lunes, 7 de enero de 2013

Indeterminación

Hay días en los que el pasado es una masa informe y sospechosa.

Hay días en los que el futuro se oxida y se corrompe como cosa antigua e inservible.

En esos días, me gusta embestir la nada con el cráneo desnudo hasta sangrar, y vagar, con mezquino deleite, entre ideas y sentimientos difíciles de expresar e imposibles de compartir.


A Warm Place - Nine Inch Nails from Gelly on Vimeo.


viernes, 4 de enero de 2013

Los suicidios del puente




Hace poco más de un año, durante una de mis peregrinaciones por Internet me topé con una película cuya existencia desconocía y que no tenía intención de ver, pero que tuve que ver entera, dos veces, y con pausas. Se llama The Bridge y, aviso de antemano, no es ficción, sino reportaje, y muestra con lujo de detalles cómo se suicida más de una docena de personas desde el puente Golden Gate de San Francisco. En ese enlace de arriba se puede ver la película entera, si es que alguien está de humor.

Parece que en su día hubo un intenso debate moral sobre la conveniencia de hacer un largometraje de estas características. Lo que hizo el director, al conocerse el aumento excepcional del número de suicidios registrados en el famoso puente, fue montar una serie de cámaras de vigilancia por toda la bahía y mantenerlas activas (con operario fisgón incluido) durante todo un año, con la intención explícita de filmar la muerte de los eventuales suicidas. El debate se centra, sobre todo, en lo que se denomina “síndrome del espectador”, es decir, esa tendencia que tenemos casi todos a no hacer nada cuando vemos que sobreviene una situación peligrosa, negativa o indeseable. (Por cierto, me ha tocado experimentar en persona ese síndrome hace apenas dos semanas; habrá otro post sobre eso.) Ese debate es sin duda interesante, pero me inquieta más el otro, que no solo es tema tabú, sino que, seguramente, es imposible de abordar: por qué hay gente que no quiere vivir.

Si uno consigue dejar de lado el morbo de ver morir a esas personas, una de las cosas más impresionantes de la película es el testimonio de un muchacho que saltó y sobrevivió. Según el documental, es la única persona que ha saltado desde el puente y ha vivido para contarlo. Aun así, tiene gravísimas secuelas físicas que le afectarán durante toda la vida. Este muchacho explica que se arrepintió de su decisión durante la caída y que, cuando estaba en el agua, paralizado de cintura para abajo por el impacto, deseaba con todas sus fuerzas salir de allí, volver a casa y seguir viviendo. Cuando uno se entera de esto, sobreviene de inmediato la pregunta sin respuesta: ¿se arrepintieron las demás víctimas ante la inminencia de la muerte o se reafirmaron en su decisión? Por eso, también, digo que el debate es imposible, porque solo tenemos un testimonio.

Intenté conversar del tema con una persona cercana pero no lo conseguí. Me dijo que no quería hablar de la muerte. Yo pensé que no se trataba de la muerte, sino de la vida. En particular, de aborrecer la vida. Me explico: hay un componente sociocultural que determina nuestra actitud básica ante la muerte. Me refiero a esa serie de elementos emocionales y culturales por los cuales un mexicano de Hidalgo, un bengalí de Dhaka y un español de Valladolid (por poner dos ejemplos) tienen una actitud tan distinta respecto de la muerte. Eso, creo yo, es lo que marca nuestros sentimientos en relación con la muerte como hecho cotidiano, y sobre todo con la muerte de los otros. Ahora bien, la voluntad expresa de dejar de vivir, que es de lo que se trata el suicidio, no la relaciono directamente con la muerte. La idea que tengo es que el suicida necesita acabar con esto, con la realidad que le rodea, con lo que está experimentando día tras día. No creo que visualice su cadáver ni nada por el estilo. Quiero pensar que no le interesa la muerte, sino más bien conseguir que desaparezca todo lo que le atormenta. Como no es posible eliminar el tormento, no le queda más remedio que hacerse desaparecer a sí mismo. Supongo.

Si no estoy muy desencaminado, ahí puede residir la clave del arrepentimiento del superviviente: es posible que, por mil motivos, uno rechace la existencia que lleva y llegue a desear que termine. Al mismo tiempo, es igualmente posible que el instinto de conservación y el miedo innato y natural a la muerte sigan ahí, muy presentes y muy fuertes. Me da la impresión de que nadie, o casi nadie, se suicida con facilidad, o a la ligera, o sin motivos. Y creo, o quiero creer, que nadie se suicida con total convicción.

* * *

Dos anécdotas vinculadas a esta historia:

1. Llegué a la película de los suicidios siguiendo las versiones de una canción titulada Mad World, compuesta e interpretada en origen por Tears forFears. Alguien había creado un vídeo-resumen con fragmentos de la película y, como música de fondo, había usado la versión de Gary Jules. Esa versión le iba a resumen como anillo al dedo porque es muy triste y melancólica, y porque la letra viene a ilustrar las imágenes (que no al revés). El problema es que ahora, cada vez que la oigo se me aparece la imagen de Gene Sprague dejándose caer de espaldas desde la barandilla del puente.

2. Los enlaces que salieron en YouTube, todos ellos relacionados con suicidios, me llevaron a otro reportaje sobre el bosque de los suicidios en Japón. Es una filmación que podría competir con muchísima ventaja con algunas películas de miedo que he visto en los últimos años. La ventaja, como es de suponer, es que todo lo que se cuenta es auténtico, incluidos los huesos.

martes, 1 de enero de 2013

Feliz año huevo

Mis deseos para el año huevo:
  • Que sea posible seguir resistiendo la imposición de sistemas de seguimiento y vigilancia de la población.
  • Que avance la lucha contra la creatividad entendida como a) factor productivo y b) ejercicio obligatorio de integración social.
  • Que la creatividad genuina y el esfuerzo intelectual nos ayuden a esquivar "esa eterna inercia que, cierto día, llega a habitar en cada uno de nosotros y nos acompaña hasta el final" (F. Scott Fitzgerald).

Un huevo

jueves, 27 de diciembre de 2012

El autor novelado

No tenía yo muchas ganas de ir a aquella velada literaria. Hacía frío, llovía y no conocía a ninguno de los tres autores que anunciaba el cartel. Julia, organizadora y amiga mía, me había pedido por favor que fuera. No aspiraba a llenar el auditorio que le prestaba el colegio para estas veladas (iba ya por la tercera), pero sí pretendía que el número de asistentes fuera suficiente para justificar la presencia de los escritores, todos ellos más o menos conocidos en el mundillo literario local, y la continuidad de la serie.


Por las razones que fuesen, decidí seguir andando hacia el sur en lugar de desviarme hacia el este (o sea, camino a casa) y en muy poco tiempo, y con muy poca lluvia encima, llegué al colegio, previsiblemente desierto. Le pregunté al poli de la entrada lo que ya sabía, o sea, que dónde era la velada literaria.

--Auditorio, segundo piso --contestó sin mover un músculo de la cara.

--Gracias.

--Mm.

Julia estaba allí mismo, a la puerta, repartiendo vasitos de vino y zumo y señalando las galletitas, los bagels y la tabla de quesos. Adelante, adelante, gracias por venir, te presento a fulano, mengana y zutano, nombres que llegaban y casi al instante se desvanecían. ¿Cómo se llamaba el tipo de pelo blanco y aspecto de intelectual de película de Woody Allen? ¿Cómo se llamaba la mujer rubia de casi dos metros de altura con aspecto de torturar a sus amantes hasta el llanto? ¿Y aquel calvo regordete que no puede dejar de mirarla, ni de comer wheat thins con camembert? Ni idea. ¿Empezará pronto esto? Sí, ya iba a empezar. Habría como cuarenta personas allí, lo cual cubría con creces el cupo que esperaba Julia.

Me senté cerca de las primeras filas y a la derecha, solo pero rodeado por todas partes de desconocidos con nombres imposibles de memorizar. Julia tomó el micrófono, nos agradeció por enésima vez que hubiéramos venido, dio las gracias también a la directora del colegio y presentó al primer escritor, un puertorriqueño que escribía turbias novelas cargadas de sexo y delincuencia en el norte de Nueva York. Tras una breve introducción, leyó unos cuantos párrafos de la obra en la que estaba trabajando. Muy bien imbuidos de la doble moral americana, sus personajes hablaban en inglés pero insultaban en un sabroso español caribeño que me hizo reír un par de veces, ante la absoluta impasibilidad del resto del auditorio, que casi con seguridad era incapaz de entender las partes del diálogo que no estaban en inglés. Aplausos más o menos fruncidos, cambio de orador.

No recuerdo nada de la segunda escritora. Era una de estas personas traslúcidas que no generan emoción alguna ni logran llamar la atención por nada. Leyó algo, no recuerdo qué, con una voz monótona y sin contrastes, como si, en el colegio, el profesor le hubiera pedido que saliera al estrado y leyera a partir del segundo párrafo de la página 132. Aplausos anodinos y pasamos al tercer escritor.

El tercer escritor era Nick Flynn. Resumiré el aspecto de este hombre diciendo lo siguiente: cuando se acabaron la charla y los canapés y todos nos sentamos en el auditorio, Julia y sus tres invitados se quedaron al frente. Yo miré al puertorriqueño y a la mujer sin gracia y me dije: ah, estos son dos de los tres escritores. Luego miré a Flynn y de inmediato pensé: qué hace ahí ese tío.

Parece un vagabundo, pero por algún motivo indeterminado uno sabe que no es un vagabundo. Parece un drogadicto, pero su forma de estar y de comportarse indica con claridad que no lo es. También parece que está cansado, desencantado, desalentado, deprimido, pero en cuanto empieza a hablar uno constata que las apariencias engañan: Flynn está despierto y atento.

Leyó una parte de su libro Another bullshit night in suck city. No es una novela, sino una autobiografía en primera persona. Me impresionó mucho el fragmento y, cuando terminó la lectura, decidí comprar el libro allí mismo. Me acerqué a Nick, lo felicité por el libro y le pedí que lo firmara. Él escribió una dedicatoria que dice For Camilo con mucho gusto, así tal cual, mezclando el español con el inglés, lo cual me hizo mucha ilusión.

Me despedí de Julia, eché una última mirada a los personajes de película que pululaban por allí (el calvo regordete estaba contándole chistes a la mujer de dos metros ante la atenta y adusta mirada del intelectual) y volví feliz a casa con mi ejemplar personalizado debajo del brazo.

Pese a todo, uno sigue siendo como es, y el libro de Nick Flynn durmió el sueño de los justos al pie de mi cama durante tres años hasta que, esta primavera pasada, decidí abrirlo y hojearlo. Al igual que me había pasado con la lectura, aquel texto me interesó inmediatamente, y me puse a leer.

No es que haya leído muchas autobiografías en mi vida, pero esta es, sin duda ninguna, la más intensa, la más detallada y hasta me atrevería a decir la más dolorosa. No quiero dar muchos detalles porque cualquier cosa que explique aquí puede generar expectativas en el futuro lector. Me limitaré a plantear sucintamente la cuestión: Flynn nace en el seno de una familia pobre, muy pobre, de la costa este de los Estados Unidos. Su padre, inventor y buscavidas profesional, abandona muy pronto a su madre en busca de aventuras y negocios con sus amigos. Nick crece con su hermano y su madre en un barrio periférico de un pueblito de Nueva Inglaterra que es, en realidad, un aparcamiento de remolques. Sin conocer a su padre, pero fiel a su ejemplo ausente, Nick se convierte pronto en otro buscavidas y experimenta todo lo bueno y todo lo malo que la exclusión y la pobreza le tienen reservado.

La vida va pasando, con muchos trompicones, y termina por llevar al Nick adulto a Boston. Allí, en suck city, sin saber muy bien por qué, empieza a trabajar en un albergue para vagabundos y mendigos, el más grande de la ciudad. Un día, al revisar la lista de personas que han ingresado al albergue durante la noche, se topa con el nombre de su padre. En otras palabras: Flynn se encuentra con que su padre, del que no ha sabido apenas nada en los últimos 25 años, es un vagabundo de Boston que acude al mismo albergue en el que él trabaja como voluntario desde hace un par de años.

El libro reconstruye también, hasta cierto punto, la vida del padre de Flynn. Si tomáramos este argumento, más las biografías de estos dos hombres, como base para una novela de ficción, el planteamiento sería un poco descabellado, rayano en lo inverosímil. Sin embargo, el autor ha documentado todo lo que ha escrito: una vez más, la realidad supera a la ficción.

El texto se estructura como una colección de notas breves, diríase de páginas de diarios, que narran anécdotas vitales de uno de los dos hombres. No hay continuidad en el espacio ni en el tiempo: se pasa de una nota actual a otra de hace treinta años, y aun así, la ilación de la historia es excelente. Por ese mismo motivo, es fácil y cómodo de leer.

Cuando digo "fácil y cómodo", lo digo desde un punto de vista estrictamente mecánico. Lo que más me impresionó de este libro fue lo difícil que era seguir leyendo. Yo iba descubriendo todas aquellas anécdotas y, de forma automática, las iba colocando en el universo de la ficción. Al terminar cada sección tenía que recordarme a mí mismo: esto no es ficción, esto es una autobiografía y todo lo que se cuenta es lo que pasó, por más novelado que esté. La intensidad de la narración es propia del género de ficción: de ahí que yo tuviera que convencerme, paso a paso, de que no lo era.

Además, da la impresión de que Flynn no tiene inconveniente en relatar hasta los más íntimos detalles de su vida, y también de la de su padre y el resto de su familiar. Es una especie de nudismo literario que, para mí, resulta bastante obsceno y, por lo mismo, un poco violento. Entiendo que el problema es mío, por supuesto, y que la obscenidad, en este caso, está en mi cabeza porque lo que narra el autor es algo real, algo que sucedió de verdad. Por lo tanto, no habría motivo para ocultarlo. Aun así, la sensación está ahí y permanece.

En su momento, Another bullshit night in suck city fue superventas en los Estados Unidos y, no hace mucho, se convirtió en película, protagonizada nada menos que por Robert De Niro. No la he visto, pero estoy convencido de que a De Niro le va de perlas el papel de Flynn padre.

Uno de los temas del libro es el cuidado y la atención de los enfermos mentales en los Estados Unidos. Ese tema, muy controvertido, debería ser el principal en los debates que ha suscitado la reciente masacre de niños en Connecticut. Por desgracia, la atención médica de esos enfermos no ha conseguido abrirse paso entre la espesura del debate de las armas, que en mi opinión es secundario. Pero ese es tema para otra entrada.

sábado, 3 de noviembre de 2012

jueves, 23 de agosto de 2012

Solo

Siete de la mañana. Voy a la cocina. Tras un momento de duda, dos trozos de pan en la plancha, al mínimo.

La cocina tiene un montón de armaritos, cada uno con una cosa. También tiene una ventana baja. Desde este segundo piso se ven los patios traseros y las casas de enfrente.

La cafetera, el filtro, el café, el fuego. Un arrendajo azul en el poste de teléfonos. El arrendajo es vecino del barrio, la primera cara conocida del día. Abre y cierra las alas, enseña sus plumas blancas, negras, azules.

El olor del pan me dice: dame la vuelta, y yo obedezco. El café va gorgoteando los buenos días. El desayuno empieza por la nariz. El sol me calienta las piernas. Hoy va a hacer buen tiempo.

Un plato: mantequilla y mermelada. Una taza: poca leche y un suspiro de azúcar. Un taburete junto a la ventana, la comida en el alféizar, los codos en las rodillas.

Desayuno mirando hacia fuera, hacia todo eso que, en realidad, no es nada: techos, cables, ventanas, arbustos, árboles, nubes.

Así, así, dormido, despierto, flotando. Así.

El último sorbo de café siempre tiene un toque amargo.

sábado, 18 de agosto de 2012

Novela con historia


La segunda novela de José Saramago tiene una historia que da para otra novela. Uno puede afirmar, sin temor a equivocarse, que se podría decir lo mismo de cualquier otra novela del mundo, pero en este caso la cosa tiene cierta enjundia adicional que paso a explicar a continuación.

En 1953, el autor presentó Claraboia a una editorial que, por supuesto, ni le contestó siquiera y tampoco le devolvió el original. En aquel momento, Saramago era un escritorcillo que no había publicado más que una novelita menor (Terra do pecado) y algún que otro cuento. En lugar de intentarlo por otros caminos, el escritor se deprimió, literariamente hablando, y se hundió en un silencio creativo de casi dos décadas. En los setenta, cuando decidió volver a empezar, todo fueron éxitos encadenados hasta alcanzar lo que para muchos es el éxito mayor, o sea, el Nobel de literatura.

El caso es que Claraboia se quedó en el cajón de aquella editorial innombrable y durmió el sueño de los justos durante cerca de sesenta años. En realidad, no tanto: a mediados de los ochenta, cuando Saramago estaba en la cresta de la ola, la editorial le propuso publicarla, a lo que él contestó con un sucinto y altivo “ahora no, gracias”. Ese “ahora” quería decir que el autor no quería ver el libro publicado en vida, pero sí dejó instrucciones para su publicación “después de ahora”, es decir, después de muerto.

Saramago murió en 2010 y Claraboia se publicó en 2011. Por las páginas de esa claraboya póstuma uno se asoma a la vida cotidiana de los vecinos de un edificio de seis viviendas de Lisboa durante la primavera de 1952. Cualquiera que haya leído el realismo social español de los años cincuenta se encontrará como en casa con esta novela. A mí, personalmente, me trae aires de La Colmena, de Cela y El Jarama, de Sánchez Ferlosio.

Los personajes son lo mejor de la historia: el autor usa las técnicas clásicas de la época para construirlos y lo hace con la maestría de un veterano, pese a que aún no lo era. Los bloques narrativos son buenos también, pero algunos derivan ya hacia lo que luego sería una característica fundamental de la prosa de Saramago: la disquisición o digresión filosófica. Digo “pero” con plena consciencia de que a algunos lectores les gustarán mucho las disquisiciones de este autor, pero a mí me da la impresión de que esos bloques, a veces demasiado largos, le quitan sabor a la novela y hacen que cojee el ritmo narrativo. En esta ocasión, los tramos más farragosos corresponden a las conversaciones de un zapatero (Silvestre) con un joven sin oficio permanente (Abel) que se aloja en la casa del primero. Su relación es el eje fundamental del libro. Conversan y discuten sobre muchos asuntos y, de hecho, son ellos dos quienes cierran el libro con un final que parece tener visos de colofón pero, de hecho, resulta más bien flojo y decepcionante.

En suma, Claraboia es una lectura excelente que me ha inspirado, como tantas obras de esa misma época, un montón de temas e historias para escribir. Se perciben, como he indicado, algunos cabos sueltos en la ilación de la historia, pero los personajes son tan sólidos que uno siente pena cuando llega a la última página y se da cuenta de que sus vidas terminan ahí mismo, donde dice “este libro se terminó de imprimir...”.