway y John Dos Passos, dos famosos escritores y periodistas estadounidenses, comparten no solo la profesión, sino una gran amistad personal y también una pasión muy concreta: España. En los primeros meses de la guerra civil, el misterioso asesinato de un amigo común, José Robles, hace aflorar sus diferencias políticas y destruye para siempre su amistad.

Robles, exiliado político español, era profesor de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore y traductor al español de Dos Passos y Sinclair Lewis. Al inicio de la guerra civil, acepta un cargo político-militar en el gobierno de la república. Meses después es secuestrado en su casa de Valencia y desaparece para siempre. Se supone que una milicia no identificada lo arrestó y lo ejecutó, pero nunca se ha sabido exactamente quién componía esa milicia y qué motivos tenía para ejecutarlo. Cuando los dos escritores supieron que había sido asesinados, Hemingway aceptó el hecho afirmando que en una guerra suceden esas cosas (lo que hoy día llamaríamos “efectos colaterales”), mientras que Dos Passos se indignó ante lo que consideró un asesinato más de las purgas estalinistas.

Una vez planteada esa premisa, Koch empieza a contarnos la vida de Hemingway y Dos Passos a partir de sus agradables estancias en París, unos años antes de que empezara el conflicto español. En la primera página, esos dos protagonistas se convierten en “Hem” y “Dos”, respectivamente, porque según el autor esos eran los apelativos cariñosos que usaban sus allegados. Es posible que Koch, después de tantos metido entre sus papeles, se considere allegado de los dos, pero esa decisión inicial anticipa una tendencia general del libro: nos vamos a meter de cabeza en la vida íntima de Dos Passos y Hemingway.

Koch no describe, sino que novela, y con maestría, la vida de los escritores y de su entorno personal y profesional antes, durante y después de la guerra civil española. Cuando reconstruye escenas y diálogos concretos, uno tiene la sensación de estar allí delante, a escasos metros de aquellas grandes figuras históricas, en los escenarios míticos de Madrid, Valencia, Barcelona, Florida, Nueva York y París durante los años treinta. Koch es un excelente narrador y sabe cómo atrapar al lector en una atmósfera realista y verosímil.

El problema es que el mismo autor alega que este libro es de carácter científico y estrictamente histórico. El aparato crítico que lo acompaña es, en efecto, formidable pero entonces cabe preguntarse cómo es posible, desde esa perspectiva estrictamente histórica, reconstruir todos esos diálogos personales, a veces íntimos; cómo se puede revivir cada escena y describir incluso los movimientos de los personajes por la habitación de un hotel, como quien se refiere a un movimiento de tropas (debidamente documentado) durante una batalla.

La respuesta es que Koch utiliza su espléndida técnica narrativa para presentar los hechos más llamativos, los que mejor sustentan sus hipótesis. En ocasiones, la estructura de este libro me ha recordado la clásica estructura descriptiva-narrativa de los reportajes seudocientíficos que han inundado las cadenas de televisión de todo el mundo y que gozan de una enorme popularidad: primero se plantea una premisa sorprendente o llamativa (“¡tiburones asesinos!”, “¡los misterios del zigurat perdido!”). Después se alimentan las expectativas de los espectadores con una buena dosis de datos circunstanciales, normalmente mezcla de creencias populares y datos científicos comprobados. Esto se adereza con varios casos reales (entrevistas y grabación sobre el terreno) que tengan que ver con el tema de que se trate, aunque sea tangencialmente. Por último, se suele llegar a la conclusión de que el misterio o el peligro siguen ahí, con lo cual las expectativas de los espectadores quedan intactas. 

No quiero decir con esto que Koch sea tan superficial como lo son, en general, esos reportajes, ni que utilice datos seudocientíficos. Lo que pretendo decir es que utiliza esa misma estructura, pero tenemos la inmensa suerte de que los datos circunstanciales y los casos reales, numerosísimos y variadísimos en este libro, están narrados con un estilo atractivo e impecable. Si uno se olvida del rigor científico y de la necesaria relación causa-efecto, el libro es una auténtica joya, un mosaico de anécdotas sobre Hemingway (sobre todo), Dos Passos (no tanto) y la guerra civil española que llega a emocionar.

Ahora bien, si uno pretende llegar a alguna parte en el ámbito científico-histórico, este libro puede resultar exasperante. En no pocas ocasiones el autor desestima la información de sus fuentes con argumentos indemostrables que van muy bien con la premisa inicial pero no tanto con el rigor investigador. Me refiero a las numerosas veces en las que, después de aludir a una cita histórica o a un extracto de una carta, opina que lo que decía el personaje en cuestión no coincidía con lo que en realidad pensaba, o que disimulaba o mentía. El uso interesado de las citas también es preocupante, puesto que indica cierto sesgo que puede afectar no solo al anecdotario que sustenta las hipótesis principales del libro, sino también a esas hipótesis propiamente dichas. Por ejemplo, en la página 69 dice (cito la traducción de Nuria Barroso, que es la que pude leer):

“Puedes escribir tan bien que me da miedo”, se regocijaba Hem en una carta a Dos tras leer 1919, y era cierto; párrafo tras párrafo, Dos Passos escribía tan bien o incluso mejor que cualquier escritor de su época.

Uno entiende que aquí el autor quiere poner de relieve cierto grado de competencia o envidia (probablemente sana) entre los autores. No tiene nada de particular. Ahora bien, en cuanto la leí, tuve la sensación de que ya la había leído. Retrocedí un poco y, en efecto, encontré la cita completa veinte páginas más atrás, pero en un contexto totalmente diferente:

“Puedes escribir tan bien que me da miedo que te pase algo.”

La cita de la página 69 está cortada y sacada de contexto, porque a Hemingway no le da miedo la calidad literaria de Dos Passos, sino la posibilidad de que deje de escribir por algún motivo y se pierda ese talento. ¿Es aceptable usar la misma cita, recortada a voluntad, para ilustrar dos ideas distintas? A mí me parece que no. Este es el tipo de cosas por las que el libro de Koch huele un poco a chamusquina.

Se queda uno, pues, con la impresión de que en realidad el autor quería escribir una novela, no un libro de investigación. Tiene un montón de historias que contar, tiene un estilo narrativo excelente y quiere que los hechos históricos avalen a toda costa su versión de los hechos, para lo cual va eligiendo los que le conviene y apartando o ajustando los que no. La labor de investigación, que en efecto es ingente (basta echar un vistazo por encima a la bibliografía y las notas) queda así algo deslucida por la actitud selectiva que adopta Koch para que ninguna de sus ideas sufra batacazos en ningún momento.

Este peculiar rasgo del libro se torna muy evidente cuando Koch habla de los dos escritores, sus personalidades y sus ideas políticas. Uno se lleva la impresión de que el autor conoce a Hemingway y a Dos Passos mejor que sus madres. Al tratarlos con esa familiaridad, lo que hace es dejar a la vista de los lectores sus propias afinidades, fobias y manías, con toda seguridad han ido aflorando durante todos esos años de investigación y búsqueda de datos. Hemingway es, para Koch, un personaje hedonista y egocéntrico con una necesidad compulsiva de éxito y reconocimiento, un tipo más o menos descerebrado e influenciable de cuya vanidad se valieron diversas fuerzas políticas para promoverse y hacerse publicidad. Hemingway es, sin duda, la obsesión de Koch, mientras que Dos Passos representa un papel secundario en el libro y sirve sobre todo para contrastar sus actitudes, siempre moderadas y reflexivas, con las de su amigo, a menudo impulsivas y desatinadas. 

En la parte política tenemos una estructura similar: todo lo que, de una u otra manera, tiene su origen o inspiración en la Unión Soviética y el Frente Popular es sinónimo de conspiración, maldad, fracaso, traición y muerte. Según Koch, es la Unión Soviética (o más bien la tendencia estalinista de la Unión Soviética) la que asesina a José Robles por saber demasiado; es la Unión Soviética la que se aprovecha de los dos escritores y acaba por enemistarlos; es la Unión Soviética, de hecho, la culpable de que la guerra civil española fuera como fue. En contraste, Franco y las tropas sublevadas solo aparecen en el libro como aparecería un huracán o un terremoto, es decir, como un factor políticamente neutro que se limitaba a estar allí y a avanzar inexorablemente hacia el otro bando. La influencia política de las otras potencias, incluidas la de los Estados Unidos, el Reino Unido y las fuerzas fascistas de Alemania e Italia, brilla por su ausencia: es como si no existieran.

En resumen, tengo la impresión de que este libro es un inmenso esfuerzo por demostrar las premisas iniciales. En ese esfuerzo, la obra gana en lo literario, pero pierde en rigor histórico porque el autor va etiquetando a todos los personajes y valorando todos los hechos. Así, niega al lector la posibilidad de juzgar libremente y extraer sus propias conclusiones sobre los procesos que no están claros o sobre los que no hay información suficiente. Además, al construir personajes casi literarios en lugar de describir los actos y los dichos de los personajes históricos, predispone al lector y lo obliga a ver a Hemingway y a Dos Passos a través de sus ojos.

Al cerrar el libro, me quedé con la impresión de que Koch debería haber escrito una novela en lugar de un análisis histórico. Bastaría con haber explicado a los lectores que la obra se basaba en datos históricos pero que, a fin de cuentas, lo que le importaba era exponer sus ideas y sentimientos respecto de Ernest Hemingway, sus obras y su tiempo. De esa manera, esas ideas, sentimientos y convicciones no habrían chocado con los datos contrastables y habría podido caracterizado a sus personajes como le hubiera dado la gana (que es lo que ha hecho, a fin de cuentas). En una historia novelada, y con otro título, uno comprendería mejor, entre otras cosas, por qué en la segunda mitad el libro se convierte en una detalladísima biografía de Ernest Hemingway que se aleja cada vez más de la guerra civil española, de John Dos Passos, del asesinato de José Robles y de todo lo demás hasta el punto de culminar, 22 años después del fin de la contienda española y 24 después de ese asesinato, con el suicidio del escritor.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Ciencia ficción a medida

Las ilustraciones de Simon Stalenhag me recuerdan mis "lecturas" de hace 30 años: Comix, Cimoc, El Víbora, 1984 y muchos más. Teníamos que esconder todos esos comics porque nuestros padres los consideraban impropios de jovencitos como nosotros. Y claro, nosotros los coleccionábamos y los releíamos sin cansarnos nunca.
Stalenhag, al igual que los maestros de aquella época (Vicente Segrelles, Jean Giraud-Moebius) tiene esa mezcla precisa de realismo, fantasía y verosimilitud que estimula de inmediato la imaginación. La primera vez que vi una de sus imágenes en baja resolución (en concreto, esta), pensé que era una foto retocada o una captura de una película de ciencia-ficción.
Que lo disfrutéis.



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Típica estampa (religiosa) matutina

Son las ocho y media de la mañana. Por una de esas casualidades de la vida, o quizá porque todavía no han empezado las clases en los colegios públicos, el vagón de la línea E no va muy lleno. De pie, frente a los asientos ocupados y al lado de la puerta, tengo sitio suficiente para abrir el libro sin contorsionarme ni molestar a nadie.

Un par de minutos después me saca de la lectura la voz alegre de la chica que tengo detrás:

-¿Has visto lo que tienes ahí, al lado del hombro?

Me vuelvo. No me lo dice a mí: se lo dice al hombre que está sentado enfrente de mí. Varios pares de ojos se concentran en él.

-Sí, sí. La he visto -dice el hombre-. Es grande, ¿eh?

-Ya te digo, ya te digo -contesta ella, y se queda mirando a las barras que nos separan, al hombre y a mí. Ahí, en el asidero del asiento, al que yo podría haber echado mano sin mirar mientras leía, va agarrada una mantis religiosa del tamaño de un trolebús. Totalmente inmóvil, como corresponde a la especie, parece ir mirando por la ventana del vagón, los ojos clavados en la espesa oscuridad del túnel que conecta las dos islas por debajo del East River.

Momentos después, la chica sigue jugando con el teléfono, el hombre rasca otro cupón de lotería (Mega Millions), yo intento volver al anodino cuento de estudiantes españoles en el extranjero que estaba leyendo, y la mantis religiosa sigue viajando de Queens a Manhattan sin que nadie la importune, más cómoda que una madre abadesa en un calesín.

lunes, 19 de agosto de 2013

Gestión de los recursos humanos, primera parte

«Las doce en punto daban. De fijo, señor comisario. De fijo, que sentimos las campanas parados en la puerta los dos. Yo las conté. Siempre las cuento, que para algo las dan, y el que tira de la soga vive pared con pared de nosotros, y le gusta que luego alguien le diga: Oye, la séptima de las once de ayer noche te salió un poquino esmirriada, a poco ni la roza el badajo. Y entonces él se esmera, y jala con tanto ahínco para la séptima que casi le sale un redoble. Antes las escuchaba con la parienta, ahora las escucho solo. Y es que mi difunta y yo siempre hemos pensado que hacer algo sabiendo que nadie te tiene en cuenta es muy desagradecido, ¿no le parece a usted?»

Cielos de barro (Dulce Chacón)

viernes, 5 de julio de 2013

Cuentos chinos, pero de premio Nobel

Mo Yan es el más reciente premio Nobel de literatura. Es un escritor chino que, por lo que yo sé, no ha tenido apenas lectores occidente, pero es popularísimo en China y en otros lugares de Asia por su prosa contundente, desgarrada y directa. Yo debo reconocer que ni lo conocía, ni me enteré de que le habían dado el premio hace un año. Sin embargo, alguien tuvo a bien regalarme uno de sus libros por el día de San Jorge. Es una colección de cuentos traducida al inglés y titulada Shifu, you'll do anything for a laugh (que podríamos traducir libremente como "maestro/jefe, haría usted cualquier cosa con tal de echarse unas risas").

El título del libro es también el título del primer relato. Ese primer relato me produjo una impresión muy profunda. Y los siguientes también. Y me los ventilé todos. Y cuando terminé, empecé a leer de nuevo desde el principio. En ello estoy todavía. ¡Qué libro de cuentos, qué maravilla! Hacía tiempo que no sentía semejante entusiasmo.

Casi todos los cuentos están ambientados en la China de los años cincuenta a ochenta. Están ambientados tanto en la ciudad como en el campo, en entornos modestos, o más bien pobretones, de la China menos conocida y menos documentada. Es más que evidente la predilección de este autor por los ambientes sórdidos y las historias tristes, difíciles o escabrosas. Las historias que narra hacen hincapié en las relaciones personales, lo cual, para mí, ha sido fascinante porque la sociedad china, de la que sé algo, pero muy poco, es muy distinta de las sociedades en las que he vivido hasta la fecha.

Mo Yan añade en ocasiones cierta dosis de surrealismo a sus historias, como es el caso del excelente relato Iron child, alegoría de la pobreza, el hambre y el maltrato infantil, y en Soaring, que cuenta la historia de una novia que se escapa volando (literalmente) de la boda. Por este motivo, algunos críticos y escritores lo comparan con los autores del realismo mágico latinoamericano. Yo, sin embargo, creo que los cuentos que no tienen componente surrealista, como el propio Shifu o el terrible y sangriento The Cure, son los que están mucho más cerca de la narrativa latinoamericana del siglo pasado, tanto en lo estilístico como en el contenido.

Los cuentos son tan variopintos que es muy difícil hacer un comentario general. Lo mejor es lanzarse a leer, zambullirse en esta prosa excelente y llena de matices. Es sin duda un libro para disfrutar y para aprender sobre la naturaleza humana. No sé cómo serán las traducciones al español porque no he tenido oportunidad de verlas, pero la inglesa que me ha tocado leer, de Howard Goldblatt, me parece muy cuidada.

Ahora mismo tengo en la lista de lectura dos novelas que, según veo por ahí, están entre las más celebradas de este autor, a saber, Sorgo rojo (que fue llevada al cine hace casi treinta años) y Grandes pechos, amplias caderas. No sé si las novelas me producirán tanto entusiasmo como los cuentos, pero si fuera el caso, seguro que volveré a escribir sobre este escritor tan interesante.

jueves, 27 de junio de 2013

Caligrafías de Damasco

Me prestaron el otro día El secreto del calígrafo, novela del escritor sirio afincado en Alemania Rafik Schami. Escribe en alemán, no en árabe, pero curiosamente tiene un estilo muy damasceno. Aclaro que yo he leído la traducción al español porque al alemán nunca le he hincado el diente.

La novela tiene la estructura habitual de las historias costumbristas: varias historias personales se van entrelazando en torno a un eje común, que en este caso es un famoso calígrafo de la ciudad de Damasco. Personajes pobres, ricos, poderosos, influyentes, intrigantes y anodinos van convergiendo, a veces de maneras muy extrañas, para formar un panorama general que no se nos presenta de forma evidente hasta las últimas páginas del libro. Al mismo tiempo, hacia el final del libro uno tiene la impresión de que el autor ha abandonado a muchos de los personajes por el camino. ¿Qué pasó con los enamorados Salman y Nura? ¿Qué hubo de aquel frutero gordo que pretendía a Nura, o del novio del dueño del café, con su impresionante musculatura y sus celos de niña pequeña? No sabemos, y no sabremos, porque en los compases finales de la novela todo eso ya no importa: ahora el foco de atención se ha distanciado de los individuos e incide en el conjunto de la historia, de camino hacia el gran final.

Por eso digo que la novela tiene un estilo muy damasceno: porque esta forma de escribir de Schami es como la técnica del damasquinado. Cada detalle del adorno se define con absoluta nitidez, con el debido tiempo, esfuerzo y dedicación, pero cuando uno aprecia el conjunto de la obra, los detalles se pierden. Del mismo modo, El secreto del calígrafo está repleto de pequeñas historias que merece la pena leer y releer cinco, diez veces, historias intensas y emotivas, capaces de provocar la risa y el llanto. Uno termina un capítulo y quiere más, más y más, pero como digo, a medida que uno se acerca a las últimas páginas, las estampas costumbristas decaen y surge algo grande, importante, colectivo, que toma el control de la narración, una maquinación que trasciende los barrios antiguos de Damasco y enlaza incluso con la historia reciente de Siria, su independencia y la accidentada sucesión de sus primeros presidentes.

Este libro de Schami ha sido una excelente experiencia. Es una de esas novelas que abre los ojos y anima tanto a escribir como a vivir. La verdad es que yo nunca pondría un plato damasquinado de adorno en mi casa, pero sí soy capaz de pasarme horas y horas observando la labor del artesano. No sé si me explico...

(La deformación profesional me obliga a decir que, durante la lectura, me ha fastidiado un poco la falta de coherencia del traductor en lo referente a las re-transcripciones de vocablos árabes. Es obvio que Schami usa el sistema alemán al escribir porque lo usa incluso en su apellido: "Schami", que por cierto significa "natural de Sham". Ese apellido daría "Shami" en transcripción española. Se ve que el traductor hace un esfuerzo consciente por adaptar los muchísimos nombres propios de la historia del sistema alemán al español, pero se olvida o se equivoca con más frecuencia de la que me habría gustado. El editor, quizá, debería haberse dado cuenta de esas incongruencias (aunque solo sea porque hay personajes que figuran con dos nombres distintos, uno al estilo alemán y otro al estilo español). Reconozco que es una crítica un poco absurda porque a la inmensa mayoría de los lectores españoles les importará un pimiento, pero en fin, yo lo he notado y tenía que decirlo. Se ve que ya soy demasiado maniático para leer traducciones.)

miércoles, 26 de junio de 2013

La masacre vista por dentro

Paseando por las noticias del mundo me topé el otro día con este artículo de Henry Barnes (en inglés), cuya lectura recomiendo encarecidamente a mis millones de seguidores y, en particular, a mis admirados Tiburcio Samsa y Juan de Juan porque sé que la temática del artículo cae más o menos en el mismísimo centro de sus radares, sobre todo en el de Tiburcio.

En pocas palabras, Barnes relata cómo el director de cine Joshua Oppenheimer viajó a Indonesia para filmar un documental sobre la masacre de 1965-1966, que marcó la transición de un estado comunista al actual estado islámico y se saldó, según los analistas, con medio millón de muertos. Oppenheimer explica al periodista cómo, a lo largo de la filmación, fue conociendo en profundidad a varios genocidas, uno de los cuales, Anwar Congo, alardea de haberse ventilado él solito a más de mil personas. Poco a poco el director se fue haciendo amigo de estos personajes y, terminada la filmación, se marchó de Indonesia pero mantuvo el contacto por correo electrónico y dice tener hasta hoy un afecto especial por ellos.

Esta interacción, comprensible en términos generales, contrasta de manera bestial con la narración del genocidio y con las escenas concretas que se describen también en el artículo ("One scene imagines the daughter of one of Anwar's victims force-feeding him his own liver"). En la reconstrucción de esas escenas, los asesinos hacen de ellos mismos, y el periodista explica cómo en muchas ocasiones contaban chistes y les daba la risa durante la filmación. Según el periodista, esos chistes y esa risa, igual que el alcohol que bebe y la marihuana que fuma, no son gratuitos: Anwar dice que tiene pesadillas y que con los chistes procura que su vida sea más llevadera. Lo que hace es recordar, celebrar y ensalzar la masacre porque de esa manera no tienen que justificarla, no tiene que mirar en su interior y plantear las obvias cuestiones éticas que conlleva.

En muchos intercambios de correos con Tiburcio y Juan hemos tratado este asunto, el asunto de los supuestos monstruos, el asunto de "los buenos y los malos" y del mundo blanco y negro, tan cómodo y tan afecto a los gustos del imperio estadounidense. La experiencia de Oppenheimer con los genocidas indonesios demuestra cuán lejos de la realidad está esa forma de pensar que, por desgracia, se nos ha impuesto desde hace décadas. Los supuestos monstruos son parte de la humanidad, nos guste o no, y con honrosas excepciones patológicas (que Hollywood nos vende como si fueran normativas), tienen un aspecto de lo más normal, incluso afable y campechano, como Anwar Congo.


martes, 25 de junio de 2013

Palestinos atrapados

Ya he explicado en esta entrada que hace unos meses fui a la presentación del libro Out of it, de Selma Dabbagh. También dije que lo leí de un tirón y añado ahora que la narración es fluida y fácil, que la trama es sencilla y que lo mejor del libro es la nueva perspectiva que da a la situación de Palestina, a saber, la situación de una familia que vive en Gaza y cuyos miembros no encajan (al menos no del todo) en ninguno de los estereotipos que hemos ido construyendo durante tantas y tantas décadas sobre el conflicto palestino-israelí. La humanidad y la verosimilitud de los personajes es lo que hace de esta novela algo muy especial.

El hermano mayor de esta familia perdió las piernas en un "asesinato selectivo" israelí. Por este motivo, y ante la falta casi total de servicios para discapacitados en Gaza, está condenado a vivir en el piso superior de la vivienda familiar. Desde allí, con un ordenador viejo y una errática conexión a Internet, se dedica a recopilar datos sobre la situación de Gaza y enviarlos a organizaciones no gubernamentales de derechos humanos que actúan desde el extranjero. El hermano menor ayuda en estas tareas, pero no siente ningún compromiso con la lucha política o armada. Su prioridad es vivir una vida tranquila y cuidar de Gloria, su flamante planta de marihuana. La hermana pasa por una época de crisis existencial y no tiene claro lo que debe hacer: ¿participar en los grupos de apoyo, salir de allí, despreocuparse como su hermano pequeño? Por último, la madre, mujer laboriosa y taciturna, mira con desdén a todo el mundo y apenas abre la boca excepto para cuestiones de organización de la casa.

El padre fue, hace ya tiempo, dirigente de la Organización de Liberación de Palestina pero renunció a su cargo por motivos que hasta sus hijos desconocen y vive exiliado voluntariamente en uno de los países del golfo. No quiere volver, pero desde su privilegiado exilio envía dinero a la familia y, de vez en cuando, les facilita salvoconductos para viajar a Londres y demás partes del mundo. Gracias al padre, en el contexto general de Gaza esta familia se cuenta entre las privilegiadas y, pese a la situación imperante, no les falta de nada.

Al principio de la novela, un bombardeo israelí desencadena una serie de acontecimientos que afectan a esta familia. En los días posteriores al bombardeo, el hermano menor (el despreocupado) consigue, por medio de una de las ONG con las que colabora, un visado para una estancia de varios meses en Londres. Por su parte, la hermana decide ir a visitar a su padre. Pronto se siente atrapada en la artificiosidad y el boato del país petrolero y busca a su hermano en Londres. Allí los dos procuran vivir "out of it", es decir, fuera de todo aquello que significa Palestina. Tratan de distanciarse, tratan de ser uno más.

Pronto se darán cuenta de que es imposible: Palestina los persigue, la llevan puesta. En todas las conversaciones, cuando alguien les pregunta "de dónde eres", ellos sienten de repente todo el peso del conflicto árabe-israelí sobre sus hombros. Suspiran y dicen "de Gaza", y aguantan el chorreo que se desencadena de forma invariable, cargado de ideología, política, estereotipos, consejos, paternalismo y muchas otras cosas. Aprenden así que no hay manera de estar "out of it" y que, pese a no llevar marcas de ninguna clase, los palestinos llevan consigo el estigma del conflicto, de la discusión y del desacuerdo. (Igual que los israelíes, añado yo de mi cosecha.)

La historia tiene mucho más que esto. Es también un retrato de cómo funciona internamente la sociedad palestina de Gaza, y de cómo piensan, actúan y reaccionan tanto los palestinos que viven fuera de su país como quienes colaboran con la causa palestina. Dabbagh no deja títere con cabeza y plantea con toda crudeza ciertas situaciones reales, y muy tristes, que dificultan, bloquean y hasta destruyen casi todas las iniciativas internas e internacionales por abordar este problema de una forma racional y eficiente.

Como abogada que es, Dabbagh demuestra tener excelentes dotes para observar y analizar la naturaleza humana y las relaciones interpersonales. Esta es, quizá, la mejor parte de esta primera novela suya, que merecería tener mucho más relieve del que ha tenido hasta ahora.

domingo, 16 de junio de 2013

Nunca digas de esta agua no beberé

Hace ya unos años hice un voto, por lo demás poco solemne, de no volver a comprar libros, por dos razones. La primera es que la ciudad en la que vivo tiene unas bibliotecas públicas que harían enrojecer de envidia a cualquier bibliotecario de universidad, con unos fondos y unas salas de lectura para levantar la boina, un procedimiento de préstamos eficiente y rápido y un sistema de intercambios interbibliotecarios como yo no había visto jamás. De hecho, en lugar de gastar dinero en libros, lo que hago es donar dinero todos los años a las bibliotecas públicas. Así compro libros (y salas de lectura, y muchas cosas más) no solo para mí, sino para todos.

La segunda razón es que mis muy acaudalados y desapegados vecinos tienen la excelente costumbre de elegir de vez en cuando un grupo de libros que ya no les interesan y dejarlos sobre los escalones de acceso a sus casas. No hace falta siquiera poner un cartel que diga "gratis" ni nada por el estilo: en este barrio, el arreglo tácito es que, si te encuentras libros en la calle, son para ti, si los quieres.

Con semejante abundancia, y con semejante generosidad, he ido perdiendo el gusto por poseer físicamente el libro y me he habituado a sacarlos de la biblioteca, cuando quiero algo específico, o rebuscar en las cajas y las pilas que encuentro por la calle cuando no tengo nada en mente. De hecho, entre los que me regalan y los que voy encontrando por la calle, tengo muchos más libros de los que puedo leer, y no se trata precisamente de manuales de autoayuda y superación: el libro de viajes de Steinbeck que he reseñado en este blog estaba por ahí tirado, a la espera de que alguien se interesara por él. También he encontrado, entre los clásicos, una edición especial de East of Eden del mismo autor, un Conrad, un Hemingway y dos Dostoyevskis. Entre los modernos podría citar una novela reciente de Zadie Smith, el primero de los de Stieg Larsson, un Pamuk y un Rushdie.

La última adición a esta colección interminable, que al tiempo es un poco agobiante porque no se acaba nunca, es la historia de un piloto francés llamado Franklin Devaux que, al parecer, recorre el mundo en un hidroavión (en concreto, este hermoso Consolidated PBY-5 Catalina) y, en pocas palabras, está enamorado de su avión. El libro es la versión original francesa. Así son las cosas por estos rumbos: uno se encuentra tiradas en la calle auténticas joyas, para quien quiera o pueda apreciarlas, por supuesto. Ya escribiré sobre el libro cuando lo lea (de momento solo he visto las tapas, la introducción y las fotos).

Un buen amigo y gran lector me dijo hace tiempo que leer sin rumbo no lleva a ninguna parte, y me animó a seguir un orden lógico que me ayudara a estructurar mi sensibilidad literaria. Tenía toda la razón, y su formación académica me tentaba y me tienta, pero no me convence, probablemente porque, con una sola excepción, nunca he querido llegar a ninguna parte con mis lecturas. Aun así, guardo su consejo de dejarme asesorar en materia literaria y quizá en otra vida me dedique a cultivar una cultura literaria comme il faut, en lugar de estos flecos que voy dejando, o recogiendo, por ahí.

Lo que quería contar, en todo caso, es que hace poco tiempo rompí ese voto y compré un libro. Fue una excepción: unos amigos me invitaron a la presentación de la primera novela de una amiga suya, medio inglesa, medio palestina, en una de las librerías del barrio. Fui a la presentación, me llamó la atención la historia y, ya que tenía allí a la autora, Selma Dabbagh, decidí hacerme con un ejemplar firmado. Total, no era tan caro.

El libro, que se titula Out of it, aterrizó en la pila de los "pendientes de lectura" y ahí durmió el sueño de los justos, con todos los huérfanos recogidos de la calle, hasta abril. Entonces lo leí de un tirón y con mucho interés, no tanto por su valor literario como por su peculiar contenido. Ya escribiré luego sobre él.

lunes, 7 de enero de 2013

Indeterminación

Hay días en los que el pasado es una masa informe y sospechosa.

Hay días en los que el futuro se oxida y se corrompe como cosa antigua e inservible.

En esos días, me gusta embestir la nada con el cráneo desnudo hasta sangrar, y vagar, con mezquino deleite, entre ideas y sentimientos difíciles de expresar e imposibles de compartir.


A Warm Place - Nine Inch Nails from Gelly on Vimeo.


viernes, 4 de enero de 2013

Los suicidios del puente




Hace poco más de un año, durante una de mis peregrinaciones por Internet me topé con una película cuya existencia desconocía y que no tenía intención de ver, pero que tuve que ver entera, dos veces, y con pausas. Se llama The Bridge y, aviso de antemano, no es ficción, sino reportaje, y muestra con lujo de detalles cómo se suicida más de una docena de personas desde el puente Golden Gate de San Francisco. En ese enlace de arriba se puede ver la película entera, si es que alguien está de humor.

Parece que en su día hubo un intenso debate moral sobre la conveniencia de hacer un largometraje de estas características. Lo que hizo el director, al conocerse el aumento excepcional del número de suicidios registrados en el famoso puente, fue montar una serie de cámaras de vigilancia por toda la bahía y mantenerlas activas (con operario fisgón incluido) durante todo un año, con la intención explícita de filmar la muerte de los eventuales suicidas. El debate se centra, sobre todo, en lo que se denomina “síndrome del espectador”, es decir, esa tendencia que tenemos casi todos a no hacer nada cuando vemos que sobreviene una situación peligrosa, negativa o indeseable. (Por cierto, me ha tocado experimentar en persona ese síndrome hace apenas dos semanas; habrá otro post sobre eso.) Ese debate es sin duda interesante, pero me inquieta más el otro, que no solo es tema tabú, sino que, seguramente, es imposible de abordar: por qué hay gente que no quiere vivir.

Si uno consigue dejar de lado el morbo de ver morir a esas personas, una de las cosas más impresionantes de la película es el testimonio de un muchacho que saltó y sobrevivió. Según el documental, es la única persona que ha saltado desde el puente y ha vivido para contarlo. Aun así, tiene gravísimas secuelas físicas que le afectarán durante toda la vida. Este muchacho explica que se arrepintió de su decisión durante la caída y que, cuando estaba en el agua, paralizado de cintura para abajo por el impacto, deseaba con todas sus fuerzas salir de allí, volver a casa y seguir viviendo. Cuando uno se entera de esto, sobreviene de inmediato la pregunta sin respuesta: ¿se arrepintieron las demás víctimas ante la inminencia de la muerte o se reafirmaron en su decisión? Por eso, también, digo que el debate es imposible, porque solo tenemos un testimonio.

Intenté conversar del tema con una persona cercana pero no lo conseguí. Me dijo que no quería hablar de la muerte. Yo pensé que no se trataba de la muerte, sino de la vida. En particular, de aborrecer la vida. Me explico: hay un componente sociocultural que determina nuestra actitud básica ante la muerte. Me refiero a esa serie de elementos emocionales y culturales por los cuales un mexicano de Hidalgo, un bengalí de Dhaka y un español de Valladolid (por poner dos ejemplos) tienen una actitud tan distinta respecto de la muerte. Eso, creo yo, es lo que marca nuestros sentimientos en relación con la muerte como hecho cotidiano, y sobre todo con la muerte de los otros. Ahora bien, la voluntad expresa de dejar de vivir, que es de lo que se trata el suicidio, no la relaciono directamente con la muerte. La idea que tengo es que el suicida necesita acabar con esto, con la realidad que le rodea, con lo que está experimentando día tras día. No creo que visualice su cadáver ni nada por el estilo. Quiero pensar que no le interesa la muerte, sino más bien conseguir que desaparezca todo lo que le atormenta. Como no es posible eliminar el tormento, no le queda más remedio que hacerse desaparecer a sí mismo. Supongo.

Si no estoy muy desencaminado, ahí puede residir la clave del arrepentimiento del superviviente: es posible que, por mil motivos, uno rechace la existencia que lleva y llegue a desear que termine. Al mismo tiempo, es igualmente posible que el instinto de conservación y el miedo innato y natural a la muerte sigan ahí, muy presentes y muy fuertes. Me da la impresión de que nadie, o casi nadie, se suicida con facilidad, o a la ligera, o sin motivos. Y creo, o quiero creer, que nadie se suicida con total convicción.

* * *

Dos anécdotas vinculadas a esta historia:

1. Llegué a la película de los suicidios siguiendo las versiones de una canción titulada Mad World, compuesta e interpretada en origen por Tears forFears. Alguien había creado un vídeo-resumen con fragmentos de la película y, como música de fondo, había usado la versión de Gary Jules. Esa versión le iba a resumen como anillo al dedo porque es muy triste y melancólica, y porque la letra viene a ilustrar las imágenes (que no al revés). El problema es que ahora, cada vez que la oigo se me aparece la imagen de Gene Sprague dejándose caer de espaldas desde la barandilla del puente.

2. Los enlaces que salieron en YouTube, todos ellos relacionados con suicidios, me llevaron a otro reportaje sobre el bosque de los suicidios en Japón. Es una filmación que podría competir con muchísima ventaja con algunas películas de miedo que he visto en los últimos años. La ventaja, como es de suponer, es que todo lo que se cuenta es auténtico, incluidos los huesos.