martes, 25 de enero de 2011

Monstruos y pesadillas

Comparto con Sir Paul McCartney la admiración por un grupo musical muy joven llamado MGMT. Proceden de una zona del mundo que conozco bien y su música, que considero original y sorprendente, me atrae mucho.

Hace unos días busqué el vídeo de una de sus canciones más conocidas, Kids. Nada más empezar a verlo, me topo con una sorpresa: una cita atribuida a Mark Twain que, en realidad, es de Federico Nietzsche:

«Aquel que lucha con monstruos, cuídese de no llegar a ser monstruo a su vez. Y si miras por mucho tiempo un abismo, el abismo también mira dentro de ti.»

La segunda sorpresa es el vídeo en sí mismo. Creo que basta con verlo para entender por qué me sorprendí. MGMT tiene fama de hacer vídeos de gran impacto visual (véase otro, también famoso, de su canción Time to pretend) y en Kids han cubierto el cupo con creces. Hay que reconocer que el montaje le va muy bien a la letra de la canción. Entre los temas recurrentes del grupo están la nostalgia por la infancia perdida, la adolescencia mal asumida, la búsqueda constante de frustraciones infantiles que expliquen algo del comportamiento de los jóvenes actuales y cosas por el estilo.

Me puse a mirar los comentarios al vídeo en dos sitios muy populares, Vimeo y Youtube. En Vimeo, casi todos los participantes subrayaban los elementos creativos del montaje y el mensaje subyacente. Algunos mencionaban lo perturbador que resulta ver a un bebé rodeado de monstruos por todas partes, pero no lo criticaban per se, como sí sucedía, y con mucha fuerza, en los comentarios de Youtube. En este último sitio, los mensajes se centraban en el sufrimiento del bebé, criticaban el carácter absurdo del vídeo y, en general, evitaban entrar en mayores detalles.

Hubo uno que me llamó la atención. Decía algo así como: «buf, esto no es nada: si queréis ver algo fuerte, buscad el vídeo Born Free de M.I.A.».

Creo que ya he hablado de M.I.A. Es una cantante nacida en Sri Lanka que ahora mismo vive más o menos en el mismo sitio que MGMT y que yo. Su padre se dedicaba a la política y murió de forma violenta en su país de origen. La familia pertenece a la minoría tamil. Sus creaciones están repletas de respuestas a la violencia que se vive desde hace décadas en su país y, en general, de denuncias contra todas las actitudes represivas y agresivas que hay por el mundo. Su música tiene un componente de provocación política muy molesto para los estadounidenses, los británicos y algunos más. El vídeo que cito más arriba se puede ver en Vimeo, pero en Youtube está restringido con las mismas etiquetas que ciertas cosas como la pornografía, por ejemplo. Es muy violento, y con un mensaje tan diáfano que no hay que explicar nada. Basta con verlo.

En los comentarios a este vídeo sucede algo parecido a lo que vi en el de MGMT: mientras en Vimeo se abren diversos frentes de debate, casi todos constructivos, tanto sobre los valores estéticos del vídeo como sobre sus muchas dimensiones interpretativas, en Youtube casi todo el público se deja arrastrar por un solo hilo, el de la discriminación, y por supuesto el debate muere en el absurdo más lamentable.

Soprende saber que este vídeo está restringido (no prohibido, como se dice por ahí), mientras miles y miles de otros vídeos comerciales como éste de Faster no sólo se emiten para todos los públicos sino que van precedidos por un cartel de la institución de censura estadounidense en la que se dice que es válido "para el público apropiado", sin especificar cuál es ese público apropiado. Vale decir que en este último no se ve a una pareja en la intimidad de su dormitorio ni se ve cómo salta la sangre de las personas que son abatidas a tiros pero, ¿qué hay del mensaje subyacente? El mundo está saturado de películas como esta y, sin embargo, los vídeos que se censuran son los que presentan el tipo de violencia que queda al margen de la estética oficial. Los demás se divulgan con un moderno nihil obstat cinematográfico.

Al mismo tiempo, en una plataforma tan enrarecida por la autocensura como Youtube, me sigue resultando facilísimo ver vídeos de entrenamiento de terroristas en Somalia, Iraq, Afganistán, Daguestán, Chechenia y muchos otros sitios, con bellísimas canciones de estilo nashid. No es que me guste: es que espero que en algún momento los responsables de Youtube acaben por poner coto a quienes publican esos materiales. Si uno busca un rato más (digamos veinte minutos), puede ver operaciones de sabotaje completas, tiroteos, voladuras de infraestructuras, ataques contra soldados de ejércitos y milicias diversos y, por supuesto, ejecuciones, muchas ejecuciones reales, vejación de cadáveres y yo qué sé cuántas cosas más. En Youtube. Sin etiquetas ni banderitas, abierto a todo el personal.

Me pregunto, pues, a qué estamos jugando. Hay cientos de comentarios que critican a los monstruos imaginarios que asustan a un bebé en el mismo sitio web en el que se puede uno pasar horas viendo ejecuciones sumarias reales, y en estas últimas no hay más que comentarios de apoyo, alabanza y gracias a Dios. Nos obcecamos en analizar la ética de una serie de imágenes que son producto de la imaginación de alguien, denostándolas por violentas, mientras damos la espalda al hecho incontrovertible de que hay millones de personas que no hacen más que imaginar cómo será vivir un día sin violencia.

Decía en un post anterior que estaba leyendo Los cuatro jinetes del apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez. Hace unos días lo terminé, pero aún no he escrito nada al respecto. Ahora, con todas estas reflexiones, se me ocurre decir que las imágenes de la primera guerra mundial que describe el autor del libro se comparan bien con lo que he estado viendo esta noche en Youtube por cortesía de los combatientes islamistas. Blasco Ibáñez lamenta que a principios de siglo se hubiera perdido el concepto antiguo de "guerra entre caballeros" y se recurriera al salvajismo, sobre todo por parte de los alemanes. Yo creo, en primer lugar, que Blasco Ibáñez no había estado en ninguna guerra antes de estar en esa y, por lo tanto, no tenía elementos de juicio. En segundo lugar, pienso que las guerras antiguas no fueron más humanas ni más dignas que las del siglo XX, sino distintas. Los refinamientos de crueldad que describe, por ejemplo, el premio Nobel de literatura Ivo Andric en su impresionante novela Un puente sobre el Drina, no tienen parangón con lo visto en las trincheras del Marne. No puedo evitar, al recordar ese libro, la descripción pormenorizada del empalamiento de un mozo del pueblo a manos de los verdugos turcos.

Del mismo modo, todas estas guerras no declaradas que se libran ahora mismo en el mundo no me parecen ni más humanas, ni más crueles que lo leído en los jinetes y en muchos otros libros sobre la guerra. Es, para decirlo en pocas palabras, el mismo horror. Por eso es importante que todos, desde los novelistas españoles decimonónicos hasta las cantantes tamiles del siglo XXI, digamos con claridad que todas las guerras son la misma mierda, sobre todo ahora que los políticos que hace cinco o diez años echaban pestes de ciertos conflictos malditos los han justificado, amparado, potenciado y financiado sine die.

El niño del vídeo de MGMT llora, muerto de miedo, entre monstruos. Es natural. La gente que escribe en los comentarios afirma que eso es muy cruel. No les falta razón, pero eso es una imagen, y esa imagen afirma o denuncia, a mi modo de ver, que medio mundo vive así, rodeado de monstruos, y que a esas personas ni siquiera le es dado llorar y buscar los brazos de su mamá.

jueves, 13 de enero de 2011

Atentados de primera, segunda y tercera clase

En un rincón perdido de una zona poco recomendable de un país en decadencia, las actividades de un enfermo de esquizofrenia y un armero sin escrúpulos desembocaron en un incidente lamentable en el que perdieron la vida varias personas. Entre los heridos había una representante del congreso de ese país.

Por motivos que no se me escapan, pero de los que no me quiero ocupar ahora, el mundo entero se puso a debatir quiénes tenían la culpa de lo que había pasado. Mientras el debate arreciaba en la superficie y las más altas autoridades del país en decadencia expresaban su consternación y declaraban su inquebrantable voluntad de hacer esto y aquello y lo de más allá, yo pensaba que lo mejor para evitar que a uno le afecten esos casos es alejarse todo lo posible de aquella zona perdida del mundo en la que prácticamente todos tienen una pistola o más. Largarse del país en decadencia. Y así, sumido en meditaciones perogrullescas y poco realistas, iba llegando al fondo del andén de la estación de la calle 14 (dirección sur), donde creía entrever un bulto del tamaño aproximado de un humano tendido sobre el costado.

Pensé de inmediato en esas campañas que veo en el metro y que alientan al ciudadano a dar la alarma si ven algún objeto sospechoso en las vías, en los túneles o en cualquier parte de las estaciones. Son graciosas esas campañas, porque el sistema de metro de esta ciudad está tan decrépito y abandonado que hay grandes acumulaciones de basura y desperdicios por todas partes. Si alguien quisiera atentar, poner una bomba, como en Madrid y en Londres, no tendría más que apartar un poquito una de las inmensas bolsas de basura que hay tiradas por todas partes y colocar un paquete. O ponerlo en una bolsa de basura, que no llamaría la atención en lo más mínimo. O mejor aún, darle forma de vagabundo dormido.

No había movimiento en el bulto que digo. Pensé que era humano porque en la base había cartones, señal habitual de que hay alguien durmiendo encima. Los materiales que lo cubrían eran muy variados, pero en general eran plásticos y mantas. Sin acercarme demasiado, traté de detectar ese olor característico que despiden quienes llevan tiempo viviendo en la calle. Nada. Al acercarme un poco más, surgió de la parte izquierda del bulto, la más cercana a las vías, una rata.

Nada más salir se volvió hacia mí, me miró y se quedó quieta unos instantes. Después se metió en el bulto otra vez, para surgir otra vez casi de inmediato, acompañada ahora por una rata de tamaño mayor (y no es que la primera fuese precisamente pequeña). Me observaban las dos. Yo las observaba a ellas y me preguntaba si se puede tener de mascota, o de animal de compañía o de protección, a un par de roedores como esos, tan grises, tan sucios, tan plagados de infecciones. Un instante después me preguntaba si de verdad habría algo o alguien ahí metido.

Rugió el convoy por el túnel. La escena tocaba a su fin. Un segundo antes de que el primer vagón entrara en la estación, las dos ratas se volvieron y desaparecieron por debajo de una puerta, aplastando mágicamente sus cuerpos para adaptarlos al tamaño de una ínfima rendija. Me metí en el vagón. Se cerraron las puertas.

No era descabellado pensar que hubiera una persona debajo de aquel montón de plásticos y mantas frecuentado por ratas. Si no estaba en ese momento, igual había salido a buscar tabaco. Esa persona, si existía, podía ser un enfermo mental sin el debido tratamiento, como el que mencioné al principio. Claro que con toda probabilidad no tendría pistola. Pensé que, quizá, podía tener ideas políticas, sociales o religiosas de carácter extremista e incluso violento. Claro que con toda probabilidad no podría hacerse con materiales explosivos. Pensé, en fin, que hasta para cometer delitos y masacres necesita uno tener contactos, hablar con gente. O al menos, tener un poco de suerte en esta vida.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Regalo prenavideño



Oh, los charcos vuelven a ser líquidos después de dos semanas. Qué detalle.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Permítame que lo prevenga, joven

Ayer iba por la calle pensando en una idea estupenda para un post. Recuerdo nítidamente el entusiasmo que sentía, pero no soy capaz de reconstruir la idea estupenda. Ahora abro el blog, me dispongo a crear mi post y me encuentro con las neuronas vacías.

Puedo interpretar este acontecimiento de muchas maneras.

Pero no tengo ganas.

Mientras tanto, aprovecho para anotar aquí que en el prólogo de Vicente Blasco Ibánez a Los cuatro jinetes del apocalipsis, novela que no había leído hasta ahora y sobre la que se está pergeñando un post de padre y muy señor mío, el autor explica cómo los alemanes de la época ya manejaban con soltura el concepto de guerra preventiva, popularizado casi cien años después por el clan Bush-Blair-Bigotes. La diferencia, para mi gusto, es que en la primera guerra mundial había un entusiasmo por la conquista, la muerte y la destrucción que no están presentes en nuestros días. Todas las guerras son una basura, todas sin excepción, pero las de hoy, que no se declaran (porque conlleva obligaciones jurídicas) y que no empiezan ni acaban jamás (porque la declaración de victoria o derrota implica también mucho trabajo), tienen rasgos aún más sórdidos, oscuros y maléficos, si cabe, que las de antaño.

Le señalé el pasaje en el que Blasco Ibáñez habla de la guerra preventiva a un amigo. Como no conocía el libro, le expliqué que su autor lo había escrito en 1916 entre Argentina, España y Francia y se refería a las doctrinas de Alemania ante la primera guerra mundial. Este amigo, sefardí nacido en Grecia y criado en varios países del mediterráneo oriental antes de aterrizar en los Estados Unidos, torció el gesto inmediatamente. Le amargué el día. Me dijo que el concepto de guerra preventiva es tan antiguo como el ser humano, que se ha usado en todas las épocas y que por supuesto se seguirá usando (dispara primero y pregunta después, por si acaso). Tiene razón. Como miembro de una minoría olvidada, él ha padecido los efectos de varias guerras preventivas. Lo que pasa es que la historia se repite. Quienes no la conocemos, o quienes tenemos una cultura lacustre, como dijo cierto personaje de ficción, compramos conceptos añejos como si fueran nuevos. Un día alguien nos explica el engaño, o nos topamos con la explicación en un libro, pero ya es demasiado tarde.

Al hilo de esto último, uno ve la relevancia de explicar las cosas, de dejar por escrito una cantidad suficiente de testimonios para que a las generaciones futuras no les coloquen artículos anticuados con envoltorios de modernidad. Sobre todo cuando se trate de agresiones y vejaciones contra otros seres humanos.

Sigo leyendo a Blasco Ibáñez desde una trinchera que, por fortuna, queda muy lejos del Marne. Si llego a acordarme de lo que iba a escribir, lo escribiré. Entre tanto, este blog seguirá siendo tan lento y aburrido como siempre.

jueves, 2 de diciembre de 2010

La lucha

Dadas las circunstancias, cabe:

a) Dejarse caer, dejarse llevar, como hoja seca.
b) Tirar del carro con toda el alma, como antaño.
c) Seguir flotando en la grisura, como hasta ahora.
d) Hundirse y hundirse en el drama y el dilema.

El hecho de plantear alternativas, ya de por sí, elimina d). Y eso, aunque no lo parezca, es bastante.

Después, ya veremos. La lucha continúa.

(Bert Jansch - Angie)

jueves, 25 de noviembre de 2010

Las simples cosas

Canción de las simples cosas
(Armando Tejada Gómez, César Isella)

Uno se despide
insensiblemente
de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol
que en tiempo de otoño
se queda sin hojas.

Al fin la tristeza
es la muerte lenta
de las simples cosas,
esas cosas simples
que quedan doliendo
en el corazón.

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida.
Y entonces comprende
cómo están de ausentes
las cosas queridas.

Por eso, muchacho,
no partas ahora
soñando el regreso,
que el amor es simple,
y a las cosas simples
las devora el tiempo.

Demórate aquí,
en la luz mayor
de este mediodía
donde encontrarás
con el pan al sol
la mesa tendida.

Por eso, muchacho,
no partas ahora
soñando el regreso,
que el amor es simple,
y a las cosas simples
las devora el tiempo.

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida...

http://www.youtube.com/watch?v=Potimp3kSuM

domingo, 21 de noviembre de 2010

Reality vs realidad

En este artículo del Guardian, Elizabeth Day plantea una hipótesis de por qué los reality shows no solo no pasan de moda, sin que proliferan, se multiplican y ganan cada vez más audiencia.

Como no veo tele, reconozco que solo puedo hablar de oídas. A principios de siglo, por curiosidad, me acerqué a la pantalla y vi un par de programas que me aburrieron soberanamente, así que no he vuelto a intentarlo. Sin embargo, algunos de estos programas tienen un impacto tan profundo en ciertas sociedades que es difícil sustraerse a ellos: están en los periódicos, en la radio, en Internet y en las conversaciones del barrio, del trabajo y del metro. Así que sí, vuelvo a tener curiosidad y este artículo me desvela muchas cosas.

Por una parte, dice, nuestra sociedad está cada vez más fracturada: vivimos lejos de la familia, vivimos lejos del trabajo, no nos hablamos mucho con los vecinos, nos desplazamos en coches y, en general, nuestro contacto con las demás personas es mucho más escaso que hace veinte o treinta años. Quienes ven uno de estos programas pasan entre dos y tres horas con los concursantes, que son "gente como uno", o sea, personas de esas con las que ya no nos comunicamos directamente. Hay una clara proyección personal (quizá no identificación) del espectador con el concursante. El primero proyecta sus anhelos y sus frustraciones en el segundo, y no le cuesta porque ve a las claras que es exactamente como él. Los concursantes están viviendo una odisea personal y, por supuesto, la audiencia prefiere verlos corriendo aventuras y evitar que vuelvan a la caja del supermercado, el foso del taller o la máquina empaquetadora de la fábrica. Por eso los apoyan con un entusiasmo mucho mayor que el que mostrarían jamás por una estrella de cine o un gran deportista, en los que no pueden proyectarse porque los consideran muy superiores, y con los que no pueden identificarse salvo por conceptos abstractos (la nacionalidad, por ejemplo). Por eso lloran y se desconsuelan cuando el sueño se acaba y tienen que volver a mezclarse con la multitud. Con nosotros.

Por otra parte, esta relación con los concursantes de los reality shows nos aporta una dosis, probablemente necesaria, de interés y preocupación por nuestros semejantes: qué hacen, cómo se sienten, qué les gusta y no les gusta, cómo les va y qué tienen previsto para el futuro. La gran ventaja que tiene esa relación-reality respecto de las relaciones reales es que no tiene riesgo alguno. Los concursantes no pueden decirnos que les caemos mal, que no nos quieren o que somos feos o tontos. Es una relación que jamás se podrá estropear, porque es unilateral. Si de repente alguno nos cae mal, podemos defenestrarlo sin remordimientos. Podemos ser crueles, incluso, y no habrá represalias. De hecho, lo más probable es que coincidamos en nuestro odio y nuestra crueldad con cientos de miles de personas. Participar en linchamientos públicos (artísticos, claro) también une y también dispara las endorfinas.

Muy relacionada con este último factor de la unilateralidad está la sensación de control. Quien ve esos programas sabe que puede participar y que su opinión se tendrá en cuenta. Uno puede votar por Internet, por teléfono móvil o directamente en el estudio, como público en directo, y mostrar su amor o su odio por cada uno de los concursantes. Lo que pase es, en parte, cosa nuestra. Estamos determinando el futuro de esas personas. En realidad, somos un poco sus padres, sus madres, sus jefes, sus tutores o sus sargentos chusqueros. Ahí también se mezcla el valor melodramático de todos estos productos: solo puede ganar uno. Desde el principio sabemos que va a haber lágrimas, dolor y sufrimiento. Desde el principio sabemos que casi todos los sueños van a acabar por romperse, que todo eso no es real y que muchos de los concursantes serán flor de un día. Y aun así los apoyamos, porque nos gusta (siempre nos ha gustado) el drama, y porque es infinitamente mejor observar el drama ajeno desde el sillón, con el pañuelo en ristre, que participar de los dramas reales de la vida cotidiana, que podrían estar esperándonos detrás de la puerta. Varios de los analistas que Day entrevista en su artículo comparan estos productos con las novelas de Dickens, los programas de televisión ñoños de los años cincuenta y otros muchos tear jerkers (sacalágrimas) del pasado.

Y ahí, con Dickens, es donde me entra la vena sensible, por aquello de la literatura. Pienso cuántos autores construyen sus novelas, poemas y narraciones con las mismas premisas que utilizan los productores de televisión para hacer sus reality shows. Pienso en esos productores como ávidos lectores de literatura melodramática, de tratados de psicología y sociología, de estadísticas socioeconómicas. Tiene mérito, la cosa, aunque seamos tantos los que criticamos ciegamente el fenómeno. Tiene mérito haber encontrado un sustituto masivo, global y ecuménico (hay realities hasta de ser buen musulmán) a las novelitas de cambiar, a las radionovelas y a tantísimas otras válvulas de escape lacrimoso como ha ido inventando el ser humano a lo largo de la historia. De hoy en adelante, gracias a ese excelente artículo de esta periodista británica, me cuidaré muy mucho de denostar esos programas a la ligera.