viernes, 9 de septiembre de 2016

Hace falta valor

«[Kitty] Estaba llena de esa animación y agilidad mental que se despierta en los hombres en la víspera de un combate, de una lucha, de un momento peligroso y decisivo de su vida, una de esas ocasiones en las que los hombres prueban su valor para siempre y que acreditan que todo su pasado no ha transcurrido en balde, sino que sirvió de preparación para tal momento.»

Anna Karenina, León Tolstoy

domingo, 4 de septiembre de 2016

La presunción mató al erizo



"La elegancia del erizo" es la segunda y más famosa novela de la escritora francesa Muriel Barbery publicada hace ya diez años, leída por millones de personas y traducida a montones de idiomas.

Hace unos meses, alguien me contó que se la había agenciado en francés y que no había podido pasar de las primeras páginas, no porque no le hubiera gustado, sino porque los parlamentos de una de las protagonistas eran tan complejos que no los entendía bien y prefería leer una traducción a su idioma. Me la regaló. Como da la casualidad de que estoy practicando francés, empecé la novela, cuyo argumento cuento a continuación. Admito que tuve que leerla con el diccionario en la otra mano, porque es complicada de narices, pero también admito que el esfuerzo mereció la pena.

La portera de una mansión del centro de París cuenta, a base de elegantísimos monólogos interiores, que a pesar de su humilde condición es toda una erudita, una intelectual que ha leído por su cuenta todo lo que hay que leer: literatura, filosofía, tecnología, historia y demás. Estas aptitudes son su secreto mejor guardado y jamás se lo ha contado a nadie, ni a sus mejores amigos, y procura que nadie se dé cuenta tampoco. Ahora bien, en sus monólogos interiores no tiene empacho en afirmar, porque es verdad, que en una conversación podría dar mil vueltas a cualquiera de los señorones que viven en el edificio donde trabaja de portera. Pero resulta que nació pobre, fea y con problemas de socialización, consiguió casarse pero enviudó pronto y, en resumen, la vida jamás le ha sonreído. Por eso, y por su superioridad intelectual, desprecia olímpicamente a los inquilinos del inmueble donde vive y a toda la clase alta de París. He aquí el erizo (elegante) de la historia.

En el mismo edificio vive una niña de 13 años que, ah, coincidencia, también considera que tiene un intelecto superior a la media y también desprecia el estilo de vida sofisticado de su familia, de sus vecinos, de los amigos de su familia y de la alta sociedad en general. La niña ha cavilado mucho sobre la vida y la razón de ser de la humanidad y ha llegado a la conclusión de que, dadas las circunstancias, lo más lógico es suicidarse y prender fuego al edificio, cosa que tiene previsto hacer en fecha próxima.

La portera está al tanto de la existencia de la niña y viceversa, pero ahí termina la relación entre las dos. A base de monólogos (los de la portera pensados, los de la niña escritos como "pensamientos profundos" o entradas de su "diario del movimiento del mundo"), la autora nos va descubriendo a estos dos personajes sin que haya apenas contacto entre ellas, más allá de un buenos días en el portal. Pero un día pasa algo: un factor externo hace que se comuniquen y que puedan compartir sus puntos de vista, a la sazón muy parecidos. Y hasta ahí puedo leer para no destripar el meollo de la historia.

Los fragmentos difíciles, y a veces demasiado difíciles, que nos detuvieron al comprador de la novela y a mí son los de la portera-erizo. El grado de erudición de la conserje es tal que, en varias ocasiones, uno no tiene más remedio que empezar a leer en diagonal o resignarse a ir pasando por encima de un montón de palabras que seguramente tendrán un significado y un sentido, pero que al humilde lector se le escapan. Peor se pone la cosa cuando uno lee algo que le obliga a consultar otros libros (me pasó varias veces) para entender por dónde van los tiros. Uno se siente tan ignorante y tan despreciado como los distinguidos habitantes del edificio. A pesar de estos tropiezos, la historia de los dos personajes es interesante, muy interesante, porque tanto la portera como la niña están definidas a las mil maravillas. Es cierto que son estereotipos, pero sus voces son tan humanas y tan verosímiles que uno rezuma empatía mientras lee. Lo malo es que la autora, una vez presentados estos dos tipos humanos, y una vez introducido el elemento de crisis, que no mencionaré para no destripar el argumento, no quiere, no puede o no sabe salir de ahí. Lo único que consiguen estos estereotipos ante el nuevo factor es hacerse cada vez más previsibles, cada vez más enrevesados y cada vez menos verosímiles. Pasadas las ciento cincuenta páginas (a ojo de buen cubero), la escritora ha tirado tanto de la cuerda y ha forzado tanto la máquina que uno empieza a perder el interés. Cuando me faltaban muy pocas páginas para terminar el libro, me preguntaba a dónde iba a parar el asunto, con la terrible sospecha de que iba a parar en seco y de mala manera.

Por eso, porque en la segunda parte no hay ideas ni historias que contar, esta novela que comienza con una fuerza fabulosa y engancha desde el primer párrafo luego languidece, desespera, cansa y decepciona en la segunda parte, para dejarnos con un final que no está, en mi opinión, a la altura de las circunstancias. Me temo que ese remate sin garra se debe a que la autora nos comunica la idea fundamental de la novela en las primeras cien páginas, y de ahí en adelante no hace más que buscar la puerta grande para salir a hombros del libro, pero en esa búsqueda se enreda en un berenjenal y no tiene más remedio que usar un final propio de una película de Hollywood que no hace justicia en absoluto a la excepcional primera parte del libro. En mi opinión, lo único que cabía hacer con esta historia era cerrar por fuera la puerta de la realidad cotidiana. Esa puerta es la más jodida y la más frecuente, y también la única que, a mi modo de ver, habría cuadrado con esos dos personajes de los que, todo hay que decirlo, no me voy a olvidar nunca.

martes, 16 de agosto de 2016

Voluntad y realidad


Un día despertó y se dijo: «voy a hacer esto».

Unos días más tarde, de camino a casa, se acordó y pensó: «sí, sí, voy a hacerlo».

Pasaron los meses y, una noche, se durmió soñando en eso que iba a hacer, cómo lo iba a hacer, con quién y a qué hora, hasta que el sopor le robó la conciencia.

Así es como la determinación se fue convirtiendo en idea, en memoria.

Con el correr de los años, llegó un momento en que ya no supo si lo había hecho o no, si aquella nebulosa que tenía en la cabeza era realidad o imaginación.

Y en ese momento sintió que le dolía un poco el corazón.

martes, 21 de junio de 2016

La locura de la soledad multitudinaria... o algo así

Buscando en los archivos del Guardian, me topo hoy con una cita, al parecer muy conocida, de Henry Miller, que se aleja de las obviedades habituales que se dicen sobre esta ciudad y me hace sentir como si estuviera delante de un espejo.

New York has a trip-hammer vitality which drives you insane with restlessness, if you have no inner stabilizer…. In New York I h ave always felt lonely, the loneliness of the caged animal, which brings on crime, sex, alcohol and other madnesses.

(Nueva York tiene una vitalidad de martillo pilón que te vuelve loco de impaciencia, si no tienes un estabilizador interno... En Nueva York me he sentido siempre solo, con esa soledad del animal enjaulado que te empuja al crimen, al sexo, al alcohol y demás locuras.) (Traducción mía)



martes, 14 de junio de 2016

La verdad histórica


«A José de Jesús lo tranquilizaba el convencimiento de que la historia se escribía de ese modo: con omisiones, mentiras, evidencias armadas a posteriori, con protagonismos fabricados y manipulados, y no le producía ninguna turbación su empeño en corregir la historia de su propio padre: los dueños del poder lo hacían constantemente y la verdad histórica era la puta más complaciente y peor pagada de cuantas existieran... Pero aquellos papeles extendidos sobre la cama del hotel escondían la capacidad de poder cambiar la vida de muchas personas inocentes y además tenían sobre sí el peso de la decisión de su férrea abuela María de la Merced de mantenerse ocultos en el seno de la familia y únicamente ser difundidos cuando llegara el momento fijado, al cumplirse los cien años de la muerte del poeta.»

Leonardo Padura, La novela de mi vida

domingo, 12 de junio de 2016

Teherán está lleno de lolitas (y 4)

El epílogo de esta serie sobre Azar Nafisi no podía ser más que otro libro. Poco después de haber terminado todas las novelas que se citan en Reading Lolita in Tehran y el libro mismo, la biblioteca pública de mi ciudad anunció que Nafisi presentaría en persona su nuevo libro, titulado The Republic of Imagination. Compré la entrada y me di el gran placer de estar a tres filas de distancia de la escritora y profesora de literatura durante un par de horas.

A la salida, compré el libro (era una ocasión especial) y le pedí un autógrafo, en inglés y en persa. Hablamos unos minutos, sobre todo de la forma en que los americanos pronuncian los nombres y los apellidos extranjeros y de los problemas y trabajos que nos dan esas pronunciaciones. Luego nos despedimos y seguimos cada uno con lo suyo: ella de exiliada y yo de expatriado, que no es lo mismo, ni mucho menos.

Si Reading Lolita in Tehran es la obra con la que Nafisi intenta explicar, a través de la literatura en inglés, la revolución iraní y la trasformación de la sociedad y la cultura de su país natal, The Republic of Imagination es el libro en el que la misma escritora se pregunta por qué ha decidido, después de tantos años, someterse a la ceremonia, que antaño le pareció absurda, de jurar lealtad a la bandera de los Estados Unidos y adoptar la nacionalidad de su país de adopción. Lejos de ser un alegato a la democracia, la libertad y las oportunidades, The Republic plasma las peculiaridades de los estadounidenses desde prismas muy poco comunes, y por eso es un libro tan rico y tan interesante: porque mira a donde no mira casi nadie. No se molesta en huir de los estereotipos, las frases hechas y las mentiras que, de tanto repetirse, se han convertido en verdades (todos somos iguales, cualquiera puede ser presidente, todos los extranjeros son bienvenidos, aquí hay libertad de verdad, etc.), puesto que el libro se ocupa, precisamente, en la gente que, como ella, no cuadra en todas esas ideas preconcebidas. En la gente que se queda al margen de la cultura dominante y, sobre todo, en quienes, por muy diversas razones, tienen serias dificultades para encontrar un lugar cómodo en la sociedad estadounidense.

En esta ocasión, los autores principales en los que Nafisi basa su análisis socio-literario son Carson McCullers, Mark Twain, James Baldwin y Sinclair Lewis. Este último, al que ya reseñé en el blog hace cuatro años, es un ejemplo radical de rechazo social para un autor que, fuera de su país, resultó tener trascendencia suficiente como para recibir el premio Nobel de literatura. Los otros tres, en sus estilos peculiares, también fueron notables elementos de fricción social y cultural en un país que se las da de demócrata e igualitario, pero en el que aún queda mucho por hacer a ese respecto.

Con The Republic hice lo mismo que con Reading Lolita: fui a la biblioteca y leí primero los libros fundamentales de los cuatro autores para disfrutarlo más. Debo decir que lo disfruté más que el primero y que mi conocimiento del panorama literario americano se ha enriquecido muchísimo. Es un placer leer a tan buena lectora.

viernes, 3 de junio de 2016

Teherán está lleno de Lolitas (3)

Como explicaba en el post anterior, en “Reading Lolita in Tehran” Azar Nafisi mezcla cuatro ingredientes continuamente. Simplificando mucho, podríamos decir que son la imposición de una forma de vida artificial, la muerte de los ideales a manos de la realidad, el sufrimiento como mal hábito y la necesidad de usar la imaginación para huir de una vida represiva y demoledora. Esta mezcla se hace más intensa en el último capítulo, cuando los acontecimientos parecen forzar a la autora a tomar una decisión radical respecto de su situación en Teherán.

En varios momentos del libro, cuando las cuestiones éticas o filosóficas la abruman, la profesora consulta a un amigo al que llama my magician. No podemos saber si este personaje es real o ficticio, aunque la autora afirma que en su libro no hay más ficción que la literatura que propone leer. Sea real o inventado, este hombre es un puntal de la narración y, en mi opinión, es el más conseguido de todos. Comparte con ella la pasión por la literatura y las ideas de libertad y democracia. También es una especie de consejero espiritual con el que comenta sus alegrías y frustraciones. No pueden hablar sin más, puesto que no es su marido y está prohibido que las mujeres hablen solas con hombres que no sean de su familia. Por lo tanto, se encuentran en un café y hacen creer que están casados, o que son hermanos, o algo por el estilo.

En una ocasión, ella le plantea que se siente dividida entre seguir luchando contra las imposiciones absurdas del régimen con sus pequeñas rebeldías, como las clases a domicilio, o dejar la docencia por completo porque no quiere colaborar con el régimen de ninguna de las maneras. He aquí lo que le dice su “mago”:

–Pero claro –se burló–, la dama que no para de alardear de lo mucho que le gustan Nabokov y Hammett me dice ahora que no deberíamos hacer lo que nos gusta. ¡Eso sí que me parece inmoral! Así que ahora tú también te unes a las masas –dijo más serio–. Lo que has absorbido de esta cultura es que todo lo que nos da placer es malo, y es inmoral. Tú eres muy moral si te quedas sentada en casa, mano sobre mano. Si lo que quieres es que te diga que tienes el deber de enseñar, te has equivocado de persona. No te lo voy a decir. Lo que te digo es que enseñes porque te gusta: porque rezongarás menos en casa, porque serás mejor persona y porque probablemente tus alumnos también se divertirán y hasta puede que aprendan algo. (Traducción mía.)

Así aborda el mago el dilema constante de la moralidad: agarrando el toro por los cuernos. Si uno hace (o deja de hacer) lo que tiene que hacer por lo que pueda pasar con los factores externos, el resultado siempre será insatisfactorio porque no controlamos esos factores externos. Entonces, ¿estoy colaborando o no con el statu quo? ¿Qué pasará conmigo? ¿Qué pasará con los que me rodean? No hay más remedio que ser consecuentes e intentarlo, o seguir rezongando. Creo que estas situaciones se nos plantean muy a menudo en la vida, y que en este libro Azar Nafisi se encuentra con un problemón existencial que le cuesta mucho superar. El mago la orienta, pero se niega a darle la solución, que al final toma ella sola.

Algún tiempo después, en otra conversación clandestina, los cuatro temas del libro se entremezclan de una forma muy interesante:

–¿Pero no te das cuenta [le dice la autora al mago] de que al intentar que ellas [las chicas que van a las clases] entiendan esto, podría hacerles más daño que beneficio? –dije, quizá de forma bastante dramática–. O sea, que al estar conmigo y escuchar mis experiencias, van creando esta imagen acrítica, luminosa del otro mundo, de Occidente... Yo, no sé, yo creo que...

–Te refieres a que les has ayudado al crear una fantasía paralela –dijo–, una fantasía que va en contra de la fantasía en la que la República Islámica ha transformado nuestras vidas.

–¡Sí, sí! –dije, emocionada.

–Bueno, para empezar, no todo es culpa tuya. No hay quien pueda vivir y sobrevivir a este mundo de fantasía. Todos necesitamos crear un paraíso para escaparnos. Y además –añadió–, sí que puedes hacer algo.

–Ah, ¿sí? –pregunté con interés [...].

–Pues sí, y de hecho ya lo estás haciendo en esas clases, si no las echas a perder. Haz lo que hacen todos los poetas con sus reyes-filósofos. No tienes que crear una fantasía paralela de Occidente. Dales a esas chicas lo mejor que puede ofrecer ese otro mundo: dales ficción pura. ¡Devuélveles la imaginación!” –concluyó triunfante, y me miró como si esperara una ovación con hurras y aplausos por sus sabios consejos–. Ya sabes que te vendría muy bien hacer lo que dices, para variar. Sigue el ejemplo de Jane Austen –dijo con un tono que me pareció algo así como munificencia paternalista–. Antes nos dabas la tabarra con que Austen hacía caso omiso de la política, no porque no tuviera ni idea, sino porque no permitía que la sociedad que la rodeaba engullera su trabajo, su imaginación. En aquellos tiempos, con el mundo enzarzado en las guerras napoleónicas, ella creó su propio mundo independiente, un mundo que tú, dos siglos más tarde, en la República Islámica del Irán, enseñas como ideal ficticio de democracia. ¿Te acuerdas de todas aquellas charlas tuyas de que la primera lección para luchar contra la tiranía era hacer lo que uno tiene que hacer y satisfacer la propia conciencia? –continuó pacientemente–. Hablas y hablas de espacios democráticos, de la necesidad de espacios personales y creativos. ¡Bueno, pues ponte a crearlos! Deja de rezongar y de dedicar toda tu energía a lo que dice o hace la República Islámica y empieza a concentrarte en tu Austen. (Traducción mía.)

El mago puede llegar a ser demoledor, pero nunca injusto. En realidad no dice más que lo que ella espera que le diga: haz en conciencia lo que tienes que hacer, no esperes que llegue alguien que lo haga por ti. Le da la empatía necesaria para seguir adelante y después desaparece.

El desenlace del libro, que no cuento por si acaso, es previsible, pero no por ello menos emocionante. Lo que empieza como una tranquila sesión de reflexión sobre una novela en el salón de una casa se convierte en toda una aventura. Nafisi dice en sus entrevistas que ella no se considera escritora, pero tiene muy buen estilo cuando se propone crear tensión narrativa.

Para concluir diré que este libro de Azar Nafisi, junto con su segundo volumen titulado “The republic of imagination” (del que seguramente hablaré en otro momento), me han hecho leer más literatura en estos dos últimos años que todos los profesores que he tenido juntos. La forma que tiene de analizar los estados mentales de los personajes, de sus interacciones y de sus sentimientos me ayuda a leer de otra manera y me anima a releer como no lo había hecho antes. Una gran maestra, sin duda.